La memoria cabalga sobre el presente y las vivencias se intensifican. El viajero vivió un otoño en San Fernando hace 39 años.
La atmósfera superaba en transparencia a cualquier otra conocida. Pero no todos los días la luz era así. De pronto los días empezaron a enturbiarse creando una sensación de irrealidad. Nubes, nieblas y mar confundidos en un espacio sin límites de leche y carbón.
Serenidad húmeda y salada.
Los ecos del cante del Camarón y del baile de la Sara reverberan en la albura del mar, de la sal, de la cal y del cielo.
Pasear por la isla de San Fernando procura visiones sin cuento. Salinas y caños, marismas y esteros, viento y sol. Laberinto inextricable donde se olvida el cuerpo y el alma se ensonda entre el cielo y el mar.
La isla de Cádiz está unida a la de San Fernando por un puente sobre la vía Augusta Julia. Desde el cielo parecería un caballito de mar.
Pasa Cádiz por ser la ciudad más vieja de Europa, y sin embargo, a los ojos del viajero del siglo XXI, apenas hay vestigios visibles de su larga historia. Calles estrechas y abigarradas en sombra. Ora bullicio, ora silencio. Y en las plazas al sol, floristas y marisqueros que pregonan sus géneros. ¡A los ricos camarones!
No es Cádiz ciudad hermosa, pero atrae como una abuela sabia que esconde secretos en su aura. Tartesios, fenicios, romanos, vándalos, árabes y bereberes, castellanos, americanos, franceses..., en una mixtura de tres milenios. Barcos de todos los puertos, gentes de todas las playas, penas y alegrías de todos los corazones.
jueves, 29 de agosto de 2013
martes, 27 de agosto de 2013
¡Ay, Jerez de la Frontera!
Los viajeros no saben que Jerez de la Frontera es la tercera ciudad más poblada de Andalucía, con cerca de un cuarto de millón de habitantes. A pesar de la fama universal de sus vinos y sus caballos, Jerez de la Frontera es quizás de las ciudades más famosas de España y también de las más desconocidas.
Entrar por sus anchas avenidas y sus amplias rotondas, ornamentadas con esculturas mastodónticas, impresiona tanto como desconcierta. Los viajeros sienten unas irrefrenables ansias de descubrir una urbe que ni por asomo esperaban les sorprendiera tanto.
Atravesar las tierras que se extienden entre los cursos bajos de los ríos Guadalete y Guadalquivir, en especial las situadas al oeste, impone. Suaves lomas de tierra alberiza cubiertas de viñas mínimas que apenas manchan la pura blancura. Paisaje angelical.
El alcázar es la construcción más llamativa y más extensa de la ciudad. Erigido en los tiempos almohades del gran maestro Ibn Arabí, en su interior guarda palacio, mezquita, jardín y baños. Sólidos muros, torres compactas, fortaleza perfecta.
El alma del alcázar es su mezquita. Imposible imaginar belleza más sobria, más íntima, más espirituada. Por dentro y por fuera. Los baños no tienen ningún lujo, ni cerámicas, ni pinturas ni ornamento alguno. Limpio ascetismo.
Muy cerca está la catedral cristiana, junto al alminar muslim, que hoy soporta dos campanarios y una cúpula cristianas. Imposible no captar la belleza de un paisaje arquitectónico tan singular. Nada estorba, nada desentona, nada impide la visión de una obra de arte de proporciones exactas. La fachada es un prodigio de simetrías.
Plazas y palacios. Torres y espadañas. Iglesias y conventos. Barrios blancos. Todo en Jerez rezuma vida y arte.
Visitar sus bodegas, sus museos, sus parques, sus plazoletas, sus tiendas... y un buen rato para acercarse a la Cartuja.
Entrar por sus anchas avenidas y sus amplias rotondas, ornamentadas con esculturas mastodónticas, impresiona tanto como desconcierta. Los viajeros sienten unas irrefrenables ansias de descubrir una urbe que ni por asomo esperaban les sorprendiera tanto.
Atravesar las tierras que se extienden entre los cursos bajos de los ríos Guadalete y Guadalquivir, en especial las situadas al oeste, impone. Suaves lomas de tierra alberiza cubiertas de viñas mínimas que apenas manchan la pura blancura. Paisaje angelical.
El alcázar es la construcción más llamativa y más extensa de la ciudad. Erigido en los tiempos almohades del gran maestro Ibn Arabí, en su interior guarda palacio, mezquita, jardín y baños. Sólidos muros, torres compactas, fortaleza perfecta.
El alma del alcázar es su mezquita. Imposible imaginar belleza más sobria, más íntima, más espirituada. Por dentro y por fuera. Los baños no tienen ningún lujo, ni cerámicas, ni pinturas ni ornamento alguno. Limpio ascetismo.
Muy cerca está la catedral cristiana, junto al alminar muslim, que hoy soporta dos campanarios y una cúpula cristianas. Imposible no captar la belleza de un paisaje arquitectónico tan singular. Nada estorba, nada desentona, nada impide la visión de una obra de arte de proporciones exactas. La fachada es un prodigio de simetrías.
Plazas y palacios. Torres y espadañas. Iglesias y conventos. Barrios blancos. Todo en Jerez rezuma vida y arte.
Visitar sus bodegas, sus museos, sus parques, sus plazoletas, sus tiendas... y un buen rato para acercarse a la Cartuja.
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lunes, 26 de agosto de 2013
Del centro al sur de España (3)
BARBATE Y TRAFALGAR
Una casa en una urbanización en mitad de un bosque, a unos tres kilómetros del mar; construida al amparo de dos pinos centenarios, en su jardín crecen árboles frutales junto a plantas aromáticas y de flor, y un añascloso alcornoque con restos de varias capas de corcho. A unos pasos se extiende el Parque Natural de las Marismas y Breñas de Barbate.
Barbate es un pueblo con fama de gentes primitivas, incultas y brutas, pero ese desprecio no es más que ignorancia. Las gentes de Barbate son amables, sencillas y auténticas. Abiertas y comunicativas. Gentes del sol, del viento, de las tormentas, de las marismas, los pinares, las breñas y el mar.
Los viajeros no se pierden un paseo por los caminos del pinar sobre unas dunas que se despeñan al océano. A mediados del siglo XIX, estas suaves lomas de arena sobre la roca viva eran un breñal, una tierra en la que sólo crecía monte bajo. Azotadas por los vientos de levante, las dunas iban y venían como monstruos de arena. A un ingeniero de montes se le ocurrió fijar las dunas con una plantación de pinos piñoneros.
Entrar en el pinar es como entrar en el bosque encantado de un sueño infantil. Arbustos y plantas exhuman sus fragancias sutiles que se mezclan en el aire con las fuertes fragancias de los pinos. El sotobosque, con sus manchas de palmitos, lentiscos, retamas... Mucha sombra, pero a poco chorros de sol sobre praderitas, donde flores mínimas de colores y formas puras, púdicas se esconden. Gozo de floresta.
Impone, alzados sobre el acantilado, mirar los horizontes. La mole de Trafalgar, arena compactada sobre roca negra, abrazo de tierras. Al fondo el agua es verde y un poco más allá algo como morada. Rocas que se erizan. Alzar la mirada hacia el este deja en el alma una impresión de eternidad instantánea. La luz del sol lame la costa, y el cielo y el mar se funden en un horizonte de transparencias celestes.
En estos parajes frente a África, en mitad del pinar, el viajero inspira un viejo aire musical, una atávica melodía primigenia, pura como el aire y el mar.
El viajero se siente incapaz de trascribir la música.
Una casa en una urbanización en mitad de un bosque, a unos tres kilómetros del mar; construida al amparo de dos pinos centenarios, en su jardín crecen árboles frutales junto a plantas aromáticas y de flor, y un añascloso alcornoque con restos de varias capas de corcho. A unos pasos se extiende el Parque Natural de las Marismas y Breñas de Barbate.
Barbate es un pueblo con fama de gentes primitivas, incultas y brutas, pero ese desprecio no es más que ignorancia. Las gentes de Barbate son amables, sencillas y auténticas. Abiertas y comunicativas. Gentes del sol, del viento, de las tormentas, de las marismas, los pinares, las breñas y el mar.
Los viajeros no se pierden un paseo por los caminos del pinar sobre unas dunas que se despeñan al océano. A mediados del siglo XIX, estas suaves lomas de arena sobre la roca viva eran un breñal, una tierra en la que sólo crecía monte bajo. Azotadas por los vientos de levante, las dunas iban y venían como monstruos de arena. A un ingeniero de montes se le ocurrió fijar las dunas con una plantación de pinos piñoneros.
Entrar en el pinar es como entrar en el bosque encantado de un sueño infantil. Arbustos y plantas exhuman sus fragancias sutiles que se mezclan en el aire con las fuertes fragancias de los pinos. El sotobosque, con sus manchas de palmitos, lentiscos, retamas... Mucha sombra, pero a poco chorros de sol sobre praderitas, donde flores mínimas de colores y formas puras, púdicas se esconden. Gozo de floresta.
Impone, alzados sobre el acantilado, mirar los horizontes. La mole de Trafalgar, arena compactada sobre roca negra, abrazo de tierras. Al fondo el agua es verde y un poco más allá algo como morada. Rocas que se erizan. Alzar la mirada hacia el este deja en el alma una impresión de eternidad instantánea. La luz del sol lame la costa, y el cielo y el mar se funden en un horizonte de transparencias celestes.
En estos parajes frente a África, en mitad del pinar, el viajero inspira un viejo aire musical, una atávica melodía primigenia, pura como el aire y el mar.
El viajero se siente incapaz de trascribir la música.
De rama en rama.
De rama en rama.
De rama en rama.
Vuelan los pajaritos.
De rama en rama.
Los pajaritos.
Los pajaritos.
Los pajaritos.
Silban sus dulces trinos.
Los pajaritos.
Sus dulces trinos.
Sus dulces trinos
Sus dulces trinos.
Silban los pajaritos.
Sus dulces trinos.
Los pajaritos.
Los pajaritos.
Los pajaritos.
Vuelan de rama en rama.
Los pajaritos.
Cuando se hace de noche y la luna está casi llena, el viajero imagina al maestro de los maestros, el singular Ibn Arabí, entre amigos, cantando este mismo aire.
La luna llena.
La luna llena.
La luna llena.
En lo alto del cielo.
La luna llena.
Alto del cielo.
Alto del cielo.
Alto del cielo.
Brilla la luna llena.
Alto del cielo:
La luna llena.
La luna llena.
La luna llena.
Brilla en el firmamento.
La luna llena.
El firmamento.
El firmamento.
El firmamento.
Donde brilla la luna.
El firmamento.
El viajero se sienta frente al océano e imagina al venerado sufí zarpar a África para no volver más y siente su nostalgia.
COSTAS DE CÁDIZ
Las costas de Cádiz aún conservan en gran medida lugares en los que el hombre no ha invadido locamente la geografía. De Chiclana a Tarifa las gentes se desparraman sin agobios por las largas playas de la Barrosa, Conil o Zahara de los Atunes, o por las más pequeñas de Caños de Meca, Los Alemanes o El Palmar.
En el interior de los pueblos, la gente conserva sus trabajos tradicionales: la pesca, la ganadería, la agricultura, el marisqueo, la industria marinera y la rebusca.
Viajeros, turistas, jipis ocasionales y autóctonos tienen sus lugares preferidos y a ellos acuden con asiduidad. Hay playas y chiringuitos para todos los gustos.
El "canelo" viaja de mano en mano, y al atardecer siempre hay un grupo de benditos locos en alguna playa que aplauden una puesta de sol.
Las aguas del Estrecho, en verano, desde cualquiera de las muchas torres de vigía que se erigen sobre los rocallones, con el sol en todo lo alto, se contemplan tan serenas como el alma de los sabios, como una sábana de seda recién planchada tendida bajo el cielo. Gama de celestes y verdes con brillo opalino.
¿Quién no se siente niño en las rocas de los Caños de Meca? Uno se extasía contemplando los banquitos de peces perlas surcar las aguas transparentes, que en las balsitas, entre las rocas negras, hierven al sol. Bañeras de agua caliente que ni en el Caribe.
En la playa abierta el agua se siente fría o cálida. Las corrientes del Mediterráneo y el Atlántico se entrecruzan como serpientes líquidas. El bañista puede bucear entre un mar y un océano.
Baelo Claudia es una antigua urbe romana que se asienta sobre una meseta tras unas colinas umbrías frente a la playa virgen de Bolonia. Un lugar para inspirar.
No muy lejos queda Tarifa, el pueblo europeo más cercano a África, cuyas montañas más al norte pueden contemplarse desde él cualquier día de claridad mediana. Menos de media hora en grandes y modernos ferrys.
Tarifa no deja de ser un punto geográfico cualquiera, pero los viajeros de todos los tiempos lo mitificaron. Aquí estaban las columnas de Hércules, aquí más tarde desembarcó el primer musulmán que pisó Europa, de cuyo nombre, Tarif, teviene el patronímico Tarifa. Y Guzmán el Bueno, aquel noble que prefirió la muerte de su hijo a rendir la plaza cristiana a los muslimes.
Hoy es una pequeña ciudad fronteriza, multicultural, donde el viento de levante hace sentirse a los viajeros pájaros o delfines, capaces de en un vuelo o en un salto besar África.
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domingo, 25 de agosto de 2013
Del centro al sur de España (2)
DE MADRID A BARBATE POR EL OESTE
Seis personas en dos coches toman la carretera de Extremadura. El viajero de más edad, el único español de la media docena, cuando pasa por Alcorcón y Fuenlabrada recuerda el tiempo en que estas ciudades eran pequeños pueblos campesinos. Luego los dominios del río Alberche, paralelo a la sierra de Gredos. El castillo de Maqueda, con sus altos y remozados muros nos invita a contemplarlo.
A pesar de distar apenas dos horas en coche de Madrid, Talavera de la Reina es casi un enigma para los viajeros. Destrozada a cañonazos en la Guerra de la Independencia, los restos de su historia se desparraman ocultos tras los modernos bloques de pisos. La producción cerámica modernizada sigue siendo un aliciente para parar y a los viajeros más románticos les aguarda la sorpresa del Parque y la Basílica de la Virgen del Campo. Al lírico Tajo lo han ornado con un nuevo puente.
El paisaje cambia cuando a la provincia de Toledo sucede la de Cáceres, con su siempre bendita comarca de la Vera, donde las espumas de los torrentes de Gredos cantan su amor a las flores de los cerezos.
En Navalmoral de la Mata la carretera atraviesa el Tajo y da la espalda al pico del Moro Almanzor. Luego, a la derecha, el parque nacional de Motfragüe y a la izquierda la Sierra de Guadalupe. El viajero viejo hace memoria del oculto lugar en el que unos hombres, hace siglos, construyeron un monasterio, que es a la vez fortaleza, convento e iglesia, de una belleza sobrecogedora.
España es un país púdico, que oculta sus tesoros en las profundidades de sus sierras y acantilados.
Parada en Trujillo, en la primera plaza de la ciudad baja. Hace sol y apenas, bajo unos árboles, pueden los viajeros disfrutar de un poco de frescura. Mientras comen aparece un sujeto con una botella de buen whisky cogida por el cuello. Se la ofrece al californiano mientras le pregunta:
- ¿Tú de dónde eres?
- Del mundo
- ¡Canadiense!
El californiano del mundo sospecha que el extraño trujillano quiere engañarlo. El español observa la escena con un punto de vergüenza ajena, pero después de todo la picaresca se extiende por todo el mundo.
