jueves, 17 de enero de 2013

El valor de la vida

    Cada tiempo contiene acción de gracias y arrepentimiento. Es la señal marcada en el corazón del sumiso aprendiz.
   Hay que decir y repetir hasta que se sepa, que no hay cambio económico, social y político, sin un cambio ideológico, y que este cambio ideológico se sustenta en el centro del corazón de los seres humanos.
   Mientras tanto, todos los debates sobre el futuro de la Humanidad en la Tierra serán estériles. Con la dureza del corazón sólo concuerdan ideas secas, políticas opresivas, sociedades injustas y economías depredadoras.
   Aunque a los avisados parezca obvio y a los insensibles ñoño, no hay dos fines humanos más perentorios que el fin del hambre y el fín de las guerras. No hay valor más sagrado que la vida, que esta vida, de acuerdo con el sabio sufi que dijo: "Una hora en esta vida tienen más valor que un millón de años en las otras". No hay motivo que justifique la muerte prematura de los seres humanos.
   Mientras haya hambrunas, todas las riquezas de todos los templos de todas las religiones, de todas las bancas, de todas las naciones, serán riquezas podridas.
   Nada hay para un humano más valioso que la vida humana. Y no hay manera de conservarla con salud y contento, si no hay amor, paz, justicia y armonía en el corazón humano.
 
   Sin una aspiración alta y profunda a la realización de una Humanidad cada vez más feliz, más sabia y más perfecta, los seres humanos chapotearán en las aguas hediondas y podridas de las enfermedades, las injusticias, las guerras, la escasez, el miedo, el desamor y la falta de fe.
   La ética, la moral y la ideología basadas en la fama, en la codicia, el el lujo, en la violencia, en la envidia y en la inanidad no conducen a paraíso alguno.
   Los seres humanos tienen la facultad de aspirar a la universalidad de la salud, la paz y la armonía, y también de sumirse en la enfermedad, la guerra y el caos.