lunes, 15 de agosto de 2016

Oporto 2


   Oporto puede llegar a resultar una ciudad dura. El calor, la humedad, las largas cuestas y las empinadas escaleras… Media docena de turistas hacen fotos en la misma calle perdida de un barrio bajo. Para no perder la costumbre el Museo de Arte Sacro está cerrado. Por suerte para los viajeros, la vista del Duero desde un mirador alto a la sombra les reconforta de sus esfuerzos. La mujer trata de hablar en japonés con una pareja de nipones. Le cuesta un ímprobo esfuerzo hacerse entender, pero se siente pagada con la enorme sonrisa en la cara de sus interlocutores. Por un momento la mujer se siente de todas partes.
   A la mañana siguiente comienzan a bajar temprano hacia el río Duero. La pendiente es cada vez más acusada y tienen precaución para no resbalar. Cuando la cuesta se hace demasiado resbaladiza, se topan con la estación un tren que  les lleva hasta la otra orilla del río. Pagan y bajan como si fueran en una atracción de feria. El trenecillo los deja justo donde están las bodegas, en la parte baja de otra ciudad que se llama Vila Nova de Gaia. 
   Como aún no han abierto las bodegas, los viajeros se entretienen dando vueltas y contemplando las góndolas para el transporte de los barriles de vino. Un aroma entre acre y dulce flota en el ambiente. El agua pasa perezosa a unirse con el océano. Desde donde están, Oporto podría tener una vista excelsa, porque los edificios son grandes y bien ordenados con su gran iglesia encima, pero los colores de las paredes han desaparecido y todo parece abandonado al tiempo. ¡Ay, Portugal!
   El viajero elige entrar en la bodega de Sandeman, porque conoce su icono desde que era niñito. El hombre de la capa y el sombrero negros que se veía en las carreteras andaluzas tanto o más que el toro de Osborne. Capa negra de tuno portugués y sombrero cordobés. Una chica simpática les explica la historia de la bodega y de sus vinos. Es una bodega sencilla, no muy grande, pero muy ordenada y muy limpia. El vino de Oporto es un vino que se saca de unas uvas que crecen en lomas junto al río Duero sesenta o setenta kilómetros al este. Viñedos perfectamente cuidados y seleccionados. El oporto es dulce y es ácido, en una combinación única. De veinte personas que hacen la cata, a la mitad no les gusta. Los viajeros no están entre ellos.
   Oporto es una ciudad de un cuarto de millón de habitantes, pero cuya área metropolitana alcanza los dos millones y medio. Remozada y cuidada podría atraer mucho más turismo. 

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