Los viajeros vuelven a la carretera y se dirigen a Orense. Cuando pasan por las proximidades del monasterio de Caboeiro, sus pensamientos van a la gran cascada que no vieron y al paseo botánico que tampoco vieron. El sol azota cada vez más y en Orense flagela. Atraviesan el río Miño y dan unas vueltas para aparcar. Como es domingo no hay ORA y dejan el coche en una calle bastante céntrica.
Preguntan a un hombre mayor en una plaza por la catedral y éste con gran amabilidad los orienta.
Entran a la catedral por una puerta lateral y lo primero que ven a su izquierda los deja anonadados. Una capilla toda luz. La capilla del Cristo de la Luz. Una talla del siglo XIII la preside. Está acabando la misa y los agentes de seguridad velan porque la catedral se vacíe. Los viajeros echan un vistazo rápido y se quedan con las ganas de contemplarla.
En la parte vieja de la ciudad el calor apenas se nota, pero se ensanchan las calles y se abren las plazas y la temperatura se eleva por encima de los cuarenta grados. Comen en el primer sitio que encuentran, vuelven al coche y se dirigen al monasterio de Oseira.
El viajero tiene un amigo del colegio que no hace mucho ha sido elegido abad. Un hombre tres años mayor que él, y con el que siempre ha tenido una muy buena sintonía espiritual. La viajera, pese a tener algunas dudas había aprobado quedarse un par de días en la hospedería. Media docena de kilómetros antes de llegar al monasterio adelantan a un grupo de peregrinos. Una docena de jóvenes que ondean una bandera de Méjico.
El monasterio aparece de pronto al lado de la estrecha carretera que lleva a Compostela. Hay un grupo de turistas en una de las entradas y allá se dirigen los viajeros luego de aparcar el coche. A la derecha de la entrada se encuentran con la típica tienda de recuerdos. Preguntan a la que parece la encargada por el padre abad. Ella les informa, luego de mirar en su libro de reservas, que avisará al hospitalero para que venga a recogerlos. No pasan ni cinco minutos, cuando de una puerta interior sale un monje con hábito blanco que se dirige a ellos. Se presenta con una gran sonrisa. El viajero comienza a hablar con él como si se conociesen de toda la vida.
- ¿Dónde está mi amigo el abad? ¡Ja, ja! ¡Con lo sencillo que es él!
- Para él es más un sacrificio que otra cosa.
- Lo entiendo.
- Ahora estad atentos a cómo se llega a vuestra habitación.
Atravesaron un claustro pequeño, y luego otro más grande, austeros, y acabaron en un tercer claustro, éste inmenso. Al fondo a la derecha, el padre cisterciense abrió la puerta de una habitación y entró cargado con los bultos seguido de los viajeros. Cuando el monje desapareció, la pareja se relajó. De pronto se dieron cuenta de que el silencio ocupaba todos los rincones. El departamento en el que habían sido alojados constaba de un portalito, una habitación mediana, un dormitorio y un cuarto de aseo con ducha, lavabo y sanitario. En la habitación una mesa con un flexo encima y dos sillas junto a un gran balcón por el que se veía la ladera de una montaña verde. Junto al flexo había un papel con las mínimas normas del monasterio y las horas de los rezos.
De súbito apareció el abad, vestido con hábito y cogulla blancos. El viajero se abrazó a él y le presentó a la mujer.
- ¿Cuánto tiempo hacía que no nos veíamos?
- Os acababais de conocer. Me acuerdo porque me dijiste que se llamaba igual que mi amiga americana.
- Pues entonces tiene que hacer por lo menos doce años.
- Al poco tiempo de morir mi madre me vine aquí.
- Lo sé por tu hermana con la que me encontré en el pueblo hace un par de años. Me dijo que estabas en un monasterio de Galicia, pero no me pudo decir como se llamaba. Cuando pensamos venir a Galicia lo busqué por internet y me enteré que te acababan de nombrar abad.
- ¡Ya lo ves!
- La verdad es que nunca hemos hablado de lo que fue de tu vida luego de salirte de los escolapios.
- Quizás no sepas que yo repetí tres veces primero de bachillerato. Luego me fue bien.
- ¿Terminaste la carrera de cura?
- Me faltaba un año para terminarla. En tres años hice ATS y me coloqué en un hospital en Sevilla. Luego lo dejé para atender a mis padres enfermos. Intenté terminar la carrera de cura pero no pudo ser.
