La memoria cabalga sobre el presente y las vivencias se intensifican. El viajero vivió un otoño en San Fernando hace 39 años.
La atmósfera superaba en transparencia a cualquier otra conocida. Pero no todos los días la luz era así. De pronto los días empezaron a enturbiarse creando una sensación de irrealidad. Nubes, nieblas y mar confundidos en un espacio sin límites de leche y carbón.
Serenidad húmeda y salada.
Los ecos del cante del Camarón y del baile de la Sara reverberan en la albura del mar, de la sal, de la cal y del cielo.
Pasear por la isla de San Fernando procura visiones sin cuento. Salinas y caños, marismas y esteros, viento y sol. Laberinto inextricable donde se olvida el cuerpo y el alma se ensonda entre el cielo y el mar.
La isla de Cádiz está unida a la de San Fernando por un puente sobre la vía Augusta Julia. Desde el cielo parecería un caballito de mar.
Pasa Cádiz por ser la ciudad más vieja de Europa, y sin embargo, a los ojos del viajero del siglo XXI, apenas hay vestigios visibles de su larga historia. Calles estrechas y abigarradas en sombra. Ora bullicio, ora silencio. Y en las plazas al sol, floristas y marisqueros que pregonan sus géneros. ¡A los ricos camarones!
No es Cádiz ciudad hermosa, pero atrae como una abuela sabia que esconde secretos en su aura. Tartesios, fenicios, romanos, vándalos, árabes y bereberes, castellanos, americanos, franceses..., en una mixtura de tres milenios. Barcos de todos los puertos, gentes de todas las playas, penas y alegrías de todos los corazones.
jueves, 29 de agosto de 2013
martes, 27 de agosto de 2013
¡Ay, Jerez de la Frontera!
Los viajeros no saben que Jerez de la Frontera es la tercera ciudad más poblada de Andalucía, con cerca de un cuarto de millón de habitantes. A pesar de la fama universal de sus vinos y sus caballos, Jerez de la Frontera es quizás de las ciudades más famosas de España y también de las más desconocidas.
Entrar por sus anchas avenidas y sus amplias rotondas, ornamentadas con esculturas mastodónticas, impresiona tanto como desconcierta. Los viajeros sienten unas irrefrenables ansias de descubrir una urbe que ni por asomo esperaban les sorprendiera tanto.
Atravesar las tierras que se extienden entre los cursos bajos de los ríos Guadalete y Guadalquivir, en especial las situadas al oeste, impone. Suaves lomas de tierra alberiza cubiertas de viñas mínimas que apenas manchan la pura blancura. Paisaje angelical.
El alcázar es la construcción más llamativa y más extensa de la ciudad. Erigido en los tiempos almohades del gran maestro Ibn Arabí, en su interior guarda palacio, mezquita, jardín y baños. Sólidos muros, torres compactas, fortaleza perfecta.
El alma del alcázar es su mezquita. Imposible imaginar belleza más sobria, más íntima, más espirituada. Por dentro y por fuera. Los baños no tienen ningún lujo, ni cerámicas, ni pinturas ni ornamento alguno. Limpio ascetismo.
Muy cerca está la catedral cristiana, junto al alminar muslim, que hoy soporta dos campanarios y una cúpula cristianas. Imposible no captar la belleza de un paisaje arquitectónico tan singular. Nada estorba, nada desentona, nada impide la visión de una obra de arte de proporciones exactas. La fachada es un prodigio de simetrías.
Plazas y palacios. Torres y espadañas. Iglesias y conventos. Barrios blancos. Todo en Jerez rezuma vida y arte.
Visitar sus bodegas, sus museos, sus parques, sus plazoletas, sus tiendas... y un buen rato para acercarse a la Cartuja.
Entrar por sus anchas avenidas y sus amplias rotondas, ornamentadas con esculturas mastodónticas, impresiona tanto como desconcierta. Los viajeros sienten unas irrefrenables ansias de descubrir una urbe que ni por asomo esperaban les sorprendiera tanto.
Atravesar las tierras que se extienden entre los cursos bajos de los ríos Guadalete y Guadalquivir, en especial las situadas al oeste, impone. Suaves lomas de tierra alberiza cubiertas de viñas mínimas que apenas manchan la pura blancura. Paisaje angelical.
El alcázar es la construcción más llamativa y más extensa de la ciudad. Erigido en los tiempos almohades del gran maestro Ibn Arabí, en su interior guarda palacio, mezquita, jardín y baños. Sólidos muros, torres compactas, fortaleza perfecta.
El alma del alcázar es su mezquita. Imposible imaginar belleza más sobria, más íntima, más espirituada. Por dentro y por fuera. Los baños no tienen ningún lujo, ni cerámicas, ni pinturas ni ornamento alguno. Limpio ascetismo.
Muy cerca está la catedral cristiana, junto al alminar muslim, que hoy soporta dos campanarios y una cúpula cristianas. Imposible no captar la belleza de un paisaje arquitectónico tan singular. Nada estorba, nada desentona, nada impide la visión de una obra de arte de proporciones exactas. La fachada es un prodigio de simetrías.
Plazas y palacios. Torres y espadañas. Iglesias y conventos. Barrios blancos. Todo en Jerez rezuma vida y arte.
