lunes, 29 de agosto de 2016

Orense y Oseira

   Los viajeros vuelven a la carretera y se dirigen a Orense. Cuando pasan por las proximidades del monasterio de Caboeiro, sus pensamientos van a la gran cascada que no vieron y al paseo botánico que tampoco vieron. El sol azota cada vez más y en Orense flagela. Atraviesan el río Miño y dan unas vueltas para aparcar. Como es domingo no hay ORA y dejan el coche en una calle bastante céntrica.
Preguntan a un hombre mayor en una plaza por la catedral y éste con gran amabilidad los orienta.
   Entran a la catedral por una puerta lateral y lo primero que ven a su izquierda los deja anonadados. Una capilla toda luz. La capilla del Cristo de la Luz. Una talla del siglo XIII  la preside. Está acabando la misa y los agentes de seguridad velan porque la catedral se vacíe. Los viajeros echan un vistazo rápido y se quedan con las ganas de contemplarla.
   En la parte vieja de la ciudad el calor apenas se nota, pero se ensanchan las calles y se abren las plazas y la temperatura se eleva por encima de los cuarenta grados. Comen en el primer sitio que encuentran, vuelven al coche y se dirigen al monasterio de Oseira.
   El viajero tiene un amigo del colegio que no hace mucho ha sido elegido abad. Un hombre tres años mayor que él, y con el que siempre ha tenido una muy buena sintonía espiritual. La viajera, pese a tener algunas dudas había aprobado quedarse un par de días en la hospedería. Media docena de kilómetros antes de llegar al monasterio adelantan a un grupo de peregrinos. Una docena de jóvenes que ondean una bandera de Méjico.
    El monasterio aparece de pronto al lado de la estrecha carretera que lleva a Compostela. Hay un grupo de turistas en una de las entradas y allá se dirigen los viajeros luego de aparcar el coche. A la derecha de la entrada se encuentran con la típica tienda de recuerdos. Preguntan a la que parece la encargada por el padre abad. Ella les informa, luego de mirar en su libro de reservas, que avisará al hospitalero para que venga a recogerlos. No pasan ni cinco minutos, cuando de una puerta interior sale un monje con hábito blanco que se dirige a ellos. Se presenta con una gran sonrisa. El viajero comienza a hablar con él como si se conociesen de toda la vida.
   -    ¿Dónde está mi amigo el abad? ¡Ja, ja! ¡Con lo sencillo que es él!
   -    Para él es más un sacrificio que otra cosa.
   -    Lo entiendo.
   -    Ahora estad atentos a cómo se llega a vuestra habitación.
   Atravesaron un claustro pequeño, y luego otro más grande, austeros, y acabaron en un tercer claustro, éste inmenso. Al fondo a la derecha, el padre cisterciense abrió la puerta de una habitación y entró cargado con los bultos seguido de los viajeros. Cuando el monje desapareció, la pareja se relajó. De pronto se dieron cuenta de que el silencio ocupaba todos los rincones. El departamento en el que habían sido alojados constaba de un portalito, una habitación mediana, un dormitorio y un cuarto de aseo con ducha, lavabo y sanitario. En la habitación una mesa con un flexo encima y dos sillas junto a un gran balcón por el que se veía la ladera de una montaña verde. Junto al flexo había un papel con las mínimas normas del monasterio y las horas de los rezos.
   De súbito apareció el abad, vestido con hábito y cogulla blancos. El viajero se abrazó a él y le presentó a la mujer.
   -   ¿Cuánto tiempo hacía que no nos veíamos?
   -   Os acababais de conocer. Me acuerdo porque me dijiste que se llamaba igual que mi amiga americana.
   -   Pues entonces tiene que hacer por lo menos doce años.
   -   Al poco tiempo de morir mi madre me vine aquí.
   -   Lo sé por tu hermana con la que me encontré en el pueblo hace un par de años. Me dijo que estabas en un monasterio de Galicia, pero no me pudo decir como se llamaba. Cuando pensamos venir a Galicia lo busqué por internet y me enteré que te acababan de nombrar abad.
   -   ¡Ya lo ves!
   -   La verdad es que nunca hemos hablado de lo que fue de tu vida luego de salirte de los escolapios.
   -   Quizás no sepas que yo repetí tres veces primero de bachillerato. Luego me fue bien.
   -   ¿Terminaste la carrera de cura?
   -   Me faltaba un año para terminarla. En tres años hice ATS y me coloqué en un hospital en Sevilla. Luego lo dejé para atender a mis padres enfermos. Intenté terminar la carrera de cura pero no pudo ser.
   -   No te ha hecho falta. Al final has acabado siendo más que cura. ¡Ja, ja, ja!
   -   ¡Bah! Me gusta esta vida.
   -   ¿Cuántos monjes vivís aquí?
   -   ¡Doce! Aunque hay dos o tres que no bajan siempre al coro. Hay uno que no baja ya nunca. Pesa ciento cincuenta kilos y está en cama. De los doce, dos son postulantes y uno novicio. De momento somos uno más que cuando yo llegué.
   -   Igual muy pronto sois el doble.
   -   ¿Quién sabe? Bueno, además de los monjes tenemos una persona que vive en la hospedería y que también asiste a los oficios. Un belga que se cansó de hacer el camino de Santiago y al final se quedó aquí. Nos ayuda.
   -   ¿Dónde puedo fumar?
   -   En los claustros o en el balcón. ¿Algo más? Faltan cinco minutos para la hora. ¿Sabéis donde está el coro? A la derecha al fondo y a la derecha está la entrada.
   Los viajeros entran en el coro y se colocan en las primeras sillas de la izquierda. En el coro hay asientos para ochenta o noventa monjes, pero apenas hay cinco en un lado y cinco en otro, en la parte más cercana al altar mayor de la iglesia inmensa y vacía que está a sus pies. Todo parece inmenso. El silencio es tan puro que ni tan siquiera se nota. Llega el belga y se sienta al lado de los viajeros. Los últimos monjes toman asiento. Uno de ellos se acerca a un órgano y se pone a sacarle sonidos tiernos. El coro de los monjes entona una antífona en castellano. Apenas si los monjes abren la boca. Una melodía suave flota en la atmósfera, única, sin la más mínima estridencia.
   Los viajeros, terminada la oración, vuelven a su habitación y se preparan para salir a dar una vuelta por los alrededores. La mujer confía en recordar la manera de volver a la entrada, pero comienzan a dar vueltas arriba y abajo, de un claustro a otro y de otro a otro, sin encontrarla. Cuando por fin dan con ella, está cerrada.
   Sin expresar la más mínima molestia por no poder salir, vuelven a perderse por las dependencias del monasterio hasta que el reloj marcó la siguiente hora de oración. Intentan colocarse en el mismo lugar en el que lo habían hecho la primera vez, pero el belga les reconviene para que tomen un asiento más alejado. Más divertido que avergonzado, el viajero obedece sus indicaciones. La mujer espera que las liturgias se le hagan pesadas, pero casi ni se da cuenta, embebida en el canto que florece en el silencio. A veces los frailes cantan solos, y sin apenas abrir la boca, sus canciones se escuchan nítidas en el último rincón del coro. El viajero piensa que aquello no tiene nada que ver con el gregoriano de Silos, ni con gregoriano alguno, son otras letras y otras músicas que inducen a una especie de trance meditativo.
   Terminado el oficio, los viajeros se dirigen al comedor de la hospedería, muy cerca de la zona de clausura de los monjes. El padre hospedero les trae una sencilla cena y charla un rato con ellos y con el belga que normalmente come solo. El hospedero da las gracias por la comida y por el día que termina y sirve al belga y luego a los viajeros. Cuando se va el fraile, nadie vuelve a decir ni una sola palabra.  t
Terminada la colación recogen los platos, los lavan y se dirigen de nuevo a sus habitaciones. En la mitad del pasillo, la pareja intercambia unas palabras en tono casi inaudible. El belga, que va delante les reconviene llevándose el dedo índice a los labios.
   El viajero fuma un cigarrillo en el balcón de la habitación mirando las estrellas y los lagartos que entran y salen por las piedras del ancho muro. Como están algo cansados, pasan de ir al coro a la última hora del día. El viajero tiene muchas ganas de asistir a la primera del día siguiente, a las cinco menos cuarto de la mañana. Le hace ilusión.
   Sin necesidad de reloj el hombre se levanta diez minutos antes de la hora, se asea un poco, se viste y sale al pasillo oscuro, al que apenas llegan débiles rastros de estrellas. Anda por el ala norte del inmenso claustro, pero no encuentra el coro. Sin darse cuenta se mete en la zona de clausura de los monjes en el mismo momento en el que uno de ellos sale hacía el coro. Sin palabras lo sigue. No hay nadie más que los dos postulantes, el novicio, el padre hospedero, el organista y otro más. No están ni el belga ni el abad. Los cantos se esparcen por la atmósfera de la inmensa iglesia cisterciense, como efluvios del silencio. Todo paz.
