domingo, 25 de diciembre de 2016

Reflexiones desde Europa de la política mundial.

   Nunca hubo en la Tierra una consciencia planetaria tan extendida, nunca hubo una conexión tan estrecha entre todas las culturas del planeta, nunca hubo más paz y menos hambre que en los tiempos que corren. Sigue habiendo guerras, sigue habiendo hambre, pero en proporciones mucho menores que en en cualquier otro momento de la Historia.
   Constelaciones de nudos de poder de decisión y de ejecución que tratan de favorecerse o perjudicarse en función de los intereses particulares de unas u otras constelaciones de nudos de poder. El poder en el mundo de hoy está concentrado en tres grandes nudos de poder: el que representa China, el que representa EEUU y el que representa Rusia. Podría decirse que el planeta está regido por este triunvirato de naciones. Son los tres sistemas culturales que más extendidos están.
   Aunque nunca se diga, las economías de estas tres grandes potencias están cada vez más inter-relacionadas. Las tres grandes potencias saben que un enfrentamiento entre ellas llevaría a la humanidad a la prehistoria si es que quedaba humanidad. Esta es la razón por la que tratan de fijar unas zonas de influencia y unas normas muy claras en sus relaciones.
   Podría pensarse que en el plano político hubiera diferencias importantes entre las tres grandes naciones, pero en la práctica, la elección de los dirigentes políticos se hace de la misma manera. Los nudos de poder más importantes de cada país proponen sus candidatos para las distintas funciones de mando político. Tal vez la única diferencia importante sea que la concentración de poder en manos del presidente es mucho mayor en China y Rusia que  en EEUU.
   En el momento presente el dominio militar, político, ideológico y cultural de USA sigue siendo incontestable, pero las contradicciones entre los nudos más importantes de poder tanto en los propios EEUU como en sus países aliados están sembrando dudas sobre la continuidad del sistema capitalista tal como lo conocemos hoy. El "brexit" del Reino Unido y la victoria de Trump parecen síntomas muy evidentes de que la globalización capitalista actual puede ser paralizada por los nacionalismos.
   El cambio de rumbo de la política y la economía capitalistas puede darse a corto plazo.  En Francia, Italia, Austria, Bélgica y Holanda el nacionalismo antiglobalizador puede dar la sorpresa y ganar en las elecciones. Llegados a ese punto, la Comunidad Económica Europea puede que no pase de golpe a la Historia, pero no concentrará el poder que concentra hoy.
   ¿Volver a los nacionalismos? Eso supondría una involución para Europa y no solo en el plano político, también en el económico y en el ideológico. ¿Seguir como hasta ahora? Eso significaría la cronificación de los males de un sistema que sitúa los intereses de las grandes corporaciones económicas por encima de los intereses de una cada vez mayor parte de la población que es condenada a un paro permanente y a la  mera supervivencia .
   Las alianzas políticas de las tres grandes potencias han cambiado. Tras setenta años de enfrentamiento entre Rusia y EEUU se ha pasado a un tiempo en el que ambas potencias pasan a ser aliadas. Trump y Putin se han dado cuenta de que continuar con la enemistad a la larga debilitaría a ambas potencias, al tiempo que reforzaría a China, que de ser la tercera potencia mundial ha pasado a ser la primera y sigue ensanchando las diferencias con sus competidoras principales.
   Ante esta situación ¿cuáles serían las políticas a adoptar por la Unión Europea? ¿Reforzar sus lazos con EEUU y plegarse a los intereses de las grandes multinacionales? ¿Reforzar la propia Unión Europea  con una unión política mayor? ¿Volver a los estados nacionales anteriores a la Unión?
   La primera alternativa es la que se ha querido adoptar hasta el momento, pero que no ha acabado de ser llevada a término, en tanto que el TTIP aún no ha sido firmado. Esta alternativa sería la más conveniente para los intereses del capitalismo transnacional de EEUU y de las grandes potencias europeas y para las élites burocráticas de la Unión Europea que verían reforzado su poder frente a los poderes políticos de los estados miembros.
   La segunda alternativa, la de reforzar la propia Unión Europea y caminar hacia una unión política más estrecha supondría reforzar la independencia política y económica de la Unión en competencia con
los poderes políticos y económicos de EEUU. No se puede olvidar que la población del conjunto de la Unión no dista mucho de la de EEUU ni tampoco su capacidad de producción económica.
   La tercera posibilidad, la de volver a los estados nación, no sólo acabaría con la Unión sino que iniciaría un proceso de cambios drásticos en las políticas de las naciones independientes. En el caso de Francia, Reino Unido, Austria o Bélgica los derechos democráticos de la población disminuirían notablemente, llegando a parecerse más a las formas políticas de Rusia, Turquía o Irán que a las formas políticas de EEUU. Países como España o Italia verían reforzadas sus propias fuerzas centrífugas, en forma de crecimiento de los pequeños nacionalismos.
   Pero el mundo no se reduce a estas tres grandes estados y a sus aliados. Fuera de su control quedarían aún más de la mitad de la población del planeta que vive en Latinoamérica,  en los países de profesión musulmana, en la India y en Africa; los territorios con menos desarrollo económico y donde en general  los derechos humanos son una entelequia. Sería en ellos donde las tres grandes potencias y la CEE tratarían de extender sus tentáculos políticos, sociales e ideológicos y donde podrían producirse fricciones si no se llega a acuerdos globales.
   Los peligros para las democracias liberales y sus valores son más que evidentes. La tendencia al autoritarismo en lo político y a la xenofobia y la intolerancia en lo social es un hecho más que constatable en todo el mundo. Los derechos humanos pueden acabar en papel mojado si la tendencia general hacia regímenes cada vez más dictatoriales se consolida.
   A poca gente se le escapa que una tercera guerra mundial sería el fin de la civilización humana sobre la tierra; entonces ¿por qué propone Trump una política de rearme nuclear?  Si las armas nucleares se usan la vida humana desaparecerá sobre la Tierra, y si no se usan, ¿para qué se fabrican? ¿No estarían mejor empleados los presupuestos de Guerra en presupuestos de Paz?
   En la coyuntura actual del mundo es muy complicado hacer pronósticos, porque hay nudos y redes de poder con un gran potencial de crecimiento que no sólo quieren un mundo sin hambre y en paz, sino que también quieren un mundo más libre y más justo. Si estas fuerzas no son capaces de contrarrestar las de los nudos de poder autoritarios y nacionalistas, la libertad será severamente restringida como ocurre en China, Rusia, Irán, Turquía, Venezuela , Cuba o Singapur, por recordar las más importantes.
 Muchos de los derechos humanos podrían ser suprimidos si  el populismo autoritario acaba haciéndose con el poder en Europa. Sería un paso atrás.
 
 
 
 
 
 
 
 

martes, 20 de diciembre de 2016

Las raíz del mal

La raíz de todo mal es la ignorancia.
Todos los grandes benefactores de la humanidad lo han dicho.
Si todos los hombres se conociesen a sí mismos conocerían a Dios.
El reino de Dios está dentro de vosotros, dijo Jesús.
El que se conoce a sí mismo conoce a su Señor, dictó Mahoma.
Conócete a ti mismo enseñó Sócrates.
La felicidad suprema está en el Conocimiento pensó Aristóteles.
Cuando el hombre intenta conocerse a sí mismo se da cuenta de que no está solo.
Se percata de que ni tan siquiera existiría si no fuera por lo otro y por los otros.
Y entonces, ese "sí mismo" que quiere conocer, se expande y tiende al infinito.
El hombre que no se conoce a sí mismo como un todo en el Todo sufre.
Amar a los enemigos no es una plúmbea ocurrencia de un pánfilo Jesús.
Amar a los enemigos es amarse a sí mismos.
El enemigo no es más que una parte de nosotros que no conocemos.
El egoísmo es la primera consecuencia de la ignorancia.
El egoísmo es el desconocimiento de la esencia de la vida.

miércoles, 14 de diciembre de 2016

Nostalgia

   Nostalgia de los días vacíos,
   inerme ante el incierto destino,
   con toda una vida por delante.
   Nostalgia de las músicas tristes
   que te encogían el corazón.
   Nostalgia de bohemia angustiada.
   Nostalgia de tiempo sin preguntas,
   de total abandono al instante.
   Nostalgia de los días de piedra,
   a la ansiosa espera del amor.
 

jueves, 3 de noviembre de 2016

El tiempo no existe

   Está de moda entre los escritores de libros de auto-ayuda insistir en el tópico de que para ser feliz hay que vivir en el presente, como si el presente no fuese algo tan fugaz y etéreo como el pasado y el futuro.
   El tiempo no es más que una convención, pero todo el mundo  lo acepta como una realidad científica y filosófica. ¿Quién puede demostrar la existencia del tiempo? ¿Dónde está su materia? ¿Dónde su energía?
   Se dice que el tiempo pasa porque los cuerpos y las mentes cambian, y de ello se deriva que es el tiempo el que hace que todo cambie. La razón se cree todopoderosa y si no encuentra explicaciones a sus preguntas inventa las respuestas, que a su vez se convierten en argumentos de razón.
   Al cambio se llama tiempo, y se hace depender al cambio, del tiempo, incurriendo en evidente tautología. Si se llama al cambio tiempo y al tiempo se hace derivar del cambio no puede existir tiempo sin cambio. Si no hay nada ni nadie que no cambie habrá que establecer que el tiempo es infinito, y si el tiempo es infinito se podría derivar que hay algo que no cambia, el propio cambio.
   Desde el momento que hay algo que no cambia, la lógica nos lleva a concluir que el tiempo no es infinito, porque si no hay cambio no hay tiempo. La razón humana toma el tiempo como medida de la vida, pero el tiempo en la realidad no existe, no es más que una idea humana. El hombre primitivo no tenía noción del tiempo como siguen sin tenerla los animales, como no la tienen los niños pequeños. 
   La idea del tiempo supone un cambio fundamental en la evolución de los seres humanos. Sin la noción del tiempo no hubiese habido agricultura, ni ganadería, ni civilización urbana. El hombre hubiese seguido siempre un animal nómada buscando comida. No estamos diciendo que la idea de tiempo no haya contribuido a una mejora en la adaptación de la especie humana a su medio, estamos diciendo que el tiempo no es real en el sentido en el que es real aquello que existe fuera de la mente del hombre. Y fuera de la mente del hombre el tiempo no existe. La realidad son miríadas de galaxias que voltean en un espacio vacío de materia, átomos tan solo de otra realidad que el hombre desconoce.
 
 
 

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Oscura humanidad en la esperanza de la luz

   Siento el rugido de la humanidad. El rugido de espanto de un animal enloquecido. Ricos y pobres, poderosos y desposeídos, famosos e ignorados, sabios es ignorantes, bellos y feos, torpes y hábiles,
virtuosos y viciosos, pacíficos  y asesinos, santos e hipócritas, perdonadores y vengativos, ruines y magnánimos…. El más fiero de los rugidos del más fiero de los animales. Es la Humanidad suma de hombres y mujeres de todos los colores y de todos los credos, civilizados y salvajes, niños y ancianos.
La Humanidad es la especie animal más cruel. Tiempos viejos de guerras y hambres, de razas y castas, de amos y esclavos, de señores y siervos,
 
   No sobrepasa la inteligencia de la Humanidad al instinto de la Animalidad. Apenas es la razón humana una imprecisa sombra de la providencia de la Totalidad. La soberbia de los hombres no tiene límites. Una especie más loca que cuerda.
   Pudiendo vivirse en perpetua paz se vive en permanentes guerras, pudiendo vivirse en sosegadas ocupaciones útiles se vive en ansiosos trabajos inútiles.
    Apenas se comprende un único pronombre, yo, como si yo no fuera tú para otro yo, como si yo y tú no fueran él para otros tus y otros yos. Nosotros somos vosotros para vosotros y ellos son nosotros y vosotros. Todos somos todos los pronombres.
   Por eso tenía Jesús razón cuando en la cruz pedía a Dios perdón para los que lo mataban porque no sabían lo que hacían. La ignorancia es la semilla de todos los errores y de todos los vicios. Y el egoísmo es la raíz de todas las ignorancias.
 
