jueves, 18 de agosto de 2016

Baiona y Vigo

   Salen de Oporto temprano. La mujer conduce al ritmo de la ciudad, ritmo lento, pero seguro y muy eficaz. Casi sin darse cuenta dejan atrás el aeropuerto y toman la dirección norte por una carretera que no es de peaje. De tiempo en tiempo, huertas dispersas al lado de ríos. Y sobre todo eucaliptos, bosques de eucaliptos a derecha y a izquierda. Se detienen a tomar un café en un pueblecito al lado del mar.
   Tienen intención de comer en Baiona, por un interés puramente mitológico del viajero que había comenzado el año en la Rábida, en Huelva, de donde salieran las tres carabelas de Colón. Ahora quería cerrar el círculo estando en el lugar al que arribó de vuelta la Pinta, la segunda de las carabelas. Se desvían por una carretera a la izquierda luego de cruzar el bello río Miño.
   Baiona es un pueblo turístico en un enclave natural muy distinguido, con las islas Cíes al norte. Ya que están y dicen que en Galicia se puede comer marisco a buen precio, se ponen a buscar un restaurantes por una calle en la que abundan. No dan una docena de pasos sin que les inviten a pasar a unos y a otros. Al final se dejan convencer por la labia de una sudamericana y entran a un local inmenso donde apenas hay tres o cuatro mesas ocupadas. Un fiasco, porque la mariscada no tiene marisco y les cobran como si tuviera. De no muy buen humor, se dirigen a Vigo.
   El calor y la humedad pican. Llegan a su hotel en las afueras y luego de descansar un poco salen a ver la parte antigua de la ciudad. Toman un autobús y se paran cerca del puerto. Callejean por un barrio antiguo, con iglesias antiguas, plazas antiguas, gentes antiguas. Hay una boda en un templo y una gran aglomeración de gente de tiros largos. Vigo es una ciudad grande, con un puerto de dimensiones considerables.
   -   No es Oakland- dice la mujer.
   -   Ni Marsella- remacha el hombre.
   -   No estoy para andar mucho.
   -   Pues yo quiero subir a Castro.
   -   Lo intentaremos.
   Cuando están a mitad de camino, en la esquina de una calle empinada, se topan con un museo de arte y deciden entrar. Es gratuito y está bien guardado. Como no esperaban mirar arte tampoco se llevan ninguna sorpresa al no encontrarlo. Seguramente el buen arte gallego moderno esté fuera de Galicia.
Luego de subir y seguir subiendo llegan al pie del Castro. Atraviesan una avenida al sol picante y se meten en un parque jardín.
   La pareja comienza a subir con lentitud por las escalinatas. Pronto se dan cuenta de que hay árboles que no conocen y como siempre los contemplan con curiosidad. Las escaleras parece que no se acaban, pero a trechos hay plazas y miradores que los distraen. Cuando por fin penetran en el recinto de lo que fuera un fuerte militar, y ven el último mirador a pocos pasos, se relajan.
   Antes de acceder al punto más alto, se abstraen un rato mirando las ranas del estanque y los árboles de los alrededores. Dos o tres parejas se hacen fotos. Cuando por fin suben el último peldaño y ven el panorama a los pies, solo les falta dar un grito de admiración. Al oeste, el Morrazo, con sus pueblecitos, y al sur, cerrando la ancha ría, las islas Cíes.
   Aún falta una hora para que el sol desaparezca en el horizonte y los viajeros no quieren irse del lugar sin ver atardecer, así que vuelven a la plaza y comienzan a dar vueltas. De pronto el hombre se fija en otro hombre que intenta hacer una foto a una mariposa. Se acerca a él y comienzan una conversación. La mujer no tarda en acercarse a ellos.
   El fotógrafo va vestido con mucha sencillez, es delgado y parece gozar de muy buena salud. Está empeñado en que somos muchos en el mundo y que ese es el problema. Al viajero no le extraña que piense así luego de ver la aglomeración humana de la ría de Vigo. No rebate su opinión y sigue escuchando. El hombre de la cámara de fotos lleva cuatro años sin ver la televisión, ni escuchar la radio, ni leer un periódico. Dice que no hace ni una semana que se enteró de que en España hay dos reyes. Dice que mientras no haya un partido que acabe con el sistema actual no habrá cambio ninguno. El hombre sólo ha pasado fuera de Vigo tres años de su vida, cuando estuvo de cabo rojo en la Marina. Y como el mundo es un pañuelo en la misma escuadrilla de barcos que el hermano mayor del viajero.
   Suben juntos los tres a sacar fotos del atardecer. El fotógrafo ha hecho miles de fotos desde este lugar y busca su personal visión del panorama. Cuando el sol desaparece en el horizonte, se despiden y los viajeros bajan de nuevo a la ciudad, al barrio viejo. Acaban en una terracilla estrecha en una mesa sosa, junto a una pareja de catalán y catalana que acaban de aterrizar en Peinador. No tienen muchas ganas de hablar, así que comen pulpo y beben albariño y luego toman un taxi y se van al hotel.

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