El sufismo es una corriente filosófica y religiosa que puede rastrearse en el Islam desde el siglo IX. En este siglo, en las inmediaciones de la Meca, se reúne un grupo de hombres y mujeres con el objeto de comunicarse sus ideas y vivencias religiosas. No es una corriente filosófica y religiosa surgida en las mezquitas ni sus miembros eran parte del sistema religioso oficial. De este grupo se conservan media docena de nombres. Dhu al Nun el Egipcio y Ibn Jarrán el Bagdadí, que se ganaba la vida como zapatero, son los más conocidos. Este último dejó unas no muy extensa obra escrita en la que se sentaban los principios del sufismo, una teología nueva que situaba la vivencia religiosa por encima de la razón.
Los primeros siglos del sufismo fueron de gran expansión, pero con la expansión llegó la división. Para ser sintéticos se puede decir que los dos grupos principales se separaron por sus diferencias políticas. Mientras unos querían influir en la sociedad desde el poder establecido, los otros querían conservar su independencia del poder establecido. En medio de estos dos grupos enfrentados se situaban otros grupos que intentaban volver a integrarlos a todos.
Los sufis que se enfrentaron abiertamente al poder religioso establecido fueron perseguidos y encarcelados. El primer mártir sufí del que se tiene noticia fue Husayn Mansur Halladj, una de las vidas humanas más prodigiosas de la historia. Abandonó el sufismo vigente en su tiempo, elitista y secretista, y viajó a la India y a China. Volvió iluminado a Bagdag y lanzó su mensaje a los vientos de las plazas y mercados de la ciudad. Halladj era un místico universal, que había sentido en sí mismo la Verdad y como decía su maestro Jesús, la Verdad no es para esconderla sino para esparcirla. Estas prédicas no gustaron a los poderosos y fue encarcelado durante once años y luego ahorcado, crucificado, mutilado y quemado en el año 922 de la era cristiana.
Persa, como Halladj, fue Shorawardi y como él, murió mártir. El maestro de las Luces, el sintetizador de la mística platónica, zoroastriana, judío-cristiana y musulmana. Un hombre que además de al pueblo encantó al emir de Alepo, un joven hijo de Saladino, que lo protegió hasta que su padre lo condenó a muerte porque se había convertido en enemigo de sus amigos, de los que dependía su primacía política.
No es hasta la segunda mitad del siglo XI, que el sufismo experimenta una nueva gran conmoción. Aparece en la historia el iraní al-Gazzali, un filósofo oficial que sufre una crisis espiritual y luego de escribir un alegato contra la filosofía racionalista dominante, abandona su posición de poder y se sitúa en el campo de los sufis. La influencia de este hombre en el mundo islámico y en el cristiano, solo tiene parangón con la influencia del llamado en su tiempo el más grande de los maestros: Ibn Arabí.
Ibn Arabí nació en Murcia, pero a los seis años se traslada a Sevilla donde estudia todos los saberes oficiales. A los trece años recibe el título de hafiz. Se sabía el Corán de memoria aparte de cientos de dichos del profeta Mahoma. Poco después tiene una gran crisis espiritual y se une al pujante movimiento sufí de Al-Andalus. El sufismo en el Al-Andalus del último cuarto del siglo XII es un sufismo de tipo primitivo, de hombres y mujeres que han descubierto una nueva forma de vivir, que se apartan de los valores dominantes y que dedican su vida a la contemplación de Alá y a la ayuda a los necesitados. En esta época conoce a sus dos grandes maestras, a Jazmín de Marchena y a Fátima de Córdoba que en aquel tiempo vivía en Sevilla. Ibn Arabí cuenta que mirando bailar a Fátima, que tenía ya más de noventa años, no podía contener la emoción.
Ibn Arabí luego de una juventud de idas y venidas por todo Al-Andalus y por Marruecos, Argelia y Túnez, acabó abandonando definitivamente la península Ibérica con 36 años, para iniciar un largo viaje que lo llevaría a el Cairo, La Meca, Jerusalén, Damasco, Alepo, Bagdag y Konya, para volver a Damasco y asentarse en esa ciudad los últimos diecinueve años de su vida. La producción literaria de Ibn Arabí es proteica y sus obras alcanzan los cuatro centenares largos de títulos. Algunos no son más que unas pocas páginas, pero otros pasan de las tres mil.