- No te ha hecho falta. Al final has acabado siendo más que cura. ¡Ja, ja, ja!
- ¡Bah! Me gusta esta vida.
- ¿Cuántos monjes vivís aquí?
- ¡Doce! Aunque hay dos o tres que no bajan siempre al coro. Hay uno que no baja ya nunca. Pesa ciento cincuenta kilos y está en cama. De los doce, dos son postulantes y uno novicio. De momento somos uno más que cuando yo llegué.
- Igual muy pronto sois el doble.
- ¿Quién sabe? Bueno, además de los monjes tenemos una persona que vive en la hospedería y que también asiste a los oficios. Un belga que se cansó de hacer el camino de Santiago y al final se quedó aquí. Nos ayuda.
- ¿Dónde puedo fumar?
- En los claustros o en el balcón. ¿Algo más? Faltan cinco minutos para la hora. ¿Sabéis donde está el coro? A la derecha al fondo y a la derecha está la entrada.
Los viajeros entran en el coro y se colocan en las primeras sillas de la izquierda. En el coro hay asientos para ochenta o noventa monjes, pero apenas hay cinco en un lado y cinco en otro, en la parte más cercana al altar mayor de la iglesia inmensa y vacía que está a sus pies. Todo parece inmenso. El silencio es tan puro que ni tan siquiera se nota. Llega el belga y se sienta al lado de los viajeros. Los últimos monjes toman asiento. Uno de ellos se acerca a un órgano y se pone a sacarle sonidos tiernos. El coro de los monjes entona una antífona en castellano. Apenas si los monjes abren la boca. Una melodía suave flota en la atmósfera, única, sin la más mínima estridencia.
Los viajeros, terminada la oración, vuelven a su habitación y se preparan para salir a dar una vuelta por los alrededores. La mujer confía en recordar la manera de volver a la entrada, pero comienzan a dar vueltas arriba y abajo, de un claustro a otro y de otro a otro, sin encontrarla. Cuando por fin dan con ella, está cerrada.
Sin expresar la más mínima molestia por no poder salir, vuelven a perderse por las dependencias del monasterio hasta que el reloj marcó la siguiente hora de oración. Intentan colocarse en el mismo lugar en el que lo habían hecho la primera vez, pero el belga les reconviene para que tomen un asiento más alejado. Más divertido que avergonzado, el viajero obedece sus indicaciones. La mujer espera que las liturgias se le hagan pesadas, pero casi ni se da cuenta, embebida en el canto que florece en el silencio. A veces los frailes cantan solos, y sin apenas abrir la boca, sus canciones se escuchan nítidas en el último rincón del coro. El viajero piensa que aquello no tiene nada que ver con el gregoriano de Silos, ni con gregoriano alguno, son otras letras y otras músicas que inducen a una especie de trance meditativo.
Terminado el oficio, los viajeros se dirigen al comedor de la hospedería, muy cerca de la zona de clausura de los monjes. El padre hospedero les trae una sencilla cena y charla un rato con ellos y con el belga que normalmente come solo. El hospedero da las gracias por la comida y por el día que termina y sirve al belga y luego a los viajeros. Cuando se va el fraile, nadie vuelve a decir ni una sola palabra. t
Terminada la colación recogen los platos, los lavan y se dirigen de nuevo a sus habitaciones. En la mitad del pasillo, la pareja intercambia unas palabras en tono casi inaudible. El belga, que va delante les reconviene llevándose el dedo índice a los labios.
El viajero fuma un cigarrillo en el balcón de la habitación mirando las estrellas y los lagartos que entran y salen por las piedras del ancho muro. Como están algo cansados, pasan de ir al coro a la última hora del día. El viajero tiene muchas ganas de asistir a la primera del día siguiente, a las cinco menos cuarto de la mañana. Le hace ilusión.
Sin necesidad de reloj el hombre se levanta diez minutos antes de la hora, se asea un poco, se viste y sale al pasillo oscuro, al que apenas llegan débiles rastros de estrellas. Anda por el ala norte del inmenso claustro, pero no encuentra el coro. Sin darse cuenta se mete en la zona de clausura de los monjes en el mismo momento en el que uno de ellos sale hacía el coro. Sin palabras lo sigue. No hay nadie más que los dos postulantes, el novicio, el padre hospedero, el organista y otro más. No están ni el belga ni el abad. Los cantos se esparcen por la atmósfera de la inmensa iglesia cisterciense, como efluvios del silencio. Todo paz.
