miércoles, 10 de agosto de 2016

Coimbra 1

   A la mañana siguiente, los viajeros se despiden de su casera que se dispone a viajar a Oporto donde tiene a su padre enfermo y toman el camino hacia Seia. Dejan atrás el desvío corto y se adentran en la sierra por una carretera que sube, baja y serpentea por las umbrías. Circulan despacio mientras en sus mentes se confunden confunden las filas de bicicletas con las de coches tocando el claxon porque Portugal ha ganado la copa de Europa de fútbol. Hubiesen deseado que la travesía por las montañas hubiese sido más larga. Sin darse ni cuenta llegan a lo más alto y comienzan a bajar hacia el pueblo de Seia, mucho más grande y moderno de lo que esperan. Se detienen a tomar un café, y mientras la mujer se detiene a ver un escaparate, al hombre se le acerca otro hombre que le empieza a hablar en portugués. Cuando menos se lo espera le dice que él acostumbra a ir mucho a Ciudad Rodrigo de putas.     La mujer se une a los hombres y juntos entran en una cafetería limpia y curiosa. El portugués se pone a hablar con la mujer. Resulta que trabaja como matemático en un organismo del estado y que es aficionado a los idiomas. Habla con la mujer en inglés. Al final paga las consumiciones y se despiden.
   - ¿Qué te ha parecido ese hombre?
   - Se acercaba demasiado a mí. No me ha gustado nada.
   Vuelven al coche y tiran para Coimbra. El paisaje ha cambiado considerablemente, pero los viajeros tienen ya la mente en la ciudad en la que desemboca el río Mondego. El GPS les lleva a una plaza con mucho tráfico. Ven el hotel, pero no pueden aparcar. Un gorrilla sale en su ayuda y los orienta a un sitio donde dejan el coche. Llevan los bultos al hotel y hablan con la recepcionista que les indica un parking cercano. Aparcan y se meten en el primer restaurante que encuentran lleno de gente. Buen servicio y buen precio para una comida sencilla pero sustanciosa. Un poco cansados, vuelven al hotel y se acuestan un rato.
   Coimbra es ciudad encumbrada, tanto en lo geográfico, cuanto en lo histórico. De origen pre-romano,   no hubo civilización peninsular que no la alcanzara. Desde el siglo XIII disputa con Lisboa sobre cual de las dos ciudades es la sede de la más vieja de las Universidades de Portugal.
   Los viajeros están ansiosos de pasear por Coimbra. Para hacer piernas primero se dan un paseo por la calle del Comercio hasta Santa María la Real, un templo gótico no demasiado lucido, pero que se encuentra en una plaza en todo el centro de la parte baja de la ciudad. A pesar de las reticencias de la mujer, a la que se le empiezan a hinchar los tendones de Aquiles, emprenden juntos la subida hasta lo más alto. Callejean siempre cuesta arriba un barrio que fuera judío, cristiano y musulmán. Poca gente. Acaban en la gran plaza que da entrada a la Universidad. Por aquí y por allá, las pretenciosas esculturas de granito de los tiempos de Salazar, están ennegrecidas en gran parte y dan una impresión de irrealidad. Como ya es tarde y no venden entradas para entrar en el complejo universitario, vuelven por el mismo camino y entran en un local en el que venden cerámica pintada. Y comienzan a hablar con la dueña y luego con el dueño. Es curioso como sin necesidad de traducción alguna se entienden hablando unos portugués y otros español. El dueño les muestra el taller de pintura donde tres pintores copian estampas bucólicas de la ciudad.
   -    Llevo en esto más de cincuenta años.
   -    Me parece una obra muy destacada, muy pulida.
   -    Nosotros lo hacemos todo. El horno lo tenemos en otro sitio, pero el resto del trabajo está aquí.
   -    ¿Le gusta su trabajo?
   -     Si no me hubiese gustado no lo hubiese hecho toda la vida.
   -     Esa es la perfección.
   Mientras tanto las mujeres hablan entre ellas sobre el origen del mantel más popular de Coimbra, estampado con frases de amor. Eran como cartas en las que las mujeres que recién habían aprendido a escribir decían a sus enamorados lo que los querían y lo que los añoraban.
   Cuando salen de la tienda taller de cerámica, se dan de bruces con la catedral vieja, la Sé Vella de Coimbra. Lleno de entusiasmo, el hombre se acerca a mirarla y remirarla por fuera y a enterarse de cuando se puede entrar a verla por dentro. Sólida y compacta, oscura, de apariencia perfecta.
   Anoche, los viajeros cenan en una terracita en mitad de una cuesta bacalao para no perder la costumbre. Luego se recogen en el hotel y se duermen escuchando el discurso del presidente portugués a propósito del éxito en el campeonato de Europa de fútbol. Es el discurso de un hombre bueno, que mira al futuro con intención pura. Un chute de ánimo para una nación que no quiere seguir siendo la última.
 

 
 

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