   

   
 
 

miércoles, 26 de octubre de 2016

Cervantes. Biografía intensa.

   Miguel de Cervantes-Saavedra Cortina, nació en Alcalá de Henares en el año 1947, cuarto vástago de una extraña familia formada por don Fernando Cervantes, zurujano de cupo y Leonor de Cortina, hacendada de no mal pasar con tierras en Arganda del Rey. El padre, aunque de origen noble, debido a su sordera no había podido hacer los estudios de medicina y ni siquiera había aprobado los de zurujano. Ejercía pues sin título su oficio. Pareja extraña entre un pobre hombre y una rebelde mujer enamorada. Intentó hacerse, como el marido, sorda a las murmuraciones, pero cuando ya no pudo más, empujó a su marido a probar suerte en Valladolid cuando su hijo Miguel apenas tenía cuatro años. En Valladolid vivieron de alquiler y Fernando, el zurujano sordo, no tuvo más éxito que en Alcalá de Henares. La cosa fue aún peor, y para mantener a la familia de seis hijos contrajo deudas y acabó en la cárcel y embargado.
   Nada más salir de la cárcel se trasladan a Toledo, cerca de Esquivias, donde la madre buscaba apoyo en su familia en parte oriunda de este pueblo "de ilustres gentes y de ilustrísimos vinos". En esas estando, Don Rodrigo Cervantes tuvo noticia de la muerte de su padre en Córdoba y allá arrastró a la familia a ver de cobrar la herencia. Luego de meses de idas y venidas entre Córdoba y Montilla, debió cobrar la herencia porque al poco marcharon a Sevilla, donde las cosas no les debieron ir mal a los Cervantes. El niño Miguel pudo estudiar hasta en los jesuitas y tener un maestro tan preclaro como López de Hoyos.
   No tuvo tiempo de estudiar en la Universidad, pero a los 19 años se trasladó a Madrid donde muy pronto destacó en el mundillo literario y se alzó con el honor de ocupar el puesto vacante desde Garcilaso de príncipe de los poetas. Mucha fama, pero no tanta paga, que por otra parte el joven Cervantes derrochaba a manos llenas, más por generoso que por dispendioso. Miguel se emborrachó de fama y se convirtió en un galán petulante y pendenciero. Por defender el honor de una dama pinchó a un hombre y tuvo que huir a uña de caballo. Su fama como poeta le permitió colocarse en Italia como camarero del cardenal Acquaviva. En su compañía recorrió las tierras y ciudades del norte de Italia, desde Génova hasta Venecia. El cardenal acabó en Roma y Cervantes con él, pero no se sabe muy bien por qué, cada cual imagine, abandonó a Acquaviva y marchó a Nápoles donde se alistó como soldado en la flota de don Juan de Austria, el bastardo del Emperador Carlos V.
   Miguel de Cervantes no tenía más que 24 años. Una gran flota con las galeras de guerra de Venecia, los Estados Vaticanos y España contra otra flota aún mayor con las de Turquía. Una batalla por el control del mar Mediterráneo. El sensible poeta cuando empezaron a escucharse los primeros cañonazos se puso a soltar lastre por delante y por detrás y la fiebre le subió hasta el delirio. Los compañeros lo empujaron a la bodega, pero él en lugar de eso se subió al primer esquife de abordaje, como un león. Salió de la refriega con dos graves heridas en el pecho y la mano izquierda destrozada.
   Tras la inútil victoria de Lepanto, Miguel de Cervantes volvió a Nápoles a curarse de sus heridas. Contumaz aventurero, el joven soldado paseó su palmito desde Roma hasta Palermo, unas veces buscando padrinos para su carrera militar, otras persiguiendo ninfas, enamorado. Al final creyó encontrar el amor verdadero en una joven napolitana a la que llama Silena, con la que tiene un hijo. Pero la dicha duró poco, la mujer lo engaña y, desesperado, embarca en una nave rumbo a España.
Aprovechando que el barco en el que iba Cervantes se separó demasiado de sus compañeros de flotilla, los turcos lo abordaron, lo rindieron y lo llevaron a Argel.
   Argel era una fortaleza que un gobernador del Gran Turco había convertido en ciudad de cautivos. Cinco o seis mil desdichados capturados aquí y allá, los había de todos los pueblos del Mediterráneo. Una partida grande de turcos mantenía el orden en una ciudad en la que los cautivos vivían como pudieran vivir en Nápoles o en Palermo, eso sí no vivían en palacios sino en baños, en celdas en un gran recinto cerrado por las noches. El negocio del Pachá estaba en pedir rescate. Miguel de Cervantes, que había logrado cartas de recomendación de muy altos poderes de Italia, fue confundido con un hombre de posibles y pidieron por él una millonada.
   Su hermano menor que también había sido capturado con él fue liberado a los dos años porque por el pidieron un rescate menor. Cervantes tenía un carácter muy dominante y en Argel pronto se convirtió en una especie de rey de los cautivos. Pero llegado a un punto, Cervantes intentó escapar y sólo su fama anterior le sirvió para no ser apaleado en exceso. Fuera como fuere, el osado Miguel volvió a intentarlo tres veces más. Tal era su prestigio aún en la última ocasión en la que lo pillaron que luego de ser condenado a tres mil azotes, la pena le fue conmutada casi en su totalidad. No es extraño que en el Quijote, su obra más excelsa, los palos abunden como las setas en otoño. Al fin, luego de cinco años y medio de cautiverio, su madre, su tía y sus hermanas lograron pagar el rescate. No ha de extrañar que la mujer sea tan bien tratada en sus obras.
   Conociendo un poco la vida de Cervantes nadie se debería extrañar de que su caballero fuera andante. Desembarca en Denia, de Denia a Valencia y de Valencia a Madrid. No es precisamente un buen recibimiento el que le espera en Madrid. Se ha extendido una epidemia de gripe que está matando más que una guerra. Santa Teresa de Jesús se enferma y también el rey Felipe II. La hermana monja de Miguel de Cervantes tampoco escapa. Su padre cada vez más sordo y meditabundo, su madre, como siempre llevando con paciencia la carga de las hijas que no acaban de hacer carrera matrimonial. En Madrid sigue su maestro López de Hoyos que le pone al día de las novedades producidas en la docena de años que falta de Madrid.
   Pensaba escribir una novela pastoril de la que ya tenía el título y muchos versos sueltos, pero la escritura exigía tiempo y dinero. No tenía ingresos de ningún tipo, sus mujeres lo sostenían. El rey Felipe, restablecido se dirigió a Portugal, a la ciudad de Thomar a jurar que respetaría los derechos de los portugueses en la recién estrenada unidad, bajo su corona, de España y Portugal. Allí estuvo Cervantes. Gracias a su conocimiento de la lengua y los usos del norte de África, fue pagado con cien ducados del rey para un viaje de reconocimiento a Orán, ciudad no lejos de Árgel en donde había vivido cautivo. Otra vez Valencia y otra vez en Madrid.
   Cervantes tenía treinta y cuatro años cuando se instaló en Madrid de nuevo. En sus oscuras soledades de los baños de Argel, Miguel, el bravo, había imaginado tres decenas de comedias para ser representadas en la ciudad en la que reside la Corte de Felipe II. Las escribió y las vendió a distintos empresarios teatrales que entonces se decían autores. Al principio tuvieron mucho éxito y Cervantes pudo vivir si no en la opulencia, sí en el que le sobra. El soldado Miguel, que ya ha renunciado a ser capitán, puede usar de su liberalidad con las fuertes y listas mujeres de su familia y por mucha gente más. Todo lo que ganaba lo gastaba. Era famoso y estaba rodeado de actrices jóvenes y guapas. Una de ellas le raptó el corazón, Ana Franca, con la que tuvo su única hija.
   No le duró mucho la vida de escritor rico y famoso. El público ya no recibía sus comedias con tanto entusiasmo y algunas habían sido hasta silbadas. Los autores comenzaron a rehuirle y casi sin darse cuenta vuelve a caer en la pobreza. Miguel decide sentar la cabeza y casarse. La elegida es una señora moza de diecinueve años, él tiene dieciocho más. Que Catalina del Palacio estaba enamorada de Cervantes no se tiene la menor duda, ni en sus más bellos sueños se había visto casada con un caballero  viajero y famoso tan apuesto y tan lindo y además con esa parla de terciopelo y miel. Los que imaginan insidiosamente que Cervantes se casó con ella por el interés mienten. Catalina es la mujer a la que ama y amará luego toda la vida. Unas veces viviendo juntos, otras viviendo separados, unidos como una sola carne.
   El hidalgo Miguel de Cervantes, héroe de Lepanto, cautivo en Argel y príncipe de las letras no tiene más remedio que ponerse a trabajar como recaudador de impuestos de la Corona por la rica campiña sevillana y cordobesa. Entonces los recaudadores de impuesto iban con vara alta allá donde actuaban. Los corregidores tenían la obligación de ponerse a su servicio. El escritor convertido en bandolero del rey. Pero aquellos pueblos eran ubérrimos, Carmona, Marchena, Osuna, Écija y decenas de otros más, pueblos blancos de cal y campos verdes. Cervantes resultó ser un funcionario de lo más eficaz. Como el impuesto era de trigo, lo tenía que acarrear a Sevilla desde los pueblos y tenía tratos con los carreteros y con todo tipo de gente.
   Uno de sus subalternos, aprovechándose de la confianza, desvió una parte del dinero de una venta de trigo y Cervantes probó la cárcel mientras el asunto se aclaró. Recibida de nuevo la confianza de sus superiores, siguió en su labor de recoger impuestos para la Armada Invencible. Cuando por fin, tras tres largos años de aventuras diarias tuvo en sus manos el dinero de todo lo vendido, descansó. Por miedo a que se lo robaran en el camino a Madrid, se lo confió a un banquero portugués que desapareció con los dineros de la Armada del rey. Y entonces sí que vuelve Cervantes a la cárcel por más tiempo, casi un año.
   Miguel iba de ir con vara alta por las dos Andalucías  a que le molieran las espaldas con las varas en las cárceles. Pocos biógrafos de Cervantes han reflexionado sobre esta época de siete u ocho años que el escritor se convierte en un alto funcionario del gobierno de Felipe II. Pero su ilusión, aún se siente joven, es ir a las Indias. De la importancia de su cargo en el gobierno del rey Prudente dice el que cuando Miguel le hace petición de ir a las Indias lo hace como aspirante a la corregiduría de Quito, o gobernador de una provincia. La respuesta del rey no puede ser más terminante. No.
   Vuelve a la cárcel de Sevilla, otra vez por pecados del prójimo. Es muy posible que fuera en esta última estancia en la cárcel de Sevilla que imaginara el Quijote, primero como novela corta. Permanece en Sevilla un poco de tiempo más. Pero su familia está entre Madrid, Toledo y Esquivias. Su padre ha muerto ya y también Felipe II. Cervantes vuelve a Madrid el año en el que en Sevilla se declara una epidemia de peste. Por el camino se cruza una orden de pago de Hacienda a su nombre. Gracias a las herencias de sus padres logra Miguel ya cincuentón disponer del tiempo suficiente para escribir su obra más excelsa, don Quijote de la Mancha. Entre Madrid, Toledo y Esquivias, Cervantes logra dar por concluida su primera parte.
   Pero los dineros se acaban y a Cervantes no le queda otra que seguir al nuevo rey a Valladolid, donde el mayor ladrón de España, su valido el duque de Lerma, ha llevado la corte. Previamente ha comprado los mejores espacios de la ciudad. El primer pelotazo urbanístico. Muerta su madre, con Cervantes van a vivir a Valladolid con él sus dos hermanas con la hija de la hermana mayor y su propia hija, la que tuvo con Ana Franca. Sus hermanas ya no despiertan los amores de noble alguno y tienen que emplearse como costureras de los vestidos de las cortesanas. El hombre se ha cansado ya de pedir al nuevo rey, y se concentra en la escritura. Viven en un piso de una casa de tres alturas de nueva construcción a orillas del río Esgueva.
   Cervantes ha dejado en Madrid, a la viuda del librero Robles, su manuscrito de la primera parte del Quijote. Al poco, luego de las últimas y rápidas correcciones, es editado en 1605. Por desgracia para el escritor el libro no se vende tanto como se esperaba, debido sobre todo a que circulan papeles piratas del "Quijotillo" que escribió en la cárcel de Sevilla. Los mil quinientos reales que le anticipan no le dan mas que para ir pasando. Está inmerso en la escritura de la segunda parte del Quijote cuando vuelve a Esquivias a renunciar a la parte de la herencia de su esposa. Miguel de Cervantes-Saavedra y Palacios no es un aprovechado y sale así, con esta renuncia, al paso de la calumnia de que se ha casado con su mujer por la herencia. Su esposa no está con él en Valladolid, pero el amor se sigue manteniendo entre ellos. Puede decirse que Catalina es su Dulcinea.
   Valladolid es una ciudad de lujo, el valido del rey Felipe III la ha convertido es la capital de la opulencia. La Corte es cada vez más pomposa y lujo y lujuria se extienden por igual. Cierta noche, Cervantes es probable que se encontrara escribiendo en su cama, sube un vecino a su piso a decirle que hay un hombre muy malherido en el portal, vestido con un hábito de Santiago. Como no podía ser de otra forma le cargaron el muerto a don Miguel. En realidad el finado, un caballero navarro de apellido Ezpeleta, había muerto en un duelo con un marido burlado, un marido de más dinero que renombre. Fue su última estancia en la cárcel, esta vez muy breve.
   A pesar de la campaña de Lope de Vega contra Cervantes y su libro, el interés por el Quijote se extiende hasta América. El escritor vuelve a Madrid y por fin logra vivir a solas con su esposa doña Catalina. El éxito de su novela y el mediano pasar del que disfruta reaviva las ilusiones de Cervantes, que vuelve a re-escribir viejos dramas y novelas. Además escribe otros tres libros. La tranquilidad no le duró demasiado. Un escritor anónimo, de alias Avellaneda, había escrito una segunda parte del Quijote, y Cervantes que apenas había esbozado la continuación se puso mano a la obra de escribir la suya.
   Por ese tiempo, con los pocos reales que le da el Quijote, decide hacer un viaje a Italia para buscar a su hijo Promontorio, pero no llega más allá de Barcelona. Su hija mientras tanto ha encontrado un amante rico y se ha olvidado de su padre. Cuando vuelve del viaje está sin blanca, pero con la esperanza de terminar los grandes y duros trabajos de sus últimos libros. El Persiles y Segismunda, las Novelas Ejemplares y las Doce comedias y doce entremeses, además de un par de libros más que tiene en mente.
   Todavía intenta pasar a Nápoles, donde el gobernador quiere establecer una corte literaria. Pero los responsables de elegir a los escritores y artistas no lo tienen en cuenta. Empieza a ser conocido en las ciudades más cultas de Europa, pero en España tiene que seguir sufriendo las envidias de sus colegas que denotan sus obras y calumnian su persona. Por fortuna para él, el conde de Lemos y el arzobispo de Toledo, el cardenal Rojas, lo toman bajo su protección y le mantienen. Cuatro días antes de morir aún viaja a Toledo. Su fama, a pesar de todo crece. Cervantes sigue siendo la misma persona sencilla y generosa. Muere a mediados de abril del año 1616, pocos meses después de salir a la venta la segunda parte del Quijote.
 