   El viajero sale el último del coro y enfila por el ala norte del claustro. Por un momento mira al cielo y ve brillar estrellas, pero la oscuridad sigue siendo mayúscula. No encuentra su habitación y da vueltas y vueltas al claustro buscando una salida. Vuelve a meterse en la clausura, pero sale de inmediato ante la presencia de un fraile. Al final, cuando ya está dispuesto a tirarse a dormir en un rincón del claustro, encuentra la habitación, entra, se echa de nuevo en la cama y se duerme hasta la siguiente hora.
   Los viajeros entran en el coro y cuando se disponen a sentarse junto al belga, ven a otra pareja que se les ha adelantado. Se saludan con un movimiento de cabeza y al poco el organista destila sus notas y los monjes cantan las vísperas. El viajero se da cuenta de que su compañero de asiento también canta, pero no empasta con los monjes. Siente  un vivo deseo de que se calle, pero el hombre canta cada vez en voz más alta y descompasada. Los monjes no pierden la unción y el recogimiento, como si la discordancia no les molestara. Terminada la liturgia, salen primero los monjes, quedándose los viajeros los últimos. El belga, seguido de la nueva pareja y de los viajeros se dirige a la cocina. Ponen la mesa en silencio y comienzan a preparar el desayuno. Cuando el viajero pasa al comedor ve al belga susurrando al padre hospedero. Entiende que le está informando de que ellos, han hablado por el pasillo y  han fumado en el balcón.
   El padre hospedero presenta a los desconocidos a los viajeros luego de abrazarlos.
   -   Son un matrimonio catalán que traen huéspedes de vez en cuando. Han venido a preparar.
   -   Bueno. También hemos venido a ayudar. Ya sabes que venimos a hacer todo lo que nos mande.
   -   Ya lo sé, mujer, no te preocupes.
   El fraile bendice la mesa y luego comienza a servir el desayuno empezando por el belga, al que parece querer mostrar su afecto privilegiado. Pero el belga no dice una sola palabra, ni tan siquiera agradece el cumplido con gesto alguno. El hospedero mira al viajero y éste le señala con los ojos el vaso del catalán. Una vez que termina de servir a todos, se despide y se va. El viajero curioso comienza a hacer preguntas a los catalanes.
   -   ¿Qué sois de Barcelona?
   La mujer responde con un sí débil y el hombre no añade nada más.
   -   ¿Qué os ha traído por aqui?
   Los catalanes se miran entre ellos y la mujer responde escuetamente:
   -   Traemos gente.
   -   Gente que lo necesita.- añade su marido.
   El viajero siente que no va a sacar demasiada información sobre los negocios de los catalanes y desvía la conversación a la política.
   -    ¿Qué tal el proceso de independencia?
   El hombre lo mira un momento y le responde:
   -    Ya lo han conseguido, luego de años de campaña anticatalana.
   -     ¿Anticatalana?
   -    Todos los poderes del Estado contra Cataluña.
   -    ¿Qué?
   -    Nos han obligado a independizarnos.
   El viajero ni por asomo quiere una discusión política en el monasterio, así que termina la conversación:
   -  ¡ Paz !
   Los catalanes lo miran con antipatía, pero no dicen ni una palabra más. En ese mismo momento llega el abad. Los catalanes le hacen un rato la pelota y luego desaparecen por el pasillo del claustro detrás del belga. El hermano abad sonríe siempre.
   -   ¿No oísteis jaleo ayer?
   Antes de que los viajeros digan algo, el fraile continúa:
   -   Ayer por la tarde nos llegó un grupo de mejicanos, legionarios de Cristo Rey.
   -   Seguro que eran los que nosotros adelantamos que llevaban la bandera.- le interrumpe la mujer.
   -   Han estado armando jaleo toda la noche. Con ellos viene un cura que me ha comentado que son hijos de grandes familias de Méjico, niños más que ricos que no hay quien enderece.
   Al viajero no le entra en la cabeza que estos Legionarios de Cristo, cuyo fundador fue condenado por pederastia continuada, aún sigan dentro de la Iglesia Católica, pero no dice nada.
   -   Le he ofrecido la iglesia al cura, pero me ha dicho que prefiere decir la misa al aire libre. Esperemos que se calmen.
   Los viajeros aprovechan la mañana para dar una vuelta por los alrededores del monasterio y se ponen a andar por una senda bastante poco transitada a la vera de un arroyo. Puestos en la naturaleza, el hombre y la mujer se dedican a mirar mariposas, libélulas, flores y plantas. Apenas de trecho en trecho los rayos del sol penetran en el follaje. El río parece negro, todo parece negro, como si fuera una boca del infierno. Bajan al agua y hacen abluciones de pies y brazos. El agua no está muy fría, pero luego de tan parca caminata el baño completo no les atrae. A la vuelta, al lado de un puente hay una familia de gitanos vestidos de negro. El hombre, con voz ronca, desde su posición tendida bajo un árbol, grita a su mujer que le traiga el mechero. A la entrada del monasterio un pequeño grupo de turistas se prepara para la visita guiada. Los viajeros se unen a ellos. Austeros claustros, inverosímiles bóvedas, tortuosas columnas… Curiosidades que los viajeros contemplan antes de ver la gran iglesia cisterciense del siglo XIII, la única construcción del conjunto monástico que resistió entera a un gran terremoto.
   Entre asistencias a las horas de los frailes y salidas a pasear por la orilla del río pasan los viajeros el día casi sin darse cuenta, impresionados por la soledad, el silencio y la hondura. Cuando vuelven del paseo les espera el abad en la tienda de recuerdos. Entre el viajero y el abad siempre ha habido sintonía espiritual, la misma que ha encontrado con el padre hospedero. Se entienden más allá de las palabras. No juzguéis y no seréis juzgados. Los niños de papás, el belga, los catalanes, los turistas, los gitanos… Sólo Dios sabe. Mientras vuelven juntos a recorrer el monasterio, más que en el arte y la historia que ya conocen, están absortos en el pensamiento de que Oseira sea un centro de paz y de perdón.
   -   Cuando yo llegué al monasterio estos muros de los claustros estaban cubiertos con los cuadros de uno de los frailes, pero cuando me eligieron abad mandé quitarlos todos. El Císter nació austero y así quiero que siga. Mejor que no haya distracciones.
   -   ¿Cómo se lo ha tomado el fraile?
   -   Yo creo que en el próximo capítulo me pondrá bolas negras. ¡Ja, ja! Bueno, ahora os voy a enseñar la biblioteca. Es nueva, y la mayoría de los libros son de intelectuales de la provincia. Nuestra joya es una primera edición de "El Espíritu de las Leyes" de Montesquieu.
    -   La verdad es que no está nada mal.
    -   ¡Vamos, chicos, que llega la hora!
   Los viajeros cenan con la pareja de catalanes y el belga, y asisten a los cantos y lecturas de la hora llamada Completas, con éstos y con los monjes. En un momento, el catalán se dirige al viajero para preguntarle que por qué no habían asistido a las horas de después del mediodía y el viajero le responde que se sienten elevados tanto en el coro como en la naturaleza. Vuelven a la habitación y al poco se duermen en completa oscuridad y silencio.
   A la mañana siguiente, domingo, asisten a la misa. Se colocan los últimos de una fila en la que hay tres jóvenes mejicanos. Los catalanes se colocan en la otra parte del coro. Es alegre la misa y tan corta que cuando se dan cuenta, los frailes están en fila esperando recibir la Comunión. Todos comulgan menos los viajeros.
   Mientras desayunan en el comedor de huéspedes se despiden del belga, de los catalanes y del padre hospedero. Un poco tristes preparan sus bultos y los trasladan a la tienda donde se venden los productos que los frailes elaboran: licores varios y chocolate. El hermano abad sale a despedirlos. Compran licores  y chocolate y pagan su estancia. Mientras la mujer remira por la tienda el hombre fija su mirada en un hombre joven bien vestido con pintas de hombre de mundo. De inmediato se acerca a él y se presenta:
   -   Soy portugués y vengo a internarme en este monasterio. Espero que me atienda el abad.
   -   Que me ha dicho ese joven que quiere entrar.
   -   ¡No te pienses que se lo voy a poner fácil!
   -   ¡Pero si parece un encanto!
   -    De momento hasta octubre no admitimos gente en pruebas. Cuando lleguen las tormentas es cuando quiero yo verlo.
   El abad y el viajero se dan el quinto abrazo. La viajera también lo abraza. Y se despiden con la pena de dejar tan pronto Oseira.
 
