El viajero se levanta con dolor de cabeza y vacío en el estómago, de humor negro. La viajera sueña con una araña de luz más sorprendida que inquieta. Desayunan ligero y se acomodan en el coche rumbo a Ávila entre extensos bosques dehesas y urbanizaciones por carreteras casi desiertas en la dos direcciones. Llegan a la autovía y toman dirección norte. Montañas al este y al oeste. De pronto, a su izquierda, una cruz de granito, imponente, la más grande del mundo. A su derecha Navacerrada y Peñalara. Sin ver siquiera la amurallada y misteriosa Ávila, con su íntima catedral románica y gótica y sus conventos renacentistas, con la luz de santa Teresa iluminando calles y plazuelas solitarias, se dirigen a Piedrahita. Al sur se ven cada vez más cerca los altos montes de Gredos en los que aún quedan pequeños nevaros entre las grietas altas. Águilas y más águilas. Y dehesas y más dehesas de viejas encinas rechonchas.
Piedrahita es un pueblo que esconde una muralla de mas de un kilómetro, paralela a un río llamado Corneja que nace en los altos de Gredos y en dirección este a oeste va a hacerse uno con el Tormes que a su vez lo hará con el Duero. Los viajeros no tienen la suerte de verlos, pero dicen que en las fuentes del Corneja aún se pueden ver truchas salvajes en sus transparentes aguas. El pueblo tiene trazas medievales, adaptado al accidentado terreno. Su plaza principal es quadrilonga, de medianas dimensiones con pórticos de distintas épocas y estilos. Piedrahita es un pueblo que nunca ha sobrepasado los dos mil habitantes, pero que tuvo importancia estratégica en la Edad Media y el Renacimiento. En el nació el segundo duque de Alba y primero que obtuvo del emperador Carlos V la preeminencia sobre todos los duques. En los Países Bajos todavía, cuando se quiere asustar a los niños se dice que viene el duque de Alba. Trescientos años mas tarde otro duque de Alba, éste de ascendencia inglesa, escogió Piedrahita para construirse un palacio al estilo del siglo XVIII con sus jardines correspondientes y su gran estanque. Un palacio soportado por los siervos del gran duque. La que más aprovechó el palacio, sobre todo en los veranos que son más frescos que en Madrid, fue la duquesa de Alba que pintara Goya, vestida y desnuda. El gran pintor aragonés la acompañaba en muchas ocasiones junto a otros nobles que cultivaban las ciencias, la filosofía y la política. La guerra de la Independencia acabó con la techumbre del palacio en el suelo y la mayoría de sus muros derruidos. Un Alba del siglo XX lo reconstruyó y hoy se puede ver gris, gris, gris, dominando el pueblo. Los viajeros suben hasta el final de los jardines y luego bajan y se adentran en un pueblo de casas con escudos y blasones, bastantes de piedra y bien construidas. En la plaza mayor una fuente que se repite en distintas proporciones por las plazuelas. Al final de la quadrilonga una iglesia castillo de tres naves iniciada en románico mudéjar, continuada en gótico y finalizada en barroco. Demasiado grande para un pueblo tan pequeño, pero con mucha nobleza feudataria del gran duque. Los viajeros pueden verla totalmente llena de gente. Castilla profunda.