 
 
 

domingo, 16 de octubre de 2016

Humboldt, Goethe y Napoleón.

   Humboldt suena muy poco. Tan poco que apenas es un eco lejano en los estudios de los profesores y profesoras de instituto. La burocracia y los malos programas de estudios  han convertido a mucha parte de ellos y ellas en meros reproductores de la ideología dominante Humboldt no entra en los planes.
   Humboldt es el primer hombre que pensó en la Tierra como un todo, el primero que se dio cuenta que   ningún organismo, ni ningún suceso, podían ser comprendidos si no se estudiaban sus relaciones con los organismos y sucesos que lo rodeaban. El abuelo de la Ecología oculto entre las brumas de la Historia.
   Humboldt aunó en su persona al filósofo y al científico, al aventurero y al poeta; niño viejo y viejo niño, cercano a todos, anti-esclavista y demócrata. Sus viajes al Orinoco o al Asia Central como explorador no son tan importantes en su vida como los conocimientos sobre el mundo que adquirió en ellos.
   Hombre tan sociable como reflexivo, fue amigo de los hombres y mujeres más sabios de su tiempo, entre ellos Goethe y Jefferson. Recorrió todos los lugares de Europa donde se reunían los nuevos científicos y filósofos de su tiempo, finales del siglo XVIII y principios del XIX. Ni se casó ni tuvo hijos. Sus escritos son extensos y variados. Una mina olvidada de observaciones sobre los temas más diversos.
   A Humboldt siempre hay que imaginarlo cargando cajas y sacos de plantas, de rocas, de instrumentos de trabajo, charlando a grandes voces con sus compañeros de viaje, sus amigos más íntimos. Es difícil imaginar un hombre más representativo de la modernidad en todos sus planos. Darwin, muy inferior a él en capacidades y conocimientos le acabó robando casi por completo su importancia  en la historia. Darwin era más del gusto de los nuevos poderosos del mundo.

   Goethe fue el alemán más conocido de su tiempo, en un tiempo en el que la libertad que se concedía a los intelectuales  en los pequeños principados y ducados independientes de la actual Alemania, dio como fruto decenas de artistas, músicos, científicos y filósofos de primer nivel: Herder, Scheling, Fichte, Schiller, Hegel, Mozart, Beethoven…
   Aciertan los que hablan de él como de un romántico y también aciertan los que dicen que es un clásico. Es imposible encontrar una personalidad más contradictoria ni el el siglo XVIII ni en el sigloXIX. Aunque su origen no era ni noble ni aristocrático logró en vida ser ejemplo de nobles y aristócratas.
   La vida, tanto más que la obra literaria de este hombre, es apasionante. No hubo filosofía, ciencia o arte en el que no hubiese hecho incursiones. La suerte de Goethe fue conocer al duque Carlos Augusto de Sajonia, Weimar y Eisenach. El duque había sido educado en las ideas de Rousseau y tenido como preceptores a hombres muy sabios, pero su amistad con Goethe fue muy superior a ninguna otra. Eran tan camaradas que hasta compartían amantes.
   Su amigo el duque, con el que lo mismo cazaba animales que mujeres, lo añadió a su Consejo y Goethe pudo hacer mientras él vivió, todo lo que quiso en todos los ámbitos de la política, la economía y la cultura del pequeño, pero próspero estado. Junto a Humboldt explotó nuevas minas con métodos muy novedosos y eficaces, lo que paró en grandes beneficios para el ducado que acabaría convirtiéndose en gran ducado.
   Luego puso en orden las finanzas del duque y más tarde las del Estado, La mayor eficacia se derivaba casi siempre de sus actuaciones en los más diversos campos en los que trabajó. Goethe tenía unas extraordinarias dotes de mando porque conseguía entusiasmar a todos en sus proyectos por difíciles que parecieran.
   Al tiempo era un impenitente amador de damas, un adolescente esclavo de sus pulsiones libidinosas. Podía mantener con toda tranquilidad varias relaciones al mismo tiempo. Al final siempre huía de ellas, porque ninguna acababa de rendirlo plenamente. Aunque se casó y tuvo hijos ya bastante mayor, siguió persiguiendo gacelas por los salones y los campos de Sajonia.
   Como escritor fue tan proteico como proteica fue su vida. Tenía su propia compañía de teatro y vigilaba hasta la última línea de todos los libros que editaba, siendo famosas sus peleas con su editor por los beneficios de sus obras. El Wilhem Meister, el Werther, el Fausto o sus libros de memorias se vendieron por toda Europa.
   Como su amigo Humboldt, apenas dormía cuatro horas diarias, las otras veinte eran presa de su hiperactividad. Sus viajes por Alemania, por Suiza, por Francia o por Italia son un ejemplo de viajes en busca de nuevos conocimientos y experiencias. Su curiosidad era inmensa y sus estudios fueron tan extensos como intensos.
   Con todos sus éxitos, de lo más orgulloso  que estaba Goethe era de dos de sus fracasos, de sus poco reconocidos estudios sobre la luz y sobre la poesía mística del iraní al-Jilani.
   Hombre de muchos tiempos, tal vez demasiado cínico para ser tomado como ejemplo, pero ejemplar como hombre de vida romántica y clásica al mismo tiempo.

   Sobre Napoleón Bonaparte se han escrito miles de libros. Una parte desde la admiración, otra desde el rechazo y una tercera desde la voluntad de objetividad. Cada lector puede hacer su composición con los millones de páginas que sobre él han versado.  No engaño a nadie si digo que mi visión es claramente negativa dado  que mi óptica es radicalmente pacifista. No hace falta cargar las tintas para verlo como lo vieron sus enemigos, como el ogro de Europa.
   Este hombre u ogro regó con sangre Francia, Alemania, Italia, Austria, Bélgica, Holanda, Hungría, Polonia, Rusia, España, Portugal, Egipto, Siria… sin importarle sacrificar en sesenta hecatombes que fueron el total de sus batallas a más hombres que ningún otro carnicero de la historia anterior. Las batallas de Alejandro Magno o de César no son más que minucias comparadas con las del Corso.
   De 1783 a 1815, treinta y dos años de enfrentamientos armados en la mayoría de los países de Europa. Napoleón no firmaba acuerdos de paz, y si los firmaba los violaba cuando le interesaba. Cuando la gente oye hablar de Marengo, de Wagram, de Austerlitz, de Waterloo o de Bailén se  imagina a un generalito de plomo dirigiendo soldaditos de plomo, pero en las mentadas batallas decenas de miles de hombres eran reventados por las bombas, pisoteados por las patas de los caballos, abiertos en canal por los sables o acribillados por las descargas de fusilería. Hombres con padres y madres, con hijos e hijas, con esposas, con amigos, en la flor de la vida.
   La idea que ha quedado en la gente culta de hoy es que Napoleón defendió los ideales de la Revolución francesa contra la monarquía y la nobleza, pero esa idea es completamente falsa. Napoleón no quería llevar a Europa por el camino de la libertad, la igualdad y la fraternidad, muy al contrario, la quería llevar a los tiempos del Imperio de Roma. Todas las naciones, en lugar de a Roma, rendirían cuentas a Francia, a París, a Napoleón, al Emperador.
   La mayoría de los franceses adoraban a Napoleón, como las mayoría de los romanos adoraban a sus emperadores más crueles. El mismo hombre que acabó con la Revolución acusando de terroristas a los revolucionarios, extendió un Terror mucho más terrible por toda Europa. Pero no hay que engañarse, Napoleón no era más que el hombre que representaba la voluntad de los franceses, que en su mayoría no sólo no eran revolucionarios sino que eran profundamente reaccionarios: serviles, castistas y egoístas. Eso era lo que había, un pueblo que a falta de grandes virtudes se regocijaba en grandes vicios.
   Napoleón Bonaparte, el ogro de Europa, ocupa un lugar en la Historia de los horrores del mundo, como precursor de los genocidas del siglo XX como Hitler y Stalin. Nadie puede negarle sus más que extraordinarias capacidades: inteligencia de genio,  capacidad de trabajo de atlas y dotes de mando de faraón. Todas ellas empleadas en aras de un imperio universal imposible. Al final, ¿para qué  sirvieron sus capacidades? ¿Para hacer de Europa un campo de batalla durante más de treinta años? El Dante hubiese tenido que inventar un infierno para él solo.
 