Trujillo merece un largo día. Difícil encontrar tantos restos medievales y tan bien conservados en tan poca superficie. La alcazaba califal aún resiste sólida con sus más de mil años encima. Memorable todo el conjunto de murallas, torres, conventos, iglesias y palacios que se desparraman por un empinado cerro.
Pasado el Alto de Santa Cruz se vislumbran las llanuras del Guadiana. Las riberas de su afluente Búrdalo verdean de cultivos.
La carretera se alarga paralela al río Guadiana, para a la altura de San Pedro de Mérida, abandonarlo en su ancho meandro que termina en Mérida.
A los viajeros que ya conocen esta ciudad, no les queda otra que suspirar. No hay en España sitio con más vestigios romanos. Acueducto, anfiteatro, puente, teatro,templo de Diana, Museo de Arte Romano...
A la derecha la Tierra de Barros y a la izquierda La Serena, antes de llegar a las sierras del norte de las provincias de Sevilla y Huelva.
Los viajeros que conocen la zona no pueden menos que recordar la cueva de las Maravillas y las murallas de Cumbres Mayores, en la Sierra de Aracena. Geografías e historias perdidas por los caminos hondos.
Sin apenas darse cuenta atraviesan El Aljarafe y se adentran en los ruedos de Sevilla. Mucho tráfico por sus autovías de circunvalación, pero fluido y ordenado.
Y de pronto, la Vega del Guadalquivir. La vista se pierde en extensiones de maíz y algodón de un verdor que maravilla. En España se pueden ver muchísimas comarcas cultivadas con esmero, pero ninguna tan ubérrima como ésta que atraviesan el río Betis y sus canales al sur de la sin par Sevilla.
Los viajeros no sienten el cansancio y sin darse casi ni cuenta dejan Jerez de la Frontera a la derecha y toman la dirección a Algeciras. La geografía llanísima da paso a pequeñas elevaciones que esconden ganaderías de toros bravos. Medina-Sidonia, Vejer, Barbate y el Atlántico.
Seis personas en dos coches toman la carretera de Extremadura. El viajero de más edad, el único español de la media docena, cuando pasa por Alcorcón y Fuenlabrada recuerda el tiempo en que estas ciudades eran pequeños pueblos campesinos. Luego los dominios del río Alberche, paralelo a la sierra de Gredos. El castillo de Maqueda, con sus altos y remozados muros nos invita a contemplarlo.
A pesar de distar apenas dos horas en coche de Madrid, Talavera de la Reina es casi un enigma para los viajeros. Destrozada a cañonazos en la Guerra de la Independencia, los restos de su historia se desparraman ocultos tras los modernos bloques de pisos. La producción cerámica modernizada sigue siendo un aliciente para parar y a los viajeros más románticos les aguarda la sorpresa del Parque y la Basílica de la Virgen del Campo. Al lírico Tajo lo han ornado con un nuevo puente.
El paisaje cambia cuando a la provincia de Toledo sucede la de Cáceres, con su siempre bendita comarca de la Vera, donde las espumas de los torrentes de Gredos cantan su amor a las flores de los cerezos.
En Navalmoral de la Mata la carretera atraviesa el Tajo y da la espalda al pico del Moro Almanzor. Luego, a la derecha, el parque nacional de Motfragüe y a la izquierda la Sierra de Guadalupe. El viajero viejo hace memoria del oculto lugar en el que unos hombres, hace siglos, construyeron un monasterio, que es a la vez fortaleza, convento e iglesia, de una belleza sobrecogedora.
España es un país púdico, que oculta sus tesoros en las profundidades de sus sierras y acantilados.
Parada en Trujillo, en la primera plaza de la ciudad baja. Hace sol y apenas, bajo unos árboles, pueden los viajeros disfrutar de un poco de frescura. Mientras comen aparece un sujeto con una botella de buen whisky cogida por el cuello. Se la ofrece al californiano mientras le pregunta:
- ¿Tú de dónde eres?
- Del mundo
- ¡Canadiense!
El californiano del mundo sospecha que el extraño trujillano quiere engañarlo. El español observa la escena con un punto de vergüenza ajena, pero después de todo la picaresca se extiende por todo el mundo.
Trujillo merece un largo día. Difícil encontrar tantos restos medievales y tan bien conservados en tan poca superficie. La alcazaba califal aún resiste sólida con sus más de mil años encima. Memorable todo el conjunto de murallas, torres, conventos, iglesias y palacios que se desparraman por un empinado cerro.
Pasado el Alto de Santa Cruz se vislumbran las llanuras del Guadiana. Las riberas de su afluente Búrdalo verdean de cultivos.
La carretera se alarga paralela al río Guadiana, para a la altura de San Pedro de Mérida, abandonarlo en su ancho meandro que termina en Mérida.
A los viajeros que ya conocen esta ciudad, no les queda otra que suspirar. No hay en España sitio con más vestigios romanos. Acueducto, anfiteatro, puente, teatro,templo de Diana, Museo de Arte Romano...
A la derecha la Tierra de Barros y a la izquierda La Serena, antes de llegar a las sierras del norte de las provincias de Sevilla y Huelva.
Los viajeros que conocen la zona no pueden menos que recordar la cueva de las Maravillas y las murallas de Cumbres Mayores, en la Sierra de Aracena. Geografías e historias perdidas por los caminos hondos.
Sin apenas darse cuenta atraviesan El Aljarafe y se adentran en los ruedos de Sevilla. Mucho tráfico por sus autovías de circunvalación, pero fluido y ordenado.
Y de pronto, la Vega del Guadalquivir. La vista se pierde en extensiones de maíz y algodón de un verdor que maravilla. En España se pueden ver muchísimas comarcas cultivadas con esmero, pero ninguna tan ubérrima como ésta que atraviesan el río Betis y sus canales al sur de la sin par Sevilla.
Los viajeros no sienten el cansancio y sin darse casi ni cuenta dejan Jerez de la Frontera a la derecha y toman la dirección a Algeciras. La geografía llanísima da paso a pequeñas elevaciones que esconden ganaderías de toros bravos. Medina-Sidonia, Vejer, Barbate y el Atlántico.
sábado, 24 de agosto de 2013
Del centro al sur de España (1)
DE MADRID A PEDRAZA PASANDO POR SEGOVIA
El Madrid que va de la Plaza Mayor al Palacio Real y atraviesa el barrio de los Austria es el más puro y emocionante de los Madriles. Poético, musical y pictórico, entre el silencio y el murmullo.
Es una auténtica troupe en viaje a Pedraza a comer en el mesón Manrique el mejor cordero asado que conocen. Las familias de los novios atraviesan la Sierra de Navacerrada entre pinos, picos, lomas y laderas, donde este año, por excepción aún se funde la nieve.
El viajero que no se ha perdido algunas veces por los altos de Peñalara y sus lagunas o por las abruptas y laberínticas sendas de la Pedriza no sabe lo que se ha perdido.
Pero el tiempo apremia y tras el alto de Navacerrada, el muy nombrado pinar de Balsaín, la Granja con sus Reales Sitios, Segovia y más adelante tierras de la Castilla interior, ganadera más que agricultora, y al final, Pedraza.
Pedraza es villa añosa, encastillada y amurallada. Península entre arroyos. Pedraza es libro, en el que sabe, lee un puro trozo de la Historia de España.
La prisa acucia, y los viajeras, luego del buen yantar, mal beber y buen pasear, vuelven a Segovia.
El acueducto. En la plaza aneja grupos folclóricos de distintos países bailan sobre un tablado al ritmo de una orquestina. El turista apenas tiene tiempo de intuir la belleza de una ciudad única.
El viajero no puede menos que hacer memoria de la Segovia íntima, que se encuentra en sus iglesias románicas, en su catedral gótica de cúpula espléndida, en sus calles medievales de suelo de piedra, en sus palacios, en sus plazas, en sus rincones, en el Alcázar. Y abajo junto al río, sus huertos y jardines ideales. La Vera Cruz, templaria. El paseo de San Juan de la Cruz. El Parral. Los amigos...
El Madrid que va de la Plaza Mayor al Palacio Real y atraviesa el barrio de los Austria es el más puro y emocionante de los Madriles. Poético, musical y pictórico, entre el silencio y el murmullo.
Es una auténtica troupe en viaje a Pedraza a comer en el mesón Manrique el mejor cordero asado que conocen. Las familias de los novios atraviesan la Sierra de Navacerrada entre pinos, picos, lomas y laderas, donde este año, por excepción aún se funde la nieve.
El viajero que no se ha perdido algunas veces por los altos de Peñalara y sus lagunas o por las abruptas y laberínticas sendas de la Pedriza no sabe lo que se ha perdido.
Pero el tiempo apremia y tras el alto de Navacerrada, el muy nombrado pinar de Balsaín, la Granja con sus Reales Sitios, Segovia y más adelante tierras de la Castilla interior, ganadera más que agricultora, y al final, Pedraza.
Pedraza es villa añosa, encastillada y amurallada. Península entre arroyos. Pedraza es libro, en el que sabe, lee un puro trozo de la Historia de España.
La prisa acucia, y los viajeras, luego del buen yantar, mal beber y buen pasear, vuelven a Segovia.
El acueducto. En la plaza aneja grupos folclóricos de distintos países bailan sobre un tablado al ritmo de una orquestina. El turista apenas tiene tiempo de intuir la belleza de una ciudad única.
El viajero no puede menos que hacer memoria de la Segovia íntima, que se encuentra en sus iglesias románicas, en su catedral gótica de cúpula espléndida, en sus calles medievales de suelo de piedra, en sus palacios, en sus plazas, en sus rincones, en el Alcázar. Y abajo junto al río, sus huertos y jardines ideales. La Vera Cruz, templaria. El paseo de San Juan de la Cruz. El Parral. Los amigos...
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viernes, 23 de agosto de 2013
Evocaciones de Cuenca (2)
SERRANÍA ALTA
Los paisajes de España son innumerables, una provincia como Cuenca puede entrañar geografías tan variadas como naciones enteras.
La memoria emocional evoca el recuerdo de la alta Serranía de Cuenca. Cañones umbríos, guardados por titanes de roca que miran desde lo alto la ubérrima vegetación. Ríos transparentes, turquesas, esmeraldas, marrones... Cuestas y más cuestas que ahora se empinan para luego abismarse.
Nacimiento del Cuervo, Solán de Cabras y desfiladeros.
SERRANÍA BAJA
Por la carretera que enlaza Cuenca con Teruel, luego de una treintena de kilómetros, se atraviesa la parte sur de la Serranía de Cuenca. La carretera gira y regira por entre moles naranjas y cobrizas que se alzan por sobre el manto de pinos, sabinas y enebros. Dan ganas de parar para arrancar sus misterios a esta oculta serranía.
CAÑETE
Cañete está rodeado en su totalidad por una muralla en la que hay abiertas cinco puertas, tres al norte y dos al sur.
En uno de los bares de la plaza central un hombre explica a los viajeros un poco de la geografía y la historia del pueblo. No nació aquí, pero este lugar lo cautivó y aquí se quedó.
- Las murallas que habéis visto encima del cerro lo son de uno de los castillos más largos de Europa, dicen que el tercero.
- La verdad es que impresiona.
- Se entienden sus dimensiones y su localización por ser campo de batalla entre Castilla y Aragón por el acceso a Valencia, durante muchos años. Aquí nació don Álvaro de Luna, el poderoso valido de Juan II que terminó colgado en Valladolid en 1453.
Al amante de Cañete le tiembla la voz cuando habla, pero se nota que conoce muy bien su pueblo.
- Las bases de las murallas y de la fortaleza son del tiempo de los califas de Córdoba. Aún se conservan dos arcos de este tiempo.
Los viajeros salen de la parte urbana por una de las puertas del sur, pero antes suben por unas añosas escaleras de piedra hasta la puerta de una iglesia a la que hay adosada una espadaña, desde donde se tiene una buena vista.
Los paisajes de España son innumerables, una provincia como Cuenca puede entrañar geografías tan variadas como naciones enteras.
La memoria emocional evoca el recuerdo de la alta Serranía de Cuenca. Cañones umbríos, guardados por titanes de roca que miran desde lo alto la ubérrima vegetación. Ríos transparentes, turquesas, esmeraldas, marrones... Cuestas y más cuestas que ahora se empinan para luego abismarse.
Nacimiento del Cuervo, Solán de Cabras y desfiladeros.
SERRANÍA BAJA
Por la carretera que enlaza Cuenca con Teruel, luego de una treintena de kilómetros, se atraviesa la parte sur de la Serranía de Cuenca. La carretera gira y regira por entre moles naranjas y cobrizas que se alzan por sobre el manto de pinos, sabinas y enebros. Dan ganas de parar para arrancar sus misterios a esta oculta serranía.
CAÑETE
Cañete está rodeado en su totalidad por una muralla en la que hay abiertas cinco puertas, tres al norte y dos al sur.
En uno de los bares de la plaza central un hombre explica a los viajeros un poco de la geografía y la historia del pueblo. No nació aquí, pero este lugar lo cautivó y aquí se quedó.
- Las murallas que habéis visto encima del cerro lo son de uno de los castillos más largos de Europa, dicen que el tercero.
- La verdad es que impresiona.
- Se entienden sus dimensiones y su localización por ser campo de batalla entre Castilla y Aragón por el acceso a Valencia, durante muchos años. Aquí nació don Álvaro de Luna, el poderoso valido de Juan II que terminó colgado en Valladolid en 1453.
Al amante de Cañete le tiembla la voz cuando habla, pero se nota que conoce muy bien su pueblo.
- Las bases de las murallas y de la fortaleza son del tiempo de los califas de Córdoba. Aún se conservan dos arcos de este tiempo.
Los viajeros salen de la parte urbana por una de las puertas del sur, pero antes suben por unas añosas escaleras de piedra hasta la puerta de una iglesia a la que hay adosada una espadaña, desde donde se tiene una buena vista.
Al este del pueblo se eriza un
pronunciado promontorio sobre cuyo estrecho lomo cabalga el larguísimo
castillo, de cuyos extremos cuelgan las murallas de piedra que abrazan la urbe.
Los viajeros evocan castillos y murallas
emocionantes: Gormaz, Trujillo, Ronda, Madrigal de las Altas Torres, Palma del
Rio, Sevilla, Ávila, Lugo, Zamora,
Marchena, Sos del Rey Católico, Molina de Aragón, Segura de la Sierra…
A los viajeros les atraen tanto las cumbres
cimeras como los abismos ínferos. Bajan a pasear por las orillas del río del
Tinte o de la Virgen. Sobre huertas medio abandonadas crecen manchas de cardos
blancos, y junto a la corriente: álamos, chopos, negrillos, mimbrales… Es tal cual
la hoz del Huécar, con casas igualmente colgadas de la roca. Aquí una fuentecilla con dos caños surgiendo
del vientre de un peñasco, allá un chorreadero oculto donde el río cae desde
una docena de metros sobre una poza.
Mariposas por todos lados: blancas, amarillas, celestes, tabaco, negras…
En los remansos, libélulas. Los pájaros cantan entre las ramas de árboles y
arbustos.
- ¡Niña!
¿Vamos a subir al castillo?
- ¡Ya
veremos! ¡Hace mucho calor y parece muy pendiente!
- Entonces
entramos al pueblo y rodeamos las
murallas por dentro.
- ¡A la
sombra!
La puerta que fuera califal, es ahora un
arco neorománico que desentona. La
iglesia principal, que fuera mezquita se lee en unos rótulos que es el palacio
del marqués de Cañete. Hay también una
sinagoga convertida en la otra parte del pueblo. Por las ausencias de mayores
vestigios de palacios o casonas de importancia se puede deducir que las gentes
de Cañete son muy igualitarias.
