Coimbra fue la primera capital de Portugal y en ella nacieron sus primeros reyes, pero sus piedras fundacionales las pusieron los romanos. Visigodos y árabes también añadieron las suyas. El edificio más interesante de la ciudad es la Sé Vella, la Catedral Vieja, construida en estilo románico en los siglos XII y XIII. Una iglesia fortaleza con el añadido de un claustro por el que debieron deambular monjes soldados. La decoración interior del templo es acopio de quinientos años. Retablos, esculturas, capillas, cuadros… Pequeñas joyas de artesanos portugueses, franceses, flamencos y españoles, en piedra y en madera, en lienzos y paredes. gótico, renacimiento y manuelino. Los viajeros se divierten. El claustro es pequeño, pero la variedad de los rosetones y columnas de sus arcos góticos iguales, lo hace intenso. En lo poco, lo mucho. Al fondo se abren capillas que conservan tumbas de los más viejos prohombres de Coimbra. Entre ellas la del judío Sesnando, que logró en el siglo XI que cristianos, musulmanes y judíos conviviesen en paz en Coimbra.
Los viajeros vuelven a subir por las estrechas, retorcidas y empinadas calles de la parte vieja de la ciudad hasta la Universidad. Sin dilaciones entran en una gran plaza, abierta al este, desde la que se contempla el río Mondego. Una plaza anodina. Como aún no es hora de entrar en los edificios turísticos se dan una vuelta por el claustro de la universidad en el que grupos de estudiantes se preparan para exámenes. Zócalos con cerámicas. Sobriedad en el conjunto. Como aún no es hora de entrar, vuelven a salir de la gran plaza y se dan una vuelta y se entretienen viendo y escuchando a una gran tuna de estudiantes revestidos con sus capas negras hasta los pies, elegantes y distinguidos.
El conjunto monumental es bastante caótico, con construcciones de muy diversas épocas, predominando las de lo siglos XVI, XVII y XVIII. Apenas les dejan ver la capilla real y nada de fotos. Parece algo irreal, fuera de este mundo. Se pierde la sensación de espacio y de tiempo. Mudos y absortos y con la boca abierta. Única.
Apenas miran la fachada manuelina de un palacio junto a la capilla, afectados aún por la impresión. Luego entran en la biblioteca joanina en el palacio de la torre. Hermosa obra digna de la ciudad más culta de Portugal. Luego suben a las azoteas más altas a contemplar Coimbra a vista de pájaro. Ventea aire cálido.
Para terminar visitan las mazmorras, la parte más antigua del palacio, en la que se exponen documentos y dibujos sobre la historia de Portugal. Los viajeros no salen de su asombro al conocer la obra de los portugueses en medio mundo. De Brasil a Japón, de la India a Mozambique, de China a Timor. El primer japonés que arribó a Europa, lo hizo a Lisboa.
Sin hablar, los viajeros vuelven a bajar las viejas calles. Sobre las paredes descuidadas de las casas alguien ha escrito un largo párrafo de Chomsky sobre la propaganda. Los vecinos han adornado las calles oscuras y abandonadas con cadenas de pañitos de lana de las más diversas formas y colores. Algo entre naif y kitsch.
Entran y salen los viajeros de tiendas de artesanías diversas, sorprendidos por la creatividad que expresan. Los creativos de Coimbra conciben su ciudad como ideal, y en sus obras la visten con todos los colores del arco iris, como si fuera un Burano construido en una loma. Definitivamente, Coimbra es una ciudad que bien merecería ser considerada patrimonio de la humanidad si no lo es ya. Portugal necesita un remozado general y no estaría mal que fuera Coimbra la primera ciudad que lo hiciera. Por grande que fuera la inversión, el turismo la acabaría pagando con creces.
El viajero recuerda a su amigo muerto y no quiere abandonar Coimbra sin pasear por su Jardín Botánico. Está en la parte baja de la Universidad y es gratuito. Está muy abandonado, y apenas si la pareja se encuentra con otra pareja de jóvenes, que discuten en la penumbra de la arboleda. La chica da patadas y puñetazos al chico y que se defiende sin mucha dificultad. Ella grita una y otra vez el mismo insulto, en portugués, hijo de puta. Cuando el chico hace intención de separarse, la chica lo persigue con sus improperios, sus patadas y sus manotazos. Los viajeros contemplan la escena sin intervenir. Al final ambos se sientan bajo un árbol a unos veinte metros de distancia. Ella llora tapándose la cara con las manos en postura fetal. Él parece estar sufriendo también, mientras la mira de reojo en la distancia.
Cuando todo parece calmado, los viajeros se detienen junto a una fuente en la que croan ranas y nadan peces en un estanque. Una libélula gigante, verde, de alas transparentes va y viene exhibiendo su singular belleza. El viajero no puede creer que está en el jardín que tantas veces le recomendara su amigo muerto. Sin duda un jardín especial, en el que lucen árboles raros y añosos y para recordar su pasada relación con China y Japón, también alberga un bosquecillo de bambúes.
La pareja atraviesa el puente sobre el Mondego que les lleva a la orilla donde se levanta el monasterio de las Claras. El calor da latigazos y encima ya han cerrado. Por fuera parece uno de tantos monasterios románicos que se reparten por toda Europa, pero los portugueses le tienen en gran estima porque fue rescatado de una gran ríada. Dejan atrás una feria de atracciones para niños y contemplan una fuente que acaban de inaugurar que surte del mismo río. Algo muy sencillo, pero es un primer paso. Vuelven a la calle principal y acaban otra vez en la misma plaza céntrica. Hay anunciada una exhibición de bailes de diversos países hijos de Portugal. De especial relevancia los bailes de Timor. Una cincuentena de hombres y mujeres de todas las edades, estaturas y pesos, vestidos con sus trajes tradicionales, imitando la vida diaria. Apenas hay trescientas personas disfrutando de un espectáculo gratuito que en cualquier otra ciudad sería caro.
Pringando de saudade los viajeros toman camino de Oporto.
jueves, 11 de agosto de 2016
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