miércoles, 26 de octubre de 2016

Cervantes. Biografía intensa.

   Miguel de Cervantes-Saavedra Cortina, nació en Alcalá de Henares en el año 1947, cuarto vástago de una extraña familia formada por don Fernando Cervantes, zurujano de cupo y Leonor de Cortina, hacendada de no mal pasar con tierras en Arganda del Rey. El padre, aunque de origen noble, debido a su sordera no había podido hacer los estudios de medicina y ni siquiera había aprobado los de zurujano. Ejercía pues sin título su oficio. Pareja extraña entre un pobre hombre y una rebelde mujer enamorada. Intentó hacerse, como el marido, sorda a las murmuraciones, pero cuando ya no pudo más, empujó a su marido a probar suerte en Valladolid cuando su hijo Miguel apenas tenía cuatro años. En Valladolid vivieron de alquiler y Fernando, el zurujano sordo, no tuvo más éxito que en Alcalá de Henares. La cosa fue aún peor, y para mantener a la familia de seis hijos contrajo deudas y acabó en la cárcel y embargado.
   Nada más salir de la cárcel se trasladan a Toledo, cerca de Esquivias, donde la madre buscaba apoyo en su familia en parte oriunda de este pueblo "de ilustres gentes y de ilustrísimos vinos". En esas estando, Don Rodrigo Cervantes tuvo noticia de la muerte de su padre en Córdoba y allá arrastró a la familia a ver de cobrar la herencia. Luego de meses de idas y venidas entre Córdoba y Montilla, debió cobrar la herencia porque al poco marcharon a Sevilla, donde las cosas no les debieron ir mal a los Cervantes. El niño Miguel pudo estudiar hasta en los jesuitas y tener un maestro tan preclaro como López de Hoyos.
   No tuvo tiempo de estudiar en la Universidad, pero a los 19 años se trasladó a Madrid donde muy pronto destacó en el mundillo literario y se alzó con el honor de ocupar el puesto vacante desde Garcilaso de príncipe de los poetas. Mucha fama, pero no tanta paga, que por otra parte el joven Cervantes derrochaba a manos llenas, más por generoso que por dispendioso. Miguel se emborrachó de fama y se convirtió en un galán petulante y pendenciero. Por defender el honor de una dama pinchó a un hombre y tuvo que huir a uña de caballo. Su fama como poeta le permitió colocarse en Italia como camarero del cardenal Acquaviva. En su compañía recorrió las tierras y ciudades del norte de Italia, desde Génova hasta Venecia. El cardenal acabó en Roma y Cervantes con él, pero no se sabe muy bien por qué, cada cual imagine, abandonó a Acquaviva y marchó a Nápoles donde se alistó como soldado en la flota de don Juan de Austria, el bastardo del Emperador Carlos V.
   Miguel de Cervantes no tenía más que 24 años. Una gran flota con las galeras de guerra de Venecia, los Estados Vaticanos y España contra otra flota aún mayor con las de Turquía. Una batalla por el control del mar Mediterráneo. El sensible poeta cuando empezaron a escucharse los primeros cañonazos se puso a soltar lastre por delante y por detrás y la fiebre le subió hasta el delirio. Los compañeros lo empujaron a la bodega, pero él en lugar de eso se subió al primer esquife de abordaje, como un león. Salió de la refriega con dos graves heridas en el pecho y la mano izquierda destrozada.
   Tras la inútil victoria de Lepanto, Miguel de Cervantes volvió a Nápoles a curarse de sus heridas. Contumaz aventurero, el joven soldado paseó su palmito desde Roma hasta Palermo, unas veces buscando padrinos para su carrera militar, otras persiguiendo ninfas, enamorado. Al final creyó encontrar el amor verdadero en una joven napolitana a la que llama Silena, con la que tiene un hijo. Pero la dicha duró poco, la mujer lo engaña y, desesperado, embarca en una nave rumbo a España.
Aprovechando que el barco en el que iba Cervantes se separó demasiado de sus compañeros de flotilla, los turcos lo abordaron, lo rindieron y lo llevaron a Argel.
