Dos mil años en la historia de la humanidad. Nació pobre y se hizo rica. Por el camino, diez de los doce primeros apóstoles asesinados cruelmente, y tras ellos decenas de miles de mártires masacrados para solaz de la Roma mas corrupta. La fe en un dios hecho hombre que había muerto en una cruz para salvar a la humanidad entera les había dado fuerzas para ir cantando hacia la misma pasión y muerte que su maestro. Esa fe, acompañada de la esperanza en un inminente Juicio Final y en un amor fraterno inconmensurable.
Acabadas las persecuciones, los emperadores romanos terminaron aceptando el cristianismo como religión del Imperio. La iglesia aún no es iglesia, sino iglesias: Roma, Constantinopla, Cartago, Éfeso, Corinto, Atenas, Zaragoza, Jerusalem... Cada una con su obispo, sus clérigos y sus feligreses. Aunque les unía la misma fe en Jesucristo tenían entre ellas múltiples diferencias en lo teológico, en lo ético y en lo moral. No sería ninguno de los obispos de estas ciudades el que escogería el emperador Constantino como consejero sino al cordobés Osio que consiguió de su patrón una ley que permitía liberar esclavos a las iglesias del imperio.
Osio es el máximo valedor de la unidad de las iglesias y el que redacta el Credo aprobado por el primer concilio de Nicea, convocado por San Dámaso, que tenía por amanuense a San Jerónimo, que fue el primer cristiano que tradujo la Biblia al griego. Osio intenta calmar los ánimos de las dos grandes facciones que representan dos teologías. No es para nada edificante ver darse de puñaladas en Alejandría a los seguidores de Arrio y a los de san Atanasio. Los antiguos oficios sacerdotales del imperio desaparecen y sus oficiantes buscan acomodo en la nueva iglesia.
Entre la caída del último emperador romano y la expansión del Islam, la Iglesia, concilio tras concilio, va afianzando su doctrina, contra los restos gnósticos, maniqueístas, pelagianos, priscilianistas, arrianos y otras sectas menores. El credo de Nicea no se impuso con mansedumbre, al contrario, los herejes son perseguidos y eliminados violentamente. San Agustín, antiguo maniqueo, convierte el cristianismo en una religión fatalista marcada por el pecado original. La religión de Jesús en este punto ya ha sido vestida con ropas que le son ajenas.
Olvidada la promesa de la inminente llegada del final de los tiempos, los cristianos más cercanos al ideal evangélico se retiran a lugares apartados, primero como ermitaños, más tarde como cenobitas y al fin, con San Benito de Nursia, como monásticos. La importancia religiosa, política, económica y social de los monasterios cristianos es extraordinaria. En ellos se deposita toda la cultura de su tiempo. Los monasterios son como pueblos autosuficientes que disponen de todo lo necesario para vivir sin pagar impuestos. La alianza de la Iglesia con el poder político le trajo este tipo de ventajas.
Los monasterios se extendieron por toda Europa y fueron la vanguardia de la evangelización de anglosajones, germanos y por último escandinavos. El movimiento monástico fue tan largo y tan profundo que se extendió hasta el siglo XIII. Las órdenes de Cluny y del Císter construyen rosarios de monasterios en Francia y en la península ibérica al tiempo que la Iglesia dependiente directamente del papado erige catedrales románicas y góticas y las adorna con esculturas y pinturas, al servicio de la fe. A Dios por la belleza. En una época violenta e insegura la iglesia ofrece paz, refugio y seguridad. Buenas noticias.
Carlomagno se hace nombrar emperador por el papa León III y se compromete a ser el protector de la Iglesia. Durante un tiempo las relaciones entre el poder político y el religioso son de colaboración y ayuda mutua, pero los emperadores del Sacro Imperio Romano Germánico invaden poco a poco competencias eclesiales hasta el punto de nombrar obispos. Fue la guerra de las Investiduras. Aunque en un primer momento es el emperador el que impone su voluntad y la iglesia se somete de mala gana, al final el monje Hildebrando, como papa Silvestre II, pasada más de la mitad del siglo XIII, decide separarse de un estado que les quita parte de su poder. Duraría poco tiempo la rebelión.