Con una cierta pena dejan atrás Piedrahita y se dirigen a Béjar, pueblo en el que paran para comer y no ver otra cosa que una cruz de cemento con una espadaña integrada en la parte superior del eje vertical. Un adefesio. Están cansados y deciden dejar Béjar para otro día. Su deseo es llegar a Hervás donde han reservado una habitación por cinco noches. El paisaje montañoso les anima. El cansancio les dura el tiempo de una siesta de dos horas tras la que deciden conocer el pueblo con la judería más antigua y más grande de Europa. A poniente se alzan una torre y una iglesia sobre la colina más alta de los contornos. Tan protegidas están que parece fortaleza. A ella se dirigen. No tardan en llegar a la explanada frente a la puerta de la Iglesia, desde la que pueden admirar al oeste las montañas de la Peña de Francia. La fachada, entre renacentista y barroca no carece de sencilla belleza. Salen de la explanada por una ancha bóveda de cañón y ese encuentran con una pareja con la que se ponen a hablar. Él es maestro de música y ella de infantil. Se han conocido en su primer destino luego de sacar las oposiciones y se han enamorado. El viajero, que ha sido maestro, les dice que ha sido muy feliz en su trabajo y que tienen suerte de tener la vocación que tienen. La mujer se ofrece para sacarles una foto y sin que se den cuenta aparecen en cinco fotos con las montañas de la Sierra de Béjar al fondo. Luego de charlar un rato, los jóvenes maestros abandonan la fortaleza mientras los viajeros le dan una vuelta completa a la que llaman con la bella advocación de Santa María de Aguas Vivas.
Vuelven los pasantes a la calle principal de la Judería y bajan por ella con tranquilidad saludando a los que suben y bajan y parándose a charlar con las paisanas que se distraen viendo el ir y venir de gente que nunca ha visto. A la derecha y especialmente a la izquierda las callejuelas son cada vez más estrechas hasta que llegan hasta la que dicen que es la calle más estrecha del mundo. Los viajeros la comparan con las de la Judería del Barrio de Santa Cruz de Sevilla y concuerdan en que esta se lleva la palma. La estrella de David aparece por todos lados y en variados materiales. El pueblo por este lado confina con el río Ambroz en cuya corriente se mojan los pies y hacen abluciones. Lejos de estar cansados los viandantes se sienten eufóricos y siguen su paseo hasta otra iglesia, que fue parte de un convento que hoy es un hotel.
Los viajeros no pierden la costumbre de levantarse a las siete. Salen para buscar un bar donde desayunar pero se pasan media hora callejeando hasta que abren el primero. A las nueve están saliendo de Hervás en el coche. Disfrutan del verde paisaje por la carretera paralela al embalse de Baños que pertenece a la cuenca del Tajo. Traspasado el puerto de montaña bajan a la cuenca del Duero. El bosque deja paso a la dehesa, que alcanza su perfección en los alrededores del pueblo de Guijuelo una de las cuatro denominaciones de los mejores jamones de cerdos de pata negra de España. A poco tiempo, a la derecha contemplan las azules aguas del pantano de Santa Teresa en el río Tormes. La dehesa ralea y aparecen diversos y bien cuidados cultivos de regadío. Y al final, Alba de Tormes.
Alba es del Tormes en lo geográfico, que en lo espiritual es Alba de Santa Teresa. Teresa de Cepeda y Ahumada, nieta de judío converso, es una de las cuatro únicas doctoras de la Iglesia Católica junto a Catalina de Siena, Hildergarda de Bingen y Teresita de Lisieux. En su tiempo las tres primeras fueron acusadas de locas y herejes. Santa Teresa había nacido en Ávila y muerto en Alba.
Los viajeros se orientan hacia las iglesias, conventos y casas solariegas que miran al Tormes desde lo alto. El monasterio de las madres carmelitas descalzas fue el octavo monasterio fundando por la santa en el año 1571. La iglesia y el convento actual nada tienen que ver con los originales. En los siglos siguientes el sencillo conventículo se ha transformado en un monasterio altivo donde los mejores talladores de piedra de la escuela de Salamanca erigen estatuas de santos y guerreros y adornan los muros con medallones, escudos y blasones.
Santa Teresa tuvo una vida fuera de lo corriente. De familia hidalga rica pasa su infancia en el campo rodeada de primos y hermanos. Lee libros de espiritualidad y sueña con Tierra Santa. En el fondo su voluntad la inclina a la sencillez y al silencio, pero no puede desprenderse de su apego al mundo y a sus diversiones. Aunque al principio su padre no quiere, acaba consintiendo que su hija entre en un convento en Ávila. Más que un convento aquello parecía una residencia de señoritas con sus criadas las más pudientes. Cerca de doscientas mujeres que entran y salen, solas o acompañadas. Teresa no es una excepción y pasa tiempo con su hermana Juana en el convento y con toda su familia en las posesiones campestres. Sus siete hermanos varones fueron pasando al Nuevo Mundo.