 
 
 
 
 
 

 
 
 
 
 
 
 

 
 


 
 
 

sábado, 20 de agosto de 2016

Pontevedra y algunos lugares de la provincia.

   Desayunan bien y barato cerca del hotel, suben al coche y toman rumbo al norte. Atraviesan la ría de Vigo y casi sin darse cuenta se plantan en Pontevedra. Luego de dar un par de vueltas aparcan con facilidad cerca del centro. Cuando el viajero ve por fin la Peregrina, se deja ir. La mujer fija su atención en una calle con soportales. Entran en la pequeña iglesia de las dos torres. Apenas hay turistas. Intentan entrar en otra iglesia pero está cerrada y entonces se deciden a callejear por la parte vieja de la ciudad a la búsqueda de una comida apetecible.
   Todo en Pontevedra parece limpio y elegante a pesar de su antigüedad. Los viajeros acaban en una plazuela en sol y sombra sentados en una mesa del velador de un restaurante. Un amable camarero trae la carta, sencilla y no cara. Piden unos albariños y al instante, otro camarero les sirven dos copas. Un tercero se acerca a la mesa y les recomienda unos mejillones cogidos en su mejor momento. Pasa un mendigo pidiendo, limpio y pulido. Sin apenas espera el primer camarero les trae el plato recomendado.  Éxito clamoroso. Puro sabor de mejillón perfecto. Un diez para este restaurante que bien podría cobrar el triple si estuviera en Madrid o en Barcelona.
   La mujer conectó el GPS y puso la dirección de la casa rural en la que pensaban pasar la noche. Por una carretera con bastante poco tráfico, atravesaron ríos y bosques y bebieron en algunas fuentes. Llegados a un punto giraron hacia el norte por otra carretera aún más estrecha y menos transitada. Pequeñas aldeas y más bosques hasta llegar al pueblo de Cruces, en todo el centro de Galicia, muy cerca de donde se juntan las cuatro provincias de la región. Siguieron adelante en dirección a Arzúa, pero pasados un par de kilómetros volvieron a torcer a la izquierda y llegaron a un pequeño paso en mitad de la nada.
   Por fuera no se parece mucho a la Casa das Obras de Manteigas, pero por dentro es igualmente vetusta, con salones llenos de cuadros y colecciones de artesanías diversas. La señora del pazo resulta ser igual de servicial e igual de enigmática que la de Portugal. Acaso lo más atractivo y curioso es un cuadro con una escena de brujas. Rodeados de bosque, el calor mengua y hasta pueden sentir un airecito fresco. La señora les pinta un plano para llegar al monasterio de Caboeira. Vuelven a Cruces y buscan entre estrechas carreteras la que los lleve al lugar. Se equivocan un par de veces, pero al final, acaban aparcando el coche a las puertas de un monasterio rescatado de la ruina. Nada más entrar hay dos chicas jóvenes cobrando una pequeña entrada. Los viajeros pagan y dan un par de vueltas por las naves del templo cisterciense. Arcos y columnas de diversas facturas, algunos muy poco vistos, como de románico alzado. Frío, oscuro y desangelado. En el tímpano de la puerta principal hay una escena de músicos en piedra.
   No se entretienen mucho porque su interés mayor es bajar al río y meterse en el bosque. Toman un caminito y avanzan alegres y confiados sintiendo la fuerza del lugar. El río se hunde en una pequeña garganta y da pequeños saltos y se detiene en mansas pozas. Cielo azul, bosque verde, aguas negras. Los viajeros miran bajo los pinos y quejigos y encuentran flores únicas, algunas tan minúsculas que asombran. La mujer está obsesionada con los helechos que cubren gran parte del suelo. Atraviesan en puente y comienzan a subir por una senda. En una revuelta encuentran una fuente diminuta. Un hilillo de agua que se arrastra por un montón de piedras verdinosas. El tiempo se ensancha en sensaciones misteriosas.
   En un momento los viajeros escuchan al mismo tiempo el bramido del río y el leve cantar de la fuente. Armonía en la naturaleza a pesar de que a no menos de un kilómetro hay un enorme puente que se encabalga sobre el barranco. Cuando les parece, rehacen su camino y vuelven al monasterio a mirarlo por fuera. El patio principal ya está cerrado al público. Sobre piedras amontonadas toman el sol una decena de hermosos lagartos. La mujer descubre una ruta de árboles, pero el sol está a punto de desaparecer y vuelven a Cruces.
   Se detienen en un bar en el centro del pueblo, al lado del camino a Compostela. El hombre entra y pregunta si tienen algo que comer. El camarero lo mira con una cierta desconfianza. Mira a otro camarero y le dice que sí, que espere fuera. Los viajeros se sientan en una mesa de la terraza. A los cinco minutos llega el camarero con dos medios bocadillos de jamón de York.
   -   ¿Esto es lo que tienen para cenar?
   -   Bueno, pero…. ¿ustedes querían cenar?
   -   Nos ha confundido con unos mendigos, ¿a que sí?
   -   Bueno….
   -   Perdona, entiendo que por las pintas me haya confundido con un peregrino.
   -   ¡Eso!
   Al final, cenaron un plato de choquitos fritos de diez. En el pazo, oscuridad y silencio.
 

jueves, 18 de agosto de 2016

Baiona y Vigo

   Salen de Oporto temprano. La mujer conduce al ritmo de la ciudad, ritmo lento, pero seguro y muy eficaz. Casi sin darse cuenta dejan atrás el aeropuerto y toman la dirección norte por una carretera que no es de peaje. De tiempo en tiempo, huertas dispersas al lado de ríos. Y sobre todo eucaliptos, bosques de eucaliptos a derecha y a izquierda. Se detienen a tomar un café en un pueblecito al lado del mar.
   Tienen intención de comer en Baiona, por un interés puramente mitológico del viajero que había comenzado el año en la Rábida, en Huelva, de donde salieran las tres carabelas de Colón. Ahora quería cerrar el círculo estando en el lugar al que arribó de vuelta la Pinta, la segunda de las carabelas. Se desvían por una carretera a la izquierda luego de cruzar el bello río Miño.
   Baiona es un pueblo turístico en un enclave natural muy distinguido, con las islas Cíes al norte. Ya que están y dicen que en Galicia se puede comer marisco a buen precio, se ponen a buscar un restaurantes por una calle en la que abundan. No dan una docena de pasos sin que les inviten a pasar a unos y a otros. Al final se dejan convencer por la labia de una sudamericana y entran a un local inmenso donde apenas hay tres o cuatro mesas ocupadas. Un fiasco, porque la mariscada no tiene marisco y les cobran como si tuviera. De no muy buen humor, se dirigen a Vigo.
   El calor y la humedad pican. Llegan a su hotel en las afueras y luego de descansar un poco salen a ver la parte antigua de la ciudad. Toman un autobús y se paran cerca del puerto. Callejean por un barrio antiguo, con iglesias antiguas, plazas antiguas, gentes antiguas. Hay una boda en un templo y una gran aglomeración de gente de tiros largos. Vigo es una ciudad grande, con un puerto de dimensiones considerables.
   -   No es Oakland- dice la mujer.
   -   Ni Marsella- remacha el hombre.
   -   No estoy para andar mucho.
   -   Pues yo quiero subir a Castro.
   -   Lo intentaremos.
   Cuando están a mitad de camino, en la esquina de una calle empinada, se topan con un museo de arte y deciden entrar. Es gratuito y está bien guardado. Como no esperaban mirar arte tampoco se llevan ninguna sorpresa al no encontrarlo. Seguramente el buen arte gallego moderno esté fuera de Galicia.
Luego de subir y seguir subiendo llegan al pie del Castro. Atraviesan una avenida al sol picante y se meten en un parque jardín.
   La pareja comienza a subir con lentitud por las escalinatas. Pronto se dan cuenta de que hay árboles que no conocen y como siempre los contemplan con curiosidad. Las escaleras parece que no se acaban, pero a trechos hay plazas y miradores que los distraen. Cuando por fin penetran en el recinto de lo que fuera un fuerte militar, y ven el último mirador a pocos pasos, se relajan.
   Antes de acceder al punto más alto, se abstraen un rato mirando las ranas del estanque y los árboles de los alrededores. Dos o tres parejas se hacen fotos. Cuando por fin suben el último peldaño y ven el panorama a los pies, solo les falta dar un grito de admiración. Al oeste, el Morrazo, con sus pueblecitos, y al sur, cerrando la ancha ría, las islas Cíes.
   Aún falta una hora para que el sol desaparezca en el horizonte y los viajeros no quieren irse del lugar sin ver atardecer, así que vuelven a la plaza y comienzan a dar vueltas. De pronto el hombre se fija en otro hombre que intenta hacer una foto a una mariposa. Se acerca a él y comienzan una conversación. La mujer no tarda en acercarse a ellos.
   El fotógrafo va vestido con mucha sencillez, es delgado y parece gozar de muy buena salud. Está empeñado en que somos muchos en el mundo y que ese es el problema. Al viajero no le extraña que piense así luego de ver la aglomeración humana de la ría de Vigo. No rebate su opinión y sigue escuchando. El hombre de la cámara de fotos lleva cuatro años sin ver la televisión, ni escuchar la radio, ni leer un periódico. Dice que no hace ni una semana que se enteró de que en España hay dos reyes. Dice que mientras no haya un partido que acabe con el sistema actual no habrá cambio ninguno. El hombre sólo ha pasado fuera de Vigo tres años de su vida, cuando estuvo de cabo rojo en la Marina. Y como el mundo es un pañuelo en la misma escuadrilla de barcos que el hermano mayor del viajero.
   Suben juntos los tres a sacar fotos del atardecer. El fotógrafo ha hecho miles de fotos desde este lugar y busca su personal visión del panorama. Cuando el sol desaparece en el horizonte, se despiden y los viajeros bajan de nuevo a la ciudad, al barrio viejo. Acaban en una terracilla estrecha en una mesa sosa, junto a una pareja de catalán y catalana que acaban de aterrizar en Peinador. No tienen muchas ganas de hablar, así que comen pulpo y beben albariño y luego toman un taxi y se van al hotel.

