miércoles, 10 de octubre de 2018

De taoísmo y sufismo y de un olvido en el sueño.

   El soñador no sabe por qué olvidó una parte del sueño que en el momento de producirse le impresionó especialmente. Al trasladarse del este al oeste, le dio toda la sensación de que se había tele-transportado y tuvo miedo de no saber volver. De pronto apareció a su lado alguien, el arquetipo de un cura al que le preguntó si él sabía, pero lo miró con ojos de extrañeza y desapareció. Entonces el soñador tuvo la seguridad de que él mismo sabría.
   Ahora recuerda que a finales del verano estuvo en Ágreda, un pueblo de una provincia apartada de España viendo la cara incorrupta de Sor María de Jesús, una monja que decía haberse tele-transportado alrededor de quinientas veces de España a Méjico y de Méjico a España. No tiene explicación de cómo y por qué aquella mujer aún nos mira como miraba hace más de trescientos años. Las pruebas de que estuvo en Méjico sin haber salido de España la dieron cientos de indígenas que decían haberla escuchado predicarles el evangelio a los frailes que venían años más tarde a hacer lo mismo. Javier Sierra, el último premio Planeta, escribió una novela sobre esta monja olvidada.
   Después de un rato el soñador piensa. "¿En qué lengua se comunicaban? Ni la monja sabía el idioma indígena ni los indígenas sabían el idioma de la monja. Por fuerza tuvo que existir un tipo de comunicación sin palabras, una comunicación emocional o sentimental que los indios traducían a su idioma."
   Y luego de otro rato. "¿Pueden algunos seres humanos comunicarse en sueños? ¿Pueden dos o más seres humanos encontrarse en un sueño? ¿Pueden los santos de otros tiempos encontrarse con los de hoy en sueños?
   El taoismo como el sufismo hunden sus raíces en el suelo de la magia y airean sus frutos en el cielo de  la unidad. Pero sin negarse mutuamente. No se niega el politeismo, no se niega la magia, lo que se niega es que la magia haga el mundo. El mundo ya está hecho. Taoísmo y sufismo entienden al hombre, al mundo y a Dios de la misma manera. No los separan. Ambos acaban en paradojas lógicas con las que tratan de que el lector trascienda la lógica para internarse en la Realidad.
   Para ambas corrientes de pensamiento el mundo no está regido por los que en apariencia lo rigen, sino por hombres perfectos ocultos a los desconocedores del misterio.
   Cuando se enfrentan al problema del mal, taoismo y sufismo dan la misma respuesta. El Mal no existe. No existe el Mal como tampoco existe el Bien. En la Realidad no hay ni Bien ni Mal. El Bien y el Mal son ideas. Ante semejante afirmación la mayoría de la gente se sentiría muy incómoda y pensaría que lo que predican taoísmo y sufismo es una amoralidad manifiesta. A lo largo de la Historias han sido frecuentemente atacados y perseguidos por eso.
   Para una mente acostumbrada a bueno y malo, esta idea les repugna, pero aunque les repugne no podrán dejar de reconocer que Bien y Mal no existen por sí mismos, sino que son producto de la forma de pensar, sentir y soñar de los hombres. Entonces, ¿matar o robar no es bueno ni es malo? En la realidad no humana igual de importantes para la supervivencia del conjunto de las vidas son los animales rapaces y carniceros que los herbívoros y los frugívoros.
   Ahora bien, el ser humano además de animal es cultural. Crea su propia forma de integrarse con la naturaleza y con los otros hombres. Ni sufíes ni taoístas son inmorales, al contrario, son predicadores de una moral humana basada en la consciencia de que mal y bien que hagamos al prójimo nos lo hacemos a nosotros mismos, dado que su principio básico es la Unidad, el Tao. La moral del sufismo y del taoísmo se encamina a que estos tengan salud, vivan en paz entre ellos y se armonicen con la naturaleza.
   Hay una cuestión fundamental en la historia de las ideas humanas, que el sufismo, en particular su más excelso maestro, el andalusí Ibn Arabí, resuelve de una manera bastante convincente. Se trata del Destino. Se plantea el problema en apariencia irresoluble entre el Destino y la Libertad de los hombres. Es una paradoja, porque si hay un Destino es imposible que haya Libertad y si hay Libertad no puede haber un Destino prefijado. Ibn Arabí integra los dos términos con la ayuda de un nuevo concepto: el Mandato. Todos los seres humanos tienen un Destino, unas circunstancias vitales determinadas que no pueden ser cambiadas por la libre voluntad humana, pero sentado esto, todos los seres humanos tienen un Mandato de cómo vivir esa vida humana predestinada.
 