Visitar sus bodegas, sus museos, sus parques, sus plazoletas, sus tiendas... y un buen rato para acercarse a la Cartuja.
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lunes, 26 de agosto de 2013
Del centro al sur de España (3)
BARBATE Y TRAFALGAR
Una casa en una urbanización en mitad de un bosque, a unos tres kilómetros del mar; construida al amparo de dos pinos centenarios, en su jardín crecen árboles frutales junto a plantas aromáticas y de flor, y un añascloso alcornoque con restos de varias capas de corcho. A unos pasos se extiende el Parque Natural de las Marismas y Breñas de Barbate.
Barbate es un pueblo con fama de gentes primitivas, incultas y brutas, pero ese desprecio no es más que ignorancia. Las gentes de Barbate son amables, sencillas y auténticas. Abiertas y comunicativas. Gentes del sol, del viento, de las tormentas, de las marismas, los pinares, las breñas y el mar.
Los viajeros no se pierden un paseo por los caminos del pinar sobre unas dunas que se despeñan al océano. A mediados del siglo XIX, estas suaves lomas de arena sobre la roca viva eran un breñal, una tierra en la que sólo crecía monte bajo. Azotadas por los vientos de levante, las dunas iban y venían como monstruos de arena. A un ingeniero de montes se le ocurrió fijar las dunas con una plantación de pinos piñoneros.
Entrar en el pinar es como entrar en el bosque encantado de un sueño infantil. Arbustos y plantas exhuman sus fragancias sutiles que se mezclan en el aire con las fuertes fragancias de los pinos. El sotobosque, con sus manchas de palmitos, lentiscos, retamas... Mucha sombra, pero a poco chorros de sol sobre praderitas, donde flores mínimas de colores y formas puras, púdicas se esconden. Gozo de floresta.
Impone, alzados sobre el acantilado, mirar los horizontes. La mole de Trafalgar, arena compactada sobre roca negra, abrazo de tierras. Al fondo el agua es verde y un poco más allá algo como morada. Rocas que se erizan. Alzar la mirada hacia el este deja en el alma una impresión de eternidad instantánea. La luz del sol lame la costa, y el cielo y el mar se funden en un horizonte de transparencias celestes.
En estos parajes frente a África, en mitad del pinar, el viajero inspira un viejo aire musical, una atávica melodía primigenia, pura como el aire y el mar.
El viajero se siente incapaz de trascribir la música.
Una casa en una urbanización en mitad de un bosque, a unos tres kilómetros del mar; construida al amparo de dos pinos centenarios, en su jardín crecen árboles frutales junto a plantas aromáticas y de flor, y un añascloso alcornoque con restos de varias capas de corcho. A unos pasos se extiende el Parque Natural de las Marismas y Breñas de Barbate.
Barbate es un pueblo con fama de gentes primitivas, incultas y brutas, pero ese desprecio no es más que ignorancia. Las gentes de Barbate son amables, sencillas y auténticas. Abiertas y comunicativas. Gentes del sol, del viento, de las tormentas, de las marismas, los pinares, las breñas y el mar.
Los viajeros no se pierden un paseo por los caminos del pinar sobre unas dunas que se despeñan al océano. A mediados del siglo XIX, estas suaves lomas de arena sobre la roca viva eran un breñal, una tierra en la que sólo crecía monte bajo. Azotadas por los vientos de levante, las dunas iban y venían como monstruos de arena. A un ingeniero de montes se le ocurrió fijar las dunas con una plantación de pinos piñoneros.
Entrar en el pinar es como entrar en el bosque encantado de un sueño infantil. Arbustos y plantas exhuman sus fragancias sutiles que se mezclan en el aire con las fuertes fragancias de los pinos. El sotobosque, con sus manchas de palmitos, lentiscos, retamas... Mucha sombra, pero a poco chorros de sol sobre praderitas, donde flores mínimas de colores y formas puras, púdicas se esconden. Gozo de floresta.
Impone, alzados sobre el acantilado, mirar los horizontes. La mole de Trafalgar, arena compactada sobre roca negra, abrazo de tierras. Al fondo el agua es verde y un poco más allá algo como morada. Rocas que se erizan. Alzar la mirada hacia el este deja en el alma una impresión de eternidad instantánea. La luz del sol lame la costa, y el cielo y el mar se funden en un horizonte de transparencias celestes.
En estos parajes frente a África, en mitad del pinar, el viajero inspira un viejo aire musical, una atávica melodía primigenia, pura como el aire y el mar.
El viajero se siente incapaz de trascribir la música.
De rama en rama.
De rama en rama.
De rama en rama.
Vuelan los pajaritos.
De rama en rama.
Los pajaritos.
Los pajaritos.
Los pajaritos.
Silban sus dulces trinos.
Los pajaritos.
Sus dulces trinos.
Sus dulces trinos
Sus dulces trinos.
Silban los pajaritos.
Sus dulces trinos.
Los pajaritos.
Los pajaritos.
Los pajaritos.
Vuelan de rama en rama.
Los pajaritos.
Cuando se hace de noche y la luna está casi llena, el viajero imagina al maestro de los maestros, el singular Ibn Arabí, entre amigos, cantando este mismo aire.
La luna llena.
La luna llena.
La luna llena.
En lo alto del cielo.
La luna llena.
Alto del cielo.
Alto del cielo.
Alto del cielo.
