Desayunan bien y barato cerca del hotel, suben al coche y toman rumbo al norte. Atraviesan la ría de Vigo y casi sin darse cuenta se plantan en Pontevedra. Luego de dar un par de vueltas aparcan con facilidad cerca del centro. Cuando el viajero ve por fin la Peregrina, se deja ir. La mujer fija su atención en una calle con soportales. Entran en la pequeña iglesia de las dos torres. Apenas hay turistas. Intentan entrar en otra iglesia pero está cerrada y entonces se deciden a callejear por la parte vieja de la ciudad a la búsqueda de una comida apetecible.
Todo en Pontevedra parece limpio y elegante a pesar de su antigüedad. Los viajeros acaban en una plazuela en sol y sombra sentados en una mesa del velador de un restaurante. Un amable camarero trae la carta, sencilla y no cara. Piden unos albariños y al instante, otro camarero les sirven dos copas. Un tercero se acerca a la mesa y les recomienda unos mejillones cogidos en su mejor momento. Pasa un mendigo pidiendo, limpio y pulido. Sin apenas espera el primer camarero les trae el plato recomendado. Éxito clamoroso. Puro sabor de mejillón perfecto. Un diez para este restaurante que bien podría cobrar el triple si estuviera en Madrid o en Barcelona.
La mujer conectó el GPS y puso la dirección de la casa rural en la que pensaban pasar la noche. Por una carretera con bastante poco tráfico, atravesaron ríos y bosques y bebieron en algunas fuentes. Llegados a un punto giraron hacia el norte por otra carretera aún más estrecha y menos transitada. Pequeñas aldeas y más bosques hasta llegar al pueblo de Cruces, en todo el centro de Galicia, muy cerca de donde se juntan las cuatro provincias de la región. Siguieron adelante en dirección a Arzúa, pero pasados un par de kilómetros volvieron a torcer a la izquierda y llegaron a un pequeño paso en mitad de la nada.
Por fuera no se parece mucho a la Casa das Obras de Manteigas, pero por dentro es igualmente vetusta, con salones llenos de cuadros y colecciones de artesanías diversas. La señora del pazo resulta ser igual de servicial e igual de enigmática que la de Portugal. Acaso lo más atractivo y curioso es un cuadro con una escena de brujas. Rodeados de bosque, el calor mengua y hasta pueden sentir un airecito fresco. La señora les pinta un plano para llegar al monasterio de Caboeira. Vuelven a Cruces y buscan entre estrechas carreteras la que los lleve al lugar. Se equivocan un par de veces, pero al final, acaban aparcando el coche a las puertas de un monasterio rescatado de la ruina. Nada más entrar hay dos chicas jóvenes cobrando una pequeña entrada. Los viajeros pagan y dan un par de vueltas por las naves del templo cisterciense. Arcos y columnas de diversas facturas, algunos muy poco vistos, como de románico alzado. Frío, oscuro y desangelado. En el tímpano de la puerta principal hay una escena de músicos en piedra.
No se entretienen mucho porque su interés mayor es bajar al río y meterse en el bosque. Toman un caminito y avanzan alegres y confiados sintiendo la fuerza del lugar. El río se hunde en una pequeña garganta y da pequeños saltos y se detiene en mansas pozas. Cielo azul, bosque verde, aguas negras. Los viajeros miran bajo los pinos y quejigos y encuentran flores únicas, algunas tan minúsculas que asombran. La mujer está obsesionada con los helechos que cubren gran parte del suelo. Atraviesan en puente y comienzan a subir por una senda. En una revuelta encuentran una fuente diminuta. Un hilillo de agua que se arrastra por un montón de piedras verdinosas. El tiempo se ensancha en sensaciones misteriosas.
En un momento los viajeros escuchan al mismo tiempo el bramido del río y el leve cantar de la fuente. Armonía en la naturaleza a pesar de que a no menos de un kilómetro hay un enorme puente que se encabalga sobre el barranco. Cuando les parece, rehacen su camino y vuelven al monasterio a mirarlo por fuera. El patio principal ya está cerrado al público. Sobre piedras amontonadas toman el sol una decena de hermosos lagartos. La mujer descubre una ruta de árboles, pero el sol está a punto de desaparecer y vuelven a Cruces.
Se detienen en un bar en el centro del pueblo, al lado del camino a Compostela. El hombre entra y pregunta si tienen algo que comer. El camarero lo mira con una cierta desconfianza. Mira a otro camarero y le dice que sí, que espere fuera. Los viajeros se sientan en una mesa de la terraza. A los cinco minutos llega el camarero con dos medios bocadillos de jamón de York.
- ¿Esto es lo que tienen para cenar?
- Bueno, pero…. ¿ustedes querían cenar?
- Nos ha confundido con unos mendigos, ¿a que sí?
- Bueno….
- Perdona, entiendo que por las pintas me haya confundido con un peregrino.
- ¡Eso!
Al final, cenaron un plato de choquitos fritos de diez. En el pazo, oscuridad y silencio.
sábado, 20 de agosto de 2016
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