   Argel era una fortaleza que un gobernador del Gran Turco había convertido en ciudad de cautivos. Cinco o seis mil desdichados capturados aquí y allá, los había de todos los pueblos del Mediterráneo. Una partida grande de turcos mantenía el orden en una ciudad en la que los cautivos vivían como pudieran vivir en Nápoles o en Palermo, eso sí no vivían en palacios sino en baños, en celdas en un gran recinto cerrado por las noches. El negocio del Pachá estaba en pedir rescate. Miguel de Cervantes, que había logrado cartas de recomendación de muy altos poderes de Italia, fue confundido con un hombre de posibles y pidieron por él una millonada.
   Su hermano menor que también había sido capturado con él fue liberado a los dos años porque por el pidieron un rescate menor. Cervantes tenía un carácter muy dominante y en Argel pronto se convirtió en una especie de rey de los cautivos. Pero llegado a un punto, Cervantes intentó escapar y sólo su fama anterior le sirvió para no ser apaleado en exceso. Fuera como fuere, el osado Miguel volvió a intentarlo tres veces más. Tal era su prestigio aún en la última ocasión en la que lo pillaron que luego de ser condenado a tres mil azotes, la pena le fue conmutada casi en su totalidad. No es extraño que en el Quijote, su obra más excelsa, los palos abunden como las setas en otoño. Al fin, luego de cinco años y medio de cautiverio, su madre, su tía y sus hermanas lograron pagar el rescate. No ha de extrañar que la mujer sea tan bien tratada en sus obras.
   Conociendo un poco la vida de Cervantes nadie se debería extrañar de que su caballero fuera andante. Desembarca en Denia, de Denia a Valencia y de Valencia a Madrid. No es precisamente un buen recibimiento el que le espera en Madrid. Se ha extendido una epidemia de gripe que está matando más que una guerra. Santa Teresa de Jesús se enferma y también el rey Felipe II. La hermana monja de Miguel de Cervantes tampoco escapa. Su padre cada vez más sordo y meditabundo, su madre, como siempre llevando con paciencia la carga de las hijas que no acaban de hacer carrera matrimonial. En Madrid sigue su maestro López de Hoyos que le pone al día de las novedades producidas en la docena de años que falta de Madrid.
   Pensaba escribir una novela pastoril de la que ya tenía el título y muchos versos sueltos, pero la escritura exigía tiempo y dinero. No tenía ingresos de ningún tipo, sus mujeres lo sostenían. El rey Felipe, restablecido se dirigió a Portugal, a la ciudad de Thomar a jurar que respetaría los derechos de los portugueses en la recién estrenada unidad, bajo su corona, de España y Portugal. Allí estuvo Cervantes. Gracias a su conocimiento de la lengua y los usos del norte de África, fue pagado con cien ducados del rey para un viaje de reconocimiento a Orán, ciudad no lejos de Árgel en donde había vivido cautivo. Otra vez Valencia y otra vez en Madrid.
   Cervantes tenía treinta y cuatro años cuando se instaló en Madrid de nuevo. En sus oscuras soledades de los baños de Argel, Miguel, el bravo, había imaginado tres decenas de comedias para ser representadas en la ciudad en la que reside la Corte de Felipe II. Las escribió y las vendió a distintos empresarios teatrales que entonces se decían autores. Al principio tuvieron mucho éxito y Cervantes pudo vivir si no en la opulencia, sí en el que le sobra. El soldado Miguel, que ya ha renunciado a ser capitán, puede usar de su liberalidad con las fuertes y listas mujeres de su familia y por mucha gente más. Todo lo que ganaba lo gastaba. Era famoso y estaba rodeado de actrices jóvenes y guapas. Una de ellas le raptó el corazón, Ana Franca, con la que tuvo su única hija.
