domingo, 27 de junio de 2010

Prometí escribir sobre la siquiatría, y no le pongo la p, porque lo que oficialmente llaman así tiene más que ver con el higo que con la mente.
Un periódico isleño, el que pasa por ser de izquierdas, convocaba a una conferencia sobre la depresión, a cargo de un hombre que al que se atribuía no sé que subdirección de un hospital advocado de san Lázaro, el de la lepra.
No puedo irme por los bardos, que dicen en mallorquín, bardissas, tengo que entrar por la puerta principal, como un señor, y no como un apestado. No me reinvidico sólo a mí mismo, sino también a todas las personas que padecen ese síndrome que llaman depresión.
El hombre empezó su conferencia con su ordenador y su pantalla. En cosa de media hora corta fue explicando de forma muy sucinta, la mayoría del tiempo sólo leía lo que todos sabíamos leer.
Lo archisabido, los tres grados de la depresión en función de su intensidad y de su origen, unos consejos de perogrullo y una lista de medicamentos.
La verdad es que no esperaba más, pero al menos pensaba que podría intervenir siquiera cinco minutos para dar mi visión del problema y hacer alguna pregunta. Empezaron a levantar la mano varias personas. Una a una fueron haciendo sus preguntas al ponente y éste respondiéndolas. Levanté yo también la mano y esperé a que me tocara el turno.
Con voz alta y clara dije que había que haber pasado una depresión para entenderla. El público permaneció mudo, pero no pude entender, como en otras ocasiones entiendo, el significado de ése silencio. ahora podría tal vez adivinar que aquel silencio fue de total asombro. Inconsciente en algunos casos, consciente en otros. El experto me interrumpió para, como dicen en Mallorca, decir la suya. Los siquiatras, habló, sí que sabemos como se sienten los deprimidos. La encargada del micro me lo quitó de la mano y yo seguí sin ayuda dicendo que lo peor de la depresión es la sensación de ni sufrir ni padecer. Volvió a intervenir el médico para explicar que esa sensación era una consecuencia de la ingesta de pastillas. Como no he tomado pastillas para la depresión nunca, deduje que no me había entendido, que confundía los síntomas de una depresión con el estado de atontamiento producidos por las drogas de la farmacia.
Entonces tomé de nuevo el micrófono contra la voluntad de su portadora, que me dijo que había mucha gente esperando. Pregunté si el enfermo estaba obligado a tomar la medicación. El siquiatra respondió que mientras no hubiera riesgo por la propia vida o por la de otros el paciente tenía la última palabra. Menos mal.

jueves, 17 de junio de 2010

Estoy cansado y tengo sueño. Tengo hechos que contar, pero no tengo fuerzas suficientes. Quisiera hablar extensamente sobre la siquiatría actual. Esta entrada es sólo un compromiso de que apenas me recupere lo haga.

lunes, 14 de junio de 2010

De lo sublime a lo cutre

Hace algún tiempo que no leo novelas. Agotado por el durísimo trabajo de educar infantes, no me quedan fuerzas físicas ni mentales para esa tarea. En todo caso, luego de haber probado el sabor de las obras añejas, las obras nuevas que he leido no me han gustado. "El código da Vinci", "La sombra del viento" o "El niño con el pijama de rayas", no me han emocionado demasiado. Por eso cuando mi mujer me ha regalado una novela de un chino, no he mostrado ningún entusiasmo. Leí la novela más conocida del último premio Nobel nacido en China y no me entusiasmó. Pero como quiero a mi mujer, que siempre me da la vara, de que voy de sobrado, he abierto "¡Vivir! de Yu Hua y he empezado a leerla. Tengo que parar cada diez páginas porque se me encoge el corazón de sentimiento. Si los hombres naciéramos con consciencia vivir sería un gozo permanente, pero como nacemos ignorantes, pasamos un tercio de la vida cometiendo errores y haciendo daño, otro tercio pagando por ello, y el resto empezando de nuevo.
Con las fuerzas mermadas hasta el límite, me drogo con Salvame, un programucho hediondo en el que una docena de personas deponen, regurgitan y esputan y luego se revuelcan en sus propios excrementos, vómitos y gargajos. No se puede caer más bajo. Mis hijos me lo dicen. No sé como ves eso.