Triste, disgustado y cabizbajo
pesimista, temeroso y asustado
salí al campo para olvidar mi sufrimiento.
¡Estaba tan claro el día!
Las montañas desnudas me miraban
de espaldas subiendo una cuesta.
No me volví a mirarlas.
Apesadumbrado recordaba
el tiempo en el que en este mismo camino
me satisfacía recitando
los atributos de Dios.
El pacífico, el armonioso, el sanador.
El verídico, el libertador, el justo.
El bello, el gracioso, el simpático.
El complaciente, el reluciente,
El AMOROSO.
El rocío del otoño reflejaba el sol.
La ribera del arroyo moribundo
olía a menta silvestre.
El cadáver de un conejo a medio pudrir
escondido entre el pasto seco.
Las últimas mariposas esperan la muerte
volando solitarias y escondiéndose.
Del pavor al éxtasis en un pestañeo.
Con el corazón encogido, hipando
como un niño castigado sin culpa.
¡Pero era tan claro el día!
Con el corazón henchido de alegría
como un poeta raptado por su musa.
El cielo era de un azul impoluto.
Miré al sol, cerré los ojos
y vi colores que no eran de este mundo.
En el azul purísimo una esfera de luz
transitaba lentamente por el más alto cielo
Estaba contemplándola
cuando paró de pronto
y alumbró una hija.
Una lluvia tan diminuta
como imaginarse pueda
caía cuando salí a pasear al campo.
La última niebla se disipaba.
El cielo era de un uniforme color gris.
Ensimismado y cabizbajo andaba,
cuando llamó mi atención un madroño,
que tenía frutos maduros y flores nuevas.
Y un arcano se me desveló de súbito.
Pensé en Dios, en Jesús y en los arcontes.
Pero seguía perplejo y confundido.
Subía la cuesta temeroso y asustado,
cuando de pronto pensé,
que no hay fruto que no llore su flor,
que un fracaso puede valer más que un éxito,
y que un desengaño puede enseñarte la verdad.