Las Cruzadas vuelven a unir los intereses de la Iglesia y los poderes temporales, en ese momento representado por los reyes de Inglaterra, Francia y Germania. Desde la mentalidad del siglo XXI es difícil entender un fenómeno tan singular. Una fe fanática combinada con ansias de poder, búsqueda de fortuna, redención de penas o simple gusto por la aventura va dar fuerzas a los cruzados para tomar Jerusalén. Por el camino el saqueo de Constantinopla que va a agudizar los problemas entre la Iglesia de Roma y la Iglesia oriental que a corto plazo va a dividir la Iglesia en dos, la ortodoxa y la católica.
En Europa reaparece el maniqueísmo, que en su momento de mayor esplendor extendía su influencia desde el Pacifico hasta el Atlántico, mezclado con ideas gnósticas no extinguidas del todo. A esta herejía que se propagó por el sudeste de Francia y la Lombardía se le llamó catarismo. El mismo papa que había predicado la cruzada contra los musulmanes la predica aún con mas ardor contra los cátaros. San Bernardo de Claraval y Santo Domingo de Guzmán predican en los territorios rebeldes, pero sus resultados son muy escasos. La represión sangrienta tampoco da resultados. Luego de cuatro siglos de luchas, dos centenares de herejes son enterrados vivos como cierre de una disidencia extraordinariamente popular en su momento.
En los límites occidentales del catolicismo, en las islas Británicas, surge la primera herejía que anticipa el protestantismo. El monje Wyclif escribe y sermonea contra los pecados del papado de Roma, contra su rapacidad, su orgullo, su prepotencia y su lujo a costa de los impuestos de los britanos pobres. Las ideas de Wyclif son también precursoras del anglicanismo. Herederos de este monje puritano son los husitas de Europa Central que tienen la desgracia de tener que luchar al mismo tiempo contra los poderes políticos y los de la Iglesia. Luego de mucha sangre derramada, Hus, su cabecilla acaba en la hoguera condenado por el concilio de Constanza.
El papado es un desastre total. Por una parte están los que aceptan someterse al poder temporal y por otra los que defienden el poder superior de la Iglesia Católica. La brega viene de lejos, del enfrentamiento de los güelfos, partidarios del papado y los gibelinos, partidarios del Imperio. El inmenso poeta Dante fue un conspicuo gibelino. Las consecuencias se hicieron esperar, pero al final llegaron en forma de cisma. El papa de Aviñón contra el de Roma. Cualquiera que se quiera hacer una idea de cómo fueron aquellos años no tiene más que visitar las mazmorras de los papas de Aviñón. En lugar de amor fraterno, tortura y cadenas para el enemigo.
Que el papado fuera una cueva de bandidos no significa que lo fuera toda la Iglesia Católica. San Francisco de Asís, ya en el siglo XIII, después de pasar una parte de su juventud en las fiestas y los lujos, luego de un viaje a Jerusalén, vuelve para hacerse pobre y dar ejemplo de un cristianismo humilde al servicio de los humildes. En poco tiempo Italia se llena de monasterios franciscanos. Como los franciscanos no plantean disidencias doctrinales ni señalan de palabra los vicios de la Curia, el papa no tiene reparos en aprobar sus reglas y aprovecharse de su ejemplo entre la plebe. No escasean las santas místicas y para ejemplo baste nombrar a las beguinas, mujeres solteras y viudas que dedican sus vidas al estudio, la escritura de obras piadosas y la ayuda a los necesitados en las mismas entrañas del Sacro Imperio.
La Iglesia ha degenerado tanto que de predicar la pobreza pasa a predicar la riqueza. El papado no solo quiere competir con el poder civil sino que quiere superarlo y para ello proyecta el mayor templo palacio de su tiempo, San Pedro de Roma. Y no tiene pudor en vender el cielo. Indulgencias para el otro mundo a cambio de dinero para este. El pueblo protesta y un monje agustino apellidado Lutero se pone al frente de la rebelión. Aunque el papado lo persigue para matarlo, los nobles alemanes lo protegen. Grave contradicción. Los campesinos van a la guerra contra los nobles y Lutero no solo les da la espalda sino que apoya a los poderosos que lo han librado de la muerte. Decenas de miles de muertos malditos por Lutero.