lunes, 15 de agosto de 2016

Oporto 2


   Oporto puede llegar a resultar una ciudad dura. El calor, la humedad, las largas cuestas y las empinadas escaleras… Media docena de turistas hacen fotos en la misma calle perdida de un barrio bajo. Para no perder la costumbre el Museo de Arte Sacro está cerrado. Por suerte para los viajeros, la vista del Duero desde un mirador alto a la sombra les reconforta de sus esfuerzos. La mujer trata de hablar en japonés con una pareja de nipones. Le cuesta un ímprobo esfuerzo hacerse entender, pero se siente pagada con la enorme sonrisa en la cara de sus interlocutores. Por un momento la mujer se siente de todas partes.
   A la mañana siguiente comienzan a bajar temprano hacia el río Duero. La pendiente es cada vez más acusada y tienen precaución para no resbalar. Cuando la cuesta se hace demasiado resbaladiza, se topan con la estación un tren que  les lleva hasta la otra orilla del río. Pagan y bajan como si fueran en una atracción de feria. El trenecillo los deja justo donde están las bodegas, en la parte baja de otra ciudad que se llama Vila Nova de Gaia. 
   Como aún no han abierto las bodegas, los viajeros se entretienen dando vueltas y contemplando las góndolas para el transporte de los barriles de vino. Un aroma entre acre y dulce flota en el ambiente. El agua pasa perezosa a unirse con el océano. Desde donde están, Oporto podría tener una vista excelsa, porque los edificios son grandes y bien ordenados con su gran iglesia encima, pero los colores de las paredes han desaparecido y todo parece abandonado al tiempo. ¡Ay, Portugal!
   El viajero elige entrar en la bodega de Sandeman, porque conoce su icono desde que era niñito. El hombre de la capa y el sombrero negros que se veía en las carreteras andaluzas tanto o más que el toro de Osborne. Capa negra de tuno portugués y sombrero cordobés. Una chica simpática les explica la historia de la bodega y de sus vinos. Es una bodega sencilla, no muy grande, pero muy ordenada y muy limpia. El vino de Oporto es un vino que se saca de unas uvas que crecen en lomas junto al río Duero sesenta o setenta kilómetros al este. Viñedos perfectamente cuidados y seleccionados. El oporto es dulce y es ácido, en una combinación única. De veinte personas que hacen la cata, a la mitad no les gusta. Los viajeros no están entre ellos.
   Oporto es una ciudad de un cuarto de millón de habitantes, pero cuya área metropolitana alcanza los dos millones y medio. Remozada y cuidada podría atraer mucho más turismo. 

sábado, 13 de agosto de 2016

Oporto 1

   De Coimbra a Oporto, pequeñas fincas agrícolas, bosques de eucaliptos y población dispersa. La reserva natural de las dunas de san Jacinto queda a pocos kilómetros, pero los viajeros no se detienen, aspirados por la atracción de Oporto. No lo tienen fácil para aparcar y acaban dejando el coche en un parking y luego trasladan los bultos al hotel. Calor húmedo pegajoso. En una primera impresión, Oporto es una ciudad bulliciosa y desordenada. Aún más avejentada que Coimbra. Como no tienen planes dejan el hotel y se adentran por calles comerciales donde pasea gente. Terrazas de restaurantes en mitad de la calle. Turistas perdidos.
   Luego de comer y descansar un rato, con todo el calorazo se echan a la calle a la búsqueda de la catedral. Se orientan con facilidad y al poco de dejar atrás la gran plaza de Oporto, digna de cualquier ciudad europea de postín, suben a la catedral. En la entrada, el viajero escucha una voz en español. Se vuelve y ve a un hombre joven con la mano extendida y le dice: - Adiós, sevillano.
   La catedral es como todas las que han visto de estilo románico y gótico, con añadidos renacentistas, manuelinos y barrocos. Compacta. No hay mucho turismo. Hermosas capillas, atractivo claustro, silenciosas y oscuras naves. Una familia de gitanos llama en la sacristía y les sale a abrir un cura con una gran sonrisa, como un abuelo que recibiera a sus hijas y nietos.
   El mendigo español se lanza sobre el viajero nada más salir por la misma puerta.
   -   ¿Cómo me has conocido?
   -   He vivido en Sevilla capital cinco años.
   -   ¿No me digas? Yo me he criado en Torreblanca.
   -   Yo viví tres meses en Torreblanca antes de que tú nacieras.
   -    La verdad es que estaba más tiempo con mi abuela que vivía en San Bernardo.
   Al final el viajero acaba enterándose de que su paisano ha sido heroinómano durante muchos años, que había estado en Galicia y que gracias a unos curas ahora estaba en Oporto. Los viajeros hacen intención de seguir su marcha, pero Juan quiere contarle su última anécdota.
   -   El otro día estaba yo en esta misma puerta cuando escucho hablar en español. Hay un revoltillo de gente y le pregunto al primero que veo por lo que pasa. Resulta que era un escritor famoso, un académico de la lengua española.
   -    Muñoz Molina.
   -    Sí, ese era. Algo tiene que ver con Oporto porque parece que viene mucho.
   -    ¿Y qué pasó?
   -    Me acerco a él y no se me ocurre que decirle, pero me acuerdo de haber oído a alguien algo de Manolito Gafotas y voy y le digo que he leído su libro. Luego me entero de que lo había escrito su mujer. Buena gente, me dio una buena limosna.
   Los viajeros comenzaban a sentirse felices en Oporto. Animados bajaron a un mirador donde grupos numerosos de jóvenes se sentaban a esperar el atardecer tomando la cerveza de moda. Ambiente de relax. El río Duero baja manso a sus pies y en la distancia sobre una loma un barrio viejo de la ciudad, de casas sin pintar, oscuras y tristes. El barrio por el que deambulan es barato y ameno. Compran en un establecimiento sencillo media docena de especialidades portuguesas y no pagan ni diez euros. Se las comen en el hotel con buen gusto y vuelven a ver la noche de Oporto.
   En la puerta tienen una iglesia manuelina afeada por el tiempo y una plaza no pequeña. Pasa muy poca gente, algún negro. Tuercen a la derecha por una calle débilmente iluminada. Y se orientan sin saber cómo hacia una esquina en una placita. En la oscuridad, como en un globo de luz se puede ver a la gente más guapa de la ciudad. Caras sonrientes, cuerpos esbeltos, ropas caras, elegancia y distinción, gente de mundo. Un poco más allá en otro globo de luz varias otras terrazas en medio de una oscuridad aún mayor.
   Luego de sentir por un buen rato el silencio y la oscuridad sentados frente a un parque, la pareja vuelve por sus pasos hasta el lugar de la gente guapa y luego se dirige a la calle mejor iluminada. Pronto se sienten en el bullicio. Restaurantes con muy buenas pintas se ofrecen a muy buenos precios. Están llenos. La calle termina en la plaza de la iglesia manuelina. Hay una heladería en una esquina. Una familia de gitanos está comandando, y detrás una familia de hindúes espera turno. Veinte personas como poco. La pareja entra en el hotel.                                                                                                            

