Juan cuenta los hechos acaecidos
entre la muerte y la resurrección
del Mesias Jesús de Galilea.
Yo estaba en el Calvario aquella tarde
en que a Jesús mataban los romanos.
Calor y sequedad. Sudor y hastío.
Podían verse los trigos de repente
trocar su color verde en amarillo.
Los pájaros huían de sus nidos.
Quebraba los huevos un sol rapaz.
Los fetos de los polluelos morían.
Aullaban los lobos en sus cubiles
y bramaban los toros y las vacas.
La gente, en algaradas, bajaba
y subía por las faldas del monte.
Los soldados, con sus lanzas en ristre,
custodiaban la cima donde un hombre
cavaba tres hoyos entre las rocas.
Entre ahogos maldecía su suerte.
Yo seguía a Jesús desde Judea.
Lo había visto reir y llorar,
beber vino, comer pan, inspirar
lentamente el aire en las mañanas,
contemplar en las gotas de rocío
el brillo de la luz de las estrellas.
Era de sus amigos el más joven.
Adolescente, imberbe y lampiño.
Viví a su lado las buenas noticias.
Dos sayones restallaban sus látigos
mientras lo insultaban: "¡Perro judío!".
Como si fuera una bestia de carga.
Vestido de mendigo, los cabellos
rapados, fingía una cojera.
En la cara una mueca de loco.
Temblaba, por el pánico, mi cuerpo.
Cuando entre el vocerío, escuché
mi nombre:"¡Juan!". Era ella, María,
la de Magdala, su mejor amiga.
- ¡Huye mujer! ¡Con una muerte basta!
¡Hoy no podrá librarte de las piedras!
- ¡Ojalá hubiese muerto en aquel día!
¿De qué me servirá sin Él la vida?.
Doblado por el peso de la cruz
Jesús subía, lento, la montaña.
El rostro tumefacto de los golpes.
Trasquilado, los restos del cabello
alborotado teñidos de sangre.
Magdalena aullaba de dolor.
Como hoja de chopo en la ventada
mi cuerpo entero de miedo temblaba.
El Maestro se detuvo de pronto
y nos habló con voz clara y diáfana:
- ¡No sufráis! ¡Aún hay esperanza!.
Alfaguaras de luz eran sus ojos.
Su cuerpo, lienzo de heridas y golpes.
Avanzaba a empellones de la turba
que gritaba: "¡A la crucifixión!".
En mis entrañas hervía una pena
y me dolía en el fondo del alma.
La gente le escupía y le arañaba;
la misma que el domingo lo aclamaba.
De pronto, enmedio del vocerío,
un grito primal, único y preciso:
- ¡Hijo! ¿Por estos animales mueres?
¡Hijo mío de mis entrañas, mi ángel!
- ¡Madre! También tengo miedo a la muerte.
¡Mucho miedo! Mi corazón se agita.
Me duele más el alma que la carne. -
Los siervos de los grandes sacerdotes
repartían dinero entre la gente
para que siguieran gritando: "¡Loco!".
Los látigos restallaron más fuerte
y Jesús siguió con la cruz a cuestas.
Por un momento se adueñó de él
una gran fuerza: "¡Dios mío! ¡Ayúdame!".
Con paso firme, erguido y derecho,
subió la dura cuesta del Calvario.
Tras él iba yo con las tres Marías.
Llorábamos de pena y desconsuelo.
Nuestros ayes suplicaban a Dios
que hiciera al fin el último milagro
que librara a Jesús de su condena.
Lo que hablaron los sumos sacerdotes,
el yerno Caifás y el suegro Anás,
mientras agonizaba el Galileo
en la dura pendiente del Calvario,
lo contaron sus siervos en el templo.
Lo supe por José de Arimatea.
Jesús ya lo había profetizado:
"Lo que se diga en la intimidad
será escuchado en las calles y terrados"
Ocultos en el Santo de los Santos,
espiados por sus propios sirvientes,
dialogaban los Sumos Sacerdotes.
Habló primero el joven Caifás.
Y el viejo Anás le respondió al instante.
- ¡Conservamos los privilegios, suegro!
- Ya saben lo que espera a los rebeldes.
- En ese loco tienen su escarmiento.
- Es más rentable sacrificar vacas.
Ese hombre ha costado mucho oro.
- Nunca hicimos una inversión mejor.
La rebelión se quedó sin cabeza.
Subiremos la tasa de la sal.
Pronto seremos más ricos que Herodes. -
Mientras la plebe orate deliraba
contemplando el martirio de Jesús,
maestros de la ley y sacerdotes
discutían en las puertas del templo.
- Mejor que muera un hombre por el pueblo,
antes que el pueblo muera por un hombre.
- No hay otra Ley que la de Moisés
Ni otros maestros que la interpreten.
- Todos estamos de acuerdo por fin.
Esa muerte es justa y es necesaria. -
José de Arimatea estaba allí
para exponer su opinión discordante:
- Aún estamos a tiempo de evitar
la mayor injusticia de los siglos.
¡Hombres que pensáis! ¡Reflexionad!. -
Llegó Jesús a la cima del cerro.
Su cuerpo pintado de sangre y polvo.
Hubo un silencio cerrado y redondo.
El rey Herodes salió del palacio,
protegido por cientos de soldados,
llevado en un sitial por sus sirvientes,
camino de la casa del banquete
dispuesto para celebrar la Pascua.
En la calle apenas había gente.
Al pasar por la gran puerta del templo
se le unieron sacerdotes y escribas
con sus ostentosas ropas de fiesta.
Varios hombres levantaron la cruz.
Mientras, el Maestro de Nazaret
alzó los brazos al cielo y gritó:
"¡Padre no me dejes! ¡Quiero vivir!"
María, la mujer de Cleofás,
enjugó un paño con sudor y lágrimas,
se echó al suelo, y se puso a limpiar
con él los pies descalzos de Jesús.
Un soldado la retiró a empellones
mientras gritaba: -¡Apártate!¡Fuera!
María, su madre, con amargura,
exclamó, en voz muy alta: "¡Dios mío!"
Yo miré lo más hondo de sus ojos
y entendí lo que su alma sentía:
"¡Recaiga sobre mí su sufrimiento!".
La Magdalena dejó de temblar,
y, con su voz más serena y más clara,
se dirigió a la gente que miraba:
- ¡Es injusto matar a un inocente!
¡Matadme si queréis un culpable!
¡Tomad piedras del suelo y lapidadme! -
Un impío sayón, de un empellón,
tumbó a Jesús sobre las duras rocas,
más ni un gemido salió de su boca.