Brilla la luna llena.
Alto del cielo:
La luna llena.
La luna llena.
La luna llena.
Brilla en el firmamento.
La luna llena.
El firmamento.
El firmamento.
El firmamento.
Donde brilla la luna.
El firmamento.
El viajero se sienta frente al océano e imagina al venerado sufí zarpar a África para no volver más y siente su nostalgia.
COSTAS DE CÁDIZ
Las costas de Cádiz aún conservan en gran medida lugares en los que el hombre no ha invadido locamente la geografía. De Chiclana a Tarifa las gentes se desparraman sin agobios por las largas playas de la Barrosa, Conil o Zahara de los Atunes, o por las más pequeñas de Caños de Meca, Los Alemanes o El Palmar.
En el interior de los pueblos, la gente conserva sus trabajos tradicionales: la pesca, la ganadería, la agricultura, el marisqueo, la industria marinera y la rebusca.
Viajeros, turistas, jipis ocasionales y autóctonos tienen sus lugares preferidos y a ellos acuden con asiduidad. Hay playas y chiringuitos para todos los gustos.
El "canelo" viaja de mano en mano, y al atardecer siempre hay un grupo de benditos locos en alguna playa que aplauden una puesta de sol.
Las aguas del Estrecho, en verano, desde cualquiera de las muchas torres de vigía que se erigen sobre los rocallones, con el sol en todo lo alto, se contemplan tan serenas como el alma de los sabios, como una sábana de seda recién planchada tendida bajo el cielo. Gama de celestes y verdes con brillo opalino.
¿Quién no se siente niño en las rocas de los Caños de Meca? Uno se extasía contemplando los banquitos de peces perlas surcar las aguas transparentes, que en las balsitas, entre las rocas negras, hierven al sol. Bañeras de agua caliente que ni en el Caribe.
En la playa abierta el agua se siente fría o cálida. Las corrientes del Mediterráneo y el Atlántico se entrecruzan como serpientes líquidas. El bañista puede bucear entre un mar y un océano.
Baelo Claudia es una antigua urbe romana que se asienta sobre una meseta tras unas colinas umbrías frente a la playa virgen de Bolonia. Un lugar para inspirar.
No muy lejos queda Tarifa, el pueblo europeo más cercano a África, cuyas montañas más al norte pueden contemplarse desde él cualquier día de claridad mediana. Menos de media hora en grandes y modernos ferrys.
Tarifa no deja de ser un punto geográfico cualquiera, pero los viajeros de todos los tiempos lo mitificaron. Aquí estaban las columnas de Hércules, aquí más tarde desembarcó el primer musulmán que pisó Europa, de cuyo nombre, Tarif, teviene el patronímico Tarifa. Y Guzmán el Bueno, aquel noble que prefirió la muerte de su hijo a rendir la plaza cristiana a los muslimes.
Hoy es una pequeña ciudad fronteriza, multicultural, donde el viento de levante hace sentirse a los viajeros pájaros o delfines, capaces de en un vuelo o en un salto besar África.
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domingo, 25 de agosto de 2013
Del centro al sur de España (2)
DE MADRID A BARBATE POR EL OESTE
Seis personas en dos coches toman la carretera de Extremadura. El viajero de más edad, el único español de la media docena, cuando pasa por Alcorcón y Fuenlabrada recuerda el tiempo en que estas ciudades eran pequeños pueblos campesinos. Luego los dominios del río Alberche, paralelo a la sierra de Gredos. El castillo de Maqueda, con sus altos y remozados muros nos invita a contemplarlo.
A pesar de distar apenas dos horas en coche de Madrid, Talavera de la Reina es casi un enigma para los viajeros. Destrozada a cañonazos en la Guerra de la Independencia, los restos de su historia se desparraman ocultos tras los modernos bloques de pisos. La producción cerámica modernizada sigue siendo un aliciente para parar y a los viajeros más románticos les aguarda la sorpresa del Parque y la Basílica de la Virgen del Campo. Al lírico Tajo lo han ornado con un nuevo puente.
El paisaje cambia cuando a la provincia de Toledo sucede la de Cáceres, con su siempre bendita comarca de la Vera, donde las espumas de los torrentes de Gredos cantan su amor a las flores de los cerezos.
En Navalmoral de la Mata la carretera atraviesa el Tajo y da la espalda al pico del Moro Almanzor. Luego, a la derecha, el parque nacional de Motfragüe y a la izquierda la Sierra de Guadalupe. El viajero viejo hace memoria del oculto lugar en el que unos hombres, hace siglos, construyeron un monasterio, que es a la vez fortaleza, convento e iglesia, de una belleza sobrecogedora.
España es un país púdico, que oculta sus tesoros en las profundidades de sus sierras y acantilados.
Parada en Trujillo, en la primera plaza de la ciudad baja. Hace sol y apenas, bajo unos árboles, pueden los viajeros disfrutar de un poco de frescura. Mientras comen aparece un sujeto con una botella de buen whisky cogida por el cuello. Se la ofrece al californiano mientras le pregunta:
- ¿Tú de dónde eres?
- Del mundo
- ¡Canadiense!
El californiano del mundo sospecha que el extraño trujillano quiere engañarlo. El español observa la escena con un punto de vergüenza ajena, pero después de todo la picaresca se extiende por todo el mundo.