   No le duró mucho la vida de escritor rico y famoso. El público ya no recibía sus comedias con tanto entusiasmo y algunas habían sido hasta silbadas. Los autores comenzaron a rehuirle y casi sin darse cuenta vuelve a caer en la pobreza. Miguel decide sentar la cabeza y casarse. La elegida es una señora moza de diecinueve años, él tiene dieciocho más. Que Catalina del Palacio estaba enamorada de Cervantes no se tiene la menor duda, ni en sus más bellos sueños se había visto casada con un caballero  viajero y famoso tan apuesto y tan lindo y además con esa parla de terciopelo y miel. Los que imaginan insidiosamente que Cervantes se casó con ella por el interés mienten. Catalina es la mujer a la que ama y amará luego toda la vida. Unas veces viviendo juntos, otras viviendo separados, unidos como una sola carne.
   El hidalgo Miguel de Cervantes, héroe de Lepanto, cautivo en Argel y príncipe de las letras no tiene más remedio que ponerse a trabajar como recaudador de impuestos de la Corona por la rica campiña sevillana y cordobesa. Entonces los recaudadores de impuesto iban con vara alta allá donde actuaban. Los corregidores tenían la obligación de ponerse a su servicio. El escritor convertido en bandolero del rey. Pero aquellos pueblos eran ubérrimos, Carmona, Marchena, Osuna, Écija y decenas de otros más, pueblos blancos de cal y campos verdes. Cervantes resultó ser un funcionario de lo más eficaz. Como el impuesto era de trigo, lo tenía que acarrear a Sevilla desde los pueblos y tenía tratos con los carreteros y con todo tipo de gente.
   Uno de sus subalternos, aprovechándose de la confianza, desvió una parte del dinero de una venta de trigo y Cervantes probó la cárcel mientras el asunto se aclaró. Recibida de nuevo la confianza de sus superiores, siguió en su labor de recoger impuestos para la Armada Invencible. Cuando por fin, tras tres largos años de aventuras diarias tuvo en sus manos el dinero de todo lo vendido, descansó. Por miedo a que se lo robaran en el camino a Madrid, se lo confió a un banquero portugués que desapareció con los dineros de la Armada del rey. Y entonces sí que vuelve Cervantes a la cárcel por más tiempo, casi un año.
   Miguel iba de ir con vara alta por las dos Andalucías  a que le molieran las espaldas con las varas en las cárceles. Pocos biógrafos de Cervantes han reflexionado sobre esta época de siete u ocho años que el escritor se convierte en un alto funcionario del gobierno de Felipe II. Pero su ilusión, aún se siente joven, es ir a las Indias. De la importancia de su cargo en el gobierno del rey Prudente dice el que cuando Miguel le hace petición de ir a las Indias lo hace como aspirante a la corregiduría de Quito, o gobernador de una provincia. La respuesta del rey no puede ser más terminante. No.
   Vuelve a la cárcel de Sevilla, otra vez por pecados del prójimo. Es muy posible que fuera en esta última estancia en la cárcel de Sevilla que imaginara el Quijote, primero como novela corta. Permanece en Sevilla un poco de tiempo más. Pero su familia está entre Madrid, Toledo y Esquivias. Su padre ha muerto ya y también Felipe II. Cervantes vuelve a Madrid el año en el que en Sevilla se declara una epidemia de peste. Por el camino se cruza una orden de pago de Hacienda a su nombre. Gracias a las herencias de sus padres logra Miguel ya cincuentón disponer del tiempo suficiente para escribir su obra más excelsa, don Quijote de la Mancha. Entre Madrid, Toledo y Esquivias, Cervantes logra dar por concluida su primera parte.