Inesperadamente entra en crisis. Tiene turbia la mente y frío el corazón. Su cuerpo comienza a dar muestras de debilidad. Los médicos no encuentran remedio y su familia recurre a una curandera. Tiene dolores por todo el cuerpo y acaba paralizada completamente. Entra en coma y es dada por muerta. Ya tienen hechos los preparativos para el entierro cuando su hermano Lorenzo, que aún no ha emigrado, nota que ha movido un dedo de la mano derecha. Ha pasado cuatro días en como profundo. Cuando despierta no hay lugar en su cuerpo que no le duela ni enfermedad que no haga en ella residencia. Pero el mayor de sus sufrimientos es el miedo a la muerte.
Pasa cuatro años de recuperación muy difíciles que finalizan con un episodio místico extraordinario. A partir de este momento comienza una vida de peregrinajes que no terminará hasta su muerte. Corría el año 1562. Ya tiene 47 años. Tiene encuentros con san Pedro de Alcántara que la anima a hacer su primera fundación, el convento de San José en Ávila. Tiene todos los permisos en regla, pero el concejo municipal expone que ya hay demasiados conventos. Teresa va de su convento de toda la vida a su nueva fundación a expensas de las disposiciones de los poderosos. Después de muchos dimes y diretes Teresa consigue establecerse en su fundación por cuatro años en los que escribe las constituciones por las que se habían de regir todas las futuras fundaciones.
17 conventos de carmelitas descalzas y 18 de carmelitas descalzos, con la estrecha colaboración de San Juan de la Cruz. Siempre de acá para allá. De Ávila a Toledo, de Toledo a Granada para volver a Ávila y marchar a Valladolid. De Soria a Burgos y de Burgos a Murcia. Muchas veces andando junto a los carros en los que llevan, ella y sus monjas, sus pertenencias. Vida de gitanas, siempre a la caridad de señores de alcurnia y blasones. Pero la santa no cede al imperio del mundo. A ella lo único que la ocupa es su crecimiento espiritual y el de sus hermanas. Muere en Alba de Tormes 26 años después de su primera fundación. En este tiempo, además escribió sobre su vida, sus fundaciones y su camino espiritual. Obras que pasaron a la historia, junto a las de su amigo San Juan de la Cruz, como las cumbres más altas de la literatura mística europea de su tiempo.
Alba de Tormes, solar de la familia más noble de España, es sobre todo el pueblo en el que murió Santa Teresa. Conventos e iglesias remiten a una mujer que poco faltó para que fuera declarada santa en vida. Los bellos conventos e iglesias, joyas de la arquitectura y escultura de la escuela de Salamanca, están llenas de recuerdos de la santa andariega. Hay reliquias de ella por todos los rincones. Su cuerpo incorrupto fue troceado a su muerte en cientos de pedazos. Pelos, dientes, mano, brazo, corazón... que la gente comenzó a venerar como milagrosas y que se repartieron por toda la península ibérica.
Andando sin rumbo, los viajeros se topan con unos ábsides románico-mudéjares de inquietante belleza. Buscan la entrada a la iglesia y cuando la encuentran sale a recibirlos su cuidadora que les cuenta de pe a pa su historia y su contenido. Luego los deja entrar para que ellos solos vayan descubriendo los cambios que se fueron introduciendo en ella para adaptarla a las necesidades y gustos de los tiempos.
Lo primero que impresiona a los viajeros son los dos grandes arcos que en el siglo XIV eliminaron las dos naves laterales del templo románico mudéjar original. En todo su volumen, la iglesia resulta más grande y más luminosa. A la derecha, centrando un sencillo retablo renacentista, hay una pintura de un Cristo atado a una columna muy llamativo, especialmente por la coloración de la columna. Durante un tiempo se atribuyó al Divino Morales pero hoy se descarta totalmente su autoría. No está claro quien lo pintó pero de lo que no hay duda es de que es una obra del mejor arte.