Trujillo merece un largo día. Difícil encontrar tantos restos medievales y tan bien conservados en tan poca superficie. La alcazaba califal aún resiste sólida con sus más de mil años encima. Memorable todo el conjunto de murallas, torres, conventos, iglesias y palacios que se desparraman por un empinado cerro.
Pasado el Alto de Santa Cruz se vislumbran las llanuras del Guadiana. Las riberas de su afluente Búrdalo verdean de cultivos.
La carretera se alarga paralela al río Guadiana, para a la altura de San Pedro de Mérida, abandonarlo en su ancho meandro que termina en Mérida.
A los viajeros que ya conocen esta ciudad, no les queda otra que suspirar. No hay en España sitio con más vestigios romanos. Acueducto, anfiteatro, puente, teatro,templo de Diana, Museo de Arte Romano...
A la derecha la Tierra de Barros y a la izquierda La Serena, antes de llegar a las sierras del norte de las provincias de Sevilla y Huelva.
Los viajeros que conocen la zona no pueden menos que recordar la cueva de las Maravillas y las murallas de Cumbres Mayores, en la Sierra de Aracena. Geografías e historias perdidas por los caminos hondos.
Sin apenas darse cuenta atraviesan El Aljarafe y se adentran en los ruedos de Sevilla. Mucho tráfico por sus autovías de circunvalación, pero fluido y ordenado.
Y de pronto, la Vega del Guadalquivir. La vista se pierde en extensiones de maíz y algodón de un verdor que maravilla. En España se pueden ver muchísimas comarcas cultivadas con esmero, pero ninguna tan ubérrima como ésta que atraviesan el río Betis y sus canales al sur de la sin par Sevilla.
Los viajeros no sienten el cansancio y sin darse casi ni cuenta dejan Jerez de la Frontera a la derecha y toman la dirección a Algeciras. La geografía llanísima da paso a pequeñas elevaciones que esconden ganaderías de toros bravos. Medina-Sidonia, Vejer, Barbate y el Atlántico.
Seis personas en dos coches toman la carretera de Extremadura. El viajero de más edad, el único español de la media docena, cuando pasa por Alcorcón y Fuenlabrada recuerda el tiempo en que estas ciudades eran pequeños pueblos campesinos. Luego los dominios del río Alberche, paralelo a la sierra de Gredos. El castillo de Maqueda, con sus altos y remozados muros nos invita a contemplarlo.
A pesar de distar apenas dos horas en coche de Madrid, Talavera de la Reina es casi un enigma para los viajeros. Destrozada a cañonazos en la Guerra de la Independencia, los restos de su historia se desparraman ocultos tras los modernos bloques de pisos. La producción cerámica modernizada sigue siendo un aliciente para parar y a los viajeros más románticos les aguarda la sorpresa del Parque y la Basílica de la Virgen del Campo. Al lírico Tajo lo han ornado con un nuevo puente.
El paisaje cambia cuando a la provincia de Toledo sucede la de Cáceres, con su siempre bendita comarca de la Vera, donde las espumas de los torrentes de Gredos cantan su amor a las flores de los cerezos.
En Navalmoral de la Mata la carretera atraviesa el Tajo y da la espalda al pico del Moro Almanzor. Luego, a la derecha, el parque nacional de Motfragüe y a la izquierda la Sierra de Guadalupe. El viajero viejo hace memoria del oculto lugar en el que unos hombres, hace siglos, construyeron un monasterio, que es a la vez fortaleza, convento e iglesia, de una belleza sobrecogedora.
España es un país púdico, que oculta sus tesoros en las profundidades de sus sierras y acantilados.
Parada en Trujillo, en la primera plaza de la ciudad baja. Hace sol y apenas, bajo unos árboles, pueden los viajeros disfrutar de un poco de frescura. Mientras comen aparece un sujeto con una botella de buen whisky cogida por el cuello. Se la ofrece al californiano mientras le pregunta:
- ¿Tú de dónde eres?
- Del mundo
- ¡Canadiense!
El californiano del mundo sospecha que el extraño trujillano quiere engañarlo. El español observa la escena con un punto de vergüenza ajena, pero después de todo la picaresca se extiende por todo el mundo.
Trujillo merece un largo día. Difícil encontrar tantos restos medievales y tan bien conservados en tan poca superficie. La alcazaba califal aún resiste sólida con sus más de mil años encima. Memorable todo el conjunto de murallas, torres, conventos, iglesias y palacios que se desparraman por un empinado cerro.
Pasado el Alto de Santa Cruz se vislumbran las llanuras del Guadiana. Las riberas de su afluente Búrdalo verdean de cultivos.
La carretera se alarga paralela al río Guadiana, para a la altura de San Pedro de Mérida, abandonarlo en su ancho meandro que termina en Mérida.
A los viajeros que ya conocen esta ciudad, no les queda otra que suspirar. No hay en España sitio con más vestigios romanos. Acueducto, anfiteatro, puente, teatro,templo de Diana, Museo de Arte Romano...
A la derecha la Tierra de Barros y a la izquierda La Serena, antes de llegar a las sierras del norte de las provincias de Sevilla y Huelva.
Los viajeros que conocen la zona no pueden menos que recordar la cueva de las Maravillas y las murallas de Cumbres Mayores, en la Sierra de Aracena. Geografías e historias perdidas por los caminos hondos.