Al final, animados por un hombre del pueblo
con la piel tostada por los soles y las nieves, que les informa de que apenas
la alcazaba está a veinte minutos. Ascienden por una senda junto a la muralla
que aún conserva su puerta califal más oculta. La escarpadura no parece tener
subida fácil, pero la senda latiguea hasta llegar a la entrada sur del
castillo, alcazaba o fortaleza califal, derruida por los cañonazos en las
guerras carlistas. El recinto por el sur es muy estrecho, pero como si fuera un
barco se va progresivamente ensanchando para luego volver a angostarse. Es peligroso
andar bajo los arruinados torreones entre bloques de piedra desperdigados entre
arbustos y yerbajos entre los que reptan serpientes.
Un barco de
mucho calado este castillo de Cañete. Como una luna recién nacida desde el
este. Desde los miradores la visión orbital es como una revelación.
CUENCA: VIDA
Y SUEÑO
La primera vez que el viajero vio Cuenca
podría tener siete años. Era una foto pequeña, impresa sobre el cartón de una
caja de cerillas. Tendría 25 cuando la vio en realidad. Viajeros en autocar de
línea, sin equipaje y sin mapa, con el corazón acelerado nada más echar a
andar. No pararon hasta colocarse justo en el comienzo de la senda que rodea la
hoz del Huécar.
Pocas veces antes los viajeros se habían
sentido tan arrebatados por un lugar. Era como entrar en un sueño deseado
durante largo tiempo. Podía escucharse el tarareo del agua del río y las hojas
de los álamos bailar con el viento. Era otoño.
Con el corazón encogido por la emoción se
realizaban las visiones soñadas. El color del agua era del verde de los cuentos
de hadas. El amarillo de los robustos “populus alba” era aún más puro y
brillante que en el mismo sueño.
Las casas colgantes o el puente sobre el
abismo eran apenas una débil impresión comparados con la numinosa sensación de
pasear por el fondo de un desfiladero edénico.
En aquellos años, Cuenca empezaba a ser
descubierta por una nueva generación de viajeros, especialmente en parejas.
Pintores, poetas, intelectuales, músicos, buscadores…, atraídos por la fama de
Federico Muelas y los pintores de la vanguardia.
La catedral aún estaba abierta al público
durante todo el día, sin que nadie pidiera papel o moneda alguna. Entrar en
este templo sin luz puede producir pavor
a más de uno. Pero los viajeros son
jóvenes e inconscientes y penetran seguros en el recinto. Gótico o románico es
lo de menos, lo que en realidad viven los viajeros es una sensación de misterio
a punto de desvelarse. El espacio, los muros, las columnas y los arcos en
completa oscuridad crean una atmósfera preternatural. Los oídos zumban como un
enjambre de abejas.
Bajaron a la cripta por unas muy estrechas
escaleras sin más luz que la que reflejaban unos tubos encendidos que
iluminaban los tesoros de la catedral. Casullas y capas pluviales desde el
siglo XIV, de tejidos y bordados maravillosos en oro, en plata y en sedas.
Ropas litúrgicas de muchas épocas, conservadas con esmero y finura. Y cálices,
copones, custodias, báculos…Las piedras preciosas como ojos incrustados en el
oro y la plata atraen a los viajeros que nunca han visto rubíes, amatistas,
esmeraldas, ónices, diamantes, circonios… en tanta cantidad y de tanta calidad.
No hay calle, palacio, iglesia, convento,
torre o pasadizo que los viajeros no
hayan encontrado en sus lentos paseos por la ciudad vieja. Cuenca, ciudad entre
dos hoces, capital de España en el siglo XII, la preferida por Alfonso VIII, el
de las Navas de Tolosa, el rey más longevo de la península ibérica después del
mítico Gerión.
Cuenca, pasaje al misterio.
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Viaje
Evocaciones de Cuenca (1)
TORCAS
Aparcamos el vehículo cerca de una cabaña de reducidas dimensiones, vacía. En un panel, indicaciones para seguir una ruta larga y otra corta, pasando al lado de más o menos torcas.
Una torca es un pozo en la superficie de una meseta rocosa. Por obra de los ríos subterráneos el terreno se hunde.
Maraña de sendas y trochas, que se extienden entre un tupido pinar por los Palancares enlazan
la veintena de hoyancos.
La más rica en singularidades es la torca del Lobo. Una diadema de rocas duras, verticales, negras, naranjas y blancas. La bajada a manos limpias parece imposible para un hombre. Bajo la mole, tierra que resbala, al principio con gran ángulo de inclinación, para en el fondo acabar en la base de un tronco de cono invertido.
Voltear la torca del Lobo a medio metro del borde del abismo nos procura un cúmulo de sensaciones nuevas. Una mariposa pasa silbando junto al oído mientras mira como se retuerce un pino al borde del precipicio.
El fondo de la torca es refugio de árboles, arbustos, plantas y animales de gran rareza. Un ave de pequeñas dimensiones da vueltas y más vueltas bajo nuestra mirada. Rapacilla de las simas. En las paredes de roca hay hendiduras, baumas, cuevecillas... Sendas minúsculas bajan por la tierra inclinada. No hay que ser un gran detective para saber que son pequeños roedores y reptiles los que las han marcado con sus idas y venidas.
Uno no se cansa de contemplar la variadísima vegetación que crece con vigor en la torca del Lobo.
Entre torca y torca, mariposas que juegan al escondite con los paseantes. Cuando se posan en los troncos de los pinos no hay ojos que las vean de lo bien que se camuflan.
En la torca de la Escalerita, sobre una roca al borde del abismo, un lagarto amarillo y celeste toma el sol. Como por arte de magia desaparece por una grieta.
LAGUNAS
Hay tres lagunas a unos tres kilómetros de Cañada del Hoyo por la carretera que sube a Valdemoro-Sierra. Están al lado del asfalto, accecibles incluso para ancianos y padres con carritos. La primera que se ve es la más extraordinaria, con un color que la convierte en única. El celeste de su agua es de un frío tan intenso, que opaca cualquier transparencia de la vegetación de sus paredes y del mismo cielo. Serenidad completa. A pocos pasos se ahonda un lagunillo pardo de triste apariencia, pero que mirándolo bien ewfleja en toda su pureza el verde de los pinos, el marrón de las rocas y el azul del cielo.
En la vegetación de la boca de las lagunas predominan los pinos, pero de trecho en trecho se ven sabinas, rosáceas, mirtos y mucho romero, tomillo y lavanda. Los sentidos en alerta en un mundo natural que en nada se parece al mundo urbano.
La tercera laguna es verdosa, más grande, más rocosa, también muy transparente.
CHORREADERO
No hace falta llegar a Valdemoro-Sierra, donde el asfalto muere. Un kilómetro y medio antes, a los viajeros les espera una sorpresa de lo más saludable en un día de mucho calor. Bresoles del Guadazaón. El agua pura se desparrama por entre las grietas de un muro de rocas formando pequeñas artesas y diminutas cascadas. Paraíso infantil, fresco y húmedo. Mariposas y libélulas liban entre las hierbas y los juncos.
Aparcamos el vehículo cerca de una cabaña de reducidas dimensiones, vacía. En un panel, indicaciones para seguir una ruta larga y otra corta, pasando al lado de más o menos torcas.
Una torca es un pozo en la superficie de una meseta rocosa. Por obra de los ríos subterráneos el terreno se hunde.
Maraña de sendas y trochas, que se extienden entre un tupido pinar por los Palancares enlazan
la veintena de hoyancos.
La más rica en singularidades es la torca del Lobo. Una diadema de rocas duras, verticales, negras, naranjas y blancas. La bajada a manos limpias parece imposible para un hombre. Bajo la mole, tierra que resbala, al principio con gran ángulo de inclinación, para en el fondo acabar en la base de un tronco de cono invertido.
Voltear la torca del Lobo a medio metro del borde del abismo nos procura un cúmulo de sensaciones nuevas. Una mariposa pasa silbando junto al oído mientras mira como se retuerce un pino al borde del precipicio.
El fondo de la torca es refugio de árboles, arbustos, plantas y animales de gran rareza. Un ave de pequeñas dimensiones da vueltas y más vueltas bajo nuestra mirada. Rapacilla de las simas. En las paredes de roca hay hendiduras, baumas, cuevecillas... Sendas minúsculas bajan por la tierra inclinada. No hay que ser un gran detective para saber que son pequeños roedores y reptiles los que las han marcado con sus idas y venidas.
Uno no se cansa de contemplar la variadísima vegetación que crece con vigor en la torca del Lobo.
Entre torca y torca, mariposas que juegan al escondite con los paseantes. Cuando se posan en los troncos de los pinos no hay ojos que las vean de lo bien que se camuflan.
En la torca de la Escalerita, sobre una roca al borde del abismo, un lagarto amarillo y celeste toma el sol. Como por arte de magia desaparece por una grieta.
LAGUNAS
Hay tres lagunas a unos tres kilómetros de Cañada del Hoyo por la carretera que sube a Valdemoro-Sierra. Están al lado del asfalto, accecibles incluso para ancianos y padres con carritos. La primera que se ve es la más extraordinaria, con un color que la convierte en única. El celeste de su agua es de un frío tan intenso, que opaca cualquier transparencia de la vegetación de sus paredes y del mismo cielo. Serenidad completa. A pocos pasos se ahonda un lagunillo pardo de triste apariencia, pero que mirándolo bien ewfleja en toda su pureza el verde de los pinos, el marrón de las rocas y el azul del cielo.
En la vegetación de la boca de las lagunas predominan los pinos, pero de trecho en trecho se ven sabinas, rosáceas, mirtos y mucho romero, tomillo y lavanda. Los sentidos en alerta en un mundo natural que en nada se parece al mundo urbano.
La tercera laguna es verdosa, más grande, más rocosa, también muy transparente.
CHORREADERO
No hace falta llegar a Valdemoro-Sierra, donde el asfalto muere. Un kilómetro y medio antes, a los viajeros les espera una sorpresa de lo más saludable en un día de mucho calor. Bresoles del Guadazaón. El agua pura se desparrama por entre las grietas de un muro de rocas formando pequeñas artesas y diminutas cascadas. Paraíso infantil, fresco y húmedo. Mariposas y libélulas liban entre las hierbas y los juncos.
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lunes, 8 de julio de 2013
martes, 25 de junio de 2013
Innombrable Anhelo
Sólo Tú liberas de las cadenas del egoísmo.
Tú que fluyes en todo lo que existe. Tú, el Misterio.
Pronunciamos tus nombres más hermosos: Amor, Luz, Paz,
Armonía, Inspiración, Belleza, Felicidad,
Justicia, Perdón, Alegría, Libertad...
Pero Tú no puedes ser nombrado más que por Tí Mismo.
Tú que todo tienes, ni continente ni contenido.
Tus más hermosos nombres, ardientes anhelos de Tí.
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Tú
martes, 11 de junio de 2013
De miedos
El miedo puede ser una emoción o un sentimiento, en consonancia con su menor o mayor duración en el tiempo. El miedo como emoción surge ante la sorpresa que algo causa en el alma. Unos ojos inyectados de sangre en mitad de la noche oscura, un umbrío bosque desconocido, un monstruo o una bruja en un sueño, una presencia atroz intuida en un momento... Estos miedos pueden ser muy intensos y dejar el corazón muy acelerado, pero son breves y cuando uno se da cuenta de que el supuesto peligro ha pasado, experimenta una sensación de liberación.
El miedo como sentimiento dura más, horas, puede que en algunos casos hasta días o más tiempo. Este tipo de miedo tiene su origen en momentos de la vida de los seres humanos en los que se concentran en perfecta sincronía acaecimientos infaustos. Cualquier situación sincrónica con esos hechos despierta inconscientemente la flor negra del miedo a que las situaciones dolorosas vuelvan a repetirse. Parálisis, sudores fríos y una sensación de peligro de muerte inminente.
El miedo como sentimiento dura más, horas, puede que en algunos casos hasta días o más tiempo. Este tipo de miedo tiene su origen en momentos de la vida de los seres humanos en los que se concentran en perfecta sincronía acaecimientos infaustos. Cualquier situación sincrónica con esos hechos despierta inconscientemente la flor negra del miedo a que las situaciones dolorosas vuelvan a repetirse. Parálisis, sudores fríos y una sensación de peligro de muerte inminente.
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viernes, 17 de mayo de 2013
Inspiración sobre el libro de Job
¿Encendiste tú las luciérnagas de los cielos?
¿Condensaste tú las aguas de los oceános?
¿Fuiste tú acaso el creador de la Imagen?
¿Diste tú forma, a la variedad de las flores?
¿Pusiste tú el sabor en las lenguas de los hombres?
¿ Fueron tu ópera los colores y los ojos?
¿Fue tu voluntad la armonía de las estrellas?
¿Tú fuiste el que dio vida al aire y a la tierra?
¿Dictaste tú la Ley que rige la Creación?
¿Sembraste tú los anhelos en tu corazón?
miércoles, 8 de mayo de 2013
El paradigma desnudo
Costaría mucho demostrar, si es que se puede, la superioridad de consciencia de los hombres sobre el resto de seres creados. Ni en la más megalómana de sus imaginaciones el hombre puede considerarse a sí mismo Regente de la Creación. Hasta el momento sólo conoce una mínima parte de ella y unas cuantas de sus leyes. Los hombres no son los reyes del Universo. Ocupan una parte de dimensiones infinitesimales comparada con la parte que se sabe que existe, que a su vez no es más que una parte infenitesimal de otra parte, de otra parte....
Ni aún siendo muchísimo más modestos, y considerando sólo el planeta Tierra, pueden decir los hombres que son sus Regentes. Contravenir las leyes que hacen que el corpúsculo en el que viven los hombres se mantenga en condiciones para ser habitado supondría su propia extinción.
Siendo realistas y por poco que se conozca la naturaleza de los "seres vivos" ni tan siquiera el hombre puede considerar que su capacidad de supervivencia sea superior a aquellos. Hongos, bacterias y plantas podrían sobrevivir en condiciones en las que los hombres no podrían hacerlo.
¿En dónde está la superioridad del hombre?
A los hombres sólo les queda adaptarse lo mejor posible a una Tierra que les es absolutamente necesaria. El proceso histórico del hombre sobre la Tierra es un proceso de aprendizaje del mejor modo de supervivencia de la especie. Todas las culturas humanas, con sus economías, sus sociedades sus ideologías, sus políticas, sus éticas y sus morales han aspirado a sus particulares supervivencias en el espacio y en el tiempo. Ninguna de ellas se ha demostrado hasta el momento perfecta.
Las religiones y las ciencias, a veces confundidas, a veces separadas y raras veces integradas, han tratado de explicar el Mundo y la Humanidad.
El más profundo de los dilemas humanos se plantea en el momento en el que algunos hombres toman consciencia del Bien y del Mal. El hombre no deja de ser un animal instintivo que se orienta a la supervivencia de familia, clan o tribu, pero además piensa, reflexiona sobre su lugar en el mundo y plantea explicaciones. Se sea religioso, se sea científico o se sea las dos cosas al tiempo, no se puede negar que en el mito de Adán y Eva se oculta una verdad incontrovertible: Hay un momento en el tiempo en el que el hombre además de moverse y sentir, piensa y sueña, y en lugar de considerarse a sí mismo un ser creado, empieza a considerarse también un ser creador.