Más adelante hay un cuadro de una Virgen con el Niño rodeados de angelitos con una paloma sobre la corona y dos mujeres asidas a su manto. Tiene encanto, pero mucho menos que la escultura en piedra pintada de una sencilla mujer, sin corona, sosteniendo a un niño de pie, con la mano izquierda, que a su vez sostiene con la misma mano una esfera gris. El vestido de la mujer es dorado. Los dos sonríen. Puro románico.
Siguiendo la visita encuentran otra Virgen con Niño pintados en dorado y carmín. El Niño tiene un libro en la mano izquierda y está sentado en el regazo de su Madre. El Niño parece que tuviera cuarenta años. La Madre, que tampoco tiene corona, enseña la palma de la mano derecha en señal de saludo. Cautivadora escultura. Puro gótico.
De espaldas a uno de los ábsides se localiza la obra más singular y enigmática de la Iglesia de san Juan de Alba de Tormes. La cuidadora les ha dicho que es un apostolario bizantino, que es el único que se ha encontrado en España y que ha sido exhibido en una de las itinerantes Edades del Hombre que divulgan en distintas ciudades y pueblos grandes de Castilla y León lo mejor del arte sacro de la zona a través de los tiempos. También les dice que ha estado expuesto en Amberes y ha sido admirado por decenas de miles de personas. Los viajeros, impresionados, no saben qué mirar, más bien se sienten mirados por 26 ojos de piedra.
En origen estas figuras de tamaño humano estaban colocados bajo el arco de la entrada principal. El pétreo conjunto conserva apenas unos restos de pintura. Todos tienen barba como en los apostolados románicos y góticos, pero su expresión no es la misma y parecen claramente menos elaborados y más sencillos. Todos están descalzos menos Jesús que está calzado. Sólo san Pedro, que tiene unas llaves, san Juan que tiene un libro, Santiago que tiene una concha, y san Pablo, pueden ser reconocidos. San Pablo no aparece en ningún apostolado románico o gótico de la península ibérica. Además hay otra prueba de la singularidad bizantina de este conjunto. Todos los personajes están sentados mientras que en el románico y en el gótico están de pie. No se hartan de mirar y remirar el conjunto. Les parece hipnótico. Están tan saturados de admiración que apenas se fijan en las bellísimas esculturas y retablos que se diseminan por los muros de la Iglesia.
A la salida, la cuidadora les repite que han visitado un auténtico museo por un euro. Los viajeros bajan a un mirador sobre el Tormes en un pequeño parque arbolado y fresco. El tiempo pasa lento. Aunque es escasa su hambre se dirigen al bar más antiguo de la plaza mayor y piden una cerveza con una ración de torreznos. Como aún faltan dos horas para que abran el castillo-palacio de los duques de Alba pasan el tiempo distraídos mirando a la poca gente que pasa por la plaza.
- ¿Tú sabes llegar?
- Pongo el GPS.
- ¡Ya veremos!
Echan a andar en dirección este. El calor aprieta y la mujer se queja. Cuando ya llevan un buen rato caminando al sol se dan cuenta de que se han perdido y que no están haciendo otra cosa que dar vueltas sin sentido.
- ¿No funciona la maquinita?
- No me aclaro.
- Al final lo más fácil es preguntar.
El hombre pregunta a una mujer con la que se cruzan y ella los orienta perfectamente.
La fortaleza de los duques de Alba está en todo lo alto del pueblo. Sólo queda en pie una torre circular fuertemente amurallada. Del resto de lo que fuera uno de los castillos más grandes de España solo quedan ruinas. El terremoto de Lisboa y la guerra de la Independencia contra los franceses dejó sola la gran torre a la que los viajeros suben junto a un grupo grande de turistas por una espectacular escalera de caracol. En todo lo alto hay una sala circular en cuya cúpula y muros hay pintadas escenas de batallas y motivos mitológicos con colores desvaídos por el tiempo. En el centro de la cúpula las barras blancas y celestes de los Alba.
Al día siguiente los viajeros se dirigen a Plasencia. Aparcan en una calle escondida cerca de la muralla medieval y andando, en poco tiempo, siguiendo las indicaciones de un hombre del lugar, se plantan en la plaza del Ayuntamiento, en cuyo recinto hay un mercado de frutas, verduras y otros comestibles. Los precios los mismos que en Madrid.
- ¿Adónde vamos?
- A las catedrales.
- ¿Sabes dónde están?
- Ya las encontraremos.
Andando por calles estrechas y silenciosas acaban en la catedral nueva de Plasencia. Nada más entrar el viajero se ve sorprendido por un cuadro de un san Cristóbal cargando al niño Jesús a través de un río de aguas transparentes. En este caso más que el arte le sorprende el signo. San Cristóbal es el protector de los viajeros. Orientados por la cuidadora de la catedral nueva entran en una sala en la que destaca un artesonado pintado en colores rojos, naranjas, blancos y azules, con decoraciones geométricas y vegetales. Se sorprenden al ver una obra tan singular, con toda seguridad pintada por un morisco. Y es que Plasencia fue mora y fue cristiana. Setenta torreones tenía la muralla que rodeaba la ciudad, lo que es señal de su importancia estratégica entre los dominios castellano-leonés, portugués y almohade.
No por menos grandiosas que las de otras catedrales no son menos bellas las dos fachadas de la catedral nueva, obras de Gil de Ontañón y Gil de Siloé, los arquitectos más señeros de finales del siglo XV y principios del XVI. Los viajeros salen de la catedral nueva y vuelven a entrar para ver en su interior un retablo portugués dorado y celeste, aunque lo que más les llama la atención es el juego de nervaduras de la bóveda y en especial de la cúpula, que partiendo de un círculo central deriva 16 nervios entre los que se abren en su parte más ancha 16 ventanas. Esta labor de nervaduras góticas es un destacado ejemplo de la pericia de sus constructores.
La mujer sigue las indicaciones de la cuidadora y el hombre va de acá para allá, sorprendiéndose ambos a cada paso. Ya no saben en qué catedral están. En un momento se juntan para mirar una escultura de piedra muy desgastada de una figura femenina que sostiene una rueda sobre el pecho.
- Esta escultura no es ni románica ni gótica ni es de la Madre de Jesús.
- Estoy de acuerdo. Seguro que es más antigua
- Es la representación de una diosa precristiana con la rueda de la vida.
Siguen deambulando cada uno atraído por las obras de arte que les salen al paso.
- Mira mujer. Este cuadrito es un auténtico Divino Morales. Nadie tan dramático como él entre los pintores de su tiempo.
- Es horroroso.
Aquí un retablo renacentista con pequeños cuadros rebosantes de color, y más allá una gótica María con el Niño, con cara de viejo, en brazos. Entran juntos en un pequeño claustro con una fuente de piedra en medio. La arquería del claustro es muy variada y son especialmente llamativos los arcos más antiguos. En un capitel de uno de estos arcos hay esculpida una escena en la que tres monstruos humanos sostienen una serpiente con los dientes. Vuelven los diletantes a admirarse con la bóveda de la catedral nueva y sus juegos de complejas estructuras de nervios de piedra. En uno de los ábsides hay un grandioso retablo que llega al techo De Gregorio Hernández.
Un poco cansados salen al pórtico de la catedral vieja, románico de transición al gótico, muy sencillo, con su pequeño rosetón cubierto de blanco alabastro. Los dos han perdido la noción del espacio y del tiempo y caminan despacio entre viejos palacios y pequeñas iglesias. Con la cabeza llena de arte paran a comer en el primer sitio que encuentran y se dirigen de nuevo al coche por una calle estrecha donde un par de policías hablan con un mendigo borracho. Cuando llegan a la plaza del Ayuntamiento el hombre señala a la mujer a un muñeco autómata que corona un campanario.
- Le llaman el abuelo Mayorga por el nombre del pueblo del relojero que a mediados del siglo XVIII lo fabricó.
