Pacificar el alma puede resultar muy difícil, pero una vez pacificada, elevarla a la estación de la satisfacción puede resultar más difícil todavía. Dicen los que saben que la satisfacción ante cualquier situación en la que la vida ponga a un ser humano sólo puede ser lograda con el abandono total del ego en brazos de la Providencia Divina.
Sé que mi amigo alcanzó la estación de la satisfacción y una más, la estación del alma satisfaciente. Su compañía bastaba en los últimos meses de su vida para que cualquiera sintiera la alegría de vivir. En medio de un mundo en el que el pensamiento dominante es egoísta, los santos se anihilan.
Él estaba ya en su última luna de vida, ya no hablaba ni abría los ojos, solo respiraba, como si estuviera caminando el último tramo de la caminata de los sábados por las montañas y sus paisajes. Su cuerpo era una estufa humana que emanaba un calor ideal. Cuando iba a verlo nos llevábamos una hora en silencio,
absortos en un estado sin rastro de pena.
absortos en un estado sin rastro de pena.
Toda su vida había sido un hombre de paz y de conciliación, por ello había recibido sablazos por parte de los unos y de los otros. El día que murió, por la mañana, estaba yo en la biblioteca solo. Trataba de escribir las sensaciones que tenía cuando volvía de ver a mi amigo. Era como si me dieran un chute de alegría. Mas que volver andando volvía saltando y bailando, feliz de pasear por la calle que lleva a la estación de tren. En un momento comencé a oler un aroma de una intensidad extraordinaria. Me levanté de la silla, abrí la puerta y oteé el pasillo. Nadie en muchos metros a la redonda. Cerré otra vez la puerta y el aroma aún persistía.