En Inglaterra el octavo Enrique también se rebela contra el papa de Roma. No hay diferencias doctrinales y la disidencia se limita a hacer del rey el papa de Inglaterra. Tomás Moro, el primado de la Iglesia de Roma, aparte de censurar el proceder del rey, quiere cambiar la sociedad. Alguien habla de él como del primer socialista. En su Utopía predica una vuelta al cristianismo primitivo. Un cristiano tan valiente como inteligente que acaba perdiendo la cabeza bajo el hacha del verdugo del rey. Mejor suerte corrió Calvino que sigue las doctrinas de Lutero, de forma aún más radical que el monje agustino. En el fondo no es mas que un puritano consecuente que vive pobre y muere pobre, creyendo firmemente en la predestinación, la piedra angular del protestantismo primero.
La reforma luterana y la calvinista se conocen en Francia desde el primer momento. Los franceses están hartos de papas y acogen con entusiasmo las nuevas doctrinas en especial el calvinismo. Al estado francés al principio no le preocupó demasiado, pero pronto empieza a cambiar el cuento y los principales protestantes hugonotes son encarcelados, torturados y quemados en la hoguera. ¿Dónde quedaba el amor a los enemigos? Guerras, odios, rencores, venganzas... durante varias décadas. El enfrentamiento religioso sumió a la mayoría de la población de Francia en la miseria, una población que ya no sabía qué creer.
En España la Reforma encontró un muro de hierro en los reyes Habsburgos, que se colocaron al lado del catolicismo. Carlos V y su hijo Felipe II imitaban a Carlomagno. Pero con mucho más poder. Para demostrar quién mandaba, las tropas españolas del emperador saquean Roma y se burlan del papa y de los cardenales durante varias semanas. Ahora es el emperador el que elige al papa que le conviene, uno que haga lo que él quiera. Pero Carlos V es un político de mucho alcance y muy bien aconsejado. De él parte la idea de un concilio que mejore la iglesia y la libre de los rapaces comportamientos que habían provocado la Reforma.
El concilio de Trento fue primero un intento de acercar posturas entre católicos y protestantes, pero la intervención de las grandes potencias europeas lo demoraron en muchos momentos. En Trento se reunieron en la primera sesión del concilio apenas veinticinco obispos y tres superiores de órdenes religiosas. Los teólogos y obispos españoles fueron sus mayores impulsores. En España cardenales como Cisneros y obispos como Fray Hernando de Talavera ya habían implementado medidas correctoras de los abusos en sus territorios y se habían preocupado por la formación de los clérigos y por el orden en la administración de los sacramentos. No todo estaba podrido en la Iglesia Católica.
Los teólogos españoles de Salamanca no se arredraron ante las continuas interrupciones del concilio ni ante los cambios de opinión de tres papas, y aprovechando los días lograron aprobar sus convicciones doctrinales contra los protestantes y sus medidas tendentes a purificar una Iglesia que se había enfangado durante mucho tiempo en la exclusiva búsqueda de todos los pecados capitales. Puede decirse que en Trento la iglesia se re-inventó cómo se había re-inventado en Nicea más de mil años atrás. A Osio de Córdoba sucedía Melchor Cano de Cuenca como alma del Concilio.
El concilio de Trento es primero conservador y luego reformista. El credo de Nicea es lo primero que se aprueba. La doctrina no cambia. La segunda proposición que se aprueba es la de fijar la Biblia traducida por San Jerónimo en el concilio de Nicea como canon de las Sagradas Escrituras. Nada de interpretaciones particulares. El tercer asunto que se debatió fue el del pecado original. Contra los reformados que sostenían que los niños no tenían pecado original el concilio se declaró creyente en que el pecado original afectaba a todos los nacidos. El cuarto asunto es el de la justificación. Frente a justificación por la fe de los protestantes, el concilio afirma la justificación por la fe y las obras. Después reafirma los siete sacramentos y a instancias de los españoles ordena la inscripción de estos en libros. Acomete una reforma monástica con la que se pretende acabar con el concubinato de los clérigos y la acumulación de poder por parte de los abades. Y al final del Concilio se aprueba la supremacía del Papado.
Las guerras de religión continuaron en tono menor, lo que no quita que una Inquisición cada vez más poderosa siguiera persiguiendo y llevando a la hoguera a los practicantes de otras religiones y de alguna de las variantes del protestantismo. Una minucia comparada con la guerra de los Treinta Años que involucró a todas las grandes, medianas y pequeñas potencias europeas. Alemania vio su población masculina reducida a la mitad y Austria y bohemia a la mitad. Todos contra los Habsburgo y todos contra todos. El triunfo de la muerte frente al pan de vida del carpintero de Nazaret.
El Renacimiento, en su expresión filosófica y teológica, se manifiesta en la difusión de las ideas de los clásicos griegos y romanos. Aunque la mayoría de los pensadores renacentista se mueven por el filo del precipicio de la herejía, algunos se precipitan en él y son perseguidos y quemados vivos. Giordano Bruno, el más original de todos es condenado a muerte y llevado a la hoguera por sus ideas. Otro ejemplo más del amor al prójimo que practicaban el papado y sus secuaces de la Santa Inquisición.
Pero la Iglesia Católica, después del fortuito encuentro de Colón con América, iba a expandirse de manera extraordinaria en poco tiempo. Empezaremos por los doce apóstoles de la Nueva España. El superior general de los franciscanos había convencido al papa para enviar doce de los suyos a evangelizar los territorios dominados por los mexicas y conquistados por Hernán Cortés. El General de los franciscanos ya los tenía elegidos. Eran doce hombres que acababan de fundar un monasterio ejemplar en un oculto lugar del norte de Extremadura. Todos ellos pobres, sabios y santos.
Media docena de años después de que Cortés derrotara a los mexicas con la colaboración de las tribus subyugadas por aquellos, doce franciscanos arribaron al puerto de Veracruz, y descalzos atravesaron las sesenta leguas que les separaban de Ciudad de México donde les esperaba Cortés, que ya había demostrado sus extraordinarias dotes militares, políticas y psicológicas. Con arrojo temerario había destruido los ídolos bebesangres y comecarnes de los mexicas y los había sustituido por cruces e imágenes de la virgen María. Entre la tierna y amorosa madre de Jesús y los dioses siempre sedientos de sangre y hambrientos de carne humanas había mucha diferencia. Cortés con su inteligencia política se dio cuenta de que la religión era la columna central del poder de los mexicas y la derribó.
No lo tuvieron fácil los doce apóstoles franciscanos entre indigenas recién salidos de la antropofagia y capitanes y soldados españoles ansiosos de poder y riqueza. Hicieron todo lo posible por moderar las ansias de estos últimos con paciencia y perdón. Con los indigenas actuaron con el ejemplo. Estos los apelaban motolíneas que en su idioma quería decir pobres. Acostumbrados a temer a los cada vez más ricos capitanes y soldados de Cortés y al propio Cortés, tomaron a aquellos hombres sencillos y pobres como sus protectores. En un primer momento se valieron de los dibujos y el mimo para explicarles la doctrina cristiana, pero muy pronto los franciscanos aprendieron el idioma de los indígenas y pudieron catequizarlos en su propia lengua. Nada que ver con Paulo III el papa de la familia de los opulentos Farnesios. Trigo y cizaña.
Dos décadas más tarde se quiso repetir la evangelización de la Nueva España en el Perú. Mercedarios, franciscanos, dominicos, agustinos y jesuitas mandaron la mejor de su gente. Pero antes que nada tuvieron que intentar pacificar a los dos bandos en los que se habían dividido los soldados españoles: los partidarios de Pizarro y los partidarios de Almagro. Habían llegado con la intención de evangelizar y se veían envueltos en una guerra civil. Francisco Pizarro ejecutó a Almagro a garrote vil y luego lo decapitó. Poco más tarde Pizarro era asesinado por sus enemigos. Cumplido el destino de los guerreros, a los predicadores del evangelio no les fue difícil ganarse la voluntad de los indigenas que igual que en la Nueva España se sentían protegidos por ellos.
A partir del siglo XVII lo que hoy son los EEUU y Canadá fueron tierra de promisión para los protestantes y católicos de toda Europa. El catolicismo se extendió por los dominios franceses e irlandeses y el protestantismo por los de nórdicos, alemanes, ingleses y escoceses. Desde muy pronto, los no católicos se dividieron en dos grandes congregaciones, la de los protestantes primitivos, puritanos, y la de los evangélicos, más abiertos en lo moral. Los franciscanos españoles ya en el siglo XVIII establecieron misiones en la mitad sur de California. Junípero Serra un mallorquín de Petra, cojo, no solo evangelizó a los pueblos aborígenes sino que les enseñó todo el conocimiento agrícola y comercial de su isla. Los pueblos en torno a las misiones tenían el mismo diseño que los pueblos mallorquines.