El viajero sale el último del coro y enfila por el ala norte del claustro. Por un momento mira al cielo y ve brillar estrellas, pero la oscuridad sigue siendo mayúscula. No encuentra su habitación y da vueltas y vueltas al claustro buscando una salida. Vuelve a meterse en la clausura, pero sale de inmediato ante la presencia de un fraile. Al final, cuando ya está dispuesto a tirarse a dormir en un rincón del claustro, encuentra la habitación, entra, se echa de nuevo en la cama y se duerme hasta la siguiente hora.
Los viajeros entran en el coro y cuando se disponen a sentarse junto al belga, ven a otra pareja que se les ha adelantado. Se saludan con un movimiento de cabeza y al poco el organista destila sus notas y los monjes cantan las vísperas. El viajero se da cuenta de que su compañero de asiento también canta, pero no empasta con los monjes. Siente un vivo deseo de que se calle, pero el hombre canta cada vez en voz más alta y descompasada. Los monjes no pierden la unción y el recogimiento, como si la discordancia no les molestara. Terminada la liturgia, salen primero los monjes, quedándose los viajeros los últimos. El belga, seguido de la nueva pareja y de los viajeros se dirige a la cocina. Ponen la mesa en silencio y comienzan a preparar el desayuno. Cuando el viajero pasa al comedor ve al belga susurrando al padre hospedero. Entiende que le está informando de que ellos, han hablado por el pasillo y han fumado en el balcón.
El padre hospedero presenta a los desconocidos a los viajeros luego de abrazarlos.
- Son un matrimonio catalán que traen huéspedes de vez en cuando. Han venido a preparar.
- Bueno. También hemos venido a ayudar. Ya sabes que venimos a hacer todo lo que nos mande.
- Ya lo sé, mujer, no te preocupes.
El fraile bendice la mesa y luego comienza a servir el desayuno empezando por el belga, al que parece querer mostrar su afecto privilegiado. Pero el belga no dice una sola palabra, ni tan siquiera agradece el cumplido con gesto alguno. El hospedero mira al viajero y éste le señala con los ojos el vaso del catalán. Una vez que termina de servir a todos, se despide y se va. El viajero curioso comienza a hacer preguntas a los catalanes.
- ¿Qué sois de Barcelona?
La mujer responde con un sí débil y el hombre no añade nada más.
- ¿Qué os ha traído por aqui?
Los catalanes se miran entre ellos y la mujer responde escuetamente:
- Traemos gente.
- Gente que lo necesita.- añade su marido.
El viajero siente que no va a sacar demasiada información sobre los negocios de los catalanes y desvía la conversación a la política.
- ¿Qué tal el proceso de independencia?
El hombre lo mira un momento y le responde:
- Ya lo han conseguido, luego de años de campaña anticatalana.
- ¿Anticatalana?
- Todos los poderes del Estado contra Cataluña.
- ¿Qué?
- Nos han obligado a independizarnos.
El viajero ni por asomo quiere una discusión política en el monasterio, así que termina la conversación:
- ¡ Paz !
Los catalanes lo miran con antipatía, pero no dicen ni una palabra más. En ese mismo momento llega el abad. Los catalanes le hacen un rato la pelota y luego desaparecen por el pasillo del claustro detrás del belga. El hermano abad sonríe siempre.
- ¿No oísteis jaleo ayer?
Antes de que los viajeros digan algo, el fraile continúa:
- Ayer por la tarde nos llegó un grupo de mejicanos, legionarios de Cristo Rey.
- Seguro que eran los que nosotros adelantamos que llevaban la bandera.- le interrumpe la mujer.
- Han estado armando jaleo toda la noche. Con ellos viene un cura que me ha comentado que son hijos de grandes familias de Méjico, niños más que ricos que no hay quien enderece.
Al viajero no le entra en la cabeza que estos Legionarios de Cristo, cuyo fundador fue condenado por pederastia continuada, aún sigan dentro de la Iglesia Católica, pero no dice nada.
- Le he ofrecido la iglesia al cura, pero me ha dicho que prefiere decir la misa al aire libre. Esperemos que se calmen.