 
 
 
 



 

sábado, 8 de octubre de 2016

Sueño de Paraíso

   Tú eras en el cuerpo más perfecto.
   Yo estaba dentro de tus ojos.
   Dos misteriosas tierras dentro de dos soles.
   Nunca jamás tanta delicia.
   De lo que sentí , silencio.
   Tú eras la mujer de mis sueños.
   Lo mejor de todo, Amor, es que era sólo el comienzo.
Quisiera olvidar aquel momento intenso de gozo.
Quisiera borrar de mi mente su recuerdo.
    
   

lunes, 26 de septiembre de 2016

¿Libres o esclavos?

   Respira hondo y piensa.
   Si eres feliz piensa por qué eres feliz.
   Cualquier respuesta que des será falsa.
   Si no lo eres piensa por qué no lo eres.
   Cualquier respuesta que des será falsa.
   Si tu no cambiaras.
   Si a tu alrededor todo permaneciera inmutable.
   Entonces la respuesta sería posible.
   No hay experiencia que valga.
   Porque tú ya no eres el que fue.
   Ni lo que fue ahora es.
   Si te piensas que lo que has vivido te ha enseñado.
   No has aprendido nada.
  

   ¿Qué está diciendo?
   ¿Que somos muñecos del destino?
   ¿Que los genes nos mueven a su antojo?


   Nunca hubo en la historia un tiempo con más dioses.
   Trillones de genes fatales.
   ¿No será que aún no hemos salido de la esclavitud?
   ¿Pero nadie piensa adonde nos lleva el genetismo?



   Nos dejamos llevar como corderos al matadero.
   Nos procuran un mundo mórbido.
   Y luego nos venden sus panaceas.
   Que nos enferman más.


   Has perdido la voz de tanto como has gritado.
   Rebelde mudo.

  

domingo, 25 de septiembre de 2016

La llave secreta

   Es ingenuo buscar el placer.
   Tan ingenuo como tratar de evitar el sufrimiento.
   Imagina el humano el sufrimiento y el placer.
   Nada que buscar, nada que evitar.
 
   No puede el hombre a su destino.
   Sólo puede aceptar su mandato.
   Toda rebelión es inútil.
   El amor es el único secreto.
   La llave que abre todas las puertas.

   Yo, tú, él, ella, ello.
   Nosotros y nosotras.
   Vosotras y vosotros.
   Ellos y ellas.
   El amor se manifiesta en todos los pronombres.
 
   Si el hombre se amara a sí mismo amaría a su prójimo.
   Porque todos los prójimos están en sí mismo.

sábado, 24 de septiembre de 2016

Dichos de amor.

   Dicen que el tiempo todo lo cura.
   Pero qué saben del amor los que lo dicen.
   El amor es eterno.
   Dicen que es locura el amor.
   Pero qué saben del amor los que lo dicen.
   El amor es cordura.
 
   Luz que no se extingue.
   Llama que no se apaga.
   Flor que no se seca.
   Fruto que no se pudre.

 

 

sábado, 17 de septiembre de 2016

Astronomía del alma

 
   Todas las estrellas del cielo son chispas de un sol lejano.
   Y el sol lejano chispa de un sol aún más lejano...
   Y el alma humana es espejo de todos los mundos.
  

 
    

domingo, 4 de septiembre de 2016

Pena de España

Cuesta no dejarse llevar por el sentimiento de frustración que padece la sociedad española. Un año sin gobierno por la ineptitud manifestada por sus políticos, más interesados en su imagen electoral que en los problemas de España. Su única preocupación es cómo conseguir más parte de la tarta electoral. Tienen dos meses para ponerse de acuerdo o convocar terceras elecciones en un año.
   España es un estado con una democracia otorgada. No hubo ruptura con la dictadura de Franco en lo fundamental. El  viejo rey Borbón tiene tatuado el dedo del generalísimo. España lleva ya más años en el Régimen de democracia otorgada que en el Régimen de Franco. En este período se han venido incubando todo tipo de problemas, y a la presente, no se baja del veinte por ciento de paro. La sensación de inseguridad en el futuro es generalizada. Un miedo difuso se extiende por toda la sociedad.
   La gente está harta de la farsa grotesca que representan los políticos en un Parlamento que no ha aprobado ni un artículo de una sola ley en las dos últimas legislaturas. Todo va manga por hombro que se decía antes. Las cosas funcionan por inercia, pero la inercia no es eterna. No se decide nada, todo se deja para mañana. Triste realidad de un pueblo tardo en aprender, más valiente que inteligente. En el parlamento se repite la farsa con el mismo final.
   Hablan de la urgencia de pactos, pero llevan un año ya sin ponerse de acuerdo. Ni una sola palabra sobre las soluciones a los problemas de la sociedad. No hablan de las medidas a tomar para acabar con el paro o la precariedad laboral, sólo hablan de lo que les interesa a ellos, que es cómo se reparten el poder y sus beneficios. No tienen ideas nuevas, proyectos que arrastren, líderes que convenzan. Seguir siendo peones en la Comunidad Europea y hacer lo que les manden.
   Es triste ver a la gente trabajar cada día en sus negocios y empresas con miedo de perder su poder adquisitivo y pasar a sumar en la lista de los pobres de solemnidad, los que se buscan la vida en la caridad o en la marginalidad. La mayoría de la gente que tiene ingresos y puede sobrevivir sin muchas angustias ve en la televisión programas basura. La mayoría de la gente sabe más sobre la vida de la prima segunda de la cuñada de la criada de una tonadillera que sobre Napoleón o sobre Jesús de Galilea. La incultura en España es epidemia.
   Es difícil encontrar un país en el mundo en el que la opinión pública se deje llevar con tanta facilidad como en España. Basta con las televisiones que crean y difunden opinión para las masas. Los nacionalismos irredentos de España han rebrotado luego de muchos años de unidad con España. Catalanes, vascos y gallegos reivindican su independencia. No son mayoría en sus territorios, pero son la minoría más unida.
   La organización del estado que se dio el Régimen de democracia otorgada ha entrado en una profunda crisis por esta causa. Cuando en la Comunidad Europea cada vez son más fuertes las voces que abogan por volver a los nacionalismos. Peligro de fragmentación en Europa y peligro de fragmentación en España. Mientras tanto un cuarto de la población en la economía en negro.
   Los gobiernos de España habidos en los cuarenta años de Régimen de democracia otorgada, han organizado la economía de tan mala manera que de aquellos polvos vienen estos lodos. Todo ha sido capitalismo salvaje, gobernaran las derechas o las izquierdas, el sector público ha ido cada vez a menos. Ni una simple ocurrencia han tenido para crear un sector público que dé trabajos útiles a los parados.
   Pena de juventud sin horizontes, de ancianidad azarosa, de infancia triste. Pena de una España de incierto futuro en manos de unos políticos inconscientes.
 