Sin apenas darse cuenta atraviesan El Aljarafe y se adentran en los ruedos de Sevilla. Mucho tráfico por sus autovías de circunvalación, pero fluido y ordenado.
Y de pronto, la Vega del Guadalquivir. La vista se pierde en extensiones de maíz y algodón de un verdor que maravilla. En España se pueden ver muchísimas comarcas cultivadas con esmero, pero ninguna tan ubérrima como ésta que atraviesan el río Betis y sus canales al sur de la sin par Sevilla.
Los viajeros no sienten el cansancio y sin darse casi ni cuenta dejan Jerez de la Frontera a la derecha y toman la dirección a Algeciras. La geografía llanísima da paso a pequeñas elevaciones que esconden ganaderías de toros bravos. Medina-Sidonia, Vejer, Barbate y el Atlántico.
sábado, 24 de agosto de 2013
Del centro al sur de España (1)
DE MADRID A PEDRAZA PASANDO POR SEGOVIA
El Madrid que va de la Plaza Mayor al Palacio Real y atraviesa el barrio de los Austria es el más puro y emocionante de los Madriles. Poético, musical y pictórico, entre el silencio y el murmullo.
Es una auténtica troupe en viaje a Pedraza a comer en el mesón Manrique el mejor cordero asado que conocen. Las familias de los novios atraviesan la Sierra de Navacerrada entre pinos, picos, lomas y laderas, donde este año, por excepción aún se funde la nieve.
El viajero que no se ha perdido algunas veces por los altos de Peñalara y sus lagunas o por las abruptas y laberínticas sendas de la Pedriza no sabe lo que se ha perdido.
Pero el tiempo apremia y tras el alto de Navacerrada, el muy nombrado pinar de Balsaín, la Granja con sus Reales Sitios, Segovia y más adelante tierras de la Castilla interior, ganadera más que agricultora, y al final, Pedraza.
Pedraza es villa añosa, encastillada y amurallada. Península entre arroyos. Pedraza es libro, en el que sabe, lee un puro trozo de la Historia de España.
La prisa acucia, y los viajeras, luego del buen yantar, mal beber y buen pasear, vuelven a Segovia.
El acueducto. En la plaza aneja grupos folclóricos de distintos países bailan sobre un tablado al ritmo de una orquestina. El turista apenas tiene tiempo de intuir la belleza de una ciudad única.
El viajero no puede menos que hacer memoria de la Segovia íntima, que se encuentra en sus iglesias románicas, en su catedral gótica de cúpula espléndida, en sus calles medievales de suelo de piedra, en sus palacios, en sus plazas, en sus rincones, en el Alcázar. Y abajo junto al río, sus huertos y jardines ideales. La Vera Cruz, templaria. El paseo de San Juan de la Cruz. El Parral. Los amigos...
El Madrid que va de la Plaza Mayor al Palacio Real y atraviesa el barrio de los Austria es el más puro y emocionante de los Madriles. Poético, musical y pictórico, entre el silencio y el murmullo.
Es una auténtica troupe en viaje a Pedraza a comer en el mesón Manrique el mejor cordero asado que conocen. Las familias de los novios atraviesan la Sierra de Navacerrada entre pinos, picos, lomas y laderas, donde este año, por excepción aún se funde la nieve.
El viajero que no se ha perdido algunas veces por los altos de Peñalara y sus lagunas o por las abruptas y laberínticas sendas de la Pedriza no sabe lo que se ha perdido.
Pero el tiempo apremia y tras el alto de Navacerrada, el muy nombrado pinar de Balsaín, la Granja con sus Reales Sitios, Segovia y más adelante tierras de la Castilla interior, ganadera más que agricultora, y al final, Pedraza.
Pedraza es villa añosa, encastillada y amurallada. Península entre arroyos. Pedraza es libro, en el que sabe, lee un puro trozo de la Historia de España.
La prisa acucia, y los viajeras, luego del buen yantar, mal beber y buen pasear, vuelven a Segovia.
El acueducto. En la plaza aneja grupos folclóricos de distintos países bailan sobre un tablado al ritmo de una orquestina. El turista apenas tiene tiempo de intuir la belleza de una ciudad única.
El viajero no puede menos que hacer memoria de la Segovia íntima, que se encuentra en sus iglesias románicas, en su catedral gótica de cúpula espléndida, en sus calles medievales de suelo de piedra, en sus palacios, en sus plazas, en sus rincones, en el Alcázar. Y abajo junto al río, sus huertos y jardines ideales. La Vera Cruz, templaria. El paseo de San Juan de la Cruz. El Parral. Los amigos...
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viernes, 23 de agosto de 2013
Evocaciones de Cuenca (2)
SERRANÍA ALTA
Los paisajes de España son innumerables, una provincia como Cuenca puede entrañar geografías tan variadas como naciones enteras.
La memoria emocional evoca el recuerdo de la alta Serranía de Cuenca. Cañones umbríos, guardados por titanes de roca que miran desde lo alto la ubérrima vegetación. Ríos transparentes, turquesas, esmeraldas, marrones... Cuestas y más cuestas que ahora se empinan para luego abismarse.
Nacimiento del Cuervo, Solán de Cabras y desfiladeros.