jueves, 11 de agosto de 2016

Coimbra 2

   Coimbra fue la primera capital de Portugal y en ella nacieron sus primeros reyes, pero sus piedras fundacionales las pusieron los romanos. Visigodos y árabes también añadieron las suyas. El edificio más interesante de la ciudad es la Sé Vella, la Catedral Vieja, construida en estilo románico en los siglos XII y XIII. Una iglesia fortaleza con el añadido de un claustro por el que debieron deambular monjes soldados. La decoración interior del templo es acopio de quinientos años. Retablos, esculturas, capillas, cuadros… Pequeñas joyas de artesanos portugueses, franceses, flamencos y españoles, en piedra y en madera, en lienzos y paredes. gótico, renacimiento y manuelino. Los viajeros se divierten. El claustro es pequeño, pero la variedad de los rosetones y columnas de sus arcos góticos iguales, lo hace intenso. En lo poco, lo mucho. Al fondo se abren capillas que conservan tumbas de los más viejos   prohombres de Coimbra. Entre ellas la del judío Sesnando, que logró en el siglo XI que cristianos, musulmanes y judíos conviviesen en paz en Coimbra.
   Los viajeros vuelven a subir por las estrechas, retorcidas y empinadas calles de la parte vieja de la ciudad hasta la Universidad. Sin dilaciones entran en una gran plaza, abierta al este, desde la que se contempla el río Mondego. Una plaza anodina. Como aún no es hora de entrar en los edificios turísticos se dan una vuelta por el claustro de la universidad en el que grupos de estudiantes se preparan para exámenes. Zócalos con cerámicas. Sobriedad en el conjunto. Como aún no es hora de entrar, vuelven a salir de la gran plaza y se dan una vuelta y se entretienen viendo y escuchando a una gran tuna de estudiantes revestidos con sus capas negras hasta los pies, elegantes y distinguidos.
   El conjunto monumental es bastante caótico, con construcciones de muy diversas épocas, predominando las de lo siglos XVI, XVII y XVIII. Apenas les dejan ver la capilla real y  nada de fotos. Parece algo irreal, fuera de este mundo. Se pierde la sensación de espacio y de tiempo. Mudos y absortos y con la boca abierta. Única.
   Apenas miran la fachada manuelina de un palacio junto a la capilla, afectados aún por la impresión. Luego entran en la biblioteca joanina en el palacio de la torre. Hermosa obra digna de la ciudad más culta de Portugal. Luego suben a las azoteas más altas a contemplar Coimbra a vista de pájaro. Ventea aire cálido.
   Para terminar visitan las mazmorras, la parte más antigua del palacio, en la que se exponen documentos y dibujos sobre la historia de Portugal. Los viajeros no salen de su asombro al conocer la obra de los portugueses en medio mundo. De Brasil a Japón, de la India a Mozambique, de China a Timor. El primer japonés que arribó a Europa, lo hizo a Lisboa.
   Sin hablar, los viajeros vuelven a bajar las viejas calles. Sobre las paredes descuidadas de las casas alguien ha escrito un largo párrafo de Chomsky sobre la propaganda. Los vecinos han adornado las calles oscuras y abandonadas con cadenas de pañitos de lana de las más diversas formas y colores. Algo entre naif y kitsch.
   Entran y salen los viajeros de tiendas de artesanías diversas, sorprendidos por la creatividad que expresan. Los creativos de Coimbra conciben su ciudad como ideal, y en sus obras la visten con todos los colores del arco iris, como si fuera un Burano construido en una loma. Definitivamente, Coimbra es una ciudad que bien merecería ser considerada patrimonio de la humanidad si no lo es ya. Portugal necesita un remozado general y no estaría mal que fuera Coimbra la primera ciudad que lo hiciera. Por grande que fuera la inversión, el turismo la acabaría pagando con creces.
   El viajero recuerda a su amigo muerto y no quiere abandonar Coimbra sin pasear por su Jardín Botánico. Está en la parte baja de la Universidad y es gratuito. Está muy abandonado, y apenas si la pareja se encuentra con otra pareja de jóvenes, que discuten en la penumbra de la arboleda. La chica da patadas y puñetazos al chico y que se defiende sin mucha dificultad. Ella grita una y otra vez el mismo insulto, en portugués, hijo de puta. Cuando el chico hace intención de separarse, la chica lo persigue con sus improperios, sus patadas y sus manotazos. Los viajeros contemplan la escena sin intervenir. Al final ambos se sientan bajo un árbol a unos veinte metros de distancia. Ella llora tapándose la cara con las manos en postura fetal. Él parece estar sufriendo también, mientras la mira de reojo en la distancia.
   Cuando todo parece calmado, los viajeros se detienen junto a una fuente en la que croan ranas y nadan peces en un estanque. Una libélula gigante, verde, de alas transparentes va y viene exhibiendo su singular belleza. El viajero no puede creer que está en el jardín que tantas veces le recomendara su amigo muerto. Sin duda un jardín especial, en el que lucen árboles raros y añosos y para recordar su pasada relación con China y Japón, también alberga un bosquecillo de bambúes.
   La pareja atraviesa el puente sobre el Mondego que les lleva a la orilla donde se levanta el monasterio de las Claras. El calor da latigazos y encima ya han cerrado. Por fuera parece uno de tantos monasterios románicos que se reparten por toda Europa, pero los portugueses le tienen en gran estima porque fue rescatado de una gran ríada. Dejan atrás una feria de atracciones para niños y contemplan una fuente que acaban de inaugurar que surte del mismo río. Algo muy sencillo, pero es un primer paso. Vuelven a la calle principal y acaban otra vez en la misma plaza céntrica. Hay anunciada una exhibición de bailes de diversos países hijos de Portugal. De especial relevancia los bailes de Timor. Una cincuentena de hombres y mujeres de todas las edades, estaturas y pesos, vestidos con sus trajes tradicionales, imitando la vida diaria. Apenas hay trescientas personas disfrutando de un espectáculo gratuito que en cualquier otra ciudad sería caro.
   Pringando de saudade los viajeros toman camino de Oporto.
 

 

miércoles, 10 de agosto de 2016

Coimbra 1

   A la mañana siguiente, los viajeros se despiden de su casera que se dispone a viajar a Oporto donde tiene a su padre enfermo y toman el camino hacia Seia. Dejan atrás el desvío corto y se adentran en la sierra por una carretera que sube, baja y serpentea por las umbrías. Circulan despacio mientras en sus mentes se confunden confunden las filas de bicicletas con las de coches tocando el claxon porque Portugal ha ganado la copa de Europa de fútbol. Hubiesen deseado que la travesía por las montañas hubiese sido más larga. Sin darse ni cuenta llegan a lo más alto y comienzan a bajar hacia el pueblo de Seia, mucho más grande y moderno de lo que esperan. Se detienen a tomar un café, y mientras la mujer se detiene a ver un escaparate, al hombre se le acerca otro hombre que le empieza a hablar en portugués. Cuando menos se lo espera le dice que él acostumbra a ir mucho a Ciudad Rodrigo de putas.     La mujer se une a los hombres y juntos entran en una cafetería limpia y curiosa. El portugués se pone a hablar con la mujer. Resulta que trabaja como matemático en un organismo del estado y que es aficionado a los idiomas. Habla con la mujer en inglés. Al final paga las consumiciones y se despiden.
   - ¿Qué te ha parecido ese hombre?
   - Se acercaba demasiado a mí. No me ha gustado nada.
   Vuelven al coche y tiran para Coimbra. El paisaje ha cambiado considerablemente, pero los viajeros tienen ya la mente en la ciudad en la que desemboca el río Mondego. El GPS les lleva a una plaza con mucho tráfico. Ven el hotel, pero no pueden aparcar. Un gorrilla sale en su ayuda y los orienta a un sitio donde dejan el coche. Llevan los bultos al hotel y hablan con la recepcionista que les indica un parking cercano. Aparcan y se meten en el primer restaurante que encuentran lleno de gente. Buen servicio y buen precio para una comida sencilla pero sustanciosa. Un poco cansados, vuelven al hotel y se acuestan un rato.
   Coimbra es ciudad encumbrada, tanto en lo geográfico, cuanto en lo histórico. De origen pre-romano,   no hubo civilización peninsular que no la alcanzara. Desde el siglo XIII disputa con Lisboa sobre cual de las dos ciudades es la sede de la más vieja de las Universidades de Portugal.
   Los viajeros están ansiosos de pasear por Coimbra. Para hacer piernas primero se dan un paseo por la calle del Comercio hasta Santa María la Real, un templo gótico no demasiado lucido, pero que se encuentra en una plaza en todo el centro de la parte baja de la ciudad. A pesar de las reticencias de la mujer, a la que se le empiezan a hinchar los tendones de Aquiles, emprenden juntos la subida hasta lo más alto. Callejean siempre cuesta arriba un barrio que fuera judío, cristiano y musulmán. Poca gente. Acaban en la gran plaza que da entrada a la Universidad. Por aquí y por allá, las pretenciosas esculturas de granito de los tiempos de Salazar, están ennegrecidas en gran parte y dan una impresión de irrealidad. Como ya es tarde y no venden entradas para entrar en el complejo universitario, vuelven por el mismo camino y entran en un local en el que venden cerámica pintada. Y comienzan a hablar con la dueña y luego con el dueño. Es curioso como sin necesidad de traducción alguna se entienden hablando unos portugués y otros español. El dueño les muestra el taller de pintura donde tres pintores copian estampas bucólicas de la ciudad.
   -    Llevo en esto más de cincuenta años.
   -    Me parece una obra muy destacada, muy pulida.
   -    Nosotros lo hacemos todo. El horno lo tenemos en otro sitio, pero el resto del trabajo está aquí.
   -    ¿Le gusta su trabajo?
   -     Si no me hubiese gustado no lo hubiese hecho toda la vida.
   -     Esa es la perfección.
   Mientras tanto las mujeres hablan entre ellas sobre el origen del mantel más popular de Coimbra, estampado con frases de amor. Eran como cartas en las que las mujeres que recién habían aprendido a escribir decían a sus enamorados lo que los querían y lo que los añoraban.
   Cuando salen de la tienda taller de cerámica, se dan de bruces con la catedral vieja, la Sé Vella de Coimbra. Lleno de entusiasmo, el hombre se acerca a mirarla y remirarla por fuera y a enterarse de cuando se puede entrar a verla por dentro. Sólida y compacta, oscura, de apariencia perfecta.
   Anoche, los viajeros cenan en una terracita en mitad de una cuesta bacalao para no perder la costumbre. Luego se recogen en el hotel y se duermen escuchando el discurso del presidente portugués a propósito del éxito en el campeonato de Europa de fútbol. Es el discurso de un hombre bueno, que mira al futuro con intención pura. Un chute de ánimo para una nación que no quiere seguir siendo la última.
 