Entre varios soldados lo pusieron
sobre la cruz y luego lo clavaron.
A cada martillazo acompañaba
yo con lamentos entrañables: "¡Ay!¡Ay!"
Las tres Marías chillaban de pena.
Alzada ya la cruz sobre la tierra,
Jesús puso sus ojos en el cielo.
Tras el velo de mis amargas lágrimas
pude ver transformarse en luz su cuerpo.
No era un trozo de carne februlenta,
era un globo de luz resplandeciente
del que una voz brotaba transparente:
- Gentes de Jerusalén, mis palabras
son destellos de la voz primigenia.-
El más necio y cruel de los presentes
con un palo le golpeó en el pecho,
mientras rabioso y airado exclamaba:
- ¡Qué dices tú, endemoniado loco! -
Pero Jesús ni se inmutó siquiera.
- Mi Padre es el origen sin origen,
el Misterio de todos los misterios,
la causa sin causa, el fin sin fin. -
Tras un silencio largo, otra vez
la voz del Maestro de Nazaret,
prístina, potente, veraz, sentida:
- No os traje la paz del cementerio,
la paz del que ante la injusticia calla.
No os dejo la paz de los vencidos,
la paz de los que viven sometidos.
La paz que yo os traigo, es la paz
que hace a todos los prójimos iguales.
Es verdad que este mundo dura poco,
pero, si no sois fieles en lo poco,
¿cómo podreis ser fieles en lo mucho?
Que el tirano no logre amedrentaros,
que el avaro no os saque la sangre.
Piensan los malvados que muerto el perro
se acabó la rabia, mas se equivocan.
Perviviré por los siglos del mundo
en los hombres de buena voluntad,
los justos, veraces y compasivos. -
Jesús hablaba cada vez más quedo.
Mas era tal el silencio en el Gólgota,
tal era la quietud, tal el sosiego,
que pareciera hablarnos al oído:
- Ya está la mies metida en el granero
a la espera de hacer harina y pan.
Alegraos por mi muerte en esta Tierra,
porque me espera mejor vida en el cielo.
Desde allí os enviaré mis dones,
presentes de honda felicidad. -
Yo sufría los embates del miedo,
que en un momento me hacía temblar,
para luego dejarme yerto y rígido.
Pero a pesar de todo pude hablar:
- ¡Maestro!¡Líbranos de nuestros miedos!
- Discípulo mío, y muy amado,
también yo soy un hombre y tengo miedo.
También yo ante mi Padre me rebelo.
¿Por qué? ¿Por qué me has abandonado? -
Magdalena lloraba ascuas de fuego,
que bajaban por sus mejillas pálidas
abriendo profundos surcos y arrugas.
En su mirada contemplé un abismo
de dolor. Su arrepentimiento era
un perfecto acto de contricción:
- Tú sabes cuanto lo siento, Jesús.
Tú sabes como es de grande mi pena,
hasta donde alcanza mi desconsuelo.
¡Te fallé tantas veces como amiga!
Yo pensaba que sólo era mi cuerpo
el que prostituía a cambio de oro,
que mi alma era pura, pero erraba.
Fui una mujer tirada, mancillada,
la ramera mayor de Palestina.
Tú ya me perdonaste, pero ahora
yo sufro mi martirio por el daño
que te hice. ¡Líbrame de mí misma! -
Las mujeres entraron en arrobo
y mis ojos las vieron como ángeles.
En el mar de sus lágrimas, la luz
pura del sol incendiaba sus caras.
Más fue tan sólo un momento fugaz.
El éxtasis se transformó en desgarro
cuando Jesús exclamó: "¡Aba!¡Padre!".
Tras las luces que Jesús emanaba
seguía existiendo un cuerpo doliente
y una mente sin fe y sin esperanza.
Como el viejo profeta Moisés
no quería morir sin disfrutar
primicias de la Tierra Prometida.
- Parientes de mi carne, Juan, mi amigo,
la tentación se adueña de mi mente.
Más allá de esta vida no veo nada.
¡Padre! ¿Por qué me has abandonado? -
Al par temblaron la tierra y el aire
cuando Jesús dio el último suspiro.
El cielo, prietas nubes de charol
airadas. Rayos, truenos y relámpagos.
El pánico se adueñó de la gente
que comenzó a bajar la cuesta aullando.
Las cortinas del templo se rasgaron;
las palomas huyeron de sus jaulas,
y terneros, corderos y cabritos
rompieron las cercas de sus corrales.
El viento quebraba los viejos árboles,
y arrastraba el agua de la lluvia
las sillas y las mesas del banquete.
El rabino José de Arimatea,
como Nicodemo, era discípulo
secreto de Jesús el Nazareno.
El Maestro los llamó a ser apóstoles,
pero no se atrevieron a seguirlo.
Disfrazados de mendigos venían
a verlo al Huerto de los Olivos.
Muerto Jesús, José de Arimatea,
infundido de cierta valentía,
se fue a hablar con la mujer de Pilatos,
para que le pidiese a su marido
permiso para enterrar a Jesús.
Yo descolgué su cuerpo de la cruz.
José de Arimatea, Nicodemo
y las tres Marías conmigo estaban.
Una costra de sangre y sudor secos
cubría toda la piel de su cuerpo.
Aquella carne que un momento antes
había ardido en los fuegos de la fiebre
yo la sentía ahora helada y yerta.
Nos arañaba una fiera tristeza.
Las lágrimas en las gargantas presas.
Su madre, María, con voz quebrada
por la pena, entre hondos suspiros,
miró al cielo y a Dios se dirigió:
- ¡Señor! ¿Por qué ha muerto mi hijo? ¡Dime!
¿Por qué ha sufrido tanto? ¡El más justo
de los hombres, el más humano y bueno!
¿Es esta tu Justicia y tu Bondad?
¿Cómo has permitido que mi hijo muera
luego de padecer este martirio? -
La Tierra se envolvía en un sudario
de espesas y compactas nubes negras.
Los gritos de las mujeres rasgaban
la oscuridad, y truenos y relámpagos
nos dejaban más sordos y más ciegos.
Y en el cielo los rayos escribían
la respuesta misteriosa de Dios.
Mi corazón no entendía que un Padre
de bondad y de poder infinitos
sacrificara al mejor de sus hijos.
Sobre el Amor del Maestro Jesús,
las mentiras de los falsos rabinos,
la soberbia del impostor Herodes,
el miedo del dominador Pilatos,
la ira de la turba y los soldados.
"¡Qué será de nosotros sus discípulos!".
José de Arimatea, Nicodemo,
su madre, su tía, su amiga y yo
nos manteníamos arrodillados
alrededor de su cuerpo, callados,
sufriendo el mayor de los desconsuelos.
Mi mente no entendía que Jesús,
el más veraz, nos hubiese mentido,
y en lugar de un Paraíso dejara
tras de sí un pozo de soledad.
María, la madre del mejor hijo,
apuraba hasta el fondo la tristeza,
el dolor, el sufrimiento y la lástima.
No hubo en la Historia un cortejo más fúnebre.
José de Arimatea, Nicodemo,
su madre, su tía, su amiga y yo,
llevando en andas la carne sin vida
del más amable de todos los hombres.
Sobre el Gólgota tres cruces vacías.
José de Arimatea y Nicodemo
apartaron la piedra de molino
de la boca de entrada del sepulcro.
Sobre un lienzo pardo, Jesús tendido,
seco cadáver rígido y helado.
María, su madre, con nuestra ayuda,
lo envolvió en las vendas del sudario.
Luego lo introdujimos en la tumba.
Orábamos en abismal silencio.
De pronto, Magdalena gritó fuerte:
- ¡Buen amigo! ¿Por qué nos abandonas?
¿A quién sonfieso mi arrepentimiento?
¿A quién lavo con mis lágrimas sus pies?
¿A quién confío mi pena y dolor?
¿Quién entiende mi hondo sufrimiento?
El agua que Tú me diste a beber,
el Amor que Tú me diste a probar.
¿Quién nos amará como Tú nos amaste? -
El cuerpo de Magdalena temblaba.
En mi mente ni un solo pensamiento.
El espacio y el tiempo inexistentes.
En nuestro corazón sólo Jesús.
Jesús era la única palabra.
Jesús, Jesús, Jesús, Jesús, Jesús.
Era la noche sólo oscuridad.
Ante la gran puerta de la muralla.
Un centurión de gala uniformado
nos saludó con estilo marcial.
Pero luego me abrazó con ternura.
Noté sus lágrimas en mis mejillas.
Era aquel centurión al que Jesús
había sanado a su hija pequeña,
señalado como ejemplo de fe:
- Amigos y parientes del Señor
mi dolor por su muerte es sin medida,
no se puede contar mi sufrimiento.
Pero no es tiempo de lamentaciones,
el Sumo Sacerdote Caifás
y el rey Herodes os están buscando.
Mi casa es vuestra casa y está cerca.
Allí estareis seguros de momento.
Por la calle, ocultad vuestro rostro.
Ciento cuatro pasos hacia el oeste.
Hay un pequeño ciprés en el patio. -
La mujer del centurión cocinó
habas con cebolla para nosotros,
y su pequeña hija nos sirvió.
Era el silencio espeso porque estaba
cargado con todos nuestros recuerdos.
La niña fue la primera que habló:
- Yo estaba muy enferma. Me moría
de escalofríos, mi alma huía
tras una luz de pura transparencia.
De pronto, Él me llamó por mi nombre:
" ¡Talita, vuelve! ¡Tu padre te espera!"
Cuando abrí los ojos Jesús estaba
a los pies de mi cama sonriendo,
y su sonrisa era el origen
de la luz y el calor de mi alma. -
De los ojos de Talita brotaron
dos lagunas de estrellas de colores.
Entonces entendí porqué Jesús
decía: "De los niños es el Reino".
Nicodemo, miembro del Sanedrín,
había abogado por Jesús en vano.
Su discurso había sido rechazado.
Ninguno de los grandes sacerdotes
apoyó su petición de indultar
al Mesias de todos los milagros.
Su voz era muy débil, pero audible:
- Mi corazón es como un pan de pena.
El Amigo ya no está con nosotros.
Si Él no está, ¿para qué quiero vivir?
Ahora me pesa el tiempo que pasé
adorando riquezas y poder.
Todo el oro de este mundo no basta
para pagar la menor de mis penas.
Todo el poder de este mundo no basta
para llenar un poco mi vacío.-
Llovió toda la noche, reciamente.
Al compás del agua sobre el tejado
salmodiábamos su nombre: ¡Jesús!
Entre un chaparrón y otro chaparrón
llorábamos con desesperación.
José de Arimatea se exaltó,
y con voz desgarrada acuchilló
un silencio tan duro como el mármol:
- De todos sus preceptos, el perdón
es el más difícil de comprender.
No puedo amar a los que lo han matado,
y acaso me maten a mí también.
El perdón no cabe en mi corazón. -
Magdalena, sentada en un rincón
sobre un pequeño banco de madera,
con la frente pegada a las rodillas,
las manos contra los ojos llorosos.
La consolaban las otras Marías.
Sus lágrimas lastimaban mi alma:
- ¡Malena! ¡No sufras! ¡Jesús te ama!
- ¡No es tanto mi dolor porque Él se ha ido
cuanto porque yo sigo viva aquí!
¡Viva para añorarlo cada instante! -
Volvió el silencio a expandirse en la sala,
y de él surgir un cántico de ángeles:
- Gloria a Dios en el Cielo y en la tierra
salud, paz y alegría a los mortales. -
Tras la tormenta de las emociones,
la madre de Jesús habló con calma:
- Mi hijo es ahora un mar de luz
que se derrama por el Universo. -
En la espesa oscuridad, coros de ángeles:
- Benditos los limpios de corazón.
- Benditos los de pacífica alma.
- Benditos todos los seres humanos,
porque Él a todos ha perdonado. -
María, la mujer de Cleofás,
era hermana de María, la madre
de Jesús, y juntas habían vivido
la vida sencilla de las mujeres
humildes y pobres de Galilea.
En un momento se sintió inspirada:
- Hemos compartido sus sufrimientos,
y hemos compartido sus alegrías.
Su Amor llenó todos nuestros recuerdos.
Él sigue vivo, ahora y aquí.
Tras las nubes de la fiera tormenta
bailan precisa y perfecta armonía
la inmensa multitud de las estrellas. -
Cerca de la casa del centurión
se hallaba el palacio del rey Herodes.
Los restos del opulento banquete
de Pascua se echaban a los cochinos.
Los invitados estaba borrachos.
Entre arcadas y vómitos cantaban
y bailaban varios coros de hetairas
una música obscena y chabacana.
Medio inconsciente, el orondo Herodes
farfullaba con chirriante voz:
- Un galileo se creía rey
¡Ja!¡Ja!¡Ja! ¡Yo soy el único rey!
