De Coimbra a Oporto, pequeñas fincas agrícolas, bosques de eucaliptos y población dispersa. La reserva natural de las dunas de san Jacinto queda a pocos kilómetros, pero los viajeros no se detienen, aspirados por la atracción de Oporto. No lo tienen fácil para aparcar y acaban dejando el coche en un parking y luego trasladan los bultos al hotel. Calor húmedo pegajoso. En una primera impresión, Oporto es una ciudad bulliciosa y desordenada. Aún más avejentada que Coimbra. Como no tienen planes dejan el hotel y se adentran por calles comerciales donde pasea gente. Terrazas de restaurantes en mitad de la calle. Turistas perdidos.
Luego de comer y descansar un rato, con todo el calorazo se echan a la calle a la búsqueda de la catedral. Se orientan con facilidad y al poco de dejar atrás la gran plaza de Oporto, digna de cualquier ciudad europea de postín, suben a la catedral. En la entrada, el viajero escucha una voz en español. Se vuelve y ve a un hombre joven con la mano extendida y le dice: - Adiós, sevillano.
La catedral es como todas las que han visto de estilo románico y gótico, con añadidos renacentistas, manuelinos y barrocos. Compacta. No hay mucho turismo. Hermosas capillas, atractivo claustro, silenciosas y oscuras naves. Una familia de gitanos llama en la sacristía y les sale a abrir un cura con una gran sonrisa, como un abuelo que recibiera a sus hijas y nietos.
El mendigo español se lanza sobre el viajero nada más salir por la misma puerta.
- ¿Cómo me has conocido?
- He vivido en Sevilla capital cinco años.
- ¿No me digas? Yo me he criado en Torreblanca.
- Yo viví tres meses en Torreblanca antes de que tú nacieras.
- La verdad es que estaba más tiempo con mi abuela que vivía en San Bernardo.
Al final el viajero acaba enterándose de que su paisano ha sido heroinómano durante muchos años, que había estado en Galicia y que gracias a unos curas ahora estaba en Oporto. Los viajeros hacen intención de seguir su marcha, pero Juan quiere contarle su última anécdota.
- El otro día estaba yo en esta misma puerta cuando escucho hablar en español. Hay un revoltillo de gente y le pregunto al primero que veo por lo que pasa. Resulta que era un escritor famoso, un académico de la lengua española.
- Muñoz Molina.
- Sí, ese era. Algo tiene que ver con Oporto porque parece que viene mucho.
- ¿Y qué pasó?
- Me acerco a él y no se me ocurre que decirle, pero me acuerdo de haber oído a alguien algo de Manolito Gafotas y voy y le digo que he leído su libro. Luego me entero de que lo había escrito su mujer. Buena gente, me dio una buena limosna.
Los viajeros comenzaban a sentirse felices en Oporto. Animados bajaron a un mirador donde grupos numerosos de jóvenes se sentaban a esperar el atardecer tomando la cerveza de moda. Ambiente de relax. El río Duero baja manso a sus pies y en la distancia sobre una loma un barrio viejo de la ciudad, de casas sin pintar, oscuras y tristes. El barrio por el que deambulan es barato y ameno. Compran en un establecimiento sencillo media docena de especialidades portuguesas y no pagan ni diez euros. Se las comen en el hotel con buen gusto y vuelven a ver la noche de Oporto.
En la puerta tienen una iglesia manuelina afeada por el tiempo y una plaza no pequeña. Pasa muy poca gente, algún negro. Tuercen a la derecha por una calle débilmente iluminada. Y se orientan sin saber cómo hacia una esquina en una placita. En la oscuridad, como en un globo de luz se puede ver a la gente más guapa de la ciudad. Caras sonrientes, cuerpos esbeltos, ropas caras, elegancia y distinción, gente de mundo. Un poco más allá en otro globo de luz varias otras terrazas en medio de una oscuridad aún mayor.
Luego de sentir por un buen rato el silencio y la oscuridad sentados frente a un parque, la pareja vuelve por sus pasos hasta el lugar de la gente guapa y luego se dirige a la calle mejor iluminada. Pronto se sienten en el bullicio. Restaurantes con muy buenas pintas se ofrecen a muy buenos precios. Están llenos. La calle termina en la plaza de la iglesia manuelina. Hay una heladería en una esquina. Una familia de gitanos está comandando, y detrás una familia de hindúes espera turno. Veinte personas como poco. La pareja entra en el hotel.
sábado, 13 de agosto de 2016
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario