jueves, 30 de octubre de 2025

Las meditaciones de cada día

   Triste, disgustado y cabizbajo

pesimista,  temeroso y asustado

salí al campo para olvidar mi sufrimiento.

  ¡Estaba tan claro el día!

Las montañas desnudas me miraban

de espaldas subiendo una cuesta.

No me volví a mirarlas.

  Apesadumbrado recordaba

el tiempo en el que en este mismo camino

me satisfacía recitando 

los atributos de Dios.

  El pacífico, el armonioso, el sanador.

  El verídico, el libertador, el justo.

  El bello, el gracioso, el simpático. 

  El complaciente, el reluciente, 

  El AMOROSO.

  El rocío del otoño reflejaba el sol.

  La ribera del arroyo moribundo

olía a menta silvestre.

  El cadáver de un conejo a medio pudrir

escondido entre el pasto seco.

  Las últimas mariposas  esperan la muerte

volando solitarias y escondiéndose.

  Del pavor al éxtasis en un pestañeo.

  Con el corazón encogido, hipando 

como un niño castigado sin culpa.

  ¡Pero era tan claro el día!

  Con el corazón henchido de alegría

como un poeta raptado por su musa.

  El cielo era de un azul impoluto.

  Miré al sol, cerré los ojos

y vi colores que no eran de este mundo.

  En el azul purísimo una esfera de luz

transitaba lentamente por el más alto cielo

Estaba contemplándola 

cuando paró de pronto

y alumbró una hija.

  Una lluvia tan diminuta

como imaginarse pueda

caía cuando salí a pasear al campo.

  La última niebla se disipaba.

  El cielo era de un uniforme color gris.

  Ensimismado y cabizbajo andaba, 

cuando llamó mi atención un madroño,

que tenía frutos maduros y flores nuevas.

  Y un arcano se me desveló de súbito.

  Pensé en Dios, en Jesús y en los arcontes.

  Pero seguía perplejo y confundido. 

  Subía la cuesta temeroso y asustado,

cuando de pronto pensé,

que no hay fruto que no llore su flor,

que un fracaso puede valer más que un éxito,

y que un desengaño puede enseñarte la verdad.