 
 

lunes, 8 de agosto de 2016

Planes frustrados

   A la mañana siguiente, mientras desayunan en el viejo comedor de la Casa, hablan con una pareja de profesores portugueses sobre Literatura Ibérica. Cervantes y Camoens como referencias.
   -    Ni el uno se lee en España ni el otro en Portugal.
   -    Pues no saben lo que se pierden. Camoens está por redescubrir. "Os Lusiadas" es la epopeya más brillante que se haya escrito después de las clásicas. Yo pienso que es incluso superior.
   La profesora niega con la cabeza.
   -    Los portugueses sois demasiado humildes. No sabéis lo que tenéis. ¿Que me decís de Torga?
   -    Preferimos a Saramago.
   -    Para mí Torga es uno de los mejores escritores europeos del siglo XX.
   -    No es para tanto.
   -    Nos dirigimos pasado mañana a Coimbra. ¿Que es lo que no podemos dejarnos sin ver?
   -    La catedral vieja y el convento de las Claras.
   Los viajeros vuelven a su habitación y luego bajan al pueblo a comprar pan, fruta y fiambre. Cuando van a cruzar la carretera principal ven gente agolpada en las cunetas. Pasa una carrera ciclista. La mujer conduce un par de kilómetros entre grupos de bicicletas hasta que es detenida por unas chicas de la organización de la carrera que parece infinita. Desperdigados, los ciclistas pedalean cuesta arriba exhibiendo los llamativos colores de sus camisetas. Los hay de todas las edades, hombres y mujeres. Uno de ellos se mete bajo una cascada con la ropa y los zapatos puestos. El sol araña.
   Los viajeros se desaniman cuando se enteran de que hasta las tres de la tarde está previsto que la carretera esté cerrada al tráfico de vehículos a motor que no sean de la organización. Han aparcado junto a un criadero de truchas con sobra y agua cerca, pero el hombre no puede parar quieto bajo los árboles mirando pasar ciclistas y se dirige al sol para hacer el camino hacia Fuente Santa. La mujer le sigue refunfuñando. Al principio el caminito parece fácil de seguir, pero al poco se convierte en una senda en parte tapado por zarzas y espinos. El sol araña aún con más inquina. La mujer se para un momento bajo la sombra de un árbol. El hombre, que la precede en unos doscientos metros rehace el camino para animarla a seguir. Ha pasado poco más de media hora cuando los caminantes se dan de bruces con la carretera y ni rastro de Fuente Santa.
   Los ciclistas siguen cuesta arriba y en algún momento, entre ellos, pasan un par de coches. Cuesta abajo y a la sombrita, en diez minutos la pareja vuelve a estar al lado de su vehículo. Sin dudarlo, la mujer se echa a la carretera y tira cuesta arriba hasta que pasados un par de kilómetros, un policía les desvía por la carretera que conduce al Salto de Satanás. Conduce durante unos pocos minutos y detiene el coche junto a la primera caída de agua que encuentra. En la parte alta de la ladera hay dos personas comiendo junto a una fuente. Los viajeros se acercan a ellos y los saludan.
   Al poco, las cuatro personas hablan como si fueran vecinos de toda la vida. De pronto, el portugués se acerca a los viajeros y les ofrece una tartera de plástico. El hombre mira curioso, mientras la mujer hace un mohín de rechazo.
   -    ¿Qué es?
   -    Feijaos.
   El forastero, con alegría no fingida, toma una cuchara de plástico que le ofrece el aborigen y coge un par de judiones y se los mete en la boca. Les parecen tiernos y finos, parecidos a los de Sepúlveda. Nada más sentir su gusto, da las gracias varias veces a la hospitalaria pareja. El viajero se ríe por dentro pensando en lo que siente su compañera que mira con atención el contenido del recipiente en el que además de judiones hay trozos de oreja y caserías varias.
   -   ¡Come, mujer! ¡Está buenísimo!
   Los portugueses no dejan de atender a sus huéspedes y les ofrecen una botella de vino, de la que el viajero bebe con fruición. La viajera, venciendo sus prejuicios acaba sumándose a la colación. Luego de un rato de preguntas y respuestas, los forasteros se enteran de que sus amables compañeros están en la mitad de la cincuentena y que son abuelos. También que viven en un pueblo a treinta kilómetros al sur. El hombre tiene media docena de vacas y un huerto y la mujer trabaja en una fábrica. No han pasado nunca la raya de España y de su Beira natal no han salido más que a Castelo Branco y a Lisboa.
   Cuando acaban de comer y beber, los portugueses se despiden y se dirigen a su coche que está aparcado cerca. Los viajeros toman la carretera y se ponen a andar. La arboleda los libra de las garras de sol. No muy lejos se topan con un riachuelo y se dirigen a él. Libélulas singulares revolotean sobre la corriente y a ratos se detienen sobre las piedras o las yerbas. Hay cerca una fuente y a ella se acercan para beber. En una media ladera, hay una huerta que riegan unos aspersores. El resto es monte de pinos, rebollos y caducifolios varios. Suben junto a la corriente hasta una enorme piedra redonda. Entre los arboles se puede ver una pequeña cascada saltar entre el pedregal.
   Cuando se hartan de meter los pies en el agua vuelven a la carretera y rehacen el camino hasta el coche. Se cruzan con un joven excursionista holandés que mira un GPS y se dirige directamente al pueblo por un atajo. Vuelve la mujer al volante y al poco están en la intersección de las dos carreteras. Los ciclistas han acabado de pasar y nadie les impide dirigirse a Manteigas. De pronto, el hombre dice a la mujer que pare, porque ha visto un cartel de Fuente Santa. Bajan del coche y justo al lado de la carretera hay una fuentecilla que casi no se ve. El hombre toma una botella y la llena del chorrito que cae. Luego la prueba y la escupe.
   -   ¡Sabe a huevos podridos!
   -   ¡Vaya!
   -   ¡Pues eso!
   Sin más dilaciones, la pareja vuelve a la Casa das Obras, se ponen los bañadores y bajan a tomar los últimos rayos de sol en el jardín de enfrente. Cuando comienzan a salir las estrellas, se suben a su habitación, cenan lo que llevaban para el mediodía y contemplan un rato el valle glaciar del río Zézere más allá de las luces del pueblo. A lo lejos una gran cruz iluminada. Los viajeros se acuestan dando gracias.
 