El impostor es un frío cadáver.
¡Haced comer su carne a sus discípulos!
Y luego que también beban su sangre. -
En lo más hondo de su corazón
el miedo se expandía como nube
que anticipa una tormenta inmediata.
su cuerpo entero comenzó a temblar,
y luego se retorció como un feto.
Los músicos dejaron de tocar,
las hetairas de cantar y bailar.
En el silencio sólo los aullidos
de pánico y pavor del rey Herodes:
- ¡Aúuuuuuuuuu!
¡Aúuuuuuuuuu!
¡Aúuuuuuuuuu!
¡Aúuuuuuuuuu! -
Luego se desmayó en un estertor.
Oramos todos juntos hasta el alba,
en vela por la muerte de Jesús,
y en mitad de una tormenta de miedo
encontramos paz y calma en la luz.
El viejo Anás, y Caifás, su yerno
habían pasado la Pascua en familia,
pero ninguno de los dos había
pordido dormir en toda la noche.
Juntos en el jardín al ser de día,
de pie junto al tronco de un azufaifo.
- ¡Anás! El recuerdo del Galileo
ocupa el lugar de mis pensamientos.
¡Yo lo odiaba de todo corazón!
- Mi odio era tan grande como el tuyo.
No acabo de entender como podía
tener envidia de aquel pobre loco.
- Su muerte no ha acabado con mi rabia
- ¿Y si fuera verdad que resucite?
- ¡Lo crucificaríamos de nuevo!
- Se creía hijo de Dios. ¡Blasfemia!
- Sexo poder y oro son mi Dios,
y el de los hombres de todos los tiempos.
Mi ángel de la guarda es la mentira.
- El mío, el veneno y el puñal.
El sábado velamos y ayunamos.
Jesús era presencia en la memoria.
Las mismas dudas y la misma fe.
Magdalena, presa de un arrebato,
comenzó a chorrearnos con su verbo.
Cada palabra suya era como
una gruesa gota de agua; lluvia
doliente de lágrimas de amargura:
- ¡Quiero escuchar su voz una vez más!
¡Quiero gozar de su mirada pura!
¡Quiero sus manos sobre mis cabellos!
¡Quiero el olor a cielo de su cuerpo! -
Pasamos entre lágrimas y rezos
la tarde del sábado. Por la noche
velamos en un prístino silencio.
Dos horas antes del amanecer
Magdalena salió de la ciudad
y corrió como loca hasta el sepulcro
clamando: "¡Jesús! ¡Amigo! ¡Maestro!"
Las estrellas emanaban sus luces
más fuertes, más puras y más espléndidas.
El firmamento celebraba fiesta.
Ya se había marchado Magdalena
cuando Pedro llegó con los demás
a la casa del centurión romano.
El Iscariote colgado pendía.
Se había perdido Tomás, el Dídimo.
Simón, al que Jesús llamaba Cefas,
daba muestras de haber llorado mucho.
Con gran dificultad, de su garganta,
brotó un "Shalom", débil y tembloroso.
Llegó luego un largo turno de abrazos.
De pie, en corro. María, la madre,
empezó a abrazar a los discípulos.
Tras ella María de Cleofás,
José de Arimatea, Nicodemo,
Cefas, y luego los demás amigos.
Yo fui el último en abrazar a todos.
El cielo era una cúpula roja.
Las estrellas, ventanas a otros mundos.
Y nuestras almas, una sola alma.
Aromas de Paraíso exparcidas
en aire cálido de primavera.
De súbito recordé la oración
preferida del Amigo Jesús,
y ante los congregados la expliqué.
Desde la raíz de mi corazón:
- Padre, origen antes del origen.
Padre, origen después del origen.
Padre, origen durante el origen.
Nuestro, de los buenos y de los malos.
Nuestro, de los vivos y de los muertos.
Nuestro, del Hombre y de la Creación.
Que estás en los Cielos, y más allá.
Que estás en la Tierra, y más acá.
Que estás en todas partes y en ninguna.
Que sea tu nombre santificado.
A todos nosotros venga tu Reino
de armonía, de paz y de justicia,
de amor, de confianza y de alegría.
Que se haga tu Santa Voluntad.
Que manifiestes todo tu Poder.
Por siempre tu infinita Compasión
en cada latido, en cada hálito,
en cada silencio, en cada espacio,
en la forma y en el fondo del mundo.
Que no nos falte el pan de cada día,
la luz, el calor, el aire, el agua,
fuego, tierra, semilla, fruto y flor.
Perdona nuestro estúpido egoísmo.
Perdona nuestra estólida ignorancia.
Perdona nuestra cobarde mentira.
Y ayúdanos a perdonar nosotros
a los que nos dañaron y ofendieron,
a los que nos mintieron y robaron.
No nos dejes caer en tentaciones
de lujo, envidia, ira y poder,
de soberbia, pereza y avaricia.
Líbranos de las obras del Maligno.
De los estados del Maligno, líbranos.
Líbranos de su odio a los humanos.
Amén. Amén. Amén. Amén. Amén. -
En oración extática estuvimos
un tiempo sin tiempo, hasta que, ella,
Magdalena, se presentó gritando:
- ¡Jesús sigue vivo! -. Abrí los ojos.
María de Magdala nos contó
como Él se le había aparecido:
- Su carne era carne. Carne de Luz.
Sus ojos, dos puertas al Paraíso.
Su voz, la música de las Esferas
de este mundo y de todos los mundos.
Soy libre de la sombra del pecado.
Su perdón es entero y verdadero.
Fulguraba de luces de arco iris.
Nunca he sido tan feliz a su lado.
Jesús es una vida para siempre. -
Cefas y yo corrimos al sepulcro.
Un rato jadeábamos al unísono,
pero fue él quien antes se cansó.
El aire en mis pulmones era fuego.
Por la boca el corazón me salía.
Dura y áspera cuesta de dolor.
Al llegar a la puerta de la cueva,
con todos los sentidos de mi cuerpo,
escuché, tiritando, al Maestro:
- Yo seré tu estro y tú mi cálamo. -
El Maestro flotaba a cuatro pasos
del suelo. Sus palabras eran música.
Conservaba la forma de su cuerpo,
y en él, señales de golpes y llagas.
Borbotones de luz arcoirisada
manaban por los poros de su piel.
- ¡Amado Juan! Ahora mira al sol. -
Un manantial de luz era el Maestro.
Y luego, un arroyo saltarín.
Y más tarde, un río caudaloso.
Y al final, un inmenso mar de luz.
La luz se evaporó, y todo el cielo
explotó dejando una claridad
infinita, sin principio ni fin.
- ¡Vuelve a tí, Juan! Mira otra vez el sol -
Un pozo negro, hundido en la luz.
De la más completa felicidad
pasé al sufrimiento más terrible.
- ¡Juan! El Amor es más. No te atormentes.
Mi Padre Dios no ama el sufrimiento.
El dios que se alimenta de dolor
no es el Dios del que yo os he hablado. -
La Luz original en mi memoria.
El sol no más un agujero negro.
Cuando Cefas llegó a la sepultura
Jesús tornó a su forma de hombre Luz:
- ¡No sufras! Tu traición fue necesaria.
¡Alégrate por mi Resurrección!
Tú también morirás en una cruz. -
El pánico lo sacudía en temblores
cada vez más recios. Como una llama
nimia en medio de una tempestad.
- El dolor se pasa, querido Pedro.
Sólo el fuego del Amor permanece. -
En lo alto se incharon nubes negras
que luego se fundieron. Una esfera
de azabache como el iris de un ojo.
Gruesas gotas de lluvia nos cayeron.
Con todo su Ser Jesús sonreía:
- ¡Mirad al Padre! ¡Cread cada instante!
Colores que cambian, luces que mudan.
Armónica vorágine de estrellas.
Éxtasis íntimo del Universo. -
Llama de luz helada era el Maestro.
Las palabras llovían de su cuerpo
en código de colores ardientes.
Eran los silencios gotas blancas.
- Muerte de pesadilla fue mi muerte.
Mi vida, un hermoso y dulce sueño.
No he predicado muerte, sino Vida.
Lo que hablaron los sumos sacerdotes,
el yerno Caifás y el suegro Anás,
mientras agonizaba el Galileo
en la dura pendiente del Calvario,
lo contaron sus siervos en el templo.
Lo supe por José de Arimatea.
Jesús ya lo había profetizado:
"Lo que se diga en la intimidad
será escuchado en las calles y terrados"
Ocultos en el Santo de los Santos,
espiados por sus propios sirvientes,
dialogaban los Sumos Sacerdotes.
Habló primero el joven Caifás.
Y el viejo Anás le respondió al instante.
- ¡Conservamos los privilegios, suegro!
- Ya saben lo que espera a los rebeldes.
- En ese loco tienen su escarmiento.
- Es más rentable sacrificar vacas.
Ese hombre ha costado mucho oro.
- Nunca hicimos una inversión mejor.
La rebelión se quedó sin cabeza.
Subiremos la tasa de la sal.
Pronto seremos más ricos que Herodes. -
Mientras la plebe orate deliraba
contemplando el martirio de Jesús,
maestros de la ley y sacerdotes
discutían en las puertas del templo.
- Mejor que muera un hombre por el pueblo,
antes que el pueblo muera por un hombre.
- No hay otra Ley que la de Moisés
Ni otros maestros que la interpreten.
- Todos estamos de acuerdo por fin.
Esa muerte es justa y es necesaria. -
José de Arimatea estaba allí
para exponer su opinión discordante:
- Aún estamos a tiempo de evitar
la mayor injusticia de los siglos.
¡Hombres que pensáis! ¡Reflexionad!. -
Llegó Jesús a la cima del cerro.
Su cuerpo pintado de sangre y polvo.
Hubo un silencio cerrado y redondo.
El rey Herodes salió del palacio,
protegido por cientos de soldados,
llevado en un sitial por sus sirvientes,
camino de la casa del banquete
dispuesto para celebrar la Pascua.
En la calle apenas había gente.
Al pasar por la gran puerta del templo
se le unieron sacerdotes y escribas
con sus ostentosas ropas de fiesta.
Varios hombres levantaron la cruz.
Mientras, el Maestro de Nazaret
alzó los brazos al cielo y gritó:
"¡Padre no me dejes! ¡Quiero vivir!"
María, la mujer de Cleofás,
enjugó un paño con sudor y lágrimas,
se echó al suelo, y se puso a limpiar
con él los pies descalzos de Jesús.
Un soldado la retiró a empellones
mientras gritaba: -¡Apártate!¡Fuera!
María, su madre, con amargura,
exclamó, en voz muy alta: "¡Dios mío!"
Yo miré lo más hondo de sus ojos
y entendí lo que su alma sentía:
"¡Recaiga sobre mí su sufrimiento!".
La Magdalena dejó de temblar,
y, con su voz más serena y más clara,
se dirigió a la gente que miraba:
- ¡Es injusto matar a un inocente!
¡Matadme si queréis un culpable!
¡Tomad piedras del suelo y lapidadme! -
Un impío sayón, de un empellón,
tumbó a Jesús sobre las duras rocas,
más ni un gemido salió de su boca.
Entre varios soldados lo pusieron
sobre la cruz y luego lo clavaron.
A cada martillazo acompañaba
yo con lamentos entrañables: "¡Ay!¡Ay!"
Las tres Marías chillaban de pena.
Alzada ya la cruz sobre la tierra,
Jesús puso sus ojos en el cielo.
Tras el velo de mis amargas lágrimas
pude ver transformarse en luz su cuerpo.
No era un trozo de carne februlenta,
era un globo de luz resplandeciente
del que una voz brotaba transparente:
- Gentes de Jerusalén, mis palabras
son destellos de la voz primigenia.-
El más necio y cruel de los presentes
con un palo le golpeó en el pecho,
mientras rabioso y airado exclamaba:
- ¡Qué dices tú, endemoniado loco! -
Pero Jesús ni se inmutó siquiera.
- Mi Padre es el origen sin origen,
el Misterio de todos los misterios,
la causa sin causa, el fin sin fin. -
Tras un silencio largo, otra vez
la voz del Maestro de Nazaret,
prístina, potente, veraz, sentida:
- No os traje la paz del cementerio,
la paz del que ante la injusticia calla.
No os dejo la paz de los vencidos,
la paz de los que viven sometidos.
La paz que yo os traigo, es la paz
que hace a todos los prójimos iguales.
Es verdad que este mundo dura poco,
pero, si no sois fieles en lo poco,
¿cómo podreis ser fieles en lo mucho?
Que el tirano no logre amedrentaros,
que el avaro no os saque la sangre.
Piensan los malvados que muerto el perro
se acabó la rabia, mas se equivocan.