Donde menos éxito tuvieron los cristianos fue en el Medio y Extremo Oriente. El Islam en sus dos versiones, impidió el establecimiento de iglesias cristianas. En China se fundaron iglesias católicas pero la implantación del catolicismo fue muy escasa. También se establecieron en Japón, y podían haberse quedado si no hubiese sido porque no aceptaban las religiones ya establecidas en el país. Para aquellos jesuitas no había otra verdad que la del catolicismo y por ello fueron martirizados. Filipinas bajo el control español recibió los primeros misioneros agustinos y franciscanos a mediados del siglo XVI y el cristianismo católico se implantó extensamente por las isla más importantes. A Australia y a Nueva Zelanda los ingleses llevaron el cristianismo anglicano.
Desde finales del siglo XVIII la iglesia católica apenas va a tener disidencias internas, pero va a ser acosada por el materialismo, el agnosticismo, el ateísmo, el racionalismo y el cientificismo. Marx y Darwin van a competir ventajosamente con Agustín de Hipona y Tomás de Aquino. La Iglesia de Roma se ve reducida a la Iglesia del Vaticano. El poder político de la Católica quedó en el pasado. El Concilio Vaticano I va a consagrar la infalibilidad del papa como artículo de fe. El papa Pío IX deja de ser primero entre iguales para ser rey electivo del estado más pequeño del mundo.
León XIII, abandona la actitud defensiva de su predecesor. Es un hombre alegre y sencillo de naturaleza vivaz, muy inteligente y preocupado por los problemas teológicos, filosóficos y científicos. El papado ya no tiene ejército y el papa es un ferviente defensor de la paz. Por su iniciativa se convoca una conferencia de paz europea. León XIII es un hábil diplomático y hace las paces con Alemania y con Francia que hasta entonces hacían difícil la vida a los católicos de sus correspondientes estados. Establece contactos con anglicanos y ortodoxos, inicia el movimiento ecuménico y se atreve a entrevistarse con los imanes islámicos. Sus buenas relaciones con el gobierno de los EEUU le permiten ampliar las bases del catolicismo en el estado llamado a ser el más importante del siglo XX. También impulsa la evangelización de África. Le preocupa la formación de los clérigos y establece nuevos institutos, estudios y laboratorios. León XIII es hijo de nobles campesinos, que cree que las diferencias entre los hombres y las clases sociales son inevitables y hasta necesarias, pero eso no le impide ver la realidad de las clases sociales más bajas. Critica con ardor el capitalismo salvaje, exige mejoras en las condiciones de vida de los obreros y trabajadores del campo y apoya la formación de sindicatos inspirados en la doctrina social de la Iglesia Católica. Amanece el siglo XX cuando muere después de 25 años de pontificado, uno de los más largos de la Historia.
En la Primera Guerra Mundial, Benedicto XV, recién elegido papa después de solo tres meses como cardenal, alza su voz para condenar la guerra y hace todos los esfuerzos para evitarla. No es escuchado. Sus propuestas son tenidas por las potencias centrales como favorables a los aliados y por las potencias aliadas como favorables a las potencias centrales. En los cuatro años de la guerra no deja de intentar la paz. En el año 1917, en el segundo de los siete sencillos puntos del acuerdo que propone, aparece por primera vez la idea de la reducción de armamento. Hombre pragmático ya que no puede parar la guerra, dedica sus esfuerzos a aliviar sus consecuencias. Gracias a su influencia se intercambian rehenes y prisioneros, se implementan hospitales de campaña y se crean organizaciones para proteger ancianos, enfermos y niños desvalidos. En sus ocho años de gobierno de la Iglesia, Benedicto XV trabaja en infinidad de frentes, desde el diplomático hasta el misional, sin olvidar el ético y el moral a los que considera básicos. Papa humanista, infatigable predicador de la paz, la justicia y la caridad. Es el primero en proponer la inculturización como mejor vía de acción a los misioneros, especialmente en Africa.
En el período de entreguerras el supremo pontífice es Pío XI que logra por fin hacer las paces con Italia y establecer de derecho a la Ciudad del Vaticano como estado independiente tras muchos esfuerzos diplomáticos. Al papa no le queda más que la palabra. Pío XI es un estadista muy creativo. Tiene larga experiencia como diplomático de la Santa Sede. Aunque no tiene experiencia pastoral, conoce cuales son las necesidades de la Iglesia. El papa de las encíclicas, el papa de los concordatos, el papa de la Acción Católica, el papa de las misiones y el papa de las santificaciones. Una nueva Iglesia renace de sus cenizas. La voz y la palabra de este papa ofrecen al mundo una alternativa al comunismo, al fascismo y a la democracia liberal. El papa habla de paz, de justicia y de entendimiento en un mundo que se acerca al enfrentamiento armado más mortífero de la Historia.
Al apasionado Pío XI sucede el flemático Pío XII que había sido su ministro de Asuntos Exteriores. Pío XII está convencido de que nazismo y comunismo son igualmente reprobables y no se priva de señalar su maldad con los peores adjetivos. No lo tiene tan claro con el fascismo y el franquismo. Con el primero se alía al principio y se enfrenta al final y con el segundo, a pesar de lo que se piensa, tuvo sus dudas. La iglesia de la Cruzada le parecía una barbaridad. No se olvide que hasta el año 1953 el Vaticano no restablece con el régimen de Franco las relaciones diplomáticas. Una vez que estalla la segunda guerra mundial a Pío XII no le queda otra que hacer lo que hizo León XIII en la primera. Intentar evitar en lo posible el sufrimiento humano. Su intervención en la salvación de miles de judíos de la muerte en los hornos crematorios y su apoyo a la labor de la Cruz Roja están entre sus iniciativas. Terminada la guerra el pontificado de Pío XII languidece.
La elección del patriarca de Venecia, el cardenal Giuseppe Roncalli, en el año 1958, tras la muerte del Pio XII, fue inesperada, pero a falta de un papá por unanimidad escogieron un papa de consenso. Nadie esperaba lo que aquel anciano podía aún dar de sí. Porque Roncalli ya había prestado antes multitud de servicios bien logrados para la Iglesia. Había sido legado del papa en Bulgaria, Turquía y Grecia y desde estos países había acortado la distancia con ortodoxos y musulmanes. Por allá donde pasaba dejaba su ejemplo de paz, de respeto y de perdón. Su última misión fue en Francia, donde nadie sabía qué hacer con los muchos obispos colaboracionistas con los nazis. Apenas tres, especialmente significados como nazis, el resto fue perdonado. Mucho menos que su elección se esperaba que convocara un concilio, pero lo hizo. Sabía que sólo tendría vida para poner las primeras piedras, pero fue feliz de poder hacerlo. Sus encíclicas, en especial "Mater et Magistra" y "Pacem in terrae" dan cuenta de su pensamiento teológico, filosófico, ético y moral. Juan XXIII quería un concilio ecuménico y un concilio ecuménico fue, aunque él no lo viera. Lo que enamoraba a la gente de este papa era su sencillez, su alegría y su cercanía. Como pastor de Roma visitaba todas las iglesias y cómo persona humana se perdía por la Roma de la perdición para hablar con prostitutas y borrachos. Sus primeras salidas pastorales fueron a una cárcel de Roma y a un hospicio de niños huérfanos.
Pío XII, a pesar o quizás por eso, que lo quería como a un hijo, no quiso hacerlo cardenal. Tuvo que ser Juan XXIII el que lo hiciera pensando que sería el mejor para sucederlo tras su corto mandato. El cardenal Montini ni tenía el don de lenguas y la sapiencia de Pío XII ni la simpatía y la alegría de Juan XXIII. Presidió las tres últimas sesiones del Concilio Vaticano II. Se acabaron las misas en latín con el cura dando la espalda a los fieles y se acabaron las pesadas oraciones fueras de tiempo y lugar. Hizo bandera de la paz y de la justicia social y condenó las excesivas riquezas de una minoría. Como obispo ya se había señalado como amigo de los obreros visitando sus fábricas y alentándolos a luchar por sus derechos. Se ganó sin embargo el desprecio de los conservadores por su excesivo progresismo y el desprecio de los progresistas por su excesivo conservadurismo. Un hombre que volvía al evangelio de Jesús, al evangelio para todos los hombres, incomprendido. Pablo VI fue un papá flexible, más partidario de las reflexiones de los sínodos de obispos que de las declaraciones infalibles. A pesar de todo lo que hizo por modernizar la Iglesia y de abrirla a las otras religiones y al mundo entero, a pesar de sus numerosos viajes misioneros, Pablo VI acabó viendo como decenas de miles de sacerdotes y decenas de miles de seminaristas abandonaban la barca de Pedro. El viejo mundo se había secularizado y la practica religiosa era abandonada por las mayorías. Antes de morir se ocupó, siguiendo las directrices de su antecesor de renovar casi completamente el colegio cardenalicio. Sus tres siguientes sucesores en el pontificado fueron nombrados por él.
Albano Luciani sucedió en el trono pontificio a Pablo VI. Había advertido a sus amigos en el Cónclave, que no eran pocos, que no lo votaran porque de salir elegido papa dimitiría. Ejercía como patriarca de Venecia como lo fuera su mentor Juan XXIII. Su anhelo era hacer del patriarcado de Venecia un ejemplo de sencillez de costumbres y de amor fraterno. Sería el primer papa hijo de un obrero. Su elección no fue una sorpresa para nadie, pero sí el nombre que eligió como papa. Juan Pablo, los nombres de sus dos antecesores en el pontificado. Cuando decidió reducir al mínimo la ceremonia de coronación y renunció a la tiara estaba predicando una sencillez con la que muchos de los cardenales no casaban. Heredaba una Iglesia que había abierto las puertas a la diversidad de opiniones sobre su misión en un mundo cambiante. En América del Sur y en Centroamérica la teología de la liberación se proponía como un camino nuevo para la Iglesia. Luciani sospechaba que aquellas teorías ni eran teología ni eran liberadoras. Guardó el mismo silencio que había guardado Pablo VI. Como también lo guardó sobre las practicas cada vez más sectarias del clericato ultraconservador: Opus, Kikos y Legionarios de Cristo Rey. No tuvo tiempo de tomar medidas. Su muerte fue un tanto misteriosa. Para la gente que lo quiso fue el papa Sonriente.
A papa muerto papa puesto. Sin sorpresas. El lobby italiano, mayoritariamente conservador, había sido derrotado por un polaco. El cardenal Wojtyla tenía experiencia pastoral, magisterial y sobre todo vital. Había vivido perseguido en Polonia, un país comunista. Se libró de morir en Siberia milagrosamente. Ya era obispo en tiempos de Pío XXII. Carol Wojtyla había sido un hombre carismático como cura, como profesor, como obispo y como arzobispo de Varsovia. Tenía 59 años cuando fue elevado al pontificado, que sería el tercero más largo de la historia. Atlético, apasionado, imparable. A su infatigable temperamento unía lucidez intelectual y seguridad en sí mismo y en su misión. Dominaba una docena de idiomas. Sus tres primeros años como papa lo revelaron como ecuménico y pacifista. Su dominio de las artes escénicas, había sido actor y dramaturgo en su juventud, lo llevaron a utilizar los medios audiovisuales más modernos para así poder llevar sus discursos a centenares de miles de personas. Al tercer año puede decirse que resucitó, porque otra vez milagrosamente se libró de la muerte, aunque esta vez los balazos de Alí Agka casi lo matan. Aunque nunca le faltó el ánimo ya no fue igual. No es fácil resumir el pontificado de Juan Pablo II. Llevó el ecumenismo a su máxima expresión siendo el primer papa en rezar en una mezquita. Sus innumerables viajes, más que los de todos los papas del siglo XX juntos lo llevaron a multitud de países de todo el mundo. Instituyó las jornadas de la juventud que se celebraron con asistencias multitudinarias en ciudades de todas las latitudes. No le importó recibir ni a Pinochet ni a Fidel Castro, pero dejó claro desde el principio que nada de teología de la liberación ni nada de vuelta al latín en las misas. Los cabecillas de uno y otro bando fueron excomulgados. Pero un hombre sol no podían faltarle sus sombras. Escándalos económicos, pasividad con la pederastia y permisividad ante los comportamientos sectarios de opusdeistas, neocatecumenales y legionarios de Cristo Rey. Es difícil creer que no supiera nada del turbio pederasta Maciel, capitoste de los legionarios, y en cualquier caso que no hubiese sido disuelta su secta y sus miembros culpables entregados a la justicia. Su declive fue largo y lento y su muerte dolorosa. A sus exequias asistieron los principales mandatarios del mundo y cómo regalo, los representantes de Irán, Israel y Siria se dieron las manos. Aunque le hubiese gustado que su muerte hubiese sido motivo de alegría lo fue de tristeza.