sábado, 6 de agosto de 2016

Sierra de la Estrella

   El viajero está ansioso por tomar la carretera que sube en paralelo al río Zézere. Nada más desayunar compran para hacer unos bocadillos y suben al coche. La carretera es estrecha, pero circulan despacio y apenas se cruzan con algún otro coche. El hombre mira extasiado por la ventanilla los bosques y los picos más altos de la Sierra cada vez más cercanos. Paran junto a un río. Unos caminantes les informan de que a una hora de camino hay unas cascadas. Pero deciden seguir subiendo en el coche. La carretera acaba en otra carretera perpendicular que recorre la Sierra de este a oeste. Siguen subiendo un poco más, por la derecha, y al poco ven otra carretera que se desvía hacia la cumbre del pico Torre, el más alto de la Sierra, no le faltan ni diez metros para alcanzar los dos mil de altura. Nada más tomar el desvío ven a su derecha una laguna cerrada e inaccesible, la fuente más alta del río Zézere. Arriba del todo hay un bar restaurante y un par de cúpulas que construyeron los americanos, idénticas a las que construyeron en la cima del Puig Major, el pico más alto de Mallorca.
   Bajan del vehículo y dan una vuelta para contemplar el panorama. A su vista un par de lagunas, una de ellas muy cerca, pero la mujer no está para muchos trotes y prefiere orientarse al bar para tomar un café. Hace cada vez más calor. Nada más entrar un joven camarero les atiende con amabilidad no fingida y les pregunta si quieren se atendidos en la terraza. Antes de que lleguen a ella, el camarero arrastra unas sillas y una mesa y las coloca a la sombra. Al poco, el viajero preguntón ya sabe que el muchacho tiene 22 años y que ha llegado de Brasil hace apenas un mes. Cuando se despiden lo hacen como si se conocieran de toda la vida. Una mariposa extiende sus alas al sol y la mujer la retrata.
   Los viajeros vuelven al coche y sigue hacia el oeste. Circulan muy pocos vehículos. Apenas han recorrido dos o tres kilómetros, avistan un pequeño aparcamiento al lado de la carretera. Bajan del coche y se adentran en la montaña desarbolada. El hombre va delante y apenas ha recorrido poco más de cien metros se topa con la primera laguna, lagoa en portugués. Le dan ganas de gritar como siempre hace cuando se encuentra con un lugar especial. Bajo un reborde rocoso, en una mesetilla en pendiente se esconde tranquila una lagunilla de aguas casi estancadas, donde revolotean libélulas y mariposas y croan las ranas. Aquí y allá pequeños macizos de arbustos de diversos verdes y campitos de florecillas al amparo de las peñas. Los viajeros no dicen ni una palabra. Colmadas sus ansias de belleza, el hombre y la mujer se adentran en el territorio y descubren nuevas lagunas, donde otras ranas, otras libélulas,  otras mariposas y otras flores y yerbas les esperan para darles la bienvenida. El viajero mira y remira el verde único de las rocas, mientras la viajera se extasía contemplando todo el panorama.
   Con la idea de volver al día siguiente para seguir buscando lagunas, retornan a Manteigas parándose para beber en las fuentes y acercarse a los riachuelos. Comen en su habitación, descansan un poco y vuelven al coche para dar una vuelta. Vuelven a ascender la carretera del Zézere, pero apenas han recorrido un par de kilómetros ven a la izquierda una indicación hacia un lugar que llaman el "Salto de Satanás" y la siguen. La nueva carretera es aún más estrecha y virada, pero aún pasan menos coches. Apenas a quince por hora, atraviesan una ladera arbolada por la que de trecho en trecho baja un torrentillo con agua. Los viajeros saben que el lugar está a seis kilómetros, pero el camino se les hace largo. Paran en un mirador a contemplar un par de pueblecitos por el norte, como perlas engastadas en una inmensa esmeralda. Cuando más distraídos están fundidos con el paisaje, la carretera acaba en una pequeña explanada.
   No es nada fácil describir un lugar tan extraño. Frente a ellos se alinean en paralelo en dirección vertical media docena de columnas vertebrales de roca casi blanca. Entre ellas trepan árboles y arbustos de un verde profundo. De pronto escuchan el fragor de una caída de agua. Miran hacia abajo y ven una pequeña charca de un color indefinido, a la sombra. El barranco es quebrado y oscuro, totalmente vertical. Los viajeros vuelven sobre sus paso y toman una senda arriba. Está bien marcada, pero es cada vez más estrecha y va dejando a su izquierda un precipicio cada vez más alto. Caminan despacio y con precaución. Al poco el sol les pega de lleno. Atentos a sus pisadas el tiempo se les hace tan corto que sin darse ni cuenta se plantan en una mesetilla donde termina la senda. Más arriba unos derrubios de rocas de diversos tamaños. Se encuentran a cincuenta metros de un collado, pero la dificultad de la subida es máxima y desisten de seguir subiendo. A sus pies el chorro de la meada de Satanás.

viernes, 5 de agosto de 2016

Manteigas

   Temprano, los viajeros salen con dirección a Manteigas, pero el viejo tom-tom sin actualizar señala que la carretera directa que marca el mapa de 2016 es impracticable. El hombre sabe que no es así, y la mujer toma una estrecha calzada que serpentea subiendo y bajando montañas. Carretera sinuosa, pero sin apenas tráfico. Lento rodar por las entrañas de una comarca de deliciosas sombras. El viajero recuerda a su amigo muerto que le recomendara en vida el pueblo de Manteigas y el alojamiento en el que esperan pasar tres noches: la Casa das Obras, un palacete portugués del siglo XVIII.
   Manteigas no es el pueblecito de montaña que ellos esperan, es más bien un poblachón extendido sobre la ladera oeste de una sierra que en su cima alcanza los mil quinientos metros. Pueblo empinado y retorcido, en su mayor parte nuevo. A medio pueblo se halla edificada la Casa das Obras, viejo edificio que al hombre le parece lóbrego y oscuro y a la mujer cálido y misterioso.
   Desde la ventana de la habitación, grande, de dos piezas, se ve, bajo el cielo, todo el valle glaciar del río Zézere, y al fondo los picos más altos de la Sierra de la Estrella. Hace calor, la dueña, una enigmática mujer de mediana edad, les dice que está haciendo un verano muy raro, que las temperaturas han subido cinco o seis grados por encima de lo normal.
   Dejan los bultos y se ponen a callejear por el pueblo. Al norte y al sur de la parte más antigua hay erigidas dos iglesias. La del norte está en obras, así que se dirigen a la del sur que está abierta. Los viajeros entran en ella, y a pesar de la cantidad de iglesias que han visto, no dejan de sorprenderse por la exquisita ornamentación que tiene esta.
   El río Zézere se escucha correr y saltar, pero apenas se ve, entre rocas de multitud de formas y tamaños que componen un laberinto inextricable. Mientras la mujer habla con su hija por teléfono al lado de un puente, el hombre baja a un riachuelo donde libélulas y mariposas de distintas especies vuelan sobre las aguas, las piedras y las flores.
   Aconsejados por la patrona de la Casa van a comer a un restaurante moderno junto a una carreterilla con muy poco tránsito. La comida es muy buena y a buen precio. El camarero es inexpresivo y silencioso, pero cumplidor.
   Luego de un rato de siesta, y a pesar del sol que pica, los viajeros salen a dar una vuelta por la ladera de las montañas del oeste. Fuerte pendiente dejando atrás casas de campo y pequeñas huertas y jardines. Beben en una fuente y toman un camino que se adentra en la naturaleza. Una mujer trabaja en sus judías, y un hombre, a cien metros está sentado cerca de un rebañito de cabras y ovejas. Ni la una ni el otro responden a los saludos de los viajeros, que atraviesan un arroyo y luego suben y se internan en un bosque de pinos, encinas y arbustos diversos. Los caminantes comienzan a sentirse libres. Luego de media hora larga de camino, después de toparse con un caserío desde el que unos perros les ladran, tuercen a la izquierda. Cuando se dan cuenta están en un balconcito a media altura de la ladera, contemplando el rojo pueblo de Manteigas. El hombre propone acabar de hacer el círculo, pero la mujer tiene miedo de errar la senda en una zona bastante arisca, y vuelven sobre sus pasos.
   Para cenar se meten en un bar desangelado. Sólo hay cuatro mesas y una está vacía. Cuatro personas además de ellos. El camarero les habla en inglés de garrafón y toma el pedido que le hacen en español. Pasa el tiempo. Un cuarto de hora y sólo les han puesto una cerveza monda y lironda. El cocinero se fuma tranquilamente un cigarrillo en la puerta, mientras un par de camareras charlan entre ellas junto a la barra. Pasa otro cuarto de hora y les traen un platito de aceitunas pasadas. Pasa otro cuarto de hora. El viajero se levanta, pero nadie parece hacerle el menor caso. Pasa otro cuarto de hora, y a la tercera vez que se levanta el viajero, el pobre camarero, que no tiene culpa ninguna, se disculpa y le dice que en cinco minutos están as tres sardinas a la brasa. La mujer se ríe del enfado del hombre.
 