   Pero los dineros se acaban y a Cervantes no le queda otra que seguir al nuevo rey a Valladolid, donde el mayor ladrón de España, su valido el duque de Lerma, ha llevado la corte. Previamente ha comprado los mejores espacios de la ciudad. El primer pelotazo urbanístico. Muerta su madre, con Cervantes van a vivir a Valladolid con él sus dos hermanas con la hija de la hermana mayor y su propia hija, la que tuvo con Ana Franca. Sus hermanas ya no despiertan los amores de noble alguno y tienen que emplearse como costureras de los vestidos de las cortesanas. El hombre se ha cansado ya de pedir al nuevo rey, y se concentra en la escritura. Viven en un piso de una casa de tres alturas de nueva construcción a orillas del río Esgueva.
   Cervantes ha dejado en Madrid, a la viuda del librero Robles, su manuscrito de la primera parte del Quijote. Al poco, luego de las últimas y rápidas correcciones, es editado en 1605. Por desgracia para el escritor el libro no se vende tanto como se esperaba, debido sobre todo a que circulan papeles piratas del "Quijotillo" que escribió en la cárcel de Sevilla. Los mil quinientos reales que le anticipan no le dan mas que para ir pasando. Está inmerso en la escritura de la segunda parte del Quijote cuando vuelve a Esquivias a renunciar a la parte de la herencia de su esposa. Miguel de Cervantes-Saavedra y Palacios no es un aprovechado y sale así, con esta renuncia, al paso de la calumnia de que se ha casado con su mujer por la herencia. Su esposa no está con él en Valladolid, pero el amor se sigue manteniendo entre ellos. Puede decirse que Catalina es su Dulcinea.
   Valladolid es una ciudad de lujo, el valido del rey Felipe III la ha convertido es la capital de la opulencia. La Corte es cada vez más pomposa y lujo y lujuria se extienden por igual. Cierta noche, Cervantes es probable que se encontrara escribiendo en su cama, sube un vecino a su piso a decirle que hay un hombre muy malherido en el portal, vestido con un hábito de Santiago. Como no podía ser de otra forma le cargaron el muerto a don Miguel. En realidad el finado, un caballero navarro de apellido Ezpeleta, había muerto en un duelo con un marido burlado, un marido de más dinero que renombre. Fue su última estancia en la cárcel, esta vez muy breve.
   A pesar de la campaña de Lope de Vega contra Cervantes y su libro, el interés por el Quijote se extiende hasta América. El escritor vuelve a Madrid y por fin logra vivir a solas con su esposa doña Catalina. El éxito de su novela y el mediano pasar del que disfruta reaviva las ilusiones de Cervantes, que vuelve a re-escribir viejos dramas y novelas. Además escribe otros tres libros. La tranquilidad no le duró demasiado. Un escritor anónimo, de alias Avellaneda, había escrito una segunda parte del Quijote, y Cervantes que apenas había esbozado la continuación se puso mano a la obra de escribir la suya.
   Por ese tiempo, con los pocos reales que le da el Quijote, decide hacer un viaje a Italia para buscar a su hijo Promontorio, pero no llega más allá de Barcelona. Su hija mientras tanto ha encontrado un amante rico y se ha olvidado de su padre. Cuando vuelve del viaje está sin blanca, pero con la esperanza de terminar los grandes y duros trabajos de sus últimos libros. El Persiles y Segismunda, las Novelas Ejemplares y las Doce comedias y doce entremeses, además de un par de libros más que tiene en mente.
   Todavía intenta pasar a Nápoles, donde el gobernador quiere establecer una corte literaria. Pero los responsables de elegir a los escritores y artistas no lo tienen en cuenta. Empieza a ser conocido en las ciudades más cultas de Europa, pero en España tiene que seguir sufriendo las envidias de sus colegas que denotan sus obras y calumnian su persona. Por fortuna para él, el conde de Lemos y el arzobispo de Toledo, el cardenal Rojas, lo toman bajo su protección y le mantienen. Cuatro días antes de morir aún viaja a Toledo. Su fama, a pesar de todo crece. Cervantes sigue siendo la misma persona sencilla y generosa. Muere a mediados de abril del año 1616, pocos meses después de salir a la venta la segunda parte del Quijote.
 

 
 
 

domingo, 16 de octubre de 2016

Humboldt, Goethe y Napoleón.

   Humboldt suena muy poco. Tan poco que apenas es un eco lejano en los estudios de los profesores y profesoras de instituto. La burocracia y los malos programas de estudios  han convertido a mucha parte de ellos y ellas en meros reproductores de la ideología dominante Humboldt no entra en los planes.
   Humboldt es el primer hombre que pensó en la Tierra como un todo, el primero que se dio cuenta que   ningún organismo, ni ningún suceso, podían ser comprendidos si no se estudiaban sus relaciones con los organismos y sucesos que lo rodeaban. El abuelo de la Ecología oculto entre las brumas de la Historia.
   Humboldt aunó en su persona al filósofo y al científico, al aventurero y al poeta; niño viejo y viejo niño, cercano a todos, anti-esclavista y demócrata. Sus viajes al Orinoco o al Asia Central como explorador no son tan importantes en su vida como los conocimientos sobre el mundo que adquirió en ellos.
   Hombre tan sociable como reflexivo, fue amigo de los hombres y mujeres más sabios de su tiempo, entre ellos Goethe y Jefferson. Recorrió todos los lugares de Europa donde se reunían los nuevos científicos y filósofos de su tiempo, finales del siglo XVIII y principios del XIX. Ni se casó ni tuvo hijos. Sus escritos son extensos y variados. Una mina olvidada de observaciones sobre los temas más diversos.
   A Humboldt siempre hay que imaginarlo cargando cajas y sacos de plantas, de rocas, de instrumentos de trabajo, charlando a grandes voces con sus compañeros de viaje, sus amigos más íntimos. Es difícil imaginar un hombre más representativo de la modernidad en todos sus planos. Darwin, muy inferior a él en capacidades y conocimientos le acabó robando casi por completo su importancia  en la historia. Darwin era más del gusto de los nuevos poderosos del mundo.

   Goethe fue el alemán más conocido de su tiempo, en un tiempo en el que la libertad que se concedía a los intelectuales  en los pequeños principados y ducados independientes de la actual Alemania, dio como fruto decenas de artistas, músicos, científicos y filósofos de primer nivel: Herder, Scheling, Fichte, Schiller, Hegel, Mozart, Beethoven…
   Aciertan los que hablan de él como de un romántico y también aciertan los que dicen que es un clásico. Es imposible encontrar una personalidad más contradictoria ni el el siglo XVIII ni en el sigloXIX. Aunque su origen no era ni noble ni aristocrático logró en vida ser ejemplo de nobles y aristócratas.
   La vida, tanto más que la obra literaria de este hombre, es apasionante. No hubo filosofía, ciencia o arte en el que no hubiese hecho incursiones. La suerte de Goethe fue conocer al duque Carlos Augusto de Sajonia, Weimar y Eisenach. El duque había sido educado en las ideas de Rousseau y tenido como preceptores a hombres muy sabios, pero su amistad con Goethe fue muy superior a ninguna otra. Eran tan camaradas que hasta compartían amantes.
   Su amigo el duque, con el que lo mismo cazaba animales que mujeres, lo añadió a su Consejo y Goethe pudo hacer mientras él vivió, todo lo que quiso en todos los ámbitos de la política, la economía y la cultura del pequeño, pero próspero estado. Junto a Humboldt explotó nuevas minas con métodos muy novedosos y eficaces, lo que paró en grandes beneficios para el ducado que acabaría convirtiéndose en gran ducado.
   Luego puso en orden las finanzas del duque y más tarde las del Estado, La mayor eficacia se derivaba casi siempre de sus actuaciones en los más diversos campos en los que trabajó. Goethe tenía unas extraordinarias dotes de mando porque conseguía entusiasmar a todos en sus proyectos por difíciles que parecieran.
   Al tiempo era un impenitente amador de damas, un adolescente esclavo de sus pulsiones libidinosas. Podía mantener con toda tranquilidad varias relaciones al mismo tiempo. Al final siempre huía de ellas, porque ninguna acababa de rendirlo plenamente. Aunque se casó y tuvo hijos ya bastante mayor, siguió persiguiendo gacelas por los salones y los campos de Sajonia.
   Como escritor fue tan proteico como proteica fue su vida. Tenía su propia compañía de teatro y vigilaba hasta la última línea de todos los libros que editaba, siendo famosas sus peleas con su editor por los beneficios de sus obras. El Wilhem Meister, el Werther, el Fausto o sus libros de memorias se vendieron por toda Europa.
   Como su amigo Humboldt, apenas dormía cuatro horas diarias, las otras veinte eran presa de su hiperactividad. Sus viajes por Alemania, por Suiza, por Francia o por Italia son un ejemplo de viajes en busca de nuevos conocimientos y experiencias. Su curiosidad era inmensa y sus estudios fueron tan extensos como intensos.
   Con todos sus éxitos, de lo más orgulloso  que estaba Goethe era de dos de sus fracasos, de sus poco reconocidos estudios sobre la luz y sobre la poesía mística del iraní al-Jilani.
   Hombre de muchos tiempos, tal vez demasiado cínico para ser tomado como ejemplo, pero ejemplar como hombre de vida romántica y clásica al mismo tiempo.