lunes, 29 de agosto de 2016

Orense y Oseira

   Los viajeros vuelven a la carretera y se dirigen a Orense. Cuando pasan por las proximidades del monasterio de Caboeiro, sus pensamientos van a la gran cascada que no vieron y al paseo botánico que tampoco vieron. El sol azota cada vez más y en Orense flagela. Atraviesan el río Miño y dan unas vueltas para aparcar. Como es domingo no hay ORA y dejan el coche en una calle bastante céntrica.
Preguntan a un hombre mayor en una plaza por la catedral y éste con gran amabilidad los orienta.
   Entran a la catedral por una puerta lateral y lo primero que ven a su izquierda los deja anonadados. Una capilla toda luz. La capilla del Cristo de la Luz. Una talla del siglo XIII  la preside. Está acabando la misa y los agentes de seguridad velan porque la catedral se vacíe. Los viajeros echan un vistazo rápido y se quedan con las ganas de contemplarla.
   En la parte vieja de la ciudad el calor apenas se nota, pero se ensanchan las calles y se abren las plazas y la temperatura se eleva por encima de los cuarenta grados. Comen en el primer sitio que encuentran, vuelven al coche y se dirigen al monasterio de Oseira.
   El viajero tiene un amigo del colegio que no hace mucho ha sido elegido abad. Un hombre tres años mayor que él, y con el que siempre ha tenido una muy buena sintonía espiritual. La viajera, pese a tener algunas dudas había aprobado quedarse un par de días en la hospedería. Media docena de kilómetros antes de llegar al monasterio adelantan a un grupo de peregrinos. Una docena de jóvenes que ondean una bandera de Méjico.
    El monasterio aparece de pronto al lado de la estrecha carretera que lleva a Compostela. Hay un grupo de turistas en una de las entradas y allá se dirigen los viajeros luego de aparcar el coche. A la derecha de la entrada se encuentran con la típica tienda de recuerdos. Preguntan a la que parece la encargada por el padre abad. Ella les informa, luego de mirar en su libro de reservas, que avisará al hospitalero para que venga a recogerlos. No pasan ni cinco minutos, cuando de una puerta interior sale un monje con hábito blanco que se dirige a ellos. Se presenta con una gran sonrisa. El viajero comienza a hablar con él como si se conociesen de toda la vida.
   -    ¿Dónde está mi amigo el abad? ¡Ja, ja! ¡Con lo sencillo que es él!
   -    Para él es más un sacrificio que otra cosa.
   -    Lo entiendo.
   -    Ahora estad atentos a cómo se llega a vuestra habitación.
   Atravesaron un claustro pequeño, y luego otro más grande, austeros, y acabaron en un tercer claustro, éste inmenso. Al fondo a la derecha, el padre cisterciense abrió la puerta de una habitación y entró cargado con los bultos seguido de los viajeros. Cuando el monje desapareció, la pareja se relajó. De pronto se dieron cuenta de que el silencio ocupaba todos los rincones. El departamento en el que habían sido alojados constaba de un portalito, una habitación mediana, un dormitorio y un cuarto de aseo con ducha, lavabo y sanitario. En la habitación una mesa con un flexo encima y dos sillas junto a un gran balcón por el que se veía la ladera de una montaña verde. Junto al flexo había un papel con las mínimas normas del monasterio y las horas de los rezos.
   De súbito apareció el abad, vestido con hábito y cogulla blancos. El viajero se abrazó a él y le presentó a la mujer.
   -   ¿Cuánto tiempo hacía que no nos veíamos?
   -   Os acababais de conocer. Me acuerdo porque me dijiste que se llamaba igual que mi amiga americana.
   -   Pues entonces tiene que hacer por lo menos doce años.
   -   Al poco tiempo de morir mi madre me vine aquí.
   -   Lo sé por tu hermana con la que me encontré en el pueblo hace un par de años. Me dijo que estabas en un monasterio de Galicia, pero no me pudo decir como se llamaba. Cuando pensamos venir a Galicia lo busqué por internet y me enteré que te acababan de nombrar abad.
   -   ¡Ya lo ves!
   -   La verdad es que nunca hemos hablado de lo que fue de tu vida luego de salirte de los escolapios.
   -   Quizás no sepas que yo repetí tres veces primero de bachillerato. Luego me fue bien.
   -   ¿Terminaste la carrera de cura?
   -   Me faltaba un año para terminarla. En tres años hice ATS y me coloqué en un hospital en Sevilla. Luego lo dejé para atender a mis padres enfermos. Intenté terminar la carrera de cura pero no pudo ser.
   -   No te ha hecho falta. Al final has acabado siendo más que cura. ¡Ja, ja, ja!
   -   ¡Bah! Me gusta esta vida.
   -   ¿Cuántos monjes vivís aquí?
   -   ¡Doce! Aunque hay dos o tres que no bajan siempre al coro. Hay uno que no baja ya nunca. Pesa ciento cincuenta kilos y está en cama. De los doce, dos son postulantes y uno novicio. De momento somos uno más que cuando yo llegué.
   -   Igual muy pronto sois el doble.
   -   ¿Quién sabe? Bueno, además de los monjes tenemos una persona que vive en la hospedería y que también asiste a los oficios. Un belga que se cansó de hacer el camino de Santiago y al final se quedó aquí. Nos ayuda.
   -   ¿Dónde puedo fumar?
   -   En los claustros o en el balcón. ¿Algo más? Faltan cinco minutos para la hora. ¿Sabéis donde está el coro? A la derecha al fondo y a la derecha está la entrada.
   Los viajeros entran en el coro y se colocan en las primeras sillas de la izquierda. En el coro hay asientos para ochenta o noventa monjes, pero apenas hay cinco en un lado y cinco en otro, en la parte más cercana al altar mayor de la iglesia inmensa y vacía que está a sus pies. Todo parece inmenso. El silencio es tan puro que ni tan siquiera se nota. Llega el belga y se sienta al lado de los viajeros. Los últimos monjes toman asiento. Uno de ellos se acerca a un órgano y se pone a sacarle sonidos tiernos. El coro de los monjes entona una antífona en castellano. Apenas si los monjes abren la boca. Una melodía suave flota en la atmósfera, única, sin la más mínima estridencia.
   Los viajeros, terminada la oración, vuelven a su habitación y se preparan para salir a dar una vuelta por los alrededores. La mujer confía en recordar la manera de volver a la entrada, pero comienzan a dar vueltas arriba y abajo, de un claustro a otro y de otro a otro, sin encontrarla. Cuando por fin dan con ella, está cerrada.
   Sin expresar la más mínima molestia por no poder salir, vuelven a perderse por las dependencias del monasterio hasta que el reloj marcó la siguiente hora de oración. Intentan colocarse en el mismo lugar en el que lo habían hecho la primera vez, pero el belga les reconviene para que tomen un asiento más alejado. Más divertido que avergonzado, el viajero obedece sus indicaciones. La mujer espera que las liturgias se le hagan pesadas, pero casi ni se da cuenta, embebida en el canto que florece en el silencio. A veces los frailes cantan solos, y sin apenas abrir la boca, sus canciones se escuchan nítidas en el último rincón del coro. El viajero piensa que aquello no tiene nada que ver con el gregoriano de Silos, ni con gregoriano alguno, son otras letras y otras músicas que inducen a una especie de trance meditativo.
   Terminado el oficio, los viajeros se dirigen al comedor de la hospedería, muy cerca de la zona de clausura de los monjes. El padre hospedero les trae una sencilla cena y charla un rato con ellos y con el belga que normalmente come solo. El hospedero da las gracias por la comida y por el día que termina y sirve al belga y luego a los viajeros. Cuando se va el fraile, nadie vuelve a decir ni una sola palabra.  t
Terminada la colación recogen los platos, los lavan y se dirigen de nuevo a sus habitaciones. En la mitad del pasillo, la pareja intercambia unas palabras en tono casi inaudible. El belga, que va delante les reconviene llevándose el dedo índice a los labios.
   El viajero fuma un cigarrillo en el balcón de la habitación mirando las estrellas y los lagartos que entran y salen por las piedras del ancho muro. Como están algo cansados, pasan de ir al coro a la última hora del día. El viajero tiene muchas ganas de asistir a la primera del día siguiente, a las cinco menos cuarto de la mañana. Le hace ilusión.
   Sin necesidad de reloj el hombre se levanta diez minutos antes de la hora, se asea un poco, se viste y sale al pasillo oscuro, al que apenas llegan débiles rastros de estrellas. Anda por el ala norte del inmenso claustro, pero no encuentra el coro. Sin darse cuenta se mete en la zona de clausura de los monjes en el mismo momento en el que uno de ellos sale hacía el coro. Sin palabras lo sigue. No hay nadie más que los dos postulantes, el novicio, el padre hospedero, el organista y otro más. No están ni el belga ni el abad. Los cantos se esparcen por la atmósfera de la inmensa iglesia cisterciense, como efluvios del silencio. Todo paz.
   El viajero sale el último del coro y enfila por el ala norte del claustro. Por un momento mira al cielo y ve brillar estrellas, pero la oscuridad sigue siendo mayúscula. No encuentra su habitación y da vueltas y vueltas al claustro buscando una salida. Vuelve a meterse en la clausura, pero sale de inmediato ante la presencia de un fraile. Al final, cuando ya está dispuesto a tirarse a dormir en un rincón del claustro, encuentra la habitación, entra, se echa de nuevo en la cama y se duerme hasta la siguiente hora.
   Los viajeros entran en el coro y cuando se disponen a sentarse junto al belga, ven a otra pareja que se les ha adelantado. Se saludan con un movimiento de cabeza y al poco el organista destila sus notas y los monjes cantan las vísperas. El viajero se da cuenta de que su compañero de asiento también canta, pero no empasta con los monjes. Siente  un vivo deseo de que se calle, pero el hombre canta cada vez en voz más alta y descompasada. Los monjes no pierden la unción y el recogimiento, como si la discordancia no les molestara. Terminada la liturgia, salen primero los monjes, quedándose los viajeros los últimos. El belga, seguido de la nueva pareja y de los viajeros se dirige a la cocina. Ponen la mesa en silencio y comienzan a preparar el desayuno. Cuando el viajero pasa al comedor ve al belga susurrando al padre hospedero. Entiende que le está informando de que ellos, han hablado por el pasillo y  han fumado en el balcón.
   El padre hospedero presenta a los desconocidos a los viajeros luego de abrazarlos.
   -   Son un matrimonio catalán que traen huéspedes de vez en cuando. Han venido a preparar.
   -   Bueno. También hemos venido a ayudar. Ya sabes que venimos a hacer todo lo que nos mande.
   -   Ya lo sé, mujer, no te preocupes.
   El fraile bendice la mesa y luego comienza a servir el desayuno empezando por el belga, al que parece querer mostrar su afecto privilegiado. Pero el belga no dice una sola palabra, ni tan siquiera agradece el cumplido con gesto alguno. El hospedero mira al viajero y éste le señala con los ojos el vaso del catalán. Una vez que termina de servir a todos, se despide y se va. El viajero curioso comienza a hacer preguntas a los catalanes.
   -   ¿Qué sois de Barcelona?
   La mujer responde con un sí débil y el hombre no añade nada más.
   -   ¿Qué os ha traído por aqui?
   Los catalanes se miran entre ellos y la mujer responde escuetamente:
   -   Traemos gente.
   -   Gente que lo necesita.- añade su marido.
   El viajero siente que no va a sacar demasiada información sobre los negocios de los catalanes y desvía la conversación a la política.
   -    ¿Qué tal el proceso de independencia?
   El hombre lo mira un momento y le responde:
   -    Ya lo han conseguido, luego de años de campaña anticatalana.
   -     ¿Anticatalana?
   -    Todos los poderes del Estado contra Cataluña.
   -    ¿Qué?
   -    Nos han obligado a independizarnos.
   El viajero ni por asomo quiere una discusión política en el monasterio, así que termina la conversación:
   -  ¡ Paz !
   Los catalanes lo miran con antipatía, pero no dicen ni una palabra más. En ese mismo momento llega el abad. Los catalanes le hacen un rato la pelota y luego desaparecen por el pasillo del claustro detrás del belga. El hermano abad sonríe siempre.
   -   ¿No oísteis jaleo ayer?
   Antes de que los viajeros digan algo, el fraile continúa:
   -   Ayer por la tarde nos llegó un grupo de mejicanos, legionarios de Cristo Rey.
   -   Seguro que eran los que nosotros adelantamos que llevaban la bandera.- le interrumpe la mujer.
   -   Han estado armando jaleo toda la noche. Con ellos viene un cura que me ha comentado que son hijos de grandes familias de Méjico, niños más que ricos que no hay quien enderece.
   Al viajero no le entra en la cabeza que estos Legionarios de Cristo, cuyo fundador fue condenado por pederastia continuada, aún sigan dentro de la Iglesia Católica, pero no dice nada.
   -   Le he ofrecido la iglesia al cura, pero me ha dicho que prefiere decir la misa al aire libre. Esperemos que se calmen.
   Los viajeros aprovechan la mañana para dar una vuelta por los alrededores del monasterio y se ponen a andar por una senda bastante poco transitada a la vera de un arroyo. Puestos en la naturaleza, el hombre y la mujer se dedican a mirar mariposas, libélulas, flores y plantas. Apenas de trecho en trecho los rayos del sol penetran en el follaje. El río parece negro, todo parece negro, como si fuera una boca del infierno. Bajan al agua y hacen abluciones de pies y brazos. El agua no está muy fría, pero luego de tan parca caminata el baño completo no les atrae. A la vuelta, al lado de un puente hay una familia de gitanos vestidos de negro. El hombre, con voz ronca, desde su posición tendida bajo un árbol, grita a su mujer que le traiga el mechero. A la entrada del monasterio un pequeño grupo de turistas se prepara para la visita guiada. Los viajeros se unen a ellos. Austeros claustros, inverosímiles bóvedas, tortuosas columnas… Curiosidades que los viajeros contemplan antes de ver la gran iglesia cisterciense del siglo XIII, la única construcción del conjunto monástico que resistió entera a un gran terremoto.
   Entre asistencias a las horas de los frailes y salidas a pasear por la orilla del río pasan los viajeros el día casi sin darse cuenta, impresionados por la soledad, el silencio y la hondura. Cuando vuelven del paseo les espera el abad en la tienda de recuerdos. Entre el viajero y el abad siempre ha habido sintonía espiritual, la misma que ha encontrado con el padre hospedero. Se entienden más allá de las palabras. No juzguéis y no seréis juzgados. Los niños de papás, el belga, los catalanes, los turistas, los gitanos… Sólo Dios sabe. Mientras vuelven juntos a recorrer el monasterio, más que en el arte y la historia que ya conocen, están absortos en el pensamiento de que Oseira sea un centro de paz y de perdón.
   -   Cuando yo llegué al monasterio estos muros de los claustros estaban cubiertos con los cuadros de uno de los frailes, pero cuando me eligieron abad mandé quitarlos todos. El Císter nació austero y así quiero que siga. Mejor que no haya distracciones.
   -   ¿Cómo se lo ha tomado el fraile?
   -   Yo creo que en el próximo capítulo me pondrá bolas negras. ¡Ja, ja! Bueno, ahora os voy a enseñar la biblioteca. Es nueva, y la mayoría de los libros son de intelectuales de la provincia. Nuestra joya es una primera edición de "El Espíritu de las Leyes" de Montesquieu.
    -   La verdad es que no está nada mal.
    -   ¡Vamos, chicos, que llega la hora!
   Los viajeros cenan con la pareja de catalanes y el belga, y asisten a los cantos y lecturas de la hora llamada Completas, con éstos y con los monjes. En un momento, el catalán se dirige al viajero para preguntarle que por qué no habían asistido a las horas de después del mediodía y el viajero le responde que se sienten elevados tanto en el coro como en la naturaleza. Vuelven a la habitación y al poco se duermen en completa oscuridad y silencio.
   A la mañana siguiente, domingo, asisten a la misa. Se colocan los últimos de una fila en la que hay tres jóvenes mejicanos. Los catalanes se colocan en la otra parte del coro. Es alegre la misa y tan corta que cuando se dan cuenta, los frailes están en fila esperando recibir la Comunión. Todos comulgan menos los viajeros.
   Mientras desayunan en el comedor de huéspedes se despiden del belga, de los catalanes y del padre hospedero. Un poco tristes preparan sus bultos y los trasladan a la tienda donde se venden los productos que los frailes elaboran: licores varios y chocolate. El hermano abad sale a despedirlos. Compran licores  y chocolate y pagan su estancia. Mientras la mujer remira por la tienda el hombre fija su mirada en un hombre joven bien vestido con pintas de hombre de mundo. De inmediato se acerca a él y se presenta:
   -   Soy portugués y vengo a internarme en este monasterio. Espero que me atienda el abad.
   -   Que me ha dicho ese joven que quiere entrar.
   -   ¡No te pienses que se lo voy a poner fácil!
   -   ¡Pero si parece un encanto!
   -    De momento hasta octubre no admitimos gente en pruebas. Cuando lleguen las tormentas es cuando quiero yo verlo.
   El abad y el viajero se dan el quinto abrazo. La viajera también lo abraza. Y se despiden con la pena de dejar tan pronto Oseira.
 