SERRANÍA BAJA
Por la carretera que enlaza Cuenca con Teruel, luego de una treintena de kilómetros, se atraviesa la parte sur de la Serranía de Cuenca. La carretera gira y regira por entre moles naranjas y cobrizas que se alzan por sobre el manto de pinos, sabinas y enebros. Dan ganas de parar para arrancar sus misterios a esta oculta serranía.
CAÑETE
Cañete está rodeado en su totalidad por una muralla en la que hay abiertas cinco puertas, tres al norte y dos al sur.
En uno de los bares de la plaza central un hombre explica a los viajeros un poco de la geografía y la historia del pueblo. No nació aquí, pero este lugar lo cautivó y aquí se quedó.
- Las murallas que habéis visto encima del cerro lo son de uno de los castillos más largos de Europa, dicen que el tercero.
- La verdad es que impresiona.
- Se entienden sus dimensiones y su localización por ser campo de batalla entre Castilla y Aragón por el acceso a Valencia, durante muchos años. Aquí nació don Álvaro de Luna, el poderoso valido de Juan II que terminó colgado en Valladolid en 1453.
Al amante de Cañete le tiembla la voz cuando habla, pero se nota que conoce muy bien su pueblo.
- Las bases de las murallas y de la fortaleza son del tiempo de los califas de Córdoba. Aún se conservan dos arcos de este tiempo.
Los viajeros salen de la parte urbana por una de las puertas del sur, pero antes suben por unas añosas escaleras de piedra hasta la puerta de una iglesia a la que hay adosada una espadaña, desde donde se tiene una buena vista.
Los paisajes de España son innumerables, una provincia como Cuenca puede entrañar geografías tan variadas como naciones enteras.
La memoria emocional evoca el recuerdo de la alta Serranía de Cuenca. Cañones umbríos, guardados por titanes de roca que miran desde lo alto la ubérrima vegetación. Ríos transparentes, turquesas, esmeraldas, marrones... Cuestas y más cuestas que ahora se empinan para luego abismarse.
Nacimiento del Cuervo, Solán de Cabras y desfiladeros.
SERRANÍA BAJA
Por la carretera que enlaza Cuenca con Teruel, luego de una treintena de kilómetros, se atraviesa la parte sur de la Serranía de Cuenca. La carretera gira y regira por entre moles naranjas y cobrizas que se alzan por sobre el manto de pinos, sabinas y enebros. Dan ganas de parar para arrancar sus misterios a esta oculta serranía.
CAÑETE
Cañete está rodeado en su totalidad por una muralla en la que hay abiertas cinco puertas, tres al norte y dos al sur.
En uno de los bares de la plaza central un hombre explica a los viajeros un poco de la geografía y la historia del pueblo. No nació aquí, pero este lugar lo cautivó y aquí se quedó.
- Las murallas que habéis visto encima del cerro lo son de uno de los castillos más largos de Europa, dicen que el tercero.
- La verdad es que impresiona.
- Se entienden sus dimensiones y su localización por ser campo de batalla entre Castilla y Aragón por el acceso a Valencia, durante muchos años. Aquí nació don Álvaro de Luna, el poderoso valido de Juan II que terminó colgado en Valladolid en 1453.
Al amante de Cañete le tiembla la voz cuando habla, pero se nota que conoce muy bien su pueblo.
- Las bases de las murallas y de la fortaleza son del tiempo de los califas de Córdoba. Aún se conservan dos arcos de este tiempo.
Los viajeros salen de la parte urbana por una de las puertas del sur, pero antes suben por unas añosas escaleras de piedra hasta la puerta de una iglesia a la que hay adosada una espadaña, desde donde se tiene una buena vista.
Al este del pueblo se eriza un
pronunciado promontorio sobre cuyo estrecho lomo cabalga el larguísimo
castillo, de cuyos extremos cuelgan las murallas de piedra que abrazan la urbe.
Los viajeros evocan castillos y murallas
emocionantes: Gormaz, Trujillo, Ronda, Madrigal de las Altas Torres, Palma del
Rio, Sevilla, Ávila, Lugo, Zamora,
Marchena, Sos del Rey Católico, Molina de Aragón, Segura de la Sierra…
A los viajeros les atraen tanto las cumbres
cimeras como los abismos ínferos. Bajan a pasear por las orillas del río del
Tinte o de la Virgen. Sobre huertas medio abandonadas crecen manchas de cardos
blancos, y junto a la corriente: álamos, chopos, negrillos, mimbrales… Es tal cual
la hoz del Huécar, con casas igualmente colgadas de la roca. Aquí una fuentecilla con dos caños surgiendo
del vientre de un peñasco, allá un chorreadero oculto donde el río cae desde
una docena de metros sobre una poza.
Mariposas por todos lados: blancas, amarillas, celestes, tabaco, negras…
En los remansos, libélulas. Los pájaros cantan entre las ramas de árboles y
arbustos.
- ¡Niña!
¿Vamos a subir al castillo?
- ¡Ya
veremos! ¡Hace mucho calor y parece muy pendiente!
- Entonces
entramos al pueblo y rodeamos las
murallas por dentro.
- ¡A la
sombra!
La puerta que fuera califal, es ahora un
arco neorománico que desentona. La
iglesia principal, que fuera mezquita se lee en unos rótulos que es el palacio
del marqués de Cañete. Hay también una
sinagoga convertida en la otra parte del pueblo. Por las ausencias de mayores
vestigios de palacios o casonas de importancia se puede deducir que las gentes
de Cañete son muy igualitarias.