   Sobre Napoleón Bonaparte se han escrito miles de libros. Una parte desde la admiración, otra desde el rechazo y una tercera desde la voluntad de objetividad. Cada lector puede hacer su composición con los millones de páginas que sobre él han versado.  No engaño a nadie si digo que mi visión es claramente negativa dado  que mi óptica es radicalmente pacifista. No hace falta cargar las tintas para verlo como lo vieron sus enemigos, como el ogro de Europa.
   Este hombre u ogro regó con sangre Francia, Alemania, Italia, Austria, Bélgica, Holanda, Hungría, Polonia, Rusia, España, Portugal, Egipto, Siria… sin importarle sacrificar en sesenta hecatombes que fueron el total de sus batallas a más hombres que ningún otro carnicero de la historia anterior. Las batallas de Alejandro Magno o de César no son más que minucias comparadas con las del Corso.
   De 1783 a 1815, treinta y dos años de enfrentamientos armados en la mayoría de los países de Europa. Napoleón no firmaba acuerdos de paz, y si los firmaba los violaba cuando le interesaba. Cuando la gente oye hablar de Marengo, de Wagram, de Austerlitz, de Waterloo o de Bailén se  imagina a un generalito de plomo dirigiendo soldaditos de plomo, pero en las mentadas batallas decenas de miles de hombres eran reventados por las bombas, pisoteados por las patas de los caballos, abiertos en canal por los sables o acribillados por las descargas de fusilería. Hombres con padres y madres, con hijos e hijas, con esposas, con amigos, en la flor de la vida.
   La idea que ha quedado en la gente culta de hoy es que Napoleón defendió los ideales de la Revolución francesa contra la monarquía y la nobleza, pero esa idea es completamente falsa. Napoleón no quería llevar a Europa por el camino de la libertad, la igualdad y la fraternidad, muy al contrario, la quería llevar a los tiempos del Imperio de Roma. Todas las naciones, en lugar de a Roma, rendirían cuentas a Francia, a París, a Napoleón, al Emperador.
   La mayoría de los franceses adoraban a Napoleón, como las mayoría de los romanos adoraban a sus emperadores más crueles. El mismo hombre que acabó con la Revolución acusando de terroristas a los revolucionarios, extendió un Terror mucho más terrible por toda Europa. Pero no hay que engañarse, Napoleón no era más que el hombre que representaba la voluntad de los franceses, que en su mayoría no sólo no eran revolucionarios sino que eran profundamente reaccionarios: serviles, castistas y egoístas. Eso era lo que había, un pueblo que a falta de grandes virtudes se regocijaba en grandes vicios.
   Napoleón Bonaparte, el ogro de Europa, ocupa un lugar en la Historia de los horrores del mundo, como precursor de los genocidas del siglo XX como Hitler y Stalin. Nadie puede negarle sus más que extraordinarias capacidades: inteligencia de genio,  capacidad de trabajo de atlas y dotes de mando de faraón. Todas ellas empleadas en aras de un imperio universal imposible. Al final, ¿para qué  sirvieron sus capacidades? ¿Para hacer de Europa un campo de batalla durante más de treinta años? El Dante hubiese tenido que inventar un infierno para él solo.
 
 
 
 
 



 

sábado, 8 de octubre de 2016

Sueño de Paraíso

   Tú eras en el cuerpo más perfecto.
   Yo estaba dentro de tus ojos.
   Dos misteriosas tierras dentro de dos soles.
   Nunca jamás tanta delicia.
   De lo que sentí , silencio.
   Tú eras la mujer de mis sueños.
   Lo mejor de todo, Amor, es que era sólo el comienzo.
Quisiera olvidar aquel momento intenso de gozo.
Quisiera borrar de mi mente su recuerdo.