Ibn Arabí es un maestro incomparable, muy probablemente el místico más sublime del que se tienen noticias por sus obras. No es nada fácil de leer ni de comprender, pero nunca ningún sufí que no fuera un farsante dijo que acceder al secreto era tarea fácil.
Rumi, el siguiente gran sufí de la Historia y quizás el más conocido, nació 33 años antes de la muerte de Ibn Arabí, y murió 33 años después. Sus vidas tienen muy evidentes paralelismos. Ambos tuvieron que emigrar aún niños de sus tierras de nacimiento, ambos tuvieron una esmerada educación y destacaron por sus extraordinarias capacidades. Lo mismo el uno que el otro viajaron por amplias zonas del mundo y los dos fueron poetas inspirados. Pudieron haber coincidido en Konya. Aunque no hay certeza documental, cualquiera que conozca un poco el sufismo sabe que cuando un gran maestro llega a un lugar donde ya hay un gran maestro, por cortesía, lo abandona.
No sería el único gran maestro con el que se encontraría Rumi en su vida. Mucho más importancia que el encuentro con Ibn Arabí en su adolescencia, tuvo su relación con otro gran maestro, Shams de Tabriz. Hay amistades famosas en la historia, pero la de estos dos hombres raya en lo prodigioso. Cuando se conocieron, ambos sintieron al mismo tiempo que por fin estaban completos, que por fin habían llegado a su meta, a la felicidad completa. Sus vidas eran para ellos el mejor ejemplo de lo que significaba la verdadera unidad del mundo. Pero no dejaban de ser humanos. Shams abandonó a su amigo, pero éste acabó encontrándolo y convenciéndolo para que volviera a su lado. No pasó mucho tiempo antes de que Shams abandonara a Rumi definitivamente. El final de Shams no se conoce, lo que se sabe es que Rumi estaba convencido de que inspiraba su obra. Un alma para dos cuerpos.
Rumi es el sufí de la juerga, de la risa, del baile y de la ebriedad mística ante la verdadera Realidad del Mundo. No es algo nuevo en el sufismo, basta recordar los bailes de Fátima de Córdoba la maestra de Ibn Arabi, pero Rumi lo extendió gracias a la organización que su hijo creó para propagar sus ideas y sus prácticas místicas. No me resisto a copiar el poema más bello de Rumi que he encontrado y que es el poema más bello que he leído en mi vida.
¿Qué puedo hacer, creyentes? ¡No me reconozco a mí mismo!
No soy cristiano, ni judío, ni mago, ni musulmán.
No soy del Este ni del Oeste, ni de la Tierra ni del Mar.
No soy de la mina de la Naturaleza, ni de los cielos giratorios.
No soy de la tierra, ni del agua, ni del aire ni del fuego.
No soy del empíreo, ni del polvo, ni de la esencia ni de la existencia.
No soy de India, ni de China, ni de Bulgaria ni de Grecia.
No soy del reino de Irak ni del país de Jorasán.
No soy de este mundo ni del próximo. Ni del Paraíso ni del Infierno.
No soy de Adán, ni de Eva, ni del Edén, ni de Rizwán.
Mi lugar no es un lugar y mi señal no es una señal.
No tengo cuerpo ni alma. Pertenezco por entero al Amado.
He desechado la dualidad, he visto que los dos mundos son Uno.
Uno busco, Uno conozco, Uno veo, Uno llamo.
Ebrio de Amor, los dos mundos han desaparecido de mi vida.
No me queda más que montar jarana y hacer jolgorio.
Vuelvo atrás, a un personaje extraordinariamente curioso, a Omar Khayaam. Estamos a caballo entre el siglo XI y XII, en un visirato de los turcos seljúcidas, en la antigua Persia. El visir Al-Muk gobierna el territorio con la economía y la ciencia más desarrollada de su tiempo y lo hace de manera muy independiente. Junto a él, nuestro hombre, el jeque Khayaam y otro personaje tan curioso como él, que pasó a la historia como el Viejo de la Montaña o como Hasam el Asesino, al que podría muy bien considerarse el primer terrorista internacional, y que representa el polo opuesto a Khayaam.