Al final, animados por un hombre del pueblo
con la piel tostada por los soles y las nieves, que les informa de que apenas
la alcazaba está a veinte minutos. Ascienden por una senda junto a la muralla
que aún conserva su puerta califal más oculta. La escarpadura no parece tener
subida fácil, pero la senda latiguea hasta llegar a la entrada sur del
castillo, alcazaba o fortaleza califal, derruida por los cañonazos en las
guerras carlistas. El recinto por el sur es muy estrecho, pero como si fuera un
barco se va progresivamente ensanchando para luego volver a angostarse. Es peligroso
andar bajo los arruinados torreones entre bloques de piedra desperdigados entre
arbustos y yerbajos entre los que reptan serpientes.
Un barco de
mucho calado este castillo de Cañete. Como una luna recién nacida desde el
este. Desde los miradores la visión orbital es como una revelación.
CUENCA: VIDA
Y SUEÑO
La primera vez que el viajero vio Cuenca
podría tener siete años. Era una foto pequeña, impresa sobre el cartón de una
caja de cerillas. Tendría 25 cuando la vio en realidad. Viajeros en autocar de
línea, sin equipaje y sin mapa, con el corazón acelerado nada más echar a
andar. No pararon hasta colocarse justo en el comienzo de la senda que rodea la
hoz del Huécar.
Pocas veces antes los viajeros se habían
sentido tan arrebatados por un lugar. Era como entrar en un sueño deseado
durante largo tiempo. Podía escucharse el tarareo del agua del río y las hojas
de los álamos bailar con el viento. Era otoño.
Con el corazón encogido por la emoción se
realizaban las visiones soñadas. El color del agua era del verde de los cuentos
de hadas. El amarillo de los robustos “populus alba” era aún más puro y
brillante que en el mismo sueño.
Las casas colgantes o el puente sobre el
abismo eran apenas una débil impresión comparados con la numinosa sensación de
pasear por el fondo de un desfiladero edénico.
En aquellos años, Cuenca empezaba a ser
descubierta por una nueva generación de viajeros, especialmente en parejas.
Pintores, poetas, intelectuales, músicos, buscadores…, atraídos por la fama de
Federico Muelas y los pintores de la vanguardia.
La catedral aún estaba abierta al público
durante todo el día, sin que nadie pidiera papel o moneda alguna. Entrar en
este templo sin luz puede producir pavor
a más de uno. Pero los viajeros son
jóvenes e inconscientes y penetran seguros en el recinto. Gótico o románico es
lo de menos, lo que en realidad viven los viajeros es una sensación de misterio
a punto de desvelarse. El espacio, los muros, las columnas y los arcos en
completa oscuridad crean una atmósfera preternatural. Los oídos zumban como un
enjambre de abejas.
Bajaron a la cripta por unas muy estrechas
escaleras sin más luz que la que reflejaban unos tubos encendidos que
iluminaban los tesoros de la catedral. Casullas y capas pluviales desde el
siglo XIV, de tejidos y bordados maravillosos en oro, en plata y en sedas.
Ropas litúrgicas de muchas épocas, conservadas con esmero y finura. Y cálices,
copones, custodias, báculos…Las piedras preciosas como ojos incrustados en el
oro y la plata atraen a los viajeros que nunca han visto rubíes, amatistas,
esmeraldas, ónices, diamantes, circonios… en tanta cantidad y de tanta calidad.
No hay calle, palacio, iglesia, convento,
torre o pasadizo que los viajeros no
hayan encontrado en sus lentos paseos por la ciudad vieja. Cuenca, ciudad entre
dos hoces, capital de España en el siglo XII, la preferida por Alfonso VIII, el
de las Navas de Tolosa, el rey más longevo de la península ibérica después del
mítico Gerión.
Cuenca, pasaje al misterio.
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Viaje
Evocaciones de Cuenca (1)
TORCAS
Aparcamos el vehículo cerca de una cabaña de reducidas dimensiones, vacía. En un panel, indicaciones para seguir una ruta larga y otra corta, pasando al lado de más o menos torcas.
Una torca es un pozo en la superficie de una meseta rocosa. Por obra de los ríos subterráneos el terreno se hunde.
Maraña de sendas y trochas, que se extienden entre un tupido pinar por los Palancares enlazan
la veintena de hoyancos.
La más rica en singularidades es la torca del Lobo. Una diadema de rocas duras, verticales, negras, naranjas y blancas. La bajada a manos limpias parece imposible para un hombre. Bajo la mole, tierra que resbala, al principio con gran ángulo de inclinación, para en el fondo acabar en la base de un tronco de cono invertido.
Voltear la torca del Lobo a medio metro del borde del abismo nos procura un cúmulo de sensaciones nuevas. Una mariposa pasa silbando junto al oído mientras mira como se retuerce un pino al borde del precipicio.
El fondo de la torca es refugio de árboles, arbustos, plantas y animales de gran rareza. Un ave de pequeñas dimensiones da vueltas y más vueltas bajo nuestra mirada. Rapacilla de las simas. En las paredes de roca hay hendiduras, baumas, cuevecillas... Sendas minúsculas bajan por la tierra inclinada. No hay que ser un gran detective para saber que son pequeños roedores y reptiles los que las han marcado con sus idas y venidas.
Uno no se cansa de contemplar la variadísima vegetación que crece con vigor en la torca del Lobo.
Entre torca y torca, mariposas que juegan al escondite con los paseantes. Cuando se posan en los troncos de los pinos no hay ojos que las vean de lo bien que se camuflan.
En la torca de la Escalerita, sobre una roca al borde del abismo, un lagarto amarillo y celeste toma el sol. Como por arte de magia desaparece por una grieta.
LAGUNAS
Hay tres lagunas a unos tres kilómetros de Cañada del Hoyo por la carretera que sube a Valdemoro-Sierra. Están al lado del asfalto, accecibles incluso para ancianos y padres con carritos. La primera que se ve es la más extraordinaria, con un color que la convierte en única. El celeste de su agua es de un frío tan intenso, que opaca cualquier transparencia de la vegetación de sus paredes y del mismo cielo. Serenidad completa. A pocos pasos se ahonda un lagunillo pardo de triste apariencia, pero que mirándolo bien ewfleja en toda su pureza el verde de los pinos, el marrón de las rocas y el azul del cielo.
En la vegetación de la boca de las lagunas predominan los pinos, pero de trecho en trecho se ven sabinas, rosáceas, mirtos y mucho romero, tomillo y lavanda. Los sentidos en alerta en un mundo natural que en nada se parece al mundo urbano.
La tercera laguna es verdosa, más grande, más rocosa, también muy transparente.
CHORREADERO
No hace falta llegar a Valdemoro-Sierra, donde el asfalto muere. Un kilómetro y medio antes, a los viajeros les espera una sorpresa de lo más saludable en un día de mucho calor. Bresoles del Guadazaón. El agua pura se desparrama por entre las grietas de un muro de rocas formando pequeñas artesas y diminutas cascadas. Paraíso infantil, fresco y húmedo. Mariposas y libélulas liban entre las hierbas y los juncos.
Aparcamos el vehículo cerca de una cabaña de reducidas dimensiones, vacía. En un panel, indicaciones para seguir una ruta larga y otra corta, pasando al lado de más o menos torcas.
Una torca es un pozo en la superficie de una meseta rocosa. Por obra de los ríos subterráneos el terreno se hunde.
Maraña de sendas y trochas, que se extienden entre un tupido pinar por los Palancares enlazan
la veintena de hoyancos.
La más rica en singularidades es la torca del Lobo. Una diadema de rocas duras, verticales, negras, naranjas y blancas. La bajada a manos limpias parece imposible para un hombre. Bajo la mole, tierra que resbala, al principio con gran ángulo de inclinación, para en el fondo acabar en la base de un tronco de cono invertido.
Voltear la torca del Lobo a medio metro del borde del abismo nos procura un cúmulo de sensaciones nuevas. Una mariposa pasa silbando junto al oído mientras mira como se retuerce un pino al borde del precipicio.
El fondo de la torca es refugio de árboles, arbustos, plantas y animales de gran rareza. Un ave de pequeñas dimensiones da vueltas y más vueltas bajo nuestra mirada. Rapacilla de las simas. En las paredes de roca hay hendiduras, baumas, cuevecillas... Sendas minúsculas bajan por la tierra inclinada. No hay que ser un gran detective para saber que son pequeños roedores y reptiles los que las han marcado con sus idas y venidas.
Uno no se cansa de contemplar la variadísima vegetación que crece con vigor en la torca del Lobo.
Entre torca y torca, mariposas que juegan al escondite con los paseantes. Cuando se posan en los troncos de los pinos no hay ojos que las vean de lo bien que se camuflan.
En la torca de la Escalerita, sobre una roca al borde del abismo, un lagarto amarillo y celeste toma el sol. Como por arte de magia desaparece por una grieta.
LAGUNAS
Hay tres lagunas a unos tres kilómetros de Cañada del Hoyo por la carretera que sube a Valdemoro-Sierra. Están al lado del asfalto, accecibles incluso para ancianos y padres con carritos. La primera que se ve es la más extraordinaria, con un color que la convierte en única. El celeste de su agua es de un frío tan intenso, que opaca cualquier transparencia de la vegetación de sus paredes y del mismo cielo. Serenidad completa. A pocos pasos se ahonda un lagunillo pardo de triste apariencia, pero que mirándolo bien ewfleja en toda su pureza el verde de los pinos, el marrón de las rocas y el azul del cielo.
En la vegetación de la boca de las lagunas predominan los pinos, pero de trecho en trecho se ven sabinas, rosáceas, mirtos y mucho romero, tomillo y lavanda. Los sentidos en alerta en un mundo natural que en nada se parece al mundo urbano.
La tercera laguna es verdosa, más grande, más rocosa, también muy transparente.
CHORREADERO
No hace falta llegar a Valdemoro-Sierra, donde el asfalto muere. Un kilómetro y medio antes, a los viajeros les espera una sorpresa de lo más saludable en un día de mucho calor. Bresoles del Guadazaón. El agua pura se desparrama por entre las grietas de un muro de rocas formando pequeñas artesas y diminutas cascadas. Paraíso infantil, fresco y húmedo. Mariposas y libélulas liban entre las hierbas y los juncos.
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