Ni a Josep Ratzinger ni a los cardenales del Cónclave les sorprendió su elección. El Vaticano II quedaba ya lejos y sus valedores eran minoría. La Curia había virado al conservadurismo. Benedicto XVI que así se hizo llamar el que fuera cardenal de Munich tenía muy claro que el aggiornamento del Concilio había traído más males que bienes a la Iglesia. Estaba convencido de que sólo la vuelta a la religión tradicional haría retornar a la grey a las iglesias. Benedicto XVI era ante todo un pensador solitario que más que vivir en el mundo lo miraba desde las alturas. Acertó cuando señaló como adversario principal al neopaganismo imperante. Los graves problemas de la Iglesia Católica, que no había podido resolver su antecesor, resurgieron provocando un gran escándalo. Las finanzas de la Iglesia estaban corrompidas y los servicios de inteligencia hacían uso del chantaje. Lo más grave sin embargo fueron los casos de pederastia, en particular el atribuido a su hermano. A los ocho años de pontificado Benedicto XVI renunció, algo que no había ocurrido más que una vez en la historia de la Iglesia. Adujo falta de fuerzas físicas y mentales. De joven gran progresista, de viejo gran conservador.
El cardenal Bergoglio ya había sonado papable a la muerte de Juan Pablo II pero tuvo que esperar a la renuncia de Benedicto XVI para convertirse en el papa Francisco. Aquel y este representaban las dos caras de la Iglesia. El primero se había hecho cada vez mas conservador y el segundo siempre había sido progresista por usar un adjetivo comprensible. Bergoglio había sido un cura raro, un cura de vocación tardía. No le costó demasiado destacar en sus labores tanto en la parroquia como en le compañía de Jesús de la que era miembro. Estuvo al lado de los montoneros peronistas contra las dictaduras militares en su Argentina natal y libró a más de uno de la muerte. Bergoglio era un hombre emotivo y activo en sumo grado, pero inconstante y poco reflexivo. Irreflexivamente adoptó el ideario "woke" sin darse cuenta de que tras su fachada de buenísimo escondía una realidad de intereses económicos e ideológicos en nada conciliables con las enseñanzas de la Iglesia. Viajó muchísimo y habló con muchísima gente de todos los extractos sociales. A él le cuadraría lo que dijo Terencio: "Soy hombre y nada del hombre me es ajeno". Los casos de pederastia y abusos sexuales de cardenales y obispos fueron la cruz de todo su mandato. Tras años de dudas algunos fueron removidos de sus cargos, pero el cáncer de la pederastia no se sanó. La mayoría de los obispos y superiores de las órdenes, congregaciones e institutos religiosos no sólo habían hecho la vista gorda sino que habían contribuido a tapar los delitos. Cuando aparecieron informes irrebatibles sobre la pederastia organizada para satisfacer los deseos morbosos de personalidades de alto nivel no dijo nada. Bajo el rostro sonriente de Francisco se escondía la angustia, pero en lo más hondo sabía que el perdón acabaría borrando sus faltas. Francisco llegó al límite del ecumenismo cuando en uno de sus últimos viajes dijo que todas las religiones eran caminos a Dios. Esta afirmación pareció herejía hasta a algunos de los suyos.
Evangélicos y protestantes en sus variadas versiones misionaron con éxito en toda América a lo largo del siglo XX. En América del Sur los evangélicos arrebataron muchas ovejas a la Iglesia Católica, aunque a decir verdad, los cambios de culto tenían mucho que ver con las ayudas que recibían las comunidades de unos y de otros. En EEUU poseen medios audiovisuales modernos y sus celebraciones parecen sacadas de los cultos más primitivos, con exorcismos y curaciones de gran impacto. Aunque entre protestantes y evangélicos son la mitad de la población, hay iglesias con gran poder económico y político y bastante influencia entre la población. Se calcula que a nivel mundial los católicos son mil millones cuatrocientos mil y los protestantes más los evangélicos algo mas mil millones. En todo caso entre los bautizados predominan los que son cristianos solo de nombre porque en la práctica sus creencias y sus valores son los dominantes en el mundo.
La fumata blanca anunció la designación de un nuevo papa. Una hora larga tardó en salir al balcón el hasta entonces cardenal Prevost Martínez como León XIV. En su primer mensaje habló de paz, de amor y de justicia. Su obra como pontífice acaba de empezar.