 
 
 

martes, 9 de octubre de 2018

De taoismo y de sueño

   El que escribe ha cambiado de hábitos durante una semana, en otro lugar, con otra gente, con otras comidas… En las noches se entretiene releyendo un libro sobre sufismo y taoísmo. La segunda parte que estudia en particular el taoísmo. Me parece un extraordinario estudio sobre esta religión y sobre la coincidencia de fondo de sus ideas con las del sufismo. Pero bueno, el caso es que hablando del hombre perfecto le atribuía una característica que me pareció curiosa. El hombre perfecto no tiene sueños.
   El último día el que escribe se despertó a las dos y poco de la madrugada, salió al patio y al corral y miró un momento las estrellas en una atmósfera más neblinosa que los días anteriores que había sido extraordinariamente transparente con el consecuente superior brillo de las estrellas del firmamento. Volvió a la cama, leyó un rato y se volvió a dormir. A las siete y media lo tuvieron que despertar para salir de viaje.
   Había tenido uno de los sueños más largos de su vida, después de años en los que apenas había tenido cortos sueños muy espaciados en el tiempo. La impresión al despertarse era de absoluta sorpresa.
De pronto estaba en el pueblo en el que había vivido durante un cuarto de siglo, el el lugar de trabajo en el que había trabajado. Lo habían invitado a una especie de fiesta, pero no conocía a nadie. Parecía gente fría. Se metió  en un  baño y cuando salió algunos viejos compañeros decían que había estado mucho tiempo. Se mostró sorprendido. Pero él esperaba un fiesta donde hubiese algo de comer, pero no había nada. Y de pronto se vio en una carnicería que parecía el arquetipo de todas las carnicerías con las carnes colgando por todos lados. Había dos carniceros con unos cuerpos de culturistas muy exagerados. En la carnicería había también dos o tres jóvenes normales que le dijeron que no querían trabajar en la carnicería por siete euros la hora. Se solidarizó con ellos y de pronto se vio caminando por el pueblo que de pronto ya no se parecía en nada al pueblo. Le sorprendieron unas bellas murallas de color amarillo y rojizo que quedaban abajo. De súbito estaba en otro territorio lejano, que en un primer momento le pareció un pueblo de montaña donde había pasado meses durante muchos años. Pero luego no le cuadraba lo que veía y supuso que era un lugar más al oeste. Se quedó mirando a un grupo de jóvenes, uno de ellos manipulaba una docena de hongos negros. Aquello le intrigó, pero al instante ya tenía sus ojos sobre otros hombres que marchaban en la otra dirección. Eran tres, uno de ellos, bajo y fuerte, iba vestido con un traje con una chaqueta muy larga como las que usaban los de la NBA. Lo curioso es que todos los hombres que encontraba eran fríos y completamente inexpresivos. Luego se dirigió a una especia de cueva de techos altos donde había gente que quería hacer una fiesta. Pero la fiesta no acababa de arrancar. Muchas idas y venidas y nada que comer.
   El que escribe que se pasó años interpretando sueños en un foro, quinientos como poco no acaba de comprender los suyos propios. Pero por lo menos sabe que no es un hombre perfecto y como consecuencia vuelve a recordar su viejo mantra de que la humildad nunca es suficiente.