Khayam es un astrónomo y matemático genial. Como astrónomo elaboró el calendario que hasta hoy sigue rigiendo en Irán y Afganistán. Sus cálculos sobre los movimientos planetarios se han mostrado más exactos que los de los astrónomos europeos de cinco siglos más tarde. Como matemático planteó y resolvió problemas que en Europa no se plantearían y resolverían hasta setecientos años más tarde.
Khayaam era un personaje olvidado de la Historia hasta que su poesía fue traducida por primera vez al inglés en el siglo XIX. A pesar de que la traducción no fue muy esmerada, la poesía de Khayaam empezó a ser cada vez más valorada en Occidente. En este momento, cuando el poeta ya es bastante conocido, aparece en escena Omar Alí Shah, un persa que vive en Londres, amigo de Robert Graves, y que dice ser jeque del movimiento sufí más importante del mundo. Este hombre hace otra traducción de Khayaam, al que considera uno de los sufís más importantes de la Historia.
Que use en ocasiones el lenguaje sufí y que a veces parezca coincidir con ellos en algunas ideas no basta para hacer de Khayaam un sufí y sin embargo, algunos de sus poemas, sí que son argumento suficiente para no considerarlo sufí. ¿Escribiría un sufí algo como esto?
Querido amor, cuando seas libre
de desprenderte de tu piel.
Y te conviertas en espíritu desnudo,
remontándote en lo alto.
A través del Empíreo de Dios,
te avergonzarás
de haber estado tanto tiempo constreñido
a la cárcel del cuerpo.
Esos versos dicen del alma de un poeta soñador que desprecia la vida e imagina otra después de la muerte. Eso no tiene nada que ver con el sufismo. El sufismo es unidad. El sufismo reverencia la vida, todas las vidas y no desprecia ninguna obra del que siempre es más grande y más incomparable.
Saadi de Shiraz fue el último de los grandes sufís de la época clásica del sufismo. No faltó en su vida ni la expatriación infantil, ni la vida viajera dedicado a los más pobres, ni tan siquiera su época final como cortesano de un buen príncipe. Sus versos más conocidos figuran a la entrada del hall principal del edificio de la ONU.
Los seres humanos son miembros de un todo.
Todos ellos comparten la misma esencia de la creación.
Cuando uno de los miembros siente dolor,
los otros miembros no encuentran descanso.
¡Oh tú que no sientes el sufrimiento de la humanidad!
¡Tú no mereces ser llamado humano!
El sufismo hace a los seres humanos espejos de Dios, de un Dios que habita en el corazón de los seres humanos. Como dijo Ibn Arabí:
Mi corazón puede tomar todas las formas.
Es pasto para las gacelas.
Es monasterio para los monjes cristianos.
Es templo para los ídolos.
Es Kaaba para los peregrinos.
Es la piedra en la que se cincela la Torá.
Es el libro en el que se escribe el Corán.
Cualquiera sea el camino que recorran los camellos,
yo sigo la religión del Amor.
Esa es mi religión y mi fe.
El principio de la unidad de Dios en el que se basa, hace al sufismo, universalista, humanitario, vitalista, optimista y liberador. Pero el sufismo se perdió en multitud de grandes o pequeñas sectas guiadas por ciegos, lo mismo que ha ocurrido con las cofradías budistas e hinduístas. Prometen revelar unos secretos que ignoran. ¡Pero hacen tanta falta en los tiempos que corren!
sábado, 7 de octubre de 2017
domingo, 1 de octubre de 2017
128. Extinción.
Cuando el alma en coma goza la ausencia de los sentidos,
sin colores, sin olores, sin sabores, sin sonidos,
insensible la piel, el humano se convierte en piedra, en agua, en aire, en fuego, en éter y en luz pura.
Cuando el alma en coma goza la ausencia del pensamiento,
sin conceptos, sin ideas, sin juicios, sin preceptos,
vacía la mente, el humano se extingue en la nada,
en la que explotan todas las vidas y todas las muertes.
sin colores, sin olores, sin sabores, sin sonidos,
insensible la piel, el humano se convierte en piedra, en agua, en aire, en fuego, en éter y en luz pura.
Cuando el alma en coma goza la ausencia del pensamiento,
sin conceptos, sin ideas, sin juicios, sin preceptos,
vacía la mente, el humano se extingue en la nada,
en la que explotan todas las vidas y todas las muertes.
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