Fijar en el espacio y en el tiempo los momentos en los que el hombre comienza a pensar y a soñar, sería fijar dos puntos axiales de su destino. No sabemos, ni tan siquiera por aproximación, cuando y dónde el bípedo erguido comienza a pensar, ni el tiempo ni el espacio que transcurre entre este momento y el otro momento en el que empieza a soñar, pero es indudable que ese momento y ese lugar existen. La explicación más plausible para acercarnos al dato del tiempo en el que estos hechos se originan por primera vez, ha de derivarse de la hipótesis que planteó un filósofo italiano olvidado a finales de los años setenta: "La evolución del hombre singular de hoy recapitula la evolución de la especie". El tiempo que tarda un niño desde que anda hasta que piensa y luego hasta que sueña, nos ha de proporcionar, si somos capaces de descubrir la fórmula que convierta este tiempo del humano singular en el tiempo de la Humanidad, el momento exacto en el que los primeros seres humanos comienzan a pensar y a soñar.
Ni aún siendo muchísimo más modestos, y considerando sólo el planeta Tierra, pueden decir los hombres que son sus Regentes. Contravenir las leyes que hacen que el corpúsculo en el que viven los hombres se mantenga en condiciones para ser habitado supondría su propia extinción.
Siendo realistas y por poco que se conozca la naturaleza de los "seres vivos" ni tan siquiera el hombre puede considerar que su capacidad de supervivencia sea superior a aquellos. Hongos, bacterias y plantas podrían sobrevivir en condiciones en las que los hombres no podrían hacerlo.
¿En dónde está la superioridad del hombre?
A los hombres sólo les queda adaptarse lo mejor posible a una Tierra que les es absolutamente necesaria. El proceso histórico del hombre sobre la Tierra es un proceso de aprendizaje del mejor modo de supervivencia de la especie. Todas las culturas humanas, con sus economías, sus sociedades sus ideologías, sus políticas, sus éticas y sus morales han aspirado a sus particulares supervivencias en el espacio y en el tiempo. Ninguna de ellas se ha demostrado hasta el momento perfecta.
Las religiones y las ciencias, a veces confundidas, a veces separadas y raras veces integradas, han tratado de explicar el Mundo y la Humanidad.
El más profundo de los dilemas humanos se plantea en el momento en el que algunos hombres toman consciencia del Bien y del Mal. El hombre no deja de ser un animal instintivo que se orienta a la supervivencia de familia, clan o tribu, pero además piensa, reflexiona sobre su lugar en el mundo y plantea explicaciones. Se sea religioso, se sea científico o se sea las dos cosas al tiempo, no se puede negar que en el mito de Adán y Eva se oculta una verdad incontrovertible: Hay un momento en el tiempo en el que el hombre además de moverse y sentir, piensa y sueña, y en lugar de considerarse a sí mismo un ser creado, empieza a considerarse también un ser creador.
Fijar en el espacio y en el tiempo los momentos en los que el hombre comienza a pensar y a soñar, sería fijar dos puntos axiales de su destino. No sabemos, ni tan siquiera por aproximación, cuando y dónde el bípedo erguido comienza a pensar, ni el tiempo ni el espacio que transcurre entre este momento y el otro momento en el que empieza a soñar, pero es indudable que ese momento y ese lugar existen. La explicación más plausible para acercarnos al dato del tiempo en el que estos hechos se originan por primera vez, ha de derivarse de la hipótesis que planteó un filósofo italiano olvidado a finales de los años setenta: "La evolución del hombre singular de hoy recapitula la evolución de la especie". El tiempo que tarda un niño desde que anda hasta que piensa y luego hasta que sueña, nos ha de proporcionar, si somos capaces de descubrir la fórmula que convierta este tiempo del humano singular en el tiempo de la Humanidad, el momento exacto en el que los primeros seres humanos comienzan a pensar y a soñar.
lunes, 1 de abril de 2013
Catolicismos
Benedicto XVI, el papa Ratzinger, abdica aduciendo falta de fuerzas físicas y anímicas. El Cónclave de cardenales no tarda en elegir a su sustituto: Francisco I, el papa Bertoglio.
¿Qué está pasando en la Iglesia Católica? ¿Cuál es su mensaje hoy? Qué importancia tiene en el mundo en los tiempos que vuelan?
Preguntas globales para analizar una institución bimilenaria que ha marcado la Historia de una quinta parte del mundo. Comparada con la influencia que tuvo en el siglo X o en el siglo XV, la influencia que la Iglesia Católica tiene hoy es mínima. Decir que hoy hay mil millones de católicos es mentir. Los católicos practicantes en países como España, en ciudades como Madrid, no llegan ni al uno por ciento siendo muy generosos. Las iglesias están cerradas y vacías y los católicos apenas las visitan unas pocas veces al año, con motivo de comuniones, bodas y funerales. Lo que diga o deje de decir el cardenal Rouco les trae al fresco.
El mensaje evangélico que subyace en la Iglesia Católica ha sido ocultado contra el deseo de Jesús que hablaba de no esconder la luz bajo un celemín. La Iglesia oficial, de papas con zapatos rojos o zapatos negros, de cardenales rancios y curias soberbias y ostentosas, no es en absoluto un ejemplo de moralidad cristiana.
Lo que salva a la Iglesia Católica es que aún sigue albergando en su seno a algunos pocos millones de cristianos que aún siguen bebiendo el agua limpia del espíritu de los Evangelios. Ellos no comulgan con las ruedas de molino de una jerarquía cerrada al Espíritu.
Por lo demás, la Iglesia Católica, en sus quehaceres diarios, no tiene más poder o influencia que el que tengan, con sus obras, los católicos. La Iglesia Católica no es ni más ni menos pecadora que el resto de las instituciones humanas. Los católicos no son ni más ni menos pecadores que el resto. Lo de la Santa Iglesia es una hermosa parábola mística que se refieren más a la Comunión de los Santos que a la Banca Vaticana.
A pesar de sus pecados y de sus dudas aún hay algunos millones de sacerdotes, monjas y seglares, dispersos por todo el mundo, que siguen predicando con sus obras la bondad infinita de Dios.
Dios abate el corazón de los soberbios y levanta el de los humildes.
Muchos hombres diversos. Una Humanidad única.
El Perdón, la Misericordia y la Piedad nunca se extinguen, siempre actúan.
¿Qué está pasando en la Iglesia Católica? ¿Cuál es su mensaje hoy? Qué importancia tiene en el mundo en los tiempos que vuelan?
Preguntas globales para analizar una institución bimilenaria que ha marcado la Historia de una quinta parte del mundo. Comparada con la influencia que tuvo en el siglo X o en el siglo XV, la influencia que la Iglesia Católica tiene hoy es mínima. Decir que hoy hay mil millones de católicos es mentir. Los católicos practicantes en países como España, en ciudades como Madrid, no llegan ni al uno por ciento siendo muy generosos. Las iglesias están cerradas y vacías y los católicos apenas las visitan unas pocas veces al año, con motivo de comuniones, bodas y funerales. Lo que diga o deje de decir el cardenal Rouco les trae al fresco.
El mensaje evangélico que subyace en la Iglesia Católica ha sido ocultado contra el deseo de Jesús que hablaba de no esconder la luz bajo un celemín. La Iglesia oficial, de papas con zapatos rojos o zapatos negros, de cardenales rancios y curias soberbias y ostentosas, no es en absoluto un ejemplo de moralidad cristiana.
Lo que salva a la Iglesia Católica es que aún sigue albergando en su seno a algunos pocos millones de cristianos que aún siguen bebiendo el agua limpia del espíritu de los Evangelios. Ellos no comulgan con las ruedas de molino de una jerarquía cerrada al Espíritu.
Por lo demás, la Iglesia Católica, en sus quehaceres diarios, no tiene más poder o influencia que el que tengan, con sus obras, los católicos. La Iglesia Católica no es ni más ni menos pecadora que el resto de las instituciones humanas. Los católicos no son ni más ni menos pecadores que el resto. Lo de la Santa Iglesia es una hermosa parábola mística que se refieren más a la Comunión de los Santos que a la Banca Vaticana.
A pesar de sus pecados y de sus dudas aún hay algunos millones de sacerdotes, monjas y seglares, dispersos por todo el mundo, que siguen predicando con sus obras la bondad infinita de Dios.
Dios abate el corazón de los soberbios y levanta el de los humildes.
Muchos hombres diversos. Una Humanidad única.
El Perdón, la Misericordia y la Piedad nunca se extinguen, siempre actúan.
domingo, 24 de marzo de 2013
Fragmento de unas memorias de San Juan
Juan cuenta los hechos acaecidos
entre la muerte y la resurrección
del Mesias Jesús de Galilea.
Yo estaba en el Calvario aquella tarde
en que a Jesús mataban los romanos.
Calor y sequedad. Sudor y hastío.
Podían verse los trigos de repente
trocar su color verde en amarillo.
Los pájaros huían de sus nidos.
Quebraba los huevos un sol rapaz.
Los fetos de los polluelos morían.
Aullaban los lobos en sus cubiles
y bramaban los toros y las vacas.
La gente, en algaradas, bajaba
y subía por las faldas del monte.
Los soldados, con sus lanzas en ristre,
custodiaban la cima donde un hombre
cavaba tres hoyos entre las rocas.
Entre ahogos maldecía su suerte.
Yo seguía a Jesús desde Judea.
Lo había visto reir y llorar,
beber vino, comer pan, inspirar
lentamente el aire en las mañanas,
contemplar en las gotas de rocío
el brillo de la luz de las estrellas.
Era de sus amigos el más joven.
Adolescente, imberbe y lampiño.
Viví a su lado las buenas noticias.
Dos sayones restallaban sus látigos
mientras lo insultaban: "¡Perro judío!".
Como si fuera una bestia de carga.
Vestido de mendigo, los cabellos
rapados, fingía una cojera.
En la cara una mueca de loco.
Temblaba, por el pánico, mi cuerpo.
Cuando entre el vocerío, escuché
mi nombre:"¡Juan!". Era ella, María,
la de Magdala, su mejor amiga.
- ¡Huye mujer! ¡Con una muerte basta!
¡Hoy no podrá librarte de las piedras!
- ¡Ojalá hubiese muerto en aquel día!
¿De qué me servirá sin Él la vida?.
Doblado por el peso de la cruz
Jesús subía, lento, la montaña.
El rostro tumefacto de los golpes.
Trasquilado, los restos del cabello
alborotado teñidos de sangre.
Magdalena aullaba de dolor.
Como hoja de chopo en la ventada
mi cuerpo entero de miedo temblaba.
El Maestro se detuvo de pronto
y nos habló con voz clara y diáfana:
- ¡No sufráis! ¡Aún hay esperanza!.
Alfaguaras de luz eran sus ojos.
Su cuerpo, lienzo de heridas y golpes.
Avanzaba a empellones de la turba
que gritaba: "¡A la crucifixión!".
En mis entrañas hervía una pena
y me dolía en el fondo del alma.
La gente le escupía y le arañaba;
la misma que el domingo lo aclamaba.
De pronto, enmedio del vocerío,
un grito primal, único y preciso:
- ¡Hijo! ¿Por estos animales mueres?
¡Hijo mío de mis entrañas, mi ángel!
- ¡Madre! También tengo miedo a la muerte.
¡Mucho miedo! Mi corazón se agita.
Me duele más el alma que la carne. -
Los siervos de los grandes sacerdotes
repartían dinero entre la gente
para que siguieran gritando: "¡Loco!".
Los látigos restallaron más fuerte
y Jesús siguió con la cruz a cuestas.
Por un momento se adueñó de él
una gran fuerza: "¡Dios mío! ¡Ayúdame!".
Con paso firme, erguido y derecho,
subió la dura cuesta del Calvario.
Tras él iba yo con las tres Marías.
Llorábamos de pena y desconsuelo.
Nuestros ayes suplicaban a Dios
que hiciera al fin el último milagro
que librara a Jesús de su condena.
Lo que hablaron los sumos sacerdotes,
el yerno Caifás y el suegro Anás,
mientras agonizaba el Galileo
en la dura pendiente del Calvario,
lo contaron sus siervos en el templo.
Lo supe por José de Arimatea.
Jesús ya lo había profetizado:
"Lo que se diga en la intimidad
será escuchado en las calles y terrados"
Ocultos en el Santo de los Santos,
espiados por sus propios sirvientes,
dialogaban los Sumos Sacerdotes.
Habló primero el joven Caifás.
Y el viejo Anás le respondió al instante.
- ¡Conservamos los privilegios, suegro!
- Ya saben lo que espera a los rebeldes.
- En ese loco tienen su escarmiento.
- Es más rentable sacrificar vacas.
Ese hombre ha costado mucho oro.
- Nunca hicimos una inversión mejor.
La rebelión se quedó sin cabeza.
Subiremos la tasa de la sal.
Pronto seremos más ricos que Herodes. -
Mientras la plebe orate deliraba
contemplando el martirio de Jesús,
maestros de la ley y sacerdotes
discutían en las puertas del templo.
- Mejor que muera un hombre por el pueblo,
antes que el pueblo muera por un hombre.
- No hay otra Ley que la de Moisés
Ni otros maestros que la interpreten.
- Todos estamos de acuerdo por fin.
Esa muerte es justa y es necesaria. -
José de Arimatea estaba allí
para exponer su opinión discordante:
- Aún estamos a tiempo de evitar
la mayor injusticia de los siglos.
¡Hombres que pensáis! ¡Reflexionad!. -
Llegó Jesús a la cima del cerro.
Su cuerpo pintado de sangre y polvo.
Hubo un silencio cerrado y redondo.
El rey Herodes salió del palacio,
protegido por cientos de soldados,
llevado en un sitial por sus sirvientes,
camino de la casa del banquete
dispuesto para celebrar la Pascua.
En la calle apenas había gente.
Al pasar por la gran puerta del templo
se le unieron sacerdotes y escribas
con sus ostentosas ropas de fiesta.
Varios hombres levantaron la cruz.
Mientras, el Maestro de Nazaret
alzó los brazos al cielo y gritó:
"¡Padre no me dejes! ¡Quiero vivir!"
María, la mujer de Cleofás,
enjugó un paño con sudor y lágrimas,
se echó al suelo, y se puso a limpiar
con él los pies descalzos de Jesús.
Un soldado la retiró a empellones
mientras gritaba: -¡Apártate!¡Fuera!
María, su madre, con amargura,
exclamó, en voz muy alta: "¡Dios mío!"
Yo miré lo más hondo de sus ojos
y entendí lo que su alma sentía:
"¡Recaiga sobre mí su sufrimiento!".
La Magdalena dejó de temblar,
y, con su voz más serena y más clara,
se dirigió a la gente que miraba:
- ¡Es injusto matar a un inocente!
¡Matadme si queréis un culpable!
¡Tomad piedras del suelo y lapidadme! -
Un impío sayón, de un empellón,
tumbó a Jesús sobre las duras rocas,
más ni un gemido salió de su boca.
Entre varios soldados lo pusieron
sobre la cruz y luego lo clavaron.
A cada martillazo acompañaba
yo con lamentos entrañables: "¡Ay!¡Ay!"
Las tres Marías chillaban de pena.
Alzada ya la cruz sobre la tierra,
Jesús puso sus ojos en el cielo.
Tras el velo de mis amargas lágrimas
pude ver transformarse en luz su cuerpo.
No era un trozo de carne februlenta,
era un globo de luz resplandeciente
del que una voz brotaba transparente:
- Gentes de Jerusalén, mis palabras
son destellos de la voz primigenia.-
El más necio y cruel de los presentes
con un palo le golpeó en el pecho,
mientras rabioso y airado exclamaba:
- ¡Qué dices tú, endemoniado loco! -
Pero Jesús ni se inmutó siquiera.
- Mi Padre es el origen sin origen,
el Misterio de todos los misterios,
la causa sin causa, el fin sin fin. -
Tras un silencio largo, otra vez
la voz del Maestro de Nazaret,
prístina, potente, veraz, sentida:
- No os traje la paz del cementerio,
la paz del que ante la injusticia calla.
No os dejo la paz de los vencidos,
la paz de los que viven sometidos.
La paz que yo os traigo, es la paz
que hace a todos los prójimos iguales.
Es verdad que este mundo dura poco,
pero, si no sois fieles en lo poco,
¿cómo podreis ser fieles en lo mucho?
Que el tirano no logre amedrentaros,
que el avaro no os saque la sangre.
Piensan los malvados que muerto el perro
se acabó la rabia, mas se equivocan.
Perviviré por los siglos del mundo
en los hombres de buena voluntad,
los justos, veraces y compasivos. -
Jesús hablaba cada vez más quedo.
Mas era tal el silencio en el Gólgota,
tal era la quietud, tal el sosiego,
que pareciera hablarnos al oído:
- Ya está la mies metida en el granero
a la espera de hacer harina y pan.
Alegraos por mi muerte en esta Tierra,
porque me espera mejor vida en el cielo.
Desde allí os enviaré mis dones,
presentes de honda felicidad. -
Yo sufría los embates del miedo,
que en un momento me hacía temblar,
para luego dejarme yerto y rígido.
Pero a pesar de todo pude hablar:
- ¡Maestro!¡Líbranos de nuestros miedos!
- Discípulo mío, y muy amado,
también yo soy un hombre y tengo miedo.
También yo ante mi Padre me rebelo.
¿Por qué? ¿Por qué me has abandonado? -
Magdalena lloraba ascuas de fuego,
que bajaban por sus mejillas pálidas
abriendo profundos surcos y arrugas.
En su mirada contemplé un abismo
de dolor. Su arrepentimiento era
un perfecto acto de contricción:
- Tú sabes cuanto lo siento, Jesús.
Tú sabes como es de grande mi pena,
hasta donde alcanza mi desconsuelo.
¡Te fallé tantas veces como amiga!
Yo pensaba que sólo era mi cuerpo
el que prostituía a cambio de oro,
que mi alma era pura, pero erraba.
Fui una mujer tirada, mancillada,
la ramera mayor de Palestina.
Tú ya me perdonaste, pero ahora
yo sufro mi martirio por el daño
que te hice. ¡Líbrame de mí misma! -
Las mujeres entraron en arrobo
y mis ojos las vieron como ángeles.
En el mar de sus lágrimas, la luz
pura del sol incendiaba sus caras.
Más fue tan sólo un momento fugaz.
El éxtasis se transformó en desgarro
cuando Jesús exclamó: "¡Aba!¡Padre!".
Tras las luces que Jesús emanaba
seguía existiendo un cuerpo doliente
y una mente sin fe y sin esperanza.
Como el viejo profeta Moisés
no quería morir sin disfrutar
primicias de la Tierra Prometida.
- Parientes de mi carne, Juan, mi amigo,
la tentación se adueña de mi mente.
Más allá de esta vida no veo nada.
¡Padre! ¿Por qué me has abandonado? -
Al par temblaron la tierra y el aire
cuando Jesús dio el último suspiro.
El cielo, prietas nubes de charol
airadas. Rayos, truenos y relámpagos.
El pánico se adueñó de la gente
que comenzó a bajar la cuesta aullando.
Las cortinas del templo se rasgaron;
las palomas huyeron de sus jaulas,
y terneros, corderos y cabritos
rompieron las cercas de sus corrales.
El viento quebraba los viejos árboles,
y arrastraba el agua de la lluvia
las sillas y las mesas del banquete.
El rabino José de Arimatea,
como Nicodemo, era discípulo
secreto de Jesús el Nazareno.
El Maestro los llamó a ser apóstoles,
pero no se atrevieron a seguirlo.
Disfrazados de mendigos venían
a verlo al Huerto de los Olivos.
Muerto Jesús, José de Arimatea,
infundido de cierta valentía,
se fue a hablar con la mujer de Pilatos,
para que le pidiese a su marido
permiso para enterrar a Jesús.
Yo descolgué su cuerpo de la cruz.
José de Arimatea, Nicodemo
y las tres Marías conmigo estaban.
Una costra de sangre y sudor secos
cubría toda la piel de su cuerpo.
Aquella carne que un momento antes
había ardido en los fuegos de la fiebre
yo la sentía ahora helada y yerta.
Nos arañaba una fiera tristeza.
Las lágrimas en las gargantas presas.
Su madre, María, con voz quebrada
por la pena, entre hondos suspiros,
miró al cielo y a Dios se dirigió:
- ¡Señor! ¿Por qué ha muerto mi hijo? ¡Dime!
¿Por qué ha sufrido tanto? ¡El más justo
de los hombres, el más humano y bueno!
¿Es esta tu Justicia y tu Bondad?
¿Cómo has permitido que mi hijo muera
luego de padecer este martirio? -
La Tierra se envolvía en un sudario
de espesas y compactas nubes negras.
Los gritos de las mujeres rasgaban
la oscuridad, y truenos y relámpagos
nos dejaban más sordos y más ciegos.
Y en el cielo los rayos escribían
la respuesta misteriosa de Dios.
Mi corazón no entendía que un Padre
de bondad y de poder infinitos
sacrificara al mejor de sus hijos.
Sobre el Amor del Maestro Jesús,
las mentiras de los falsos rabinos,
la soberbia del impostor Herodes,
el miedo del dominador Pilatos,
la ira de la turba y los soldados.
"¡Qué será de nosotros sus discípulos!".
José de Arimatea, Nicodemo,
su madre, su tía, su amiga y yo
nos manteníamos arrodillados
alrededor de su cuerpo, callados,
sufriendo el mayor de los desconsuelos.
Mi mente no entendía que Jesús,
el más veraz, nos hubiese mentido,
y en lugar de un Paraíso dejara
tras de sí un pozo de soledad.
María, la madre del mejor hijo,
apuraba hasta el fondo la tristeza,
el dolor, el sufrimiento y la lástima.
No hubo en la Historia un cortejo más fúnebre.
José de Arimatea, Nicodemo,
su madre, su tía, su amiga y yo,
llevando en andas la carne sin vida
del más amable de todos los hombres.
Sobre el Gólgota tres cruces vacías.
José de Arimatea y Nicodemo
apartaron la piedra de molino
de la boca de entrada del sepulcro.
Sobre un lienzo pardo, Jesús tendido,
seco cadáver rígido y helado.
María, su madre, con nuestra ayuda,
lo envolvió en las vendas del sudario.
Luego lo introdujimos en la tumba.
Orábamos en abismal silencio.
De pronto, Magdalena gritó fuerte:
- ¡Buen amigo! ¿Por qué nos abandonas?
¿A quién sonfieso mi arrepentimiento?
¿A quién lavo con mis lágrimas sus pies?
¿A quién confío mi pena y dolor?
¿Quién entiende mi hondo sufrimiento?
El agua que Tú me diste a beber,
el Amor que Tú me diste a probar.
¿Quién nos amará como Tú nos amaste? -
El cuerpo de Magdalena temblaba.
En mi mente ni un solo pensamiento.
El espacio y el tiempo inexistentes.
En nuestro corazón sólo Jesús.
Jesús era la única palabra.
Jesús, Jesús, Jesús, Jesús, Jesús.
Era la noche sólo oscuridad.
Ante la gran puerta de la muralla.
Un centurión de gala uniformado
nos saludó con estilo marcial.
Pero luego me abrazó con ternura.
Noté sus lágrimas en mis mejillas.
Era aquel centurión al que Jesús
había sanado a su hija pequeña,
señalado como ejemplo de fe:
- Amigos y parientes del Señor
mi dolor por su muerte es sin medida,
no se puede contar mi sufrimiento.
Pero no es tiempo de lamentaciones,
el Sumo Sacerdote Caifás
y el rey Herodes os están buscando.
Mi casa es vuestra casa y está cerca.
Allí estareis seguros de momento.
Por la calle, ocultad vuestro rostro.
Ciento cuatro pasos hacia el oeste.
Hay un pequeño ciprés en el patio. -
La mujer del centurión cocinó
habas con cebolla para nosotros,
y su pequeña hija nos sirvió.
Era el silencio espeso porque estaba
cargado con todos nuestros recuerdos.
La niña fue la primera que habló:
- Yo estaba muy enferma. Me moría
de escalofríos, mi alma huía
tras una luz de pura transparencia.
De pronto, Él me llamó por mi nombre:
" ¡Talita, vuelve! ¡Tu padre te espera!"
Cuando abrí los ojos Jesús estaba
a los pies de mi cama sonriendo,
y su sonrisa era el origen
de la luz y el calor de mi alma. -
De los ojos de Talita brotaron
dos lagunas de estrellas de colores.
Entonces entendí porqué Jesús
decía: "De los niños es el Reino".
Nicodemo, miembro del Sanedrín,
había abogado por Jesús en vano.
Su discurso había sido rechazado.
Ninguno de los grandes sacerdotes
apoyó su petición de indultar
al Mesias de todos los milagros.
Su voz era muy débil, pero audible:
- Mi corazón es como un pan de pena.
El Amigo ya no está con nosotros.
Si Él no está, ¿para qué quiero vivir?
Ahora me pesa el tiempo que pasé
adorando riquezas y poder.
Todo el oro de este mundo no basta
para pagar la menor de mis penas.
Todo el poder de este mundo no basta
para llenar un poco mi vacío.-
Llovió toda la noche, reciamente.
Al compás del agua sobre el tejado
salmodiábamos su nombre: ¡Jesús!
Entre un chaparrón y otro chaparrón
llorábamos con desesperación.
José de Arimatea se exaltó,
y con voz desgarrada acuchilló
un silencio tan duro como el mármol:
- De todos sus preceptos, el perdón
es el más difícil de comprender.
No puedo amar a los que lo han matado,
y acaso me maten a mí también.
El perdón no cabe en mi corazón. -
Magdalena, sentada en un rincón
sobre un pequeño banco de madera,
con la frente pegada a las rodillas,
las manos contra los ojos llorosos.
La consolaban las otras Marías.
Sus lágrimas lastimaban mi alma:
- ¡Malena! ¡No sufras! ¡Jesús te ama!
- ¡No es tanto mi dolor porque Él se ha ido
cuanto porque yo sigo viva aquí!
¡Viva para añorarlo cada instante! -
Volvió el silencio a expandirse en la sala,
y de él surgir un cántico de ángeles:
- Gloria a Dios en el Cielo y en la tierra
salud, paz y alegría a los mortales. -
Tras la tormenta de las emociones,
la madre de Jesús habló con calma:
- Mi hijo es ahora un mar de luz
que se derrama por el Universo. -
En la espesa oscuridad, coros de ángeles:
- Benditos los limpios de corazón.
- Benditos los de pacífica alma.
- Benditos todos los seres humanos,
porque Él a todos ha perdonado. -
María, la mujer de Cleofás,
era hermana de María, la madre
de Jesús, y juntas habían vivido
la vida sencilla de las mujeres
humildes y pobres de Galilea.
En un momento se sintió inspirada:
- Hemos compartido sus sufrimientos,
y hemos compartido sus alegrías.
Su Amor llenó todos nuestros recuerdos.
Él sigue vivo, ahora y aquí.
Tras las nubes de la fiera tormenta
bailan precisa y perfecta armonía
la inmensa multitud de las estrellas. -
Cerca de la casa del centurión
se hallaba el palacio del rey Herodes.
Los restos del opulento banquete
de Pascua se echaban a los cochinos.
Los invitados estaba borrachos.
Entre arcadas y vómitos cantaban
y bailaban varios coros de hetairas
una música obscena y chabacana.
Medio inconsciente, el orondo Herodes
farfullaba con chirriante voz:
- Un galileo se creía rey
¡Ja!¡Ja!¡Ja! ¡Yo soy el único rey!
El impostor es un frío cadáver.
¡Haced comer su carne a sus discípulos!
Y luego que también beban su sangre. -
En lo más hondo de su corazón
el miedo se expandía como nube
que anticipa una tormenta inmediata.
su cuerpo entero comenzó a temblar,
y luego se retorció como un feto.
Los músicos dejaron de tocar,
las hetairas de cantar y bailar.
En el silencio sólo los aullidos
de pánico y pavor del rey Herodes:
- ¡Aúuuuuuuuuu!
¡Aúuuuuuuuuu!
¡Aúuuuuuuuuu!
¡Aúuuuuuuuuu! -
Luego se desmayó en un estertor.
Oramos todos juntos hasta el alba,
en vela por la muerte de Jesús,
y en mitad de una tormenta de miedo
encontramos paz y calma en la luz.
El viejo Anás, y Caifás, su yerno
habían pasado la Pascua en familia,
pero ninguno de los dos había
pordido dormir en toda la noche.
Juntos en el jardín al ser de día,
de pie junto al tronco de un azufaifo.
- ¡Anás! El recuerdo del Galileo
ocupa el lugar de mis pensamientos.
¡Yo lo odiaba de todo corazón!
- Mi odio era tan grande como el tuyo.
No acabo de entender como podía
tener envidia de aquel pobre loco.
- Su muerte no ha acabado con mi rabia
- ¿Y si fuera verdad que resucite?
- ¡Lo crucificaríamos de nuevo!
- Se creía hijo de Dios. ¡Blasfemia!
- Sexo poder y oro son mi Dios,
y el de los hombres de todos los tiempos.
Mi ángel de la guarda es la mentira.
- El mío, el veneno y el puñal.
El sábado velamos y ayunamos.
Jesús era presencia en la memoria.
Las mismas dudas y la misma fe.
Magdalena, presa de un arrebato,
comenzó a chorrearnos con su verbo.
Cada palabra suya era como
una gruesa gota de agua; lluvia
doliente de lágrimas de amargura:
- ¡Quiero escuchar su voz una vez más!
¡Quiero gozar de su mirada pura!
¡Quiero sus manos sobre mis cabellos!
¡Quiero el olor a cielo de su cuerpo! -
Pasamos entre lágrimas y rezos
la tarde del sábado. Por la noche
velamos en un prístino silencio.
Dos horas antes del amanecer
Magdalena salió de la ciudad
y corrió como loca hasta el sepulcro
clamando: "¡Jesús! ¡Amigo! ¡Maestro!"
Las estrellas emanaban sus luces
más fuertes, más puras y más espléndidas.
El firmamento celebraba fiesta.
Ya se había marchado Magdalena
cuando Pedro llegó con los demás
a la casa del centurión romano.
El Iscariote colgado pendía.
Se había perdido Tomás, el Dídimo.
Simón, al que Jesús llamaba Cefas,
daba muestras de haber llorado mucho.
Con gran dificultad, de su garganta,
brotó un "Shalom", débil y tembloroso.
Llegó luego un largo turno de abrazos.
De pie, en corro. María, la madre,
empezó a abrazar a los discípulos.
Tras ella María de Cleofás,
José de Arimatea, Nicodemo,
Cefas, y luego los demás amigos.
Yo fui el último en abrazar a todos.
El cielo era una cúpula roja.
Las estrellas, ventanas a otros mundos.
Y nuestras almas, una sola alma.
Aromas de Paraíso exparcidas
en aire cálido de primavera.
De súbito recordé la oración
preferida del Amigo Jesús,
y ante los congregados la expliqué.
Desde la raíz de mi corazón:
- Padre, origen antes del origen.
Padre, origen después del origen.
Padre, origen durante el origen.
Nuestro, de los buenos y de los malos.
Nuestro, de los vivos y de los muertos.
Nuestro, del Hombre y de la Creación.
Que estás en los Cielos, y más allá.
Que estás en la Tierra, y más acá.
Que estás en todas partes y en ninguna.
