A la mañana siguiente, mientras desayunan en el viejo comedor de la Casa, hablan con una pareja de profesores portugueses sobre Literatura Ibérica. Cervantes y Camoens como referencias.
- Ni el uno se lee en España ni el otro en Portugal.
- Pues no saben lo que se pierden. Camoens está por redescubrir. "Os Lusiadas" es la epopeya más brillante que se haya escrito después de las clásicas. Yo pienso que es incluso superior.
La profesora niega con la cabeza.
- Los portugueses sois demasiado humildes. No sabéis lo que tenéis. ¿Que me decís de Torga?
- Preferimos a Saramago.
- Para mí Torga es uno de los mejores escritores europeos del siglo XX.
- No es para tanto.
- Nos dirigimos pasado mañana a Coimbra. ¿Que es lo que no podemos dejarnos sin ver?
- La catedral vieja y el convento de las Claras.
Los viajeros vuelven a su habitación y luego bajan al pueblo a comprar pan, fruta y fiambre. Cuando van a cruzar la carretera principal ven gente agolpada en las cunetas. Pasa una carrera ciclista. La mujer conduce un par de kilómetros entre grupos de bicicletas hasta que es detenida por unas chicas de la organización de la carrera que parece infinita. Desperdigados, los ciclistas pedalean cuesta arriba exhibiendo los llamativos colores de sus camisetas. Los hay de todas las edades, hombres y mujeres. Uno de ellos se mete bajo una cascada con la ropa y los zapatos puestos. El sol araña.
Los viajeros se desaniman cuando se enteran de que hasta las tres de la tarde está previsto que la carretera esté cerrada al tráfico de vehículos a motor que no sean de la organización. Han aparcado junto a un criadero de truchas con sobra y agua cerca, pero el hombre no puede parar quieto bajo los árboles mirando pasar ciclistas y se dirige al sol para hacer el camino hacia Fuente Santa. La mujer le sigue refunfuñando. Al principio el caminito parece fácil de seguir, pero al poco se convierte en una senda en parte tapado por zarzas y espinos. El sol araña aún con más inquina. La mujer se para un momento bajo la sombra de un árbol. El hombre, que la precede en unos doscientos metros rehace el camino para animarla a seguir. Ha pasado poco más de media hora cuando los caminantes se dan de bruces con la carretera y ni rastro de Fuente Santa.
Los ciclistas siguen cuesta arriba y en algún momento, entre ellos, pasan un par de coches. Cuesta abajo y a la sombrita, en diez minutos la pareja vuelve a estar al lado de su vehículo. Sin dudarlo, la mujer se echa a la carretera y tira cuesta arriba hasta que pasados un par de kilómetros, un policía les desvía por la carretera que conduce al Salto de Satanás. Conduce durante unos pocos minutos y detiene el coche junto a la primera caída de agua que encuentra. En la parte alta de la ladera hay dos personas comiendo junto a una fuente. Los viajeros se acercan a ellos y los saludan.
Al poco, las cuatro personas hablan como si fueran vecinos de toda la vida. De pronto, el portugués se acerca a los viajeros y les ofrece una tartera de plástico. El hombre mira curioso, mientras la mujer hace un mohín de rechazo.
- ¿Qué es?
- Feijaos.
El forastero, con alegría no fingida, toma una cuchara de plástico que le ofrece el aborigen y coge un par de judiones y se los mete en la boca. Les parecen tiernos y finos, parecidos a los de Sepúlveda. Nada más sentir su gusto, da las gracias varias veces a la hospitalaria pareja. El viajero se ríe por dentro pensando en lo que siente su compañera que mira con atención el contenido del recipiente en el que además de judiones hay trozos de oreja y caserías varias.
- ¡Come, mujer! ¡Está buenísimo!
Los portugueses no dejan de atender a sus huéspedes y les ofrecen una botella de vino, de la que el viajero bebe con fruición. La viajera, venciendo sus prejuicios acaba sumándose a la colación. Luego de un rato de preguntas y respuestas, los forasteros se enteran de que sus amables compañeros están en la mitad de la cincuentena y que son abuelos. También que viven en un pueblo a treinta kilómetros al sur. El hombre tiene media docena de vacas y un huerto y la mujer trabaja en una fábrica. No han pasado nunca la raya de España y de su Beira natal no han salido más que a Castelo Branco y a Lisboa.
Cuando acaban de comer y beber, los portugueses se despiden y se dirigen a su coche que está aparcado cerca. Los viajeros toman la carretera y se ponen a andar. La arboleda los libra de las garras de sol. No muy lejos se topan con un riachuelo y se dirigen a él. Libélulas singulares revolotean sobre la corriente y a ratos se detienen sobre las piedras o las yerbas. Hay cerca una fuente y a ella se acercan para beber. En una media ladera, hay una huerta que riegan unos aspersores. El resto es monte de pinos, rebollos y caducifolios varios. Suben junto a la corriente hasta una enorme piedra redonda. Entre los arboles se puede ver una pequeña cascada saltar entre el pedregal.
Cuando se hartan de meter los pies en el agua vuelven a la carretera y rehacen el camino hasta el coche. Se cruzan con un joven excursionista holandés que mira un GPS y se dirige directamente al pueblo por un atajo. Vuelve la mujer al volante y al poco están en la intersección de las dos carreteras. Los ciclistas han acabado de pasar y nadie les impide dirigirse a Manteigas. De pronto, el hombre dice a la mujer que pare, porque ha visto un cartel de Fuente Santa. Bajan del coche y justo al lado de la carretera hay una fuentecilla que casi no se ve. El hombre toma una botella y la llena del chorrito que cae. Luego la prueba y la escupe.
- ¡Sabe a huevos podridos!
- ¡Vaya!
- ¡Pues eso!
Sin más dilaciones, la pareja vuelve a la Casa das Obras, se ponen los bañadores y bajan a tomar los últimos rayos de sol en el jardín de enfrente. Cuando comienzan a salir las estrellas, se suben a su habitación, cenan lo que llevaban para el mediodía y contemplan un rato el valle glaciar del río Zézere más allá de las luces del pueblo. A lo lejos una gran cruz iluminada. Los viajeros se acuestan dando gracias.
lunes, 8 de agosto de 2016
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