 
 
 
 
 
 

 
 
 
 
 
 
 

 
 


 
 
 

sábado, 20 de agosto de 2016

Pontevedra y algunos lugares de la provincia.

   Desayunan bien y barato cerca del hotel, suben al coche y toman rumbo al norte. Atraviesan la ría de Vigo y casi sin darse cuenta se plantan en Pontevedra. Luego de dar un par de vueltas aparcan con facilidad cerca del centro. Cuando el viajero ve por fin la Peregrina, se deja ir. La mujer fija su atención en una calle con soportales. Entran en la pequeña iglesia de las dos torres. Apenas hay turistas. Intentan entrar en otra iglesia pero está cerrada y entonces se deciden a callejear por la parte vieja de la ciudad a la búsqueda de una comida apetecible.
   Todo en Pontevedra parece limpio y elegante a pesar de su antigüedad. Los viajeros acaban en una plazuela en sol y sombra sentados en una mesa del velador de un restaurante. Un amable camarero trae la carta, sencilla y no cara. Piden unos albariños y al instante, otro camarero les sirven dos copas. Un tercero se acerca a la mesa y les recomienda unos mejillones cogidos en su mejor momento. Pasa un mendigo pidiendo, limpio y pulido. Sin apenas espera el primer camarero les trae el plato recomendado.  Éxito clamoroso. Puro sabor de mejillón perfecto. Un diez para este restaurante que bien podría cobrar el triple si estuviera en Madrid o en Barcelona.
   La mujer conectó el GPS y puso la dirección de la casa rural en la que pensaban pasar la noche. Por una carretera con bastante poco tráfico, atravesaron ríos y bosques y bebieron en algunas fuentes. Llegados a un punto giraron hacia el norte por otra carretera aún más estrecha y menos transitada. Pequeñas aldeas y más bosques hasta llegar al pueblo de Cruces, en todo el centro de Galicia, muy cerca de donde se juntan las cuatro provincias de la región. Siguieron adelante en dirección a Arzúa, pero pasados un par de kilómetros volvieron a torcer a la izquierda y llegaron a un pequeño paso en mitad de la nada.
   Por fuera no se parece mucho a la Casa das Obras de Manteigas, pero por dentro es igualmente vetusta, con salones llenos de cuadros y colecciones de artesanías diversas. La señora del pazo resulta ser igual de servicial e igual de enigmática que la de Portugal. Acaso lo más atractivo y curioso es un cuadro con una escena de brujas. Rodeados de bosque, el calor mengua y hasta pueden sentir un airecito fresco. La señora les pinta un plano para llegar al monasterio de Caboeira. Vuelven a Cruces y buscan entre estrechas carreteras la que los lleve al lugar. Se equivocan un par de veces, pero al final, acaban aparcando el coche a las puertas de un monasterio rescatado de la ruina. Nada más entrar hay dos chicas jóvenes cobrando una pequeña entrada. Los viajeros pagan y dan un par de vueltas por las naves del templo cisterciense. Arcos y columnas de diversas facturas, algunos muy poco vistos, como de románico alzado. Frío, oscuro y desangelado. En el tímpano de la puerta principal hay una escena de músicos en piedra.
   No se entretienen mucho porque su interés mayor es bajar al río y meterse en el bosque. Toman un caminito y avanzan alegres y confiados sintiendo la fuerza del lugar. El río se hunde en una pequeña garganta y da pequeños saltos y se detiene en mansas pozas. Cielo azul, bosque verde, aguas negras. Los viajeros miran bajo los pinos y quejigos y encuentran flores únicas, algunas tan minúsculas que asombran. La mujer está obsesionada con los helechos que cubren gran parte del suelo. Atraviesan en puente y comienzan a subir por una senda. En una revuelta encuentran una fuente diminuta. Un hilillo de agua que se arrastra por un montón de piedras verdinosas. El tiempo se ensancha en sensaciones misteriosas.
   En un momento los viajeros escuchan al mismo tiempo el bramido del río y el leve cantar de la fuente. Armonía en la naturaleza a pesar de que a no menos de un kilómetro hay un enorme puente que se encabalga sobre el barranco. Cuando les parece, rehacen su camino y vuelven al monasterio a mirarlo por fuera. El patio principal ya está cerrado al público. Sobre piedras amontonadas toman el sol una decena de hermosos lagartos. La mujer descubre una ruta de árboles, pero el sol está a punto de desaparecer y vuelven a Cruces.
   Se detienen en un bar en el centro del pueblo, al lado del camino a Compostela. El hombre entra y pregunta si tienen algo que comer. El camarero lo mira con una cierta desconfianza. Mira a otro camarero y le dice que sí, que espere fuera. Los viajeros se sientan en una mesa de la terraza. A los cinco minutos llega el camarero con dos medios bocadillos de jamón de York.
   -   ¿Esto es lo que tienen para cenar?
   -   Bueno, pero…. ¿ustedes querían cenar?
   -   Nos ha confundido con unos mendigos, ¿a que sí?
   -   Bueno….
   -   Perdona, entiendo que por las pintas me haya confundido con un peregrino.
   -   ¡Eso!
   Al final, cenaron un plato de choquitos fritos de diez. En el pazo, oscuridad y silencio.
 

jueves, 18 de agosto de 2016

Baiona y Vigo

   Salen de Oporto temprano. La mujer conduce al ritmo de la ciudad, ritmo lento, pero seguro y muy eficaz. Casi sin darse cuenta dejan atrás el aeropuerto y toman la dirección norte por una carretera que no es de peaje. De tiempo en tiempo, huertas dispersas al lado de ríos. Y sobre todo eucaliptos, bosques de eucaliptos a derecha y a izquierda. Se detienen a tomar un café en un pueblecito al lado del mar.
   Tienen intención de comer en Baiona, por un interés puramente mitológico del viajero que había comenzado el año en la Rábida, en Huelva, de donde salieran las tres carabelas de Colón. Ahora quería cerrar el círculo estando en el lugar al que arribó de vuelta la Pinta, la segunda de las carabelas. Se desvían por una carretera a la izquierda luego de cruzar el bello río Miño.
   Baiona es un pueblo turístico en un enclave natural muy distinguido, con las islas Cíes al norte. Ya que están y dicen que en Galicia se puede comer marisco a buen precio, se ponen a buscar un restaurantes por una calle en la que abundan. No dan una docena de pasos sin que les inviten a pasar a unos y a otros. Al final se dejan convencer por la labia de una sudamericana y entran a un local inmenso donde apenas hay tres o cuatro mesas ocupadas. Un fiasco, porque la mariscada no tiene marisco y les cobran como si tuviera. De no muy buen humor, se dirigen a Vigo.
   El calor y la humedad pican. Llegan a su hotel en las afueras y luego de descansar un poco salen a ver la parte antigua de la ciudad. Toman un autobús y se paran cerca del puerto. Callejean por un barrio antiguo, con iglesias antiguas, plazas antiguas, gentes antiguas. Hay una boda en un templo y una gran aglomeración de gente de tiros largos. Vigo es una ciudad grande, con un puerto de dimensiones considerables.
   -   No es Oakland- dice la mujer.
   -   Ni Marsella- remacha el hombre.
   -   No estoy para andar mucho.
   -   Pues yo quiero subir a Castro.
   -   Lo intentaremos.
   Cuando están a mitad de camino, en la esquina de una calle empinada, se topan con un museo de arte y deciden entrar. Es gratuito y está bien guardado. Como no esperaban mirar arte tampoco se llevan ninguna sorpresa al no encontrarlo. Seguramente el buen arte gallego moderno esté fuera de Galicia.
Luego de subir y seguir subiendo llegan al pie del Castro. Atraviesan una avenida al sol picante y se meten en un parque jardín.
   La pareja comienza a subir con lentitud por las escalinatas. Pronto se dan cuenta de que hay árboles que no conocen y como siempre los contemplan con curiosidad. Las escaleras parece que no se acaban, pero a trechos hay plazas y miradores que los distraen. Cuando por fin penetran en el recinto de lo que fuera un fuerte militar, y ven el último mirador a pocos pasos, se relajan.
   Antes de acceder al punto más alto, se abstraen un rato mirando las ranas del estanque y los árboles de los alrededores. Dos o tres parejas se hacen fotos. Cuando por fin suben el último peldaño y ven el panorama a los pies, solo les falta dar un grito de admiración. Al oeste, el Morrazo, con sus pueblecitos, y al sur, cerrando la ancha ría, las islas Cíes.
   Aún falta una hora para que el sol desaparezca en el horizonte y los viajeros no quieren irse del lugar sin ver atardecer, así que vuelven a la plaza y comienzan a dar vueltas. De pronto el hombre se fija en otro hombre que intenta hacer una foto a una mariposa. Se acerca a él y comienzan una conversación. La mujer no tarda en acercarse a ellos.
   El fotógrafo va vestido con mucha sencillez, es delgado y parece gozar de muy buena salud. Está empeñado en que somos muchos en el mundo y que ese es el problema. Al viajero no le extraña que piense así luego de ver la aglomeración humana de la ría de Vigo. No rebate su opinión y sigue escuchando. El hombre de la cámara de fotos lleva cuatro años sin ver la televisión, ni escuchar la radio, ni leer un periódico. Dice que no hace ni una semana que se enteró de que en España hay dos reyes. Dice que mientras no haya un partido que acabe con el sistema actual no habrá cambio ninguno. El hombre sólo ha pasado fuera de Vigo tres años de su vida, cuando estuvo de cabo rojo en la Marina. Y como el mundo es un pañuelo en la misma escuadrilla de barcos que el hermano mayor del viajero.
   Suben juntos los tres a sacar fotos del atardecer. El fotógrafo ha hecho miles de fotos desde este lugar y busca su personal visión del panorama. Cuando el sol desaparece en el horizonte, se despiden y los viajeros bajan de nuevo a la ciudad, al barrio viejo. Acaban en una terracilla estrecha en una mesa sosa, junto a una pareja de catalán y catalana que acaban de aterrizar en Peinador. No tienen muchas ganas de hablar, así que comen pulpo y beben albariño y luego toman un taxi y se van al hotel.

lunes, 15 de agosto de 2016

Oporto 2


   Oporto puede llegar a resultar una ciudad dura. El calor, la humedad, las largas cuestas y las empinadas escaleras… Media docena de turistas hacen fotos en la misma calle perdida de un barrio bajo. Para no perder la costumbre el Museo de Arte Sacro está cerrado. Por suerte para los viajeros, la vista del Duero desde un mirador alto a la sombra les reconforta de sus esfuerzos. La mujer trata de hablar en japonés con una pareja de nipones. Le cuesta un ímprobo esfuerzo hacerse entender, pero se siente pagada con la enorme sonrisa en la cara de sus interlocutores. Por un momento la mujer se siente de todas partes.
   A la mañana siguiente comienzan a bajar temprano hacia el río Duero. La pendiente es cada vez más acusada y tienen precaución para no resbalar. Cuando la cuesta se hace demasiado resbaladiza, se topan con la estación un tren que  les lleva hasta la otra orilla del río. Pagan y bajan como si fueran en una atracción de feria. El trenecillo los deja justo donde están las bodegas, en la parte baja de otra ciudad que se llama Vila Nova de Gaia. 
   Como aún no han abierto las bodegas, los viajeros se entretienen dando vueltas y contemplando las góndolas para el transporte de los barriles de vino. Un aroma entre acre y dulce flota en el ambiente. El agua pasa perezosa a unirse con el océano. Desde donde están, Oporto podría tener una vista excelsa, porque los edificios son grandes y bien ordenados con su gran iglesia encima, pero los colores de las paredes han desaparecido y todo parece abandonado al tiempo. ¡Ay, Portugal!
   El viajero elige entrar en la bodega de Sandeman, porque conoce su icono desde que era niñito. El hombre de la capa y el sombrero negros que se veía en las carreteras andaluzas tanto o más que el toro de Osborne. Capa negra de tuno portugués y sombrero cordobés. Una chica simpática les explica la historia de la bodega y de sus vinos. Es una bodega sencilla, no muy grande, pero muy ordenada y muy limpia. El vino de Oporto es un vino que se saca de unas uvas que crecen en lomas junto al río Duero sesenta o setenta kilómetros al este. Viñedos perfectamente cuidados y seleccionados. El oporto es dulce y es ácido, en una combinación única. De veinte personas que hacen la cata, a la mitad no les gusta. Los viajeros no están entre ellos.
   Oporto es una ciudad de un cuarto de millón de habitantes, pero cuya área metropolitana alcanza los dos millones y medio. Remozada y cuidada podría atraer mucho más turismo. 

sábado, 13 de agosto de 2016

Oporto 1

   De Coimbra a Oporto, pequeñas fincas agrícolas, bosques de eucaliptos y población dispersa. La reserva natural de las dunas de san Jacinto queda a pocos kilómetros, pero los viajeros no se detienen, aspirados por la atracción de Oporto. No lo tienen fácil para aparcar y acaban dejando el coche en un parking y luego trasladan los bultos al hotel. Calor húmedo pegajoso. En una primera impresión, Oporto es una ciudad bulliciosa y desordenada. Aún más avejentada que Coimbra. Como no tienen planes dejan el hotel y se adentran por calles comerciales donde pasea gente. Terrazas de restaurantes en mitad de la calle. Turistas perdidos.
   Luego de comer y descansar un rato, con todo el calorazo se echan a la calle a la búsqueda de la catedral. Se orientan con facilidad y al poco de dejar atrás la gran plaza de Oporto, digna de cualquier ciudad europea de postín, suben a la catedral. En la entrada, el viajero escucha una voz en español. Se vuelve y ve a un hombre joven con la mano extendida y le dice: - Adiós, sevillano.
   La catedral es como todas las que han visto de estilo románico y gótico, con añadidos renacentistas, manuelinos y barrocos. Compacta. No hay mucho turismo. Hermosas capillas, atractivo claustro, silenciosas y oscuras naves. Una familia de gitanos llama en la sacristía y les sale a abrir un cura con una gran sonrisa, como un abuelo que recibiera a sus hijas y nietos.
   El mendigo español se lanza sobre el viajero nada más salir por la misma puerta.
   -   ¿Cómo me has conocido?
   -   He vivido en Sevilla capital cinco años.
   -   ¿No me digas? Yo me he criado en Torreblanca.
   -   Yo viví tres meses en Torreblanca antes de que tú nacieras.
   -    La verdad es que estaba más tiempo con mi abuela que vivía en San Bernardo.
   Al final el viajero acaba enterándose de que su paisano ha sido heroinómano durante muchos años, que había estado en Galicia y que gracias a unos curas ahora estaba en Oporto. Los viajeros hacen intención de seguir su marcha, pero Juan quiere contarle su última anécdota.
   -   El otro día estaba yo en esta misma puerta cuando escucho hablar en español. Hay un revoltillo de gente y le pregunto al primero que veo por lo que pasa. Resulta que era un escritor famoso, un académico de la lengua española.
   -    Muñoz Molina.
   -    Sí, ese era. Algo tiene que ver con Oporto porque parece que viene mucho.
   -    ¿Y qué pasó?
   -    Me acerco a él y no se me ocurre que decirle, pero me acuerdo de haber oído a alguien algo de Manolito Gafotas y voy y le digo que he leído su libro. Luego me entero de que lo había escrito su mujer. Buena gente, me dio una buena limosna.
   Los viajeros comenzaban a sentirse felices en Oporto. Animados bajaron a un mirador donde grupos numerosos de jóvenes se sentaban a esperar el atardecer tomando la cerveza de moda. Ambiente de relax. El río Duero baja manso a sus pies y en la distancia sobre una loma un barrio viejo de la ciudad, de casas sin pintar, oscuras y tristes. El barrio por el que deambulan es barato y ameno. Compran en un establecimiento sencillo media docena de especialidades portuguesas y no pagan ni diez euros. Se las comen en el hotel con buen gusto y vuelven a ver la noche de Oporto.
   En la puerta tienen una iglesia manuelina afeada por el tiempo y una plaza no pequeña. Pasa muy poca gente, algún negro. Tuercen a la derecha por una calle débilmente iluminada. Y se orientan sin saber cómo hacia una esquina en una placita. En la oscuridad, como en un globo de luz se puede ver a la gente más guapa de la ciudad. Caras sonrientes, cuerpos esbeltos, ropas caras, elegancia y distinción, gente de mundo. Un poco más allá en otro globo de luz varias otras terrazas en medio de una oscuridad aún mayor.
   Luego de sentir por un buen rato el silencio y la oscuridad sentados frente a un parque, la pareja vuelve por sus pasos hasta el lugar de la gente guapa y luego se dirige a la calle mejor iluminada. Pronto se sienten en el bullicio. Restaurantes con muy buenas pintas se ofrecen a muy buenos precios. Están llenos. La calle termina en la plaza de la iglesia manuelina. Hay una heladería en una esquina. Una familia de gitanos está comandando, y detrás una familia de hindúes espera turno. Veinte personas como poco. La pareja entra en el hotel.                                                                                                            

jueves, 11 de agosto de 2016

Coimbra 2

   Coimbra fue la primera capital de Portugal y en ella nacieron sus primeros reyes, pero sus piedras fundacionales las pusieron los romanos. Visigodos y árabes también añadieron las suyas. El edificio más interesante de la ciudad es la Sé Vella, la Catedral Vieja, construida en estilo románico en los siglos XII y XIII. Una iglesia fortaleza con el añadido de un claustro por el que debieron deambular monjes soldados. La decoración interior del templo es acopio de quinientos años. Retablos, esculturas, capillas, cuadros… Pequeñas joyas de artesanos portugueses, franceses, flamencos y españoles, en piedra y en madera, en lienzos y paredes. gótico, renacimiento y manuelino. Los viajeros se divierten. El claustro es pequeño, pero la variedad de los rosetones y columnas de sus arcos góticos iguales, lo hace intenso. En lo poco, lo mucho. Al fondo se abren capillas que conservan tumbas de los más viejos   prohombres de Coimbra. Entre ellas la del judío Sesnando, que logró en el siglo XI que cristianos, musulmanes y judíos conviviesen en paz en Coimbra.
   Los viajeros vuelven a subir por las estrechas, retorcidas y empinadas calles de la parte vieja de la ciudad hasta la Universidad. Sin dilaciones entran en una gran plaza, abierta al este, desde la que se contempla el río Mondego. Una plaza anodina. Como aún no es hora de entrar en los edificios turísticos se dan una vuelta por el claustro de la universidad en el que grupos de estudiantes se preparan para exámenes. Zócalos con cerámicas. Sobriedad en el conjunto. Como aún no es hora de entrar, vuelven a salir de la gran plaza y se dan una vuelta y se entretienen viendo y escuchando a una gran tuna de estudiantes revestidos con sus capas negras hasta los pies, elegantes y distinguidos.
   El conjunto monumental es bastante caótico, con construcciones de muy diversas épocas, predominando las de lo siglos XVI, XVII y XVIII. Apenas les dejan ver la capilla real y  nada de fotos. Parece algo irreal, fuera de este mundo. Se pierde la sensación de espacio y de tiempo. Mudos y absortos y con la boca abierta. Única.
   Apenas miran la fachada manuelina de un palacio junto a la capilla, afectados aún por la impresión. Luego entran en la biblioteca joanina en el palacio de la torre. Hermosa obra digna de la ciudad más culta de Portugal. Luego suben a las azoteas más altas a contemplar Coimbra a vista de pájaro. Ventea aire cálido.
   Para terminar visitan las mazmorras, la parte más antigua del palacio, en la que se exponen documentos y dibujos sobre la historia de Portugal. Los viajeros no salen de su asombro al conocer la obra de los portugueses en medio mundo. De Brasil a Japón, de la India a Mozambique, de China a Timor. El primer japonés que arribó a Europa, lo hizo a Lisboa.
   Sin hablar, los viajeros vuelven a bajar las viejas calles. Sobre las paredes descuidadas de las casas alguien ha escrito un largo párrafo de Chomsky sobre la propaganda. Los vecinos han adornado las calles oscuras y abandonadas con cadenas de pañitos de lana de las más diversas formas y colores. Algo entre naif y kitsch.
   Entran y salen los viajeros de tiendas de artesanías diversas, sorprendidos por la creatividad que expresan. Los creativos de Coimbra conciben su ciudad como ideal, y en sus obras la visten con todos los colores del arco iris, como si fuera un Burano construido en una loma. Definitivamente, Coimbra es una ciudad que bien merecería ser considerada patrimonio de la humanidad si no lo es ya. Portugal necesita un remozado general y no estaría mal que fuera Coimbra la primera ciudad que lo hiciera. Por grande que fuera la inversión, el turismo la acabaría pagando con creces.
   El viajero recuerda a su amigo muerto y no quiere abandonar Coimbra sin pasear por su Jardín Botánico. Está en la parte baja de la Universidad y es gratuito. Está muy abandonado, y apenas si la pareja se encuentra con otra pareja de jóvenes, que discuten en la penumbra de la arboleda. La chica da patadas y puñetazos al chico y que se defiende sin mucha dificultad. Ella grita una y otra vez el mismo insulto, en portugués, hijo de puta. Cuando el chico hace intención de separarse, la chica lo persigue con sus improperios, sus patadas y sus manotazos. Los viajeros contemplan la escena sin intervenir. Al final ambos se sientan bajo un árbol a unos veinte metros de distancia. Ella llora tapándose la cara con las manos en postura fetal. Él parece estar sufriendo también, mientras la mira de reojo en la distancia.
   Cuando todo parece calmado, los viajeros se detienen junto a una fuente en la que croan ranas y nadan peces en un estanque. Una libélula gigante, verde, de alas transparentes va y viene exhibiendo su singular belleza. El viajero no puede creer que está en el jardín que tantas veces le recomendara su amigo muerto. Sin duda un jardín especial, en el que lucen árboles raros y añosos y para recordar su pasada relación con China y Japón, también alberga un bosquecillo de bambúes.
   La pareja atraviesa el puente sobre el Mondego que les lleva a la orilla donde se levanta el monasterio de las Claras. El calor da latigazos y encima ya han cerrado. Por fuera parece uno de tantos monasterios románicos que se reparten por toda Europa, pero los portugueses le tienen en gran estima porque fue rescatado de una gran ríada. Dejan atrás una feria de atracciones para niños y contemplan una fuente que acaban de inaugurar que surte del mismo río. Algo muy sencillo, pero es un primer paso. Vuelven a la calle principal y acaban otra vez en la misma plaza céntrica. Hay anunciada una exhibición de bailes de diversos países hijos de Portugal. De especial relevancia los bailes de Timor. Una cincuentena de hombres y mujeres de todas las edades, estaturas y pesos, vestidos con sus trajes tradicionales, imitando la vida diaria. Apenas hay trescientas personas disfrutando de un espectáculo gratuito que en cualquier otra ciudad sería caro.
   Pringando de saudade los viajeros toman camino de Oporto.
 

 

miércoles, 10 de agosto de 2016

Coimbra 1

   A la mañana siguiente, los viajeros se despiden de su casera que se dispone a viajar a Oporto donde tiene a su padre enfermo y toman el camino hacia Seia. Dejan atrás el desvío corto y se adentran en la sierra por una carretera que sube, baja y serpentea por las umbrías. Circulan despacio mientras en sus mentes se confunden confunden las filas de bicicletas con las de coches tocando el claxon porque Portugal ha ganado la copa de Europa de fútbol. Hubiesen deseado que la travesía por las montañas hubiese sido más larga. Sin darse ni cuenta llegan a lo más alto y comienzan a bajar hacia el pueblo de Seia, mucho más grande y moderno de lo que esperan. Se detienen a tomar un café, y mientras la mujer se detiene a ver un escaparate, al hombre se le acerca otro hombre que le empieza a hablar en portugués. Cuando menos se lo espera le dice que él acostumbra a ir mucho a Ciudad Rodrigo de putas.     La mujer se une a los hombres y juntos entran en una cafetería limpia y curiosa. El portugués se pone a hablar con la mujer. Resulta que trabaja como matemático en un organismo del estado y que es aficionado a los idiomas. Habla con la mujer en inglés. Al final paga las consumiciones y se despiden.
   - ¿Qué te ha parecido ese hombre?
   - Se acercaba demasiado a mí. No me ha gustado nada.
   Vuelven al coche y tiran para Coimbra. El paisaje ha cambiado considerablemente, pero los viajeros tienen ya la mente en la ciudad en la que desemboca el río Mondego. El GPS les lleva a una plaza con mucho tráfico. Ven el hotel, pero no pueden aparcar. Un gorrilla sale en su ayuda y los orienta a un sitio donde dejan el coche. Llevan los bultos al hotel y hablan con la recepcionista que les indica un parking cercano. Aparcan y se meten en el primer restaurante que encuentran lleno de gente. Buen servicio y buen precio para una comida sencilla pero sustanciosa. Un poco cansados, vuelven al hotel y se acuestan un rato.
   Coimbra es ciudad encumbrada, tanto en lo geográfico, cuanto en lo histórico. De origen pre-romano,   no hubo civilización peninsular que no la alcanzara. Desde el siglo XIII disputa con Lisboa sobre cual de las dos ciudades es la sede de la más vieja de las Universidades de Portugal.
   Los viajeros están ansiosos de pasear por Coimbra. Para hacer piernas primero se dan un paseo por la calle del Comercio hasta Santa María la Real, un templo gótico no demasiado lucido, pero que se encuentra en una plaza en todo el centro de la parte baja de la ciudad. A pesar de las reticencias de la mujer, a la que se le empiezan a hinchar los tendones de Aquiles, emprenden juntos la subida hasta lo más alto. Callejean siempre cuesta arriba un barrio que fuera judío, cristiano y musulmán. Poca gente. Acaban en la gran plaza que da entrada a la Universidad. Por aquí y por allá, las pretenciosas esculturas de granito de los tiempos de Salazar, están ennegrecidas en gran parte y dan una impresión de irrealidad. Como ya es tarde y no venden entradas para entrar en el complejo universitario, vuelven por el mismo camino y entran en un local en el que venden cerámica pintada. Y comienzan a hablar con la dueña y luego con el dueño. Es curioso como sin necesidad de traducción alguna se entienden hablando unos portugués y otros español. El dueño les muestra el taller de pintura donde tres pintores copian estampas bucólicas de la ciudad.
   -    Llevo en esto más de cincuenta años.
   -    Me parece una obra muy destacada, muy pulida.
   -    Nosotros lo hacemos todo. El horno lo tenemos en otro sitio, pero el resto del trabajo está aquí.
   -    ¿Le gusta su trabajo?
   -     Si no me hubiese gustado no lo hubiese hecho toda la vida.
   -     Esa es la perfección.
   Mientras tanto las mujeres hablan entre ellas sobre el origen del mantel más popular de Coimbra, estampado con frases de amor. Eran como cartas en las que las mujeres que recién habían aprendido a escribir decían a sus enamorados lo que los querían y lo que los añoraban.
   Cuando salen de la tienda taller de cerámica, se dan de bruces con la catedral vieja, la Sé Vella de Coimbra. Lleno de entusiasmo, el hombre se acerca a mirarla y remirarla por fuera y a enterarse de cuando se puede entrar a verla por dentro. Sólida y compacta, oscura, de apariencia perfecta.
   Anoche, los viajeros cenan en una terracita en mitad de una cuesta bacalao para no perder la costumbre. Luego se recogen en el hotel y se duermen escuchando el discurso del presidente portugués a propósito del éxito en el campeonato de Europa de fútbol. Es el discurso de un hombre bueno, que mira al futuro con intención pura. Un chute de ánimo para una nación que no quiere seguir siendo la última.
 

 
 

lunes, 8 de agosto de 2016

Planes frustrados

   A la mañana siguiente, mientras desayunan en el viejo comedor de la Casa, hablan con una pareja de profesores portugueses sobre Literatura Ibérica. Cervantes y Camoens como referencias.
   -    Ni el uno se lee en España ni el otro en Portugal.
   -    Pues no saben lo que se pierden. Camoens está por redescubrir. "Os Lusiadas" es la epopeya más brillante que se haya escrito después de las clásicas. Yo pienso que es incluso superior.
   La profesora niega con la cabeza.
   -    Los portugueses sois demasiado humildes. No sabéis lo que tenéis. ¿Que me decís de Torga?
   -    Preferimos a Saramago.
   -    Para mí Torga es uno de los mejores escritores europeos del siglo XX.
   -    No es para tanto.
   -    Nos dirigimos pasado mañana a Coimbra. ¿Que es lo que no podemos dejarnos sin ver?
   -    La catedral vieja y el convento de las Claras.
   Los viajeros vuelven a su habitación y luego bajan al pueblo a comprar pan, fruta y fiambre. Cuando van a cruzar la carretera principal ven gente agolpada en las cunetas. Pasa una carrera ciclista. La mujer conduce un par de kilómetros entre grupos de bicicletas hasta que es detenida por unas chicas de la organización de la carrera que parece infinita. Desperdigados, los ciclistas pedalean cuesta arriba exhibiendo los llamativos colores de sus camisetas. Los hay de todas las edades, hombres y mujeres. Uno de ellos se mete bajo una cascada con la ropa y los zapatos puestos. El sol araña.
   Los viajeros se desaniman cuando se enteran de que hasta las tres de la tarde está previsto que la carretera esté cerrada al tráfico de vehículos a motor que no sean de la organización. Han aparcado junto a un criadero de truchas con sobra y agua cerca, pero el hombre no puede parar quieto bajo los árboles mirando pasar ciclistas y se dirige al sol para hacer el camino hacia Fuente Santa. La mujer le sigue refunfuñando. Al principio el caminito parece fácil de seguir, pero al poco se convierte en una senda en parte tapado por zarzas y espinos. El sol araña aún con más inquina. La mujer se para un momento bajo la sombra de un árbol. El hombre, que la precede en unos doscientos metros rehace el camino para animarla a seguir. Ha pasado poco más de media hora cuando los caminantes se dan de bruces con la carretera y ni rastro de Fuente Santa.
   Los ciclistas siguen cuesta arriba y en algún momento, entre ellos, pasan un par de coches. Cuesta abajo y a la sombrita, en diez minutos la pareja vuelve a estar al lado de su vehículo. Sin dudarlo, la mujer se echa a la carretera y tira cuesta arriba hasta que pasados un par de kilómetros, un policía les desvía por la carretera que conduce al Salto de Satanás. Conduce durante unos pocos minutos y detiene el coche junto a la primera caída de agua que encuentra. En la parte alta de la ladera hay dos personas comiendo junto a una fuente. Los viajeros se acercan a ellos y los saludan.
   Al poco, las cuatro personas hablan como si fueran vecinos de toda la vida. De pronto, el portugués se acerca a los viajeros y les ofrece una tartera de plástico. El hombre mira curioso, mientras la mujer hace un mohín de rechazo.
   -    ¿Qué es?
   -    Feijaos.
   El forastero, con alegría no fingida, toma una cuchara de plástico que le ofrece el aborigen y coge un par de judiones y se los mete en la boca. Les parecen tiernos y finos, parecidos a los de Sepúlveda. Nada más sentir su gusto, da las gracias varias veces a la hospitalaria pareja. El viajero se ríe por dentro pensando en lo que siente su compañera que mira con atención el contenido del recipiente en el que además de judiones hay trozos de oreja y caserías varias.
   -   ¡Come, mujer! ¡Está buenísimo!
   Los portugueses no dejan de atender a sus huéspedes y les ofrecen una botella de vino, de la que el viajero bebe con fruición. La viajera, venciendo sus prejuicios acaba sumándose a la colación. Luego de un rato de preguntas y respuestas, los forasteros se enteran de que sus amables compañeros están en la mitad de la cincuentena y que son abuelos. También que viven en un pueblo a treinta kilómetros al sur. El hombre tiene media docena de vacas y un huerto y la mujer trabaja en una fábrica. No han pasado nunca la raya de España y de su Beira natal no han salido más que a Castelo Branco y a Lisboa.
   Cuando acaban de comer y beber, los portugueses se despiden y se dirigen a su coche que está aparcado cerca. Los viajeros toman la carretera y se ponen a andar. La arboleda los libra de las garras de sol. No muy lejos se topan con un riachuelo y se dirigen a él. Libélulas singulares revolotean sobre la corriente y a ratos se detienen sobre las piedras o las yerbas. Hay cerca una fuente y a ella se acercan para beber. En una media ladera, hay una huerta que riegan unos aspersores. El resto es monte de pinos, rebollos y caducifolios varios. Suben junto a la corriente hasta una enorme piedra redonda. Entre los arboles se puede ver una pequeña cascada saltar entre el pedregal.
   Cuando se hartan de meter los pies en el agua vuelven a la carretera y rehacen el camino hasta el coche. Se cruzan con un joven excursionista holandés que mira un GPS y se dirige directamente al pueblo por un atajo. Vuelve la mujer al volante y al poco están en la intersección de las dos carreteras. Los ciclistas han acabado de pasar y nadie les impide dirigirse a Manteigas. De pronto, el hombre dice a la mujer que pare, porque ha visto un cartel de Fuente Santa. Bajan del coche y justo al lado de la carretera hay una fuentecilla que casi no se ve. El hombre toma una botella y la llena del chorrito que cae. Luego la prueba y la escupe.
   -   ¡Sabe a huevos podridos!
   -   ¡Vaya!
   -   ¡Pues eso!
   Sin más dilaciones, la pareja vuelve a la Casa das Obras, se ponen los bañadores y bajan a tomar los últimos rayos de sol en el jardín de enfrente. Cuando comienzan a salir las estrellas, se suben a su habitación, cenan lo que llevaban para el mediodía y contemplan un rato el valle glaciar del río Zézere más allá de las luces del pueblo. A lo lejos una gran cruz iluminada. Los viajeros se acuestan dando gracias.