Sin apenas darse cuenta están al lado de la muralla. En dos minutos dan con el lugar donde tienen aparcado el coche. Se montan y se van.
- ¿A qué hora abren Yuste?
- ¿Tú estas segura que quieres ir?
- Eso hemos planificado.
- Si todo va bien llegamos a las cuatro y media. Abren a las cinco.
La mujer agarra el volante no sin antes poner el GPS.
- No está funcionando.
- Tira adelante y ya encontraremos alguna señal.
La mujer conduce por carreteras desconocidas hasta que por fin encuentra una señal a Yuste.
-¡Qué bien niña!
- Bueno. Esta carretera es muy estrecha y tiene muchas curvas, tenemos un trenecito detrás.
Atravesaron un bosque de Quercus que al poco se tornó dehesa. A lo lejos, por un momento pudieron ver un par de pueblecitos blancos en la ladera sur de la sierra de Béjar. Cuando se acabaron las curvas serpenteantes se adentraron en una zona de huertas de no gran tamaño finamente cuidadas. Árboles frutales variados junto a cultivos de hortalizas de temporada.
- Ya hemos entrado al valle del Jerte en la comarca extremeña de la Vera. Estamos llegando a Jarandilla. Seguro que encontramos indicaciones a Yuste.
Subir de Jarandilla a Yuste por una carretera estrecha que atraviesa un frondoso bosque les costó algo más de un cuarto de hora. Ningún coche los adelantó y ninguno se cruzó con ellos. Aparcaron a unos cien metros del monasterio. A la sombra del silencioso bosque esperan a que abran.
El viajero hacía ya mucho tiempo que quería ver Yuste y tenía demasiadas expectativas sobre el lugar al que había ido a morir Carlos Quinto de Alemania y Primero de España y de las Indias y emperador del Sacro Imperio Germánico, el hombre más poderoso de su tiempo. Cansado física y mentalmente, Carlos era presa de enfermedades sin cuento. No había mal que no sufriera. Los médicos y curanderos a los que recurría lejos de aliviarlos los enconaban. Tenía a su disposición la mejor silla mecánica de su tiempo ideada y fabricada por sus ingenieros para aliviar al menos un poco sus dolores de gota. Para traer la mejor agua de las fuentes de las montañas Juanelo Turriano de Cremona, el más conocido de sus ingenieros había dirigido las obras de un sistema de canalización tan sencillo como efectivo. El emperador pasaba los días rezando mientras esperaba ardientemente la muerte. El monasterio no le pareció que tuviera nada especialmente llamativo. Una sencilla iglesia gótica y habitaciones sin apenas adornos. Ni obras de arte, ni alfombras, ni tapices.
Acaban de dar las nueve de la mañana cuando la pareja de viejos ya está a las puertas de lo que llaman el bosque de Béjar, que resulta ser el capricho de Francisco de Zúñiga, duque de Béjar y de su señora Guiomar. Un capricho digno de un gran duque. Al este un bosque, viejo y espeso, rico en manantiales de agua, alimenta una artística fuente de piedra que a su vez llena un gran estanque en cuyo centro hay una islita artificial en la que se erige un templete que parece sacado de un cuento de las Mil y una noches que uno imagina que de un momento a otro va a empezar a elevarse en el aire. En este espacio, jugaban los duques y sus invitados, a veces de día y a veces de noche. Barquitos de diversos tamaños, formas y colores intentaban moverse al ritmo que marcaba la orquesta que tocaba en el templete. Agua que se derrama en cuantiosos caños que riegan la segunda terraza, que fuera huerto y jardín. En el tercer nivel un bosque cerrado en el que se podían cazar ciervos y jabalíes en semi libertad. Inspirado en los palacios de recreo de los nobles italianos del siglo XVI, la posesión de los duques de Béjar es una buena muestra del renacimiento tardío en España. Lope de Vega y Miguel de Cervantes eran asiduos en las demostraciones artísticas que los Zúñiga alentaban y sufragaban.
Continuará.....