Los viajeros aprovechan la mañana para dar una vuelta por los alrededores del monasterio y se ponen a andar por una senda bastante poco transitada a la vera de un arroyo. Puestos en la naturaleza, el hombre y la mujer se dedican a mirar mariposas, libélulas, flores y plantas. Apenas de trecho en trecho los rayos del sol penetran en el follaje. El río parece negro, todo parece negro, como si fuera una boca del infierno. Bajan al agua y hacen abluciones de pies y brazos. El agua no está muy fría, pero luego de tan parca caminata el baño completo no les atrae. A la vuelta, al lado de un puente hay una familia de gitanos vestidos de negro. El hombre, con voz ronca, desde su posición tendida bajo un árbol, grita a su mujer que le traiga el mechero. A la entrada del monasterio un pequeño grupo de turistas se prepara para la visita guiada. Los viajeros se unen a ellos. Austeros claustros, inverosímiles bóvedas, tortuosas columnas… Curiosidades que los viajeros contemplan antes de ver la gran iglesia cisterciense del siglo XIII, la única construcción del conjunto monástico que resistió entera a un gran terremoto.
Entre asistencias a las horas de los frailes y salidas a pasear por la orilla del río pasan los viajeros el día casi sin darse cuenta, impresionados por la soledad, el silencio y la hondura. Cuando vuelven del paseo les espera el abad en la tienda de recuerdos. Entre el viajero y el abad siempre ha habido sintonía espiritual, la misma que ha encontrado con el padre hospedero. Se entienden más allá de las palabras. No juzguéis y no seréis juzgados. Los niños de papás, el belga, los catalanes, los turistas, los gitanos… Sólo Dios sabe. Mientras vuelven juntos a recorrer el monasterio, más que en el arte y la historia que ya conocen, están absortos en el pensamiento de que Oseira sea un centro de paz y de perdón.
- Cuando yo llegué al monasterio estos muros de los claustros estaban cubiertos con los cuadros de uno de los frailes, pero cuando me eligieron abad mandé quitarlos todos. El Císter nació austero y así quiero que siga. Mejor que no haya distracciones.
- ¿Cómo se lo ha tomado el fraile?
- Yo creo que en el próximo capítulo me pondrá bolas negras. ¡Ja, ja! Bueno, ahora os voy a enseñar la biblioteca. Es nueva, y la mayoría de los libros son de intelectuales de la provincia. Nuestra joya es una primera edición de "El Espíritu de las Leyes" de Montesquieu.
- La verdad es que no está nada mal.
- ¡Vamos, chicos, que llega la hora!
Los viajeros cenan con la pareja de catalanes y el belga, y asisten a los cantos y lecturas de la hora llamada Completas, con éstos y con los monjes. En un momento, el catalán se dirige al viajero para preguntarle que por qué no habían asistido a las horas de después del mediodía y el viajero le responde que se sienten elevados tanto en el coro como en la naturaleza. Vuelven a la habitación y al poco se duermen en completa oscuridad y silencio.
A la mañana siguiente, domingo, asisten a la misa. Se colocan los últimos de una fila en la que hay tres jóvenes mejicanos. Los catalanes se colocan en la otra parte del coro. Es alegre la misa y tan corta que cuando se dan cuenta, los frailes están en fila esperando recibir la Comunión. Todos comulgan menos los viajeros.
Mientras desayunan en el comedor de huéspedes se despiden del belga, de los catalanes y del padre hospedero. Un poco tristes preparan sus bultos y los trasladan a la tienda donde se venden los productos que los frailes elaboran: licores varios y chocolate. El hermano abad sale a despedirlos. Compran licores y chocolate y pagan su estancia. Mientras la mujer remira por la tienda el hombre fija su mirada en un hombre joven bien vestido con pintas de hombre de mundo. De inmediato se acerca a él y se presenta:
- Soy portugués y vengo a internarme en este monasterio. Espero que me atienda el abad.
- Que me ha dicho ese joven que quiere entrar.
- ¡No te pienses que se lo voy a poner fácil!
- ¡Pero si parece un encanto!
- De momento hasta octubre no admitimos gente en pruebas. Cuando lleguen las tormentas es cuando quiero yo verlo.
El abad y el viajero se dan el quinto abrazo. La viajera también lo abraza. Y se despiden con la pena de dejar tan pronto Oseira.
lunes, 29 de agosto de 2016
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario