viernes, 5 de agosto de 2016

Manteigas

   Temprano, los viajeros salen con dirección a Manteigas, pero el viejo tom-tom sin actualizar señala que la carretera directa que marca el mapa de 2016 es impracticable. El hombre sabe que no es así, y la mujer toma una estrecha calzada que serpentea subiendo y bajando montañas. Carretera sinuosa, pero sin apenas tráfico. Lento rodar por las entrañas de una comarca de deliciosas sombras. El viajero recuerda a su amigo muerto que le recomendara en vida el pueblo de Manteigas y el alojamiento en el que esperan pasar tres noches: la Casa das Obras, un palacete portugués del siglo XVIII.
   Manteigas no es el pueblecito de montaña que ellos esperan, es más bien un poblachón extendido sobre la ladera oeste de una sierra que en su cima alcanza los mil quinientos metros. Pueblo empinado y retorcido, en su mayor parte nuevo. A medio pueblo se halla edificada la Casa das Obras, viejo edificio que al hombre le parece lóbrego y oscuro y a la mujer cálido y misterioso.
   Desde la ventana de la habitación, grande, de dos piezas, se ve, bajo el cielo, todo el valle glaciar del río Zézere, y al fondo los picos más altos de la Sierra de la Estrella. Hace calor, la dueña, una enigmática mujer de mediana edad, les dice que está haciendo un verano muy raro, que las temperaturas han subido cinco o seis grados por encima de lo normal.
   Dejan los bultos y se ponen a callejear por el pueblo. Al norte y al sur de la parte más antigua hay erigidas dos iglesias. La del norte está en obras, así que se dirigen a la del sur que está abierta. Los viajeros entran en ella, y a pesar de la cantidad de iglesias que han visto, no dejan de sorprenderse por la exquisita ornamentación que tiene esta.
   El río Zézere se escucha correr y saltar, pero apenas se ve, entre rocas de multitud de formas y tamaños que componen un laberinto inextricable. Mientras la mujer habla con su hija por teléfono al lado de un puente, el hombre baja a un riachuelo donde libélulas y mariposas de distintas especies vuelan sobre las aguas, las piedras y las flores.
   Aconsejados por la patrona de la Casa van a comer a un restaurante moderno junto a una carreterilla con muy poco tránsito. La comida es muy buena y a buen precio. El camarero es inexpresivo y silencioso, pero cumplidor.
   Luego de un rato de siesta, y a pesar del sol que pica, los viajeros salen a dar una vuelta por la ladera de las montañas del oeste. Fuerte pendiente dejando atrás casas de campo y pequeñas huertas y jardines. Beben en una fuente y toman un camino que se adentra en la naturaleza. Una mujer trabaja en sus judías, y un hombre, a cien metros está sentado cerca de un rebañito de cabras y ovejas. Ni la una ni el otro responden a los saludos de los viajeros, que atraviesan un arroyo y luego suben y se internan en un bosque de pinos, encinas y arbustos diversos. Los caminantes comienzan a sentirse libres. Luego de media hora larga de camino, después de toparse con un caserío desde el que unos perros les ladran, tuercen a la izquierda. Cuando se dan cuenta están en un balconcito a media altura de la ladera, contemplando el rojo pueblo de Manteigas. El hombre propone acabar de hacer el círculo, pero la mujer tiene miedo de errar la senda en una zona bastante arisca, y vuelven sobre sus pasos.
   Para cenar se meten en un bar desangelado. Sólo hay cuatro mesas y una está vacía. Cuatro personas además de ellos. El camarero les habla en inglés de garrafón y toma el pedido que le hacen en español. Pasa el tiempo. Un cuarto de hora y sólo les han puesto una cerveza monda y lironda. El cocinero se fuma tranquilamente un cigarrillo en la puerta, mientras un par de camareras charlan entre ellas junto a la barra. Pasa otro cuarto de hora y les traen un platito de aceitunas pasadas. Pasa otro cuarto de hora. El viajero se levanta, pero nadie parece hacerle el menor caso. Pasa otro cuarto de hora, y a la tercera vez que se levanta el viajero, el pobre camarero, que no tiene culpa ninguna, se disculpa y le dice que en cinco minutos están as tres sardinas a la brasa. La mujer se ríe del enfado del hombre.
 

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