Perviviré por los siglos del mundo
en los hombres de buena voluntad,
los justos, veraces y compasivos. -
Jesús hablaba cada vez más quedo.
Mas era tal el silencio en el Gólgota,
tal era la quietud, tal el sosiego,
que pareciera hablarnos al oído:
- Ya está la mies metida en el granero
a la espera de hacer harina y pan.
Alegraos por mi muerte en esta Tierra,
porque me espera mejor vida en el cielo.
Desde allí os enviaré mis dones,
presentes de honda felicidad. -
Yo sufría los embates del miedo,
que en un momento me hacía temblar,
para luego dejarme yerto y rígido.
Pero a pesar de todo pude hablar:
- ¡Maestro!¡Líbranos de nuestros miedos!
- Discípulo mío, y muy amado,
también yo soy un hombre y tengo miedo.
También yo ante mi Padre me rebelo.
¿Por qué? ¿Por qué me has abandonado? -
Magdalena lloraba ascuas de fuego,
que bajaban por sus mejillas pálidas
abriendo profundos surcos y arrugas.
En su mirada contemplé un abismo
de dolor. Su arrepentimiento era
un perfecto acto de contricción:
- Tú sabes cuanto lo siento, Jesús.
Tú sabes como es de grande mi pena,
hasta donde alcanza mi desconsuelo.
¡Te fallé tantas veces como amiga!
Yo pensaba que sólo era mi cuerpo
el que prostituía a cambio de oro,
que mi alma era pura, pero erraba.
Fui una mujer tirada, mancillada,
la ramera mayor de Palestina.
Tú ya me perdonaste, pero ahora
yo sufro mi martirio por el daño
que te hice. ¡Líbrame de mí misma! -
Las mujeres entraron en arrobo
y mis ojos las vieron como ángeles.
En el mar de sus lágrimas, la luz
pura del sol incendiaba sus caras.
Más fue tan sólo un momento fugaz.
El éxtasis se transformó en desgarro
cuando Jesús exclamó: "¡Aba!¡Padre!".
Tras las luces que Jesús emanaba
seguía existiendo un cuerpo doliente
y una mente sin fe y sin esperanza.
Como el viejo profeta Moisés
no quería morir sin disfrutar
primicias de la Tierra Prometida.
- Parientes de mi carne, Juan, mi amigo,
la tentación se adueña de mi mente.
Más allá de esta vida no veo nada.
¡Padre! ¿Por qué me has abandonado? -
Al par temblaron la tierra y el aire
cuando Jesús dio el último suspiro.
El cielo, prietas nubes de charol
airadas. Rayos, truenos y relámpagos.
El pánico se adueñó de la gente
que comenzó a bajar la cuesta aullando.
Las cortinas del templo se rasgaron;
las palomas huyeron de sus jaulas,
y terneros, corderos y cabritos
rompieron las cercas de sus corrales.
El viento quebraba los viejos árboles,
y arrastraba el agua de la lluvia
las sillas y las mesas del banquete.
El rabino José de Arimatea,
como Nicodemo, era discípulo
secreto de Jesús el Nazareno.
El Maestro los llamó a ser apóstoles,
pero no se atrevieron a seguirlo.
Disfrazados de mendigos venían
a verlo al Huerto de los Olivos.
Muerto Jesús, José de Arimatea,
infundido de cierta valentía,
se fue a hablar con la mujer de Pilatos,
para que le pidiese a su marido
permiso para enterrar a Jesús.
Yo descolgué su cuerpo de la cruz.
José de Arimatea, Nicodemo
y las tres Marías conmigo estaban.
Una costra de sangre y sudor secos
cubría toda la piel de su cuerpo.
Aquella carne que un momento antes
había ardido en los fuegos de la fiebre
yo la sentía ahora helada y yerta.
Nos arañaba una fiera tristeza.
Las lágrimas en las gargantas presas.
Su madre, María, con voz quebrada
por la pena, entre hondos suspiros,
miró al cielo y a Dios se dirigió:
- ¡Señor! ¿Por qué ha muerto mi hijo? ¡Dime!
¿Por qué ha sufrido tanto? ¡El más justo
de los hombres, el más humano y bueno!
¿Es esta tu Justicia y tu Bondad?
¿Cómo has permitido que mi hijo muera
luego de padecer este martirio? -
La Tierra se envolvía en un sudario
de espesas y compactas nubes negras.
Los gritos de las mujeres rasgaban
la oscuridad, y truenos y relámpagos
nos dejaban más sordos y más ciegos.
Y en el cielo los rayos escribían
la respuesta misteriosa de Dios.
Mi corazón no entendía que un Padre
de bondad y de poder infinitos
sacrificara al mejor de sus hijos.
Sobre el Amor del Maestro Jesús,
las mentiras de los falsos rabinos,
la soberbia del impostor Herodes,
el miedo del dominador Pilatos,
la ira de la turba y los soldados.
"¡Qué será de nosotros sus discípulos!".
José de Arimatea, Nicodemo,
su madre, su tía, su amiga y yo
nos manteníamos arrodillados
alrededor de su cuerpo, callados,
sufriendo el mayor de los desconsuelos.
Mi mente no entendía que Jesús,
el más veraz, nos hubiese mentido,
y en lugar de un Paraíso dejara
tras de sí un pozo de soledad.
María, la madre del mejor hijo,
apuraba hasta el fondo la tristeza,
el dolor, el sufrimiento y la lástima.
No hubo en la Historia un cortejo más fúnebre.
José de Arimatea, Nicodemo,
su madre, su tía, su amiga y yo,
llevando en andas la carne sin vida
del más amable de todos los hombres.
Sobre el Gólgota tres cruces vacías.
José de Arimatea y Nicodemo
apartaron la piedra de molino
de la boca de entrada del sepulcro.
Sobre un lienzo pardo, Jesús tendido,
seco cadáver rígido y helado.
María, su madre, con nuestra ayuda,
lo envolvió en las vendas del sudario.
Luego lo introdujimos en la tumba.
Orábamos en abismal silencio.
De pronto, Magdalena gritó fuerte:
- ¡Buen amigo! ¿Por qué nos abandonas?
¿A quién sonfieso mi arrepentimiento?
¿A quién lavo con mis lágrimas sus pies?
¿A quién confío mi pena y dolor?
¿Quién entiende mi hondo sufrimiento?
El agua que Tú me diste a beber,
el Amor que Tú me diste a probar.
¿Quién nos amará como Tú nos amaste? -
El cuerpo de Magdalena temblaba.
En mi mente ni un solo pensamiento.
El espacio y el tiempo inexistentes.
En nuestro corazón sólo Jesús.
Jesús era la única palabra.
Jesús, Jesús, Jesús, Jesús, Jesús.
Era la noche sólo oscuridad.
Ante la gran puerta de la muralla.
Un centurión de gala uniformado
nos saludó con estilo marcial.
Pero luego me abrazó con ternura.
Noté sus lágrimas en mis mejillas.
Era aquel centurión al que Jesús
había sanado a su hija pequeña,
señalado como ejemplo de fe:
- Amigos y parientes del Señor
mi dolor por su muerte es sin medida,
no se puede contar mi sufrimiento.
Pero no es tiempo de lamentaciones,
el Sumo Sacerdote Caifás
y el rey Herodes os están buscando.
Mi casa es vuestra casa y está cerca.
Allí estareis seguros de momento.
Por la calle, ocultad vuestro rostro.
Ciento cuatro pasos hacia el oeste.
Hay un pequeño ciprés en el patio. -
La mujer del centurión cocinó
habas con cebolla para nosotros,
y su pequeña hija nos sirvió.
Era el silencio espeso porque estaba
cargado con todos nuestros recuerdos.
La niña fue la primera que habló:
- Yo estaba muy enferma. Me moría
de escalofríos, mi alma huía
tras una luz de pura transparencia.
De pronto, Él me llamó por mi nombre:
" ¡Talita, vuelve! ¡Tu padre te espera!"
Cuando abrí los ojos Jesús estaba
a los pies de mi cama sonriendo,
y su sonrisa era el origen
de la luz y el calor de mi alma. -
De los ojos de Talita brotaron
dos lagunas de estrellas de colores.
Entonces entendí porqué Jesús
decía: "De los niños es el Reino".
Nicodemo, miembro del Sanedrín,
había abogado por Jesús en vano.
Su discurso había sido rechazado.
Ninguno de los grandes sacerdotes
apoyó su petición de indultar
al Mesias de todos los milagros.
Su voz era muy débil, pero audible:
- Mi corazón es como un pan de pena.
El Amigo ya no está con nosotros.
Si Él no está, ¿para qué quiero vivir?
Ahora me pesa el tiempo que pasé
adorando riquezas y poder.
Todo el oro de este mundo no basta
para pagar la menor de mis penas.
Todo el poder de este mundo no basta
para llenar un poco mi vacío.-
Llovió toda la noche, reciamente.
Al compás del agua sobre el tejado
salmodiábamos su nombre: ¡Jesús!
Entre un chaparrón y otro chaparrón
llorábamos con desesperación.
José de Arimatea se exaltó,
y con voz desgarrada acuchilló
un silencio tan duro como el mármol:
- De todos sus preceptos, el perdón
es el más difícil de comprender.
No puedo amar a los que lo han matado,
y acaso me maten a mí también.
El perdón no cabe en mi corazón. -
Magdalena, sentada en un rincón
sobre un pequeño banco de madera,
con la frente pegada a las rodillas,
las manos contra los ojos llorosos.
La consolaban las otras Marías.
Sus lágrimas lastimaban mi alma:
- ¡Malena! ¡No sufras! ¡Jesús te ama!
- ¡No es tanto mi dolor porque Él se ha ido
cuanto porque yo sigo viva aquí!
¡Viva para añorarlo cada instante! -
Volvió el silencio a expandirse en la sala,
y de él surgir un cántico de ángeles:
- Gloria a Dios en el Cielo y en la tierra
salud, paz y alegría a los mortales. -
Tras la tormenta de las emociones,
la madre de Jesús habló con calma:
- Mi hijo es ahora un mar de luz
que se derrama por el Universo. -
En la espesa oscuridad, coros de ángeles:
- Benditos los limpios de corazón.
- Benditos los de pacífica alma.
- Benditos todos los seres humanos,
porque Él a todos ha perdonado. -
María, la mujer de Cleofás,
era hermana de María, la madre
de Jesús, y juntas habían vivido
la vida sencilla de las mujeres
humildes y pobres de Galilea.
En un momento se sintió inspirada:
- Hemos compartido sus sufrimientos,
y hemos compartido sus alegrías.
Su Amor llenó todos nuestros recuerdos.
Él sigue vivo, ahora y aquí.
Tras las nubes de la fiera tormenta
bailan precisa y perfecta armonía
la inmensa multitud de las estrellas. -
Cerca de la casa del centurión
se hallaba el palacio del rey Herodes.
Los restos del opulento banquete
de Pascua se echaban a los cochinos.
Los invitados estaba borrachos.
Entre arcadas y vómitos cantaban
y bailaban varios coros de hetairas
una música obscena y chabacana.
Medio inconsciente, el orondo Herodes
farfullaba con chirriante voz:
- Un galileo se creía rey
¡Ja!¡Ja!¡Ja! ¡Yo soy el único rey!
El impostor es un frío cadáver.
¡Haced comer su carne a sus discípulos!
Y luego que también beban su sangre. -
En lo más hondo de su corazón
el miedo se expandía como nube
que anticipa una tormenta inmediata.
su cuerpo entero comenzó a temblar,
y luego se retorció como un feto.
Los músicos dejaron de tocar,
las hetairas de cantar y bailar.
En el silencio sólo los aullidos
de pánico y pavor del rey Herodes:
- ¡Aúuuuuuuuuu!
¡Aúuuuuuuuuu!
¡Aúuuuuuuuuu!
¡Aúuuuuuuuuu! -
Luego se desmayó en un estertor.
Oramos todos juntos hasta el alba,
en vela por la muerte de Jesús,
y en mitad de una tormenta de miedo
encontramos paz y calma en la luz.
El viejo Anás, y Caifás, su yerno
habían pasado la Pascua en familia,
pero ninguno de los dos había
pordido dormir en toda la noche.
Juntos en el jardín al ser de día,
de pie junto al tronco de un azufaifo.
- ¡Anás! El recuerdo del Galileo
ocupa el lugar de mis pensamientos.
¡Yo lo odiaba de todo corazón!
- Mi odio era tan grande como el tuyo.
No acabo de entender como podía
tener envidia de aquel pobre loco.
- Su muerte no ha acabado con mi rabia
- ¿Y si fuera verdad que resucite?
- ¡Lo crucificaríamos de nuevo!
- Se creía hijo de Dios. ¡Blasfemia!
- Sexo poder y oro son mi Dios,
y el de los hombres de todos los tiempos.
Mi ángel de la guarda es la mentira.