jueves, 4 de agosto de 2016

Guarda

   Se despiden de Ciudad Rodrigo a la hora en la que del cielo baja candela. Y casi sin enterarse cruzan la raya de Portugal. El territorio se hace más montunos y la vegetación natural se va adueñando del paisaje. Llegan al alojamiento de Guarda sin yerros. Una sencilla habitación en una casa de tres pisos construida contra una muralla romana. El viajero comienza a sentir una mezcla de tristeza, nostalgia y paz. "Debe ser la saudade".
   Luego de un pequeño descanso salen a a la calle y se orientan hacia la catedral, que acaban de ver desde la ventana de su habitación, edificada en todo lo alto del cerro en cuya ladera del oeste está construida la pequeña ciudad de Guarda. Desde fuera parece más un castillo que una iglesia, compacto y cerrado flanqueado por dos potentes torres bajas. Se acercan a la puerta del oeste que está abierta, y luego de pagar un par de euros a una chicas jóvenes, entran en el templo: La Sé de Guarda. Aunque pensado con mentalidad románica, ha sido alzado en arquitectura gótica. Llaman la atención las columnas principales,  formados por cuatro columnas que se retuercen de la base a los capiteles. Los viajeros se sorprenden de que lo fundamental de su construcción sea del siglo XIV, cuando en España templos parecidos fueron construidos el siglo anterior. Es una catedral pequeña en sus proporciones, pero perfecta en su escala. Casi desnuda, pero con un retablo, tras es altar mayor, muy llamativo en piedra muy clara y madera muy oscura.
   Van y vienen los viajeros por las naves en penumbra, cuando un hombre, con gestos, les señala la entrada a una torre. Una sencilla escalera de caracol de piedra, comunica el suelo de la iglesia con una gran azotea desde la que se divisan los cuatro puntos cardinales. La mujer se adentra en el laberinto de pináculos góticos que se alzan aquí y allá, mientras el hombre contempla arrobado la pequeña cúpula teta que corona la escalera de caracol.
   Cuando ya se disponen a bajar, escuchan que alguien sube por la escalera de caracol. Son las chicas despabiladas que vienen a cerrar la puerta. Bajan juntos hasta la puerta de entrada y pagan religiosamente su euro extra por subir a la torre. Luego bajan hasta la plaza en la que comienza la calle más comercial. La mujer entra en una tienda de loza que igual que en Guarda podría estar en Nueva York, limpia, diáfana, ordenada, desbordante de platos, jarrones, lámparas y todo tipo de producciones cerámicas. Los propietarios y al tiempo dependientes, son una pareja de hombre y mujer con pintas de ochentones.
   Mientras la viajera habla con el hombre sobre sus conocimientos cerámicos, el viajero sale a la puerta del comercio y se fuma un cigarrillo mirando a la calle vacía y silenciosa.
   Al rato, la pareja de viajeros callejea por la parte más antigua de Guarda, una ciudad decrépita, oscura y algo sucia, donde es más difícil encontrar una casa remozada que una abandonada. Saudade. De pronto la mujer mira al fondo de la calle por la que transitan y ve a un hombre de pie en la puerta de un establecimiento que parece un bar, mientras una mujer limpia una ventanuca. Son un viejo y una vieja tan viejos como los comerciantes de loza.
   El local que regentan los ancianos apenas es una salita de doce o catorce metros cuadrados cortada por una barra baja de madera oscura. En la pared del fondo, unos estantes sobre los que reposan sólo dos tipos de botellas, unas de cerveza y otras de refresco. Nada más. Encima del mostrador reposa una botella de litro de un líquido rojizo que parece espeso. El anciano sirve una copa de aquello a cada viajero.
   - ¿Esto qué es?- pregunta la mujer.
   - ¡Ginja!- responde el viejo.
   - ¿De qué está hecho?- interroga el hombre.
   Y la vieja, que se ha acercado, señala una cereza en la camisa de la botella.
   - ¡El mejor licor de la Beira, que se bebe en todo Portugal!- remata el viejo.
   A los viajeros les sabe a gloria aquel licor suave y espeso, y repiten. El hombre, para no perder la costumbre, pregunta, y se entera, por boca del viejo, que su mujer tiene ochenta y un años y él setenta y ocho. Había nacido en las montañas del oeste, en una aldea cerca del nacimiento del río Mondego, lugar que aún añoraba. Siendo poco más que un adolescente se enroló en el ejército de las colonias y luego de pasar unos meses en los puertos portugueses de África, al oeste y al este del continente, acabó en Goa, la colonia de Portugal más importante en la India. Una colonia en China fue su última parada. Luego había vuelto a Guarda y se había casado con su mujer.
   El chiscón supura humedad, y por momentos se puede oler una vaharada de orines. Los intrusos se despiden amablemente de los viejos y siguen con su callejeo. Animados por las dos copas de Ginja vuelven a subir y acaban en un mirador desde el que dominan tres cuartas partes del horizonte. En la parte baja de la ladera del este se divisa un pueblecito limpio y sencillo de tejados rojos en medio de la vegetación natural. Al oeste y al sur el terreno se alza hasta la Sierra de la Estrella.
   A pesar de que Guarda sigue rodeada por una muralla, ésta apenas se ve, porque adosadas o encima de ellas hay construcciones de aluvión. vuelve a bajar la pareja en paralelo a la muralla, y en la umbría hacen fotos de flores y mariposas que nunca han visto. Acaban al pie de la potente torre que aún se conserva en la que fuera entrada principal a la ciudad. Luego siguen bajando. Muchas casas abandonadas, en ruinas, comidas por los yerbajos y las zarzas. Junto a la carretera principal pasan por un par de bares restaurantes, en cuyas puertas hablan grupitos de hombres. Los viajeros sienten hambre,  pero a la mujer no le gusta la pinta de los bares. Suben por la calle comercial y a la izquierda ven un restaurante en una callecita oscura, limpio y moderno. Los precios les parecen excesivos y al fin se deciden por uno de los restaurantes al lado de la carretera por la que apenas pasan coches. Por fuera parece una taberna andaluza, manchega o mallorquina de los años cuarenta o cincuenta del siglo pasado. El bar es pequeño, y aún más pequeño el restaurante, un sótano sin ventanas, pero limpio, con sus buenas mesas y sillas de madera. La luz artificial no ofende. La carta no es muy extensa y se deciden por una churruscada y un pez espada. Excelentes los dos platos y además económicos.
   Y sin más los viajeros vuelven a su alojamiento y se duermen como dos benditos.

miércoles, 3 de agosto de 2016

En Ciudad Rodrigo

Los viajeros salen temprano de la casa y comienzan a arrastrar sus bultos en dirección al lugar en el que con mucha suerte, según ellos, han aparcado. Pero oh misterio, el coche había desaparecido. En el lugar en el que lo habían dejado había otro coche aparcado. La viajera toma móvil y en cinco minutos aclara la situación. Alguien importante ha necesitado aquel aparcamiento al lado de unos edificios oficiales y han cogido el coche de los viajeros y lo han trasladado a la otra parte del río Tormes. Revestidos de la virtud de la paciencia, vuelven a arrastrar sus bultos hasta el nuevo emplazamiento. Desde más allá del puente se despiden de Salamanca con una última mirada y toman la dirección oeste. Casi sin enterarse avistan Ciudad Rodrigo, pueblo que fuera ciudad fuerte y diócesis episcopal. Aún conserva restos de una muralla asediada y bombardeada durante centurias. Se dirigen al castillo de los Trastámara, dinastía de reyes del siglo XIV. En Carmona, Andalucía construyeron otro, magnífico, desde el que se domina gran parte del valle del río Guadalquivir. Dejan atrás una preciosa logia renacentista, un verraco atribuido a los vetones, un pueblo anterior a los romanos, y varios palacios e iglesias escondidos. El castillo es hoy parador nacional, y es un placer andar por su interior con toda libertad. Desde lo más alto de la torre caballera se domina el valle del río y las llanuras adyacentes. Un mediodía caluroso en demasía se pasa con más agrado al amparo de los muros y  los jardines del castillo austero de Ciudad Rodrigo.
   El sol calienta con rabia el pueblo. La viajera entra en una carnicería y compra un chorizo de la zona porque dicen que son muy buenos. Con las fuerzas casi intactas, se dirigen a la catedral, un templo planeado en el siglo XII y completado con la cúpula de su torre quinientos años más tarde. El estilo de construcción románico está extendido por todo el norte de la península ibérica, de Cataluña a Galicia. De la catedral vieja de Lérida a la de Santiago de Compostela, pasando por centenares de pequeñas y medianas iglesias repartidas por Cataluña, Aragón, Castilla la Vieja, León, Portugal y Galicia. Lo más singular y distinguido de los templos románicos europeos son sus pórticos, y el principal de la catedral de Ciudad Rodrigo es de los más excelsos. Lo tienen resguardado de las inclemencias del tiempo frío y lluvioso en invierno y tórrido en verano. Los viajeros se quedan con la boca abierta sin saber donde fijar su mirada en la maraña ordenada de arcos columnas capiteles y estatuas labradas. Libro de piedra en el que se puede leer la historia de los tiempos medievales. Sólo el pórtico de la Gloria de la catedral de Santiago de Compostela supera en España en este estilo al de la puerta de la virgen y los apóstoles de Ciudad Rodrigo. Se necesitarían días para leerlo con detalle.
   El interior de la catedral sorprende por la altura de sus finas columnas y por la sobriedad de su ornamentación. Destaca el retablo de la capilla del ábside, en cuyo centro parece flotar una imagen de la virgen María. Además está la sillería del coro, en madera labrada al estilo gótico, perfectamente completada con un órgano posterior. La capillita de la Virgen de los Ángeles atrae por su original colorido, y el claustro adyacente a la iglesia es un auténtico divertimento, con sus columnas y capiteles, con sus arcos de filigranas de piedra todos distintos.