Que sea tu nombre santificado.
A todos nosotros venga tu Reino
de armonía, de paz y de justicia,
de amor, de confianza y de alegría.
Que se haga tu Santa Voluntad.
Que manifiestes todo tu Poder.
Por siempre tu infinita Compasión
en cada latido, en cada hálito,
en cada silencio, en cada espacio,
en la forma y en el fondo del mundo.
Que no nos falte el pan de cada día,
la luz, el calor, el aire, el agua,
fuego, tierra, semilla, fruto y flor.
Perdona nuestro estúpido egoísmo.
Perdona nuestra estólida ignorancia.
Perdona nuestra cobarde mentira.
Y ayúdanos a perdonar nosotros
a los que nos dañaron y ofendieron,
a los que nos mintieron y robaron.
No nos dejes caer en tentaciones
de lujo, envidia, ira y poder,
de soberbia, pereza y avaricia.
Líbranos de las obras del Maligno.
De los estados del Maligno, líbranos.
Líbranos de su odio a los humanos.
Amén. Amén. Amén. Amén. Amén. -
En oración extática estuvimos
un tiempo sin tiempo, hasta que, ella,
Magdalena, se presentó gritando:
- ¡Jesús sigue vivo! -. Abrí los ojos.
María de Magdala nos contó
como Él se le había aparecido:
- Su carne era carne. Carne de Luz.
Sus ojos, dos puertas al Paraíso.
Su voz, la música de las Esferas
de este mundo y de todos los mundos.
Soy libre de la sombra del pecado.
Su perdón es entero y verdadero.
Fulguraba de luces de arco iris.
Nunca he sido tan feliz a su lado.
Jesús es una vida para siempre. -
Cefas y yo corrimos al sepulcro.
Un rato jadeábamos al unísono,
pero fue él quien antes se cansó.
El aire en mis pulmones era fuego.
Por la boca el corazón me salía.
Dura y áspera cuesta de dolor.
Al llegar a la puerta de la cueva,
con todos los sentidos de mi cuerpo,
escuché, tiritando, al Maestro:
- Yo seré tu estro y tú mi cálamo. -
El Maestro flotaba a cuatro pasos
del suelo. Sus palabras eran música.
Conservaba la forma de su cuerpo,
y en él, señales de golpes y llagas.
Borbotones de luz arcoirisada
manaban por los poros de su piel.
- ¡Amado Juan! Ahora mira al sol. -
Un manantial de luz era el Maestro.
Y luego, un arroyo saltarín.
Y más tarde, un río caudaloso.
Y al final, un inmenso mar de luz.
La luz se evaporó, y todo el cielo
explotó dejando una claridad
infinita, sin principio ni fin.
- ¡Vuelve a tí, Juan! Mira otra vez el sol -
Un pozo negro, hundido en la luz.
De la más completa felicidad
pasé al sufrimiento más terrible.
- ¡Juan! El Amor es más. No te atormentes.
Mi Padre Dios no ama el sufrimiento.
El dios que se alimenta de dolor
no es el Dios del que yo os he hablado. -
La Luz original en mi memoria.
El sol no más un agujero negro.
Cuando Cefas llegó a la sepultura
Jesús tornó a su forma de hombre Luz:
- ¡No sufras! Tu traición fue necesaria.
¡Alégrate por mi Resurrección!
Tú también morirás en una cruz. -
El pánico lo sacudía en temblores
cada vez más recios. Como una llama
nimia en medio de una tempestad.
- El dolor se pasa, querido Pedro.
Sólo el fuego del Amor permanece. -
En lo alto se incharon nubes negras
que luego se fundieron. Una esfera
de azabache como el iris de un ojo.
Gruesas gotas de lluvia nos cayeron.
Con todo su Ser Jesús sonreía:
- ¡Mirad al Padre! ¡Cread cada instante!
Colores que cambian, luces que mudan.
Armónica vorágine de estrellas.
Éxtasis íntimo del Universo. -
Llama de luz helada era el Maestro.
Las palabras llovían de su cuerpo
en código de colores ardientes.
Eran los silencios gotas blancas.
- Muerte de pesadilla fue mi muerte.
Mi vida, un hermoso y dulce sueño.
No he predicado muerte, sino Vida.
Lo que hablaron los sumos sacerdotes,
el yerno Caifás y el suegro Anás,
mientras agonizaba el Galileo
en la dura pendiente del Calvario,
lo contaron sus siervos en el templo.
Lo supe por José de Arimatea.
Jesús ya lo había profetizado:
"Lo que se diga en la intimidad
será escuchado en las calles y terrados"
Ocultos en el Santo de los Santos,
espiados por sus propios sirvientes,
dialogaban los Sumos Sacerdotes.
Habló primero el joven Caifás.
Y el viejo Anás le respondió al instante.
- ¡Conservamos los privilegios, suegro!
- Ya saben lo que espera a los rebeldes.
- En ese loco tienen su escarmiento.
- Es más rentable sacrificar vacas.
Ese hombre ha costado mucho oro.
- Nunca hicimos una inversión mejor.
La rebelión se quedó sin cabeza.
Subiremos la tasa de la sal.
Pronto seremos más ricos que Herodes. -
Mientras la plebe orate deliraba
contemplando el martirio de Jesús,
maestros de la ley y sacerdotes
discutían en las puertas del templo.
- Mejor que muera un hombre por el pueblo,
antes que el pueblo muera por un hombre.
- No hay otra Ley que la de Moisés
Ni otros maestros que la interpreten.
- Todos estamos de acuerdo por fin.
Esa muerte es justa y es necesaria. -
José de Arimatea estaba allí
para exponer su opinión discordante:
- Aún estamos a tiempo de evitar
la mayor injusticia de los siglos.
¡Hombres que pensáis! ¡Reflexionad!. -
Llegó Jesús a la cima del cerro.
Su cuerpo pintado de sangre y polvo.
Hubo un silencio cerrado y redondo.
El rey Herodes salió del palacio,
protegido por cientos de soldados,
llevado en un sitial por sus sirvientes,
camino de la casa del banquete
dispuesto para celebrar la Pascua.
En la calle apenas había gente.
Al pasar por la gran puerta del templo
se le unieron sacerdotes y escribas
con sus ostentosas ropas de fiesta.
Varios hombres levantaron la cruz.
Mientras, el Maestro de Nazaret
alzó los brazos al cielo y gritó:
"¡Padre no me dejes! ¡Quiero vivir!"
María, la mujer de Cleofás,
enjugó un paño con sudor y lágrimas,
se echó al suelo, y se puso a limpiar
con él los pies descalzos de Jesús.
Un soldado la retiró a empellones
mientras gritaba: -¡Apártate!¡Fuera!
María, su madre, con amargura,
exclamó, en voz muy alta: "¡Dios mío!"
Yo miré lo más hondo de sus ojos
y entendí lo que su alma sentía:
"¡Recaiga sobre mí su sufrimiento!".
La Magdalena dejó de temblar,
y, con su voz más serena y más clara,
se dirigió a la gente que miraba:
- ¡Es injusto matar a un inocente!
¡Matadme si queréis un culpable!
¡Tomad piedras del suelo y lapidadme! -
Un impío sayón, de un empellón,
tumbó a Jesús sobre las duras rocas,
más ni un gemido salió de su boca.
Entre varios soldados lo pusieron
sobre la cruz y luego lo clavaron.
A cada martillazo acompañaba
yo con lamentos entrañables: "¡Ay!¡Ay!"
Las tres Marías chillaban de pena.
Alzada ya la cruz sobre la tierra,
Jesús puso sus ojos en el cielo.
Tras el velo de mis amargas lágrimas
pude ver transformarse en luz su cuerpo.
No era un trozo de carne februlenta,
era un globo de luz resplandeciente
del que una voz brotaba transparente:
- Gentes de Jerusalén, mis palabras
son destellos de la voz primigenia.-
El más necio y cruel de los presentes
con un palo le golpeó en el pecho,
mientras rabioso y airado exclamaba:
- ¡Qué dices tú, endemoniado loco! -
Pero Jesús ni se inmutó siquiera.
- Mi Padre es el origen sin origen,
el Misterio de todos los misterios,
la causa sin causa, el fin sin fin. -
Tras un silencio largo, otra vez
la voz del Maestro de Nazaret,
prístina, potente, veraz, sentida:
- No os traje la paz del cementerio,
la paz del que ante la injusticia calla.
No os dejo la paz de los vencidos,
la paz de los que viven sometidos.
La paz que yo os traigo, es la paz
que hace a todos los prójimos iguales.
Es verdad que este mundo dura poco,
pero, si no sois fieles en lo poco,
¿cómo podreis ser fieles en lo mucho?
Que el tirano no logre amedrentaros,
que el avaro no os saque la sangre.
Piensan los malvados que muerto el perro
se acabó la rabia, mas se equivocan.
Perviviré por los siglos del mundo
en los hombres de buena voluntad,
los justos, veraces y compasivos. -
Jesús hablaba cada vez más quedo.
Mas era tal el silencio en el Gólgota,
tal era la quietud, tal el sosiego,
que pareciera hablarnos al oído:
- Ya está la mies metida en el granero
a la espera de hacer harina y pan.
Alegraos por mi muerte en esta Tierra,
porque me espera mejor vida en el cielo.
Desde allí os enviaré mis dones,
presentes de honda felicidad. -
Yo sufría los embates del miedo,
que en un momento me hacía temblar,
para luego dejarme yerto y rígido.
Pero a pesar de todo pude hablar:
- ¡Maestro!¡Líbranos de nuestros miedos!
- Discípulo mío, y muy amado,
también yo soy un hombre y tengo miedo.
También yo ante mi Padre me rebelo.
¿Por qué? ¿Por qué me has abandonado? -
Magdalena lloraba ascuas de fuego,
que bajaban por sus mejillas pálidas
abriendo profundos surcos y arrugas.
En su mirada contemplé un abismo
de dolor. Su arrepentimiento era
un perfecto acto de contricción:
- Tú sabes cuanto lo siento, Jesús.
Tú sabes como es de grande mi pena,
hasta donde alcanza mi desconsuelo.
¡Te fallé tantas veces como amiga!
Yo pensaba que sólo era mi cuerpo
el que prostituía a cambio de oro,
que mi alma era pura, pero erraba.
Fui una mujer tirada, mancillada,
la ramera mayor de Palestina.
Tú ya me perdonaste, pero ahora
yo sufro mi martirio por el daño
que te hice. ¡Líbrame de mí misma! -
Las mujeres entraron en arrobo
y mis ojos las vieron como ángeles.
En el mar de sus lágrimas, la luz
pura del sol incendiaba sus caras.
Más fue tan sólo un momento fugaz.
El éxtasis se transformó en desgarro
cuando Jesús exclamó: "¡Aba!¡Padre!".
Tras las luces que Jesús emanaba
seguía existiendo un cuerpo doliente
y una mente sin fe y sin esperanza.
Como el viejo profeta Moisés
no quería morir sin disfrutar
primicias de la Tierra Prometida.
- Parientes de mi carne, Juan, mi amigo,
la tentación se adueña de mi mente.
Más allá de esta vida no veo nada.
¡Padre! ¿Por qué me has abandonado? -
Al par temblaron la tierra y el aire
cuando Jesús dio el último suspiro.
El cielo, prietas nubes de charol
airadas. Rayos, truenos y relámpagos.
El pánico se adueñó de la gente
que comenzó a bajar la cuesta aullando.
Las cortinas del templo se rasgaron;
las palomas huyeron de sus jaulas,
y terneros, corderos y cabritos
rompieron las cercas de sus corrales.
El viento quebraba los viejos árboles,
y arrastraba el agua de la lluvia
las sillas y las mesas del banquete.
El rabino José de Arimatea,
como Nicodemo, era discípulo
secreto de Jesús el Nazareno.
El Maestro los llamó a ser apóstoles,
pero no se atrevieron a seguirlo.
Disfrazados de mendigos venían
a verlo al Huerto de los Olivos.
Muerto Jesús, José de Arimatea,
infundido de cierta valentía,
se fue a hablar con la mujer de Pilatos,
para que le pidiese a su marido
permiso para enterrar a Jesús.
Yo descolgué su cuerpo de la cruz.
José de Arimatea, Nicodemo
y las tres Marías conmigo estaban.
Una costra de sangre y sudor secos
cubría toda la piel de su cuerpo.
Aquella carne que un momento antes
había ardido en los fuegos de la fiebre
yo la sentía ahora helada y yerta.
Nos arañaba una fiera tristeza.
Las lágrimas en las gargantas presas.
Su madre, María, con voz quebrada
por la pena, entre hondos suspiros,
miró al cielo y a Dios se dirigió:
- ¡Señor! ¿Por qué ha muerto mi hijo? ¡Dime!
¿Por qué ha sufrido tanto? ¡El más justo
de los hombres, el más humano y bueno!
¿Es esta tu Justicia y tu Bondad?
¿Cómo has permitido que mi hijo muera
luego de padecer este martirio? -
La Tierra se envolvía en un sudario
de espesas y compactas nubes negras.
Los gritos de las mujeres rasgaban
la oscuridad, y truenos y relámpagos
nos dejaban más sordos y más ciegos.
Y en el cielo los rayos escribían
la respuesta misteriosa de Dios.
Mi corazón no entendía que un Padre
de bondad y de poder infinitos
sacrificara al mejor de sus hijos.
Sobre el Amor del Maestro Jesús,
las mentiras de los falsos rabinos,
la soberbia del impostor Herodes,
el miedo del dominador Pilatos,
la ira de la turba y los soldados.
"¡Qué será de nosotros sus discípulos!".
José de Arimatea, Nicodemo,
su madre, su tía, su amiga y yo
nos manteníamos arrodillados
alrededor de su cuerpo, callados,
sufriendo el mayor de los desconsuelos.
Mi mente no entendía que Jesús,
el más veraz, nos hubiese mentido,
y en lugar de un Paraíso dejara
tras de sí un pozo de soledad.
María, la madre del mejor hijo,
apuraba hasta el fondo la tristeza,
el dolor, el sufrimiento y la lástima.
No hubo en la Historia un cortejo más fúnebre.
José de Arimatea, Nicodemo,
su madre, su tía, su amiga y yo,
llevando en andas la carne sin vida
del más amable de todos los hombres.
Sobre el Gólgota tres cruces vacías.
José de Arimatea y Nicodemo
apartaron la piedra de molino
de la boca de entrada del sepulcro.
Sobre un lienzo pardo, Jesús tendido,
seco cadáver rígido y helado.
María, su madre, con nuestra ayuda,
lo envolvió en las vendas del sudario.
Luego lo introdujimos en la tumba.
Orábamos en abismal silencio.
De pronto, Magdalena gritó fuerte:
- ¡Buen amigo! ¿Por qué nos abandonas?
¿A quién sonfieso mi arrepentimiento?
¿A quién lavo con mis lágrimas sus pies?
¿A quién confío mi pena y dolor?
¿Quién entiende mi hondo sufrimiento?
El agua que Tú me diste a beber,
el Amor que Tú me diste a probar.
¿Quién nos amará como Tú nos amaste? -
El cuerpo de Magdalena temblaba.
En mi mente ni un solo pensamiento.
El espacio y el tiempo inexistentes.
En nuestro corazón sólo Jesús.
Jesús era la única palabra.
Jesús, Jesús, Jesús, Jesús, Jesús.
Era la noche sólo oscuridad.
Ante la gran puerta de la muralla.
Un centurión de gala uniformado
nos saludó con estilo marcial.
Pero luego me abrazó con ternura.
Noté sus lágrimas en mis mejillas.
Era aquel centurión al que Jesús
había sanado a su hija pequeña,
señalado como ejemplo de fe:
- Amigos y parientes del Señor
mi dolor por su muerte es sin medida,
no se puede contar mi sufrimiento.
Pero no es tiempo de lamentaciones,
el Sumo Sacerdote Caifás
y el rey Herodes os están buscando.
Mi casa es vuestra casa y está cerca.
Allí estareis seguros de momento.
Por la calle, ocultad vuestro rostro.
Ciento cuatro pasos hacia el oeste.
Hay un pequeño ciprés en el patio. -
La mujer del centurión cocinó
habas con cebolla para nosotros,
y su pequeña hija nos sirvió.
Era el silencio espeso porque estaba
cargado con todos nuestros recuerdos.
La niña fue la primera que habló:
- Yo estaba muy enferma. Me moría
de escalofríos, mi alma huía
tras una luz de pura transparencia.
De pronto, Él me llamó por mi nombre:
" ¡Talita, vuelve! ¡Tu padre te espera!"
Cuando abrí los ojos Jesús estaba
a los pies de mi cama sonriendo,
y su sonrisa era el origen
de la luz y el calor de mi alma. -
De los ojos de Talita brotaron
dos lagunas de estrellas de colores.
Entonces entendí porqué Jesús
decía: "De los niños es el Reino".
Nicodemo, miembro del Sanedrín,
había abogado por Jesús en vano.
Su discurso había sido rechazado.
Ninguno de los grandes sacerdotes
apoyó su petición de indultar
al Mesias de todos los milagros.
Su voz era muy débil, pero audible:
- Mi corazón es como un pan de pena.
El Amigo ya no está con nosotros.
Si Él no está, ¿para qué quiero vivir?
Ahora me pesa el tiempo que pasé
adorando riquezas y poder.
Todo el oro de este mundo no basta
para pagar la menor de mis penas.
Todo el poder de este mundo no basta
para llenar un poco mi vacío.-
Llovió toda la noche, reciamente.
Al compás del agua sobre el tejado
salmodiábamos su nombre: ¡Jesús!
Entre un chaparrón y otro chaparrón
llorábamos con desesperación.
José de Arimatea se exaltó,
y con voz desgarrada acuchilló
un silencio tan duro como el mármol:
- De todos sus preceptos, el perdón
es el más difícil de comprender.
No puedo amar a los que lo han matado,
y acaso me maten a mí también.
El perdón no cabe en mi corazón. -
Magdalena, sentada en un rincón
sobre un pequeño banco de madera,
con la frente pegada a las rodillas,
las manos contra los ojos llorosos.
La consolaban las otras Marías.
Sus lágrimas lastimaban mi alma:
- ¡Malena! ¡No sufras! ¡Jesús te ama!
- ¡No es tanto mi dolor porque Él se ha ido
cuanto porque yo sigo viva aquí!
¡Viva para añorarlo cada instante! -
Volvió el silencio a expandirse en la sala,
y de él surgir un cántico de ángeles:
- Gloria a Dios en el Cielo y en la tierra
salud, paz y alegría a los mortales. -
Tras la tormenta de las emociones,
la madre de Jesús habló con calma:
- Mi hijo es ahora un mar de luz
que se derrama por el Universo. -
En la espesa oscuridad, coros de ángeles:
- Benditos los limpios de corazón.
- Benditos los de pacífica alma.
- Benditos todos los seres humanos,
porque Él a todos ha perdonado. -
María, la mujer de Cleofás,
era hermana de María, la madre
de Jesús, y juntas habían vivido
la vida sencilla de las mujeres
humildes y pobres de Galilea.
En un momento se sintió inspirada:
- Hemos compartido sus sufrimientos,
y hemos compartido sus alegrías.
Su Amor llenó todos nuestros recuerdos.
Él sigue vivo, ahora y aquí.
Tras las nubes de la fiera tormenta
bailan precisa y perfecta armonía
la inmensa multitud de las estrellas. -
Cerca de la casa del centurión
se hallaba el palacio del rey Herodes.
Los restos del opulento banquete
de Pascua se echaban a los cochinos.
Los invitados estaba borrachos.
Entre arcadas y vómitos cantaban
y bailaban varios coros de hetairas
una música obscena y chabacana.
Medio inconsciente, el orondo Herodes
farfullaba con chirriante voz:
- Un galileo se creía rey
¡Ja!¡Ja!¡Ja! ¡Yo soy el único rey!
El impostor es un frío cadáver.
¡Haced comer su carne a sus discípulos!
Y luego que también beban su sangre. -
En lo más hondo de su corazón
el miedo se expandía como nube
que anticipa una tormenta inmediata.
su cuerpo entero comenzó a temblar,
y luego se retorció como un feto.
Los músicos dejaron de tocar,
las hetairas de cantar y bailar.
En el silencio sólo los aullidos
de pánico y pavor del rey Herodes:
- ¡Aúuuuuuuuuu!
¡Aúuuuuuuuuu!
¡Aúuuuuuuuuu!
¡Aúuuuuuuuuu! -
Luego se desmayó en un estertor.
Oramos todos juntos hasta el alba,
en vela por la muerte de Jesús,
y en mitad de una tormenta de miedo
encontramos paz y calma en la luz.
El viejo Anás, y Caifás, su yerno
habían pasado la Pascua en familia,
pero ninguno de los dos había
pordido dormir en toda la noche.
Juntos en el jardín al ser de día,
de pie junto al tronco de un azufaifo.
- ¡Anás! El recuerdo del Galileo
ocupa el lugar de mis pensamientos.
¡Yo lo odiaba de todo corazón!
- Mi odio era tan grande como el tuyo.
No acabo de entender como podía
tener envidia de aquel pobre loco.
- Su muerte no ha acabado con mi rabia
- ¿Y si fuera verdad que resucite?
- ¡Lo crucificaríamos de nuevo!
- Se creía hijo de Dios. ¡Blasfemia!
- Sexo poder y oro son mi Dios,
y el de los hombres de todos los tiempos.
Mi ángel de la guarda es la mentira.
- El mío, el veneno y el puñal.
El sábado velamos y ayunamos.
Jesús era presencia en la memoria.
Las mismas dudas y la misma fe.
Magdalena, presa de un arrebato,
comenzó a chorrearnos con su verbo.
Cada palabra suya era como
una gruesa gota de agua; lluvia
doliente de lágrimas de amargura:
- ¡Quiero escuchar su voz una vez más!
¡Quiero gozar de su mirada pura!
¡Quiero sus manos sobre mis cabellos!
¡Quiero el olor a cielo de su cuerpo! -
Pasamos entre lágrimas y rezos
la tarde del sábado. Por la noche
velamos en un prístino silencio.
Dos horas antes del amanecer
Magdalena salió de la ciudad
y corrió como loca hasta el sepulcro
clamando: "¡Jesús! ¡Amigo! ¡Maestro!"
Las estrellas emanaban sus luces
más fuertes, más puras y más espléndidas.
El firmamento celebraba fiesta.
Ya se había marchado Magdalena
cuando Pedro llegó con los demás
a la casa del centurión romano.
El Iscariote colgado pendía.
Se había perdido Tomás, el Dídimo.
Simón, al que Jesús llamaba Cefas,
daba muestras de haber llorado mucho.
Con gran dificultad, de su garganta,
brotó un "Shalom", débil y tembloroso.
Llegó luego un largo turno de abrazos.
De pie, en corro. María, la madre,
empezó a abrazar a los discípulos.
Tras ella María de Cleofás,
José de Arimatea, Nicodemo,
Cefas, y luego los demás amigos.
Yo fui el último en abrazar a todos.
El cielo era una cúpula roja.
Las estrellas, ventanas a otros mundos.
Y nuestras almas, una sola alma.
Aromas de Paraíso exparcidas
en aire cálido de primavera.
De súbito recordé la oración
preferida del Amigo Jesús,
y ante los congregados la expliqué.
Desde la raíz de mi corazón:
- Padre, origen antes del origen.
Padre, origen después del origen.
Padre, origen durante el origen.
Nuestro, de los buenos y de los malos.
Nuestro, de los vivos y de los muertos.
Nuestro, del Hombre y de la Creación.
Que estás en los Cielos, y más allá.
Que estás en la Tierra, y más acá.
Que estás en todas partes y en ninguna.
Que sea tu nombre santificado.
A todos nosotros venga tu Reino
de armonía, de paz y de justicia,
de amor, de confianza y de alegría.
Que se haga tu Santa Voluntad.
Que manifiestes todo tu Poder.
Por siempre tu infinita Compasión
en cada latido, en cada hálito,
en cada silencio, en cada espacio,
en la forma y en el fondo del mundo.
Que no nos falte el pan de cada día,
la luz, el calor, el aire, el agua,
fuego, tierra, semilla, fruto y flor.
Perdona nuestro estúpido egoísmo.
Perdona nuestra estólida ignorancia.
Perdona nuestra cobarde mentira.
Y ayúdanos a perdonar nosotros
a los que nos dañaron y ofendieron,
a los que nos mintieron y robaron.
No nos dejes caer en tentaciones
de lujo, envidia, ira y poder,
de soberbia, pereza y avaricia.
Líbranos de las obras del Maligno.
De los estados del Maligno, líbranos.
Líbranos de su odio a los humanos.
Amén. Amén. Amén. Amén. Amén. -
En oración extática estuvimos
un tiempo sin tiempo, hasta que, ella,
Magdalena, se presentó gritando:
- ¡Jesús sigue vivo! -. Abrí los ojos.
María de Magdala nos contó
como Él se le había aparecido:
- Su carne era carne. Carne de Luz.
Sus ojos, dos puertas al Paraíso.
Su voz, la música de las Esferas
de este mundo y de todos los mundos.
Soy libre de la sombra del pecado.
Su perdón es entero y verdadero.
Fulguraba de luces de arco iris.
Nunca he sido tan feliz a su lado.
Jesús es una vida para siempre. -
Cefas y yo corrimos al sepulcro.
Un rato jadeábamos al unísono,
pero fue él quien antes se cansó.
El aire en mis pulmones era fuego.
Por la boca el corazón me salía.
Dura y áspera cuesta de dolor.
Al llegar a la puerta de la cueva,
con todos los sentidos de mi cuerpo,
escuché, tiritando, al Maestro:
- Yo seré tu estro y tú mi cálamo. -
El Maestro flotaba a cuatro pasos
del suelo. Sus palabras eran música.
Conservaba la forma de su cuerpo,
y en él, señales de golpes y llagas.
Borbotones de luz arcoirisada
manaban por los poros de su piel.
- ¡Amado Juan! Ahora mira al sol. -
Un manantial de luz era el Maestro.
Y luego, un arroyo saltarín.
Y más tarde, un río caudaloso.
Y al final, un inmenso mar de luz.
La luz se evaporó, y todo el cielo
explotó dejando una claridad
infinita, sin principio ni fin.
- ¡Vuelve a tí, Juan! Mira otra vez el sol -
Un pozo negro, hundido en la luz.
De la más completa felicidad
pasé al sufrimiento más terrible.
- ¡Juan! El Amor es más. No te atormentes.
Mi Padre Dios no ama el sufrimiento.
El dios que se alimenta de dolor
no es el Dios del que yo os he hablado. -
La Luz original en mi memoria.
El sol no más un agujero negro.
Cuando Cefas llegó a la sepultura
Jesús tornó a su forma de hombre Luz:
- ¡No sufras! Tu traición fue necesaria.
¡Alégrate por mi Resurrección!
Tú también morirás en una cruz. -
El pánico lo sacudía en temblores
cada vez más recios. Como una llama
nimia en medio de una tempestad.
- El dolor se pasa, querido Pedro.
Sólo el fuego del Amor permanece. -
En lo alto se incharon nubes negras
que luego se fundieron. Una esfera
de azabache como el iris de un ojo.
Gruesas gotas de lluvia nos cayeron.
Con todo su Ser Jesús sonreía:
- ¡Mirad al Padre! ¡Cread cada instante!
Colores que cambian, luces que mudan.
Armónica vorágine de estrellas.
Éxtasis íntimo del Universo. -
Llama de luz helada era el Maestro.
Las palabras llovían de su cuerpo
en código de colores ardientes.
Eran los silencios gotas blancas.
- Muerte de pesadilla fue mi muerte.
Mi vida, un hermoso y dulce sueño.
No he predicado muerte, sino Vida.
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evangelio. san Juan,
Semana Santa.,
ucrónico
jueves, 7 de marzo de 2013
Noticias de España
¿Cómo se hubiese tomado el pueblo de los Estados Unidos que su presidente hubiese recibido como regalo de unos empresarios un yate valorado en tres mil millones de pesetas? Que lo hiciese el rey de España poco antes de entrar en el sistema monetario del euro y no hubo un solo medio de comunicación que lo tomara a mal.
Pero el origen de la corrupción en España viene de más lejos. La dictadura franquista ya desarrollaba ese cáncer. El paso a la "democracia" se dió sin denunciarla y juzgarla. Se aceptó la política del borrón y cuenta nueva. Aunque la administración pública mejoró en sus escalones más básicos, al más alto nivel se siguieron llevando a cabo turbios negocios. Con la excusa de la descolonización del Sahara por ejemplo. Aquello más que una descolonización, apenas había colonos, fue la venta de una tierra usurpada por la fuerza a sus legítimos habitantes, que fueron expulsados a lo que no podría ser considerado más que como una reserva, por sus nuevo dueño, Marruecos. Algún día los historiadores sacarán a la luz los entresijos de aquel acuerdo por el que dos reyes, Hassan II y Juan Carlos I, se reforzaban mutuamente en el plano político. La pequeña propaganda republicana era perseguida y sus propagandistas detenidos.
La monarquía heredada de Franco se fue imponiendo, junto a un sistema de partidos nuevos que accedieron al poder del gobierno. Puede decirse que España experimentó multitud de cambios en todos los órdenes. En treinta años, la política, la economía, la sociedad y la ideología cambiaron radicalmente.
El desarrollo económico se basó en la avaricia; la expresión "pillar cacho" se impuso a todos los niveles. Y del rey abajo, la codicia se implantó como sistema. El dinero negro, las comisiones ocultas, la información privilegiada, el despilfarro en grado sumo, el amiguismo, el conchaveo entre el poder político y el económico. Se podrían escribir libros enteros con los sucesos de corrupción política y económica en estos años. Al final, la "Justicia", en la mayoría de los casos denunciados, unas veces por lentitud, otras por ineptitud y otras por miedo, no penó debidamente a los culpables, sino que los exoneró o declaró prescritos sus delitos.
En los últimos años han salido presuntos prevaricadores por todos lados. Las últimas noticias hacen referencia al rey, al que se empieza a criticar en los medios de comunicación por mantener a su última amante en una residencia de lujo, muy cerca de su palacio, a costa del Estado. A su yerno se le ha imputado utilizar una ONG para amontonar millones de euros en sus cuentas corrientes. A un hijo de un antiguo presidente de Cataluña, la región más rica de España, de evadir dinero al paraíso fiscal de Andorra en billetes de quinientos euros. Exministros de los dos partidos hegemónicos, presidentes de Comunidades Autónomas, alcaldes, concejales... Hasta el presidente de la mayor organización empresarial ha tenido que dimitir por fraudes y desfalcos.