- El mío, el veneno y el puñal.
El sábado velamos y ayunamos.
Jesús era presencia en la memoria.
Las mismas dudas y la misma fe.
Magdalena, presa de un arrebato,
comenzó a chorrearnos con su verbo.
Cada palabra suya era como
una gruesa gota de agua; lluvia
doliente de lágrimas de amargura:
- ¡Quiero escuchar su voz una vez más!
¡Quiero gozar de su mirada pura!
¡Quiero sus manos sobre mis cabellos!
¡Quiero el olor a cielo de su cuerpo! -
Pasamos entre lágrimas y rezos
la tarde del sábado. Por la noche
velamos en un prístino silencio.
Dos horas antes del amanecer
Magdalena salió de la ciudad
y corrió como loca hasta el sepulcro
clamando: "¡Jesús! ¡Amigo! ¡Maestro!"
Las estrellas emanaban sus luces
más fuertes, más puras y más espléndidas.
El firmamento celebraba fiesta.
Ya se había marchado Magdalena
cuando Pedro llegó con los demás
a la casa del centurión romano.
El Iscariote colgado pendía.
Se había perdido Tomás, el Dídimo.
Simón, al que Jesús llamaba Cefas,
daba muestras de haber llorado mucho.
Con gran dificultad, de su garganta,
brotó un "Shalom", débil y tembloroso.
Llegó luego un largo turno de abrazos.
De pie, en corro. María, la madre,
empezó a abrazar a los discípulos.
Tras ella María de Cleofás,
José de Arimatea, Nicodemo,
Cefas, y luego los demás amigos.
Yo fui el último en abrazar a todos.
El cielo era una cúpula roja.
Las estrellas, ventanas a otros mundos.
Y nuestras almas, una sola alma.
Aromas de Paraíso exparcidas
en aire cálido de primavera.
De súbito recordé la oración
preferida del Amigo Jesús,
y ante los congregados la expliqué.
Desde la raíz de mi corazón:
- Padre, origen antes del origen.
Padre, origen después del origen.
Padre, origen durante el origen.
Nuestro, de los buenos y de los malos.
Nuestro, de los vivos y de los muertos.
Nuestro, del Hombre y de la Creación.
Que estás en los Cielos, y más allá.
Que estás en la Tierra, y más acá.
Que estás en todas partes y en ninguna.
Que sea tu nombre santificado.
A todos nosotros venga tu Reino
de armonía, de paz y de justicia,
de amor, de confianza y de alegría.
Que se haga tu Santa Voluntad.
Que manifiestes todo tu Poder.
Por siempre tu infinita Compasión
en cada latido, en cada hálito,
en cada silencio, en cada espacio,
en la forma y en el fondo del mundo.
Que no nos falte el pan de cada día,
la luz, el calor, el aire, el agua,
fuego, tierra, semilla, fruto y flor.
Perdona nuestro estúpido egoísmo.
Perdona nuestra estólida ignorancia.
Perdona nuestra cobarde mentira.
Y ayúdanos a perdonar nosotros
a los que nos dañaron y ofendieron,
a los que nos mintieron y robaron.
No nos dejes caer en tentaciones
de lujo, envidia, ira y poder,
de soberbia, pereza y avaricia.
Líbranos de las obras del Maligno.
De los estados del Maligno, líbranos.
Líbranos de su odio a los humanos.
Amén. Amén. Amén. Amén. Amén. -
En oración extática estuvimos
un tiempo sin tiempo, hasta que, ella,
Magdalena, se presentó gritando:
- ¡Jesús sigue vivo! -. Abrí los ojos.
María de Magdala nos contó
como Él se le había aparecido:
- Su carne era carne. Carne de Luz.
Sus ojos, dos puertas al Paraíso.
Su voz, la música de las Esferas
de este mundo y de todos los mundos.
Soy libre de la sombra del pecado.
Su perdón es entero y verdadero.
Fulguraba de luces de arco iris.
Nunca he sido tan feliz a su lado.
Jesús es una vida para siempre. -
Cefas y yo corrimos al sepulcro.
Un rato jadeábamos al unísono,
pero fue él quien antes se cansó.
El aire en mis pulmones era fuego.
Por la boca el corazón me salía.
Dura y áspera cuesta de dolor.
Al llegar a la puerta de la cueva,
con todos los sentidos de mi cuerpo,
escuché, tiritando, al Maestro:
- Yo seré tu estro y tú mi cálamo. -
El Maestro flotaba a cuatro pasos
del suelo. Sus palabras eran música.
Conservaba la forma de su cuerpo,
y en él, señales de golpes y llagas.
Borbotones de luz arcoirisada
manaban por los poros de su piel.
- ¡Amado Juan! Ahora mira al sol. -
Un manantial de luz era el Maestro.
Y luego, un arroyo saltarín.
Y más tarde, un río caudaloso.
Y al final, un inmenso mar de luz.
La luz se evaporó, y todo el cielo
explotó dejando una claridad
infinita, sin principio ni fin.
- ¡Vuelve a tí, Juan! Mira otra vez el sol -
Un pozo negro, hundido en la luz.
De la más completa felicidad
pasé al sufrimiento más terrible.
- ¡Juan! El Amor es más. No te atormentes.
Mi Padre Dios no ama el sufrimiento.
El dios que se alimenta de dolor
no es el Dios del que yo os he hablado. -
La Luz original en mi memoria.
El sol no más un agujero negro.
Cuando Cefas llegó a la sepultura
Jesús tornó a su forma de hombre Luz:
- ¡No sufras! Tu traición fue necesaria.
¡Alégrate por mi Resurrección!
Tú también morirás en una cruz. -
El pánico lo sacudía en temblores
cada vez más recios. Como una llama
nimia en medio de una tempestad.
- El dolor se pasa, querido Pedro.
Sólo el fuego del Amor permanece. -
En lo alto se incharon nubes negras
que luego se fundieron. Una esfera
de azabache como el iris de un ojo.
Gruesas gotas de lluvia nos cayeron.
Con todo su Ser Jesús sonreía:
- ¡Mirad al Padre! ¡Cread cada instante!
Colores que cambian, luces que mudan.
Armónica vorágine de estrellas.
Éxtasis íntimo del Universo. -
Llama de luz helada era el Maestro.
Las palabras llovían de su cuerpo
en código de colores ardientes.
Eran los silencios gotas blancas.
- Muerte de pesadilla fue mi muerte.
Mi vida, un hermoso y dulce sueño.
No he predicado muerte, sino Vida.