En la vorágine de la "actualidad de España", con la monarquía muy debilitada, (¿Qué hubiese pasado en USA si Clinton hubiese tenido a una "entrañable amiga" alojada en una mansión a cuatro pasos de la Casa Blanca?), los partidos políticos cada día que pasa más aborrecidos por la opinión pública, el independentismo catalán y vasco en efervescencia, el mayor partido de la oposición fracturado, seis millones de parados, desahucios a mansalva, todo parece indicar que puede iniciarse en España un proceso de cambios de los que no se puede anticipar su alcance. Los que han pillado grande cacho en el sistema vigente, se aferran al poder con todas sus fuerzas y maquinan lo que llamarían una segunda transición dirigida por ellos. Un cambio de imagen que deje las cosas como están. Una mano de chapa y pintura que diría el averiado, está en un hospital en estos momentos, Juan Carlos de Borbón. Una abdicación en su hijo Felipe, al que se vende como un joven muy bien preparado, cuando en verdad no ha evidenciado hasta el momento más que forofismo deportivo. Las presiones para que el rey abdique son tan fuertes como las que está recibiendo para que resista y no lo haga. Hay un miedo difuso a que la situación pudiera devenir caótica.
No se quiere contar para nada con el pueblo, pero la gente se organiza, protesta, se manifiesta, opina libremente. La aversión al sistema es cada vez más extensa e intensa. La sociedad española, que se situó a la vanguardia del movimiento pacifista mundial contra la guerra de Irak, es una sociedad pacífica, que no quiere ni violencia ni caos, que resiste las consecuencias de la corrupción del sistema sin ira, pero que recibiría con alborozo un cambio político, económico y social, que supusiera más justicia, más ética y más trabajo para todos. Mantener el actual desorden parece ya casi imposible, pero cambiarlo, parece igual de imposible. Así se hace la Historia.
Pero el origen de la corrupción en España viene de más lejos. La dictadura franquista ya desarrollaba ese cáncer. El paso a la "democracia" se dió sin denunciarla y juzgarla. Se aceptó la política del borrón y cuenta nueva. Aunque la administración pública mejoró en sus escalones más básicos, al más alto nivel se siguieron llevando a cabo turbios negocios. Con la excusa de la descolonización del Sahara por ejemplo. Aquello más que una descolonización, apenas había colonos, fue la venta de una tierra usurpada por la fuerza a sus legítimos habitantes, que fueron expulsados a lo que no podría ser considerado más que como una reserva, por sus nuevo dueño, Marruecos. Algún día los historiadores sacarán a la luz los entresijos de aquel acuerdo por el que dos reyes, Hassan II y Juan Carlos I, se reforzaban mutuamente en el plano político. La pequeña propaganda republicana era perseguida y sus propagandistas detenidos.
La monarquía heredada de Franco se fue imponiendo, junto a un sistema de partidos nuevos que accedieron al poder del gobierno. Puede decirse que España experimentó multitud de cambios en todos los órdenes. En treinta años, la política, la economía, la sociedad y la ideología cambiaron radicalmente.
El desarrollo económico se basó en la avaricia; la expresión "pillar cacho" se impuso a todos los niveles. Y del rey abajo, la codicia se implantó como sistema. El dinero negro, las comisiones ocultas, la información privilegiada, el despilfarro en grado sumo, el amiguismo, el conchaveo entre el poder político y el económico. Se podrían escribir libros enteros con los sucesos de corrupción política y económica en estos años. Al final, la "Justicia", en la mayoría de los casos denunciados, unas veces por lentitud, otras por ineptitud y otras por miedo, no penó debidamente a los culpables, sino que los exoneró o declaró prescritos sus delitos.
En los últimos años han salido presuntos prevaricadores por todos lados. Las últimas noticias hacen referencia al rey, al que se empieza a criticar en los medios de comunicación por mantener a su última amante en una residencia de lujo, muy cerca de su palacio, a costa del Estado. A su yerno se le ha imputado utilizar una ONG para amontonar millones de euros en sus cuentas corrientes. A un hijo de un antiguo presidente de Cataluña, la región más rica de España, de evadir dinero al paraíso fiscal de Andorra en billetes de quinientos euros. Exministros de los dos partidos hegemónicos, presidentes de Comunidades Autónomas, alcaldes, concejales... Hasta el presidente de la mayor organización empresarial ha tenido que dimitir por fraudes y desfalcos.
En la vorágine de la "actualidad de España", con la monarquía muy debilitada, (¿Qué hubiese pasado en USA si Clinton hubiese tenido a una "entrañable amiga" alojada en una mansión a cuatro pasos de la Casa Blanca?), los partidos políticos cada día que pasa más aborrecidos por la opinión pública, el independentismo catalán y vasco en efervescencia, el mayor partido de la oposición fracturado, seis millones de parados, desahucios a mansalva, todo parece indicar que puede iniciarse en España un proceso de cambios de los que no se puede anticipar su alcance. Los que han pillado grande cacho en el sistema vigente, se aferran al poder con todas sus fuerzas y maquinan lo que llamarían una segunda transición dirigida por ellos. Un cambio de imagen que deje las cosas como están. Una mano de chapa y pintura que diría el averiado, está en un hospital en estos momentos, Juan Carlos de Borbón. Una abdicación en su hijo Felipe, al que se vende como un joven muy bien preparado, cuando en verdad no ha evidenciado hasta el momento más que forofismo deportivo. Las presiones para que el rey abdique son tan fuertes como las que está recibiendo para que resista y no lo haga. Hay un miedo difuso a que la situación pudiera devenir caótica.
No se quiere contar para nada con el pueblo, pero la gente se organiza, protesta, se manifiesta, opina libremente. La aversión al sistema es cada vez más extensa e intensa. La sociedad española, que se situó a la vanguardia del movimiento pacifista mundial contra la guerra de Irak, es una sociedad pacífica, que no quiere ni violencia ni caos, que resiste las consecuencias de la corrupción del sistema sin ira, pero que recibiría con alborozo un cambio político, económico y social, que supusiera más justicia, más ética y más trabajo para todos. Mantener el actual desorden parece ya casi imposible, pero cambiarlo, parece igual de imposible. Así se hace la Historia.
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martes, 5 de marzo de 2013
Sé feliz
Sé feliz,
aunque tengas
cada noche
que cargar
con el peso
de mil mundos.
Sé feliz,
aunque tengas
cada día
que empezar
otra vez
como Sísifo.
Sé feliz,
en alerta
al mover,
al pensar,
al sentir
y al soñar.
Sé feliz.
Mueve, piensa,
siente, sueña
alegría,
salud, paz
y armonía.
Sé feliz.
Crea amor.
Y si yerras
el camino,
y si el miedo
te subyuga,
si tus sueños
te parecen
estúpidos,
si te sientes
extranjero
en la Tierra,
reflexiona:
"El amor
es eterno".
A pesar
de las dudas,
sé feliz.
A pesar
de la oscura
ignorancia
del vacío,
sé feliz.
No hay deseo
que merezca
una pizca
de tu pena.
Abandona
el cerrado
universo
del aciago
sufrimiento.
Sé feliz.
Alma libre
del poder
del deseo,
sempiterna
amadora.
Sé feliz.
miércoles, 13 de febrero de 2013
Maldad humana y guerra
La maldad humana, entendida ésta como causante de sufrimiento, tiene su asiento en el egoísmo, que a su vez tiene como raíz la inconsciencia o ignorancia.
La historia de la maldad humana se traduce en guerras, masacres y violencias de todo tipo; en abandono de los "débiles"e "inservibles"; en explotación económica y en abusos de poder; en injusticias de toda índole; en engaños, calumnias y mentiras...
Se tiende a pensar que la maldad humana es innata y que acompañará a la Humanidad hasta el fín de sus tiempos, pero también puede pensarse que no es más que un mecanismo desadaptativo, que perjudica a la especie en su conjunto y a las demás especies.
Hagámonos una pregunta: ¿La maldad humana, ha crecido, ha menguado o se ha mantenido a lo largo de la historia de los seres más cambiantes de todos los seres vivientes? La guerra más primitiva no tomaba prisioneros, no había supervivientes, pero desde la extinción de los Neandertales hasta el momento no ha habido más extinciones absolutas de variedades de hombres. A las guerras de extinción de pueblos y tribus suceden las guerras que hacen esclavos. Las guerras coloniales de España y Portugal en América del centro y de sur hacen siervos en la mayoría de los casos. Aunque no se cumplieran todas las leyes de defensa de los indígenas, es un hecho que no fueron esclavizados. Por contra sí que lo fueron los indigenas africanos negros de piel. Españoles, portugueses, franceses, ingleses y holandeses en distinta medida participaron en el comercio de esclavos africanos, pero desde principios del siglo XVIII, desde el tratado de Utrech, fueron los ingleses los que monopolizaron en la práctica todo este comercio. A principios del siglo XIX la esclavitud es abolida en Inglaterra y EEUU, a mediados la ilegalizaron franceses y holandeses, y a finales lo hicieron españoles y portugueses.
El siglo XX es un siglo de grandes guerras mundiales y de grandes guerras regionales. No contempló la Historia matanzas humanas en tan gran número. Se podría pensar que la maldad humana no sólo no ha menguado, sino que ha crecido, cuando en realidad ignoraríamos que en cualquier otro siglo de la Historia, en comparación con la población mundial, se produjeron mayores mortandades por causa de la maldad humana.
Pasada una década larga del siglo XXI, la guerra sigue estando presente en el Cercano Oriente, en el Oriente Medio y en algunas zonas de África, pero en lo que va de siglo son más las guerras que han cesado que las que se han iniciado. Nunca fue tan fuerte la consciencia pacifista en el mundo.
La locura de la guerra podría volver a prender en la inconsciencia humana, porque no toda la consciencia pacifista es auténtica y el poder del militarismo sigue siendo inmenso. El desarrollo del movimiento pacifista mundial, cada vez más cargado de razones intelectuales y sentimientos compasivos, será en última instancia decisivo.
La historia de la maldad humana se traduce en guerras, masacres y violencias de todo tipo; en abandono de los "débiles"e "inservibles"; en explotación económica y en abusos de poder; en injusticias de toda índole; en engaños, calumnias y mentiras...
Se tiende a pensar que la maldad humana es innata y que acompañará a la Humanidad hasta el fín de sus tiempos, pero también puede pensarse que no es más que un mecanismo desadaptativo, que perjudica a la especie en su conjunto y a las demás especies.
Hagámonos una pregunta: ¿La maldad humana, ha crecido, ha menguado o se ha mantenido a lo largo de la historia de los seres más cambiantes de todos los seres vivientes? La guerra más primitiva no tomaba prisioneros, no había supervivientes, pero desde la extinción de los Neandertales hasta el momento no ha habido más extinciones absolutas de variedades de hombres. A las guerras de extinción de pueblos y tribus suceden las guerras que hacen esclavos. Las guerras coloniales de España y Portugal en América del centro y de sur hacen siervos en la mayoría de los casos. Aunque no se cumplieran todas las leyes de defensa de los indígenas, es un hecho que no fueron esclavizados. Por contra sí que lo fueron los indigenas africanos negros de piel. Españoles, portugueses, franceses, ingleses y holandeses en distinta medida participaron en el comercio de esclavos africanos, pero desde principios del siglo XVIII, desde el tratado de Utrech, fueron los ingleses los que monopolizaron en la práctica todo este comercio. A principios del siglo XIX la esclavitud es abolida en Inglaterra y EEUU, a mediados la ilegalizaron franceses y holandeses, y a finales lo hicieron españoles y portugueses.
El siglo XX es un siglo de grandes guerras mundiales y de grandes guerras regionales. No contempló la Historia matanzas humanas en tan gran número. Se podría pensar que la maldad humana no sólo no ha menguado, sino que ha crecido, cuando en realidad ignoraríamos que en cualquier otro siglo de la Historia, en comparación con la población mundial, se produjeron mayores mortandades por causa de la maldad humana.
Pasada una década larga del siglo XXI, la guerra sigue estando presente en el Cercano Oriente, en el Oriente Medio y en algunas zonas de África, pero en lo que va de siglo son más las guerras que han cesado que las que se han iniciado. Nunca fue tan fuerte la consciencia pacifista en el mundo.
La locura de la guerra podría volver a prender en la inconsciencia humana, porque no toda la consciencia pacifista es auténtica y el poder del militarismo sigue siendo inmenso. El desarrollo del movimiento pacifista mundial, cada vez más cargado de razones intelectuales y sentimientos compasivos, será en última instancia decisivo.
jueves, 17 de enero de 2013
El valor de la vida
Cada tiempo contiene acción de gracias y arrepentimiento. Es la señal marcada en el corazón del sumiso aprendiz.
Hay que decir y repetir hasta que se sepa, que no hay cambio económico, social y político, sin un cambio ideológico, y que este cambio ideológico se sustenta en el centro del corazón de los seres humanos.
Mientras tanto, todos los debates sobre el futuro de la Humanidad en la Tierra serán estériles. Con la dureza del corazón sólo concuerdan ideas secas, políticas opresivas, sociedades injustas y economías depredadoras.
Aunque a los avisados parezca obvio y a los insensibles ñoño, no hay dos fines humanos más perentorios que el fin del hambre y el fín de las guerras. No hay valor más sagrado que la vida, que esta vida, de acuerdo con el sabio sufi que dijo: "Una hora en esta vida tienen más valor que un millón de años en las otras". No hay motivo que justifique la muerte prematura de los seres humanos.
Mientras haya hambrunas, todas las riquezas de todos los templos de todas las religiones, de todas las bancas, de todas las naciones, serán riquezas podridas.
Nada hay para un humano más valioso que la vida humana. Y no hay manera de conservarla con salud y contento, si no hay amor, paz, justicia y armonía en el corazón humano.
Sin una aspiración alta y profunda a la realización de una Humanidad cada vez más feliz, más sabia y más perfecta, los seres humanos chapotearán en las aguas hediondas y podridas de las enfermedades, las injusticias, las guerras, la escasez, el miedo, el desamor y la falta de fe.
La ética, la moral y la ideología basadas en la fama, en la codicia, el el lujo, en la violencia, en la envidia y en la inanidad no conducen a paraíso alguno.
Los seres humanos tienen la facultad de aspirar a la universalidad de la salud, la paz y la armonía, y también de sumirse en la enfermedad, la guerra y el caos.
Hay que decir y repetir hasta que se sepa, que no hay cambio económico, social y político, sin un cambio ideológico, y que este cambio ideológico se sustenta en el centro del corazón de los seres humanos.
Mientras tanto, todos los debates sobre el futuro de la Humanidad en la Tierra serán estériles. Con la dureza del corazón sólo concuerdan ideas secas, políticas opresivas, sociedades injustas y economías depredadoras.
Aunque a los avisados parezca obvio y a los insensibles ñoño, no hay dos fines humanos más perentorios que el fin del hambre y el fín de las guerras. No hay valor más sagrado que la vida, que esta vida, de acuerdo con el sabio sufi que dijo: "Una hora en esta vida tienen más valor que un millón de años en las otras". No hay motivo que justifique la muerte prematura de los seres humanos.
Mientras haya hambrunas, todas las riquezas de todos los templos de todas las religiones, de todas las bancas, de todas las naciones, serán riquezas podridas.
Nada hay para un humano más valioso que la vida humana. Y no hay manera de conservarla con salud y contento, si no hay amor, paz, justicia y armonía en el corazón humano.
Sin una aspiración alta y profunda a la realización de una Humanidad cada vez más feliz, más sabia y más perfecta, los seres humanos chapotearán en las aguas hediondas y podridas de las enfermedades, las injusticias, las guerras, la escasez, el miedo, el desamor y la falta de fe.
La ética, la moral y la ideología basadas en la fama, en la codicia, el el lujo, en la violencia, en la envidia y en la inanidad no conducen a paraíso alguno.
Los seres humanos tienen la facultad de aspirar a la universalidad de la salud, la paz y la armonía, y también de sumirse en la enfermedad, la guerra y el caos.
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