miércoles, 25 de julio de 2012

Zaragoza, Lérida

   La ansiedad cierra las puertas de la percepción.
   El aprendiz se da cuenta de que pasa por los Monegros y le gustaría perderse en ellos, en sus cenicientos valles y cerros. Parecen muertos pero están muy vivos. Nostalgia de un misterio entrevisto. El río Ebro tuerce para dirigirse a Tortosa y los viajeros remontan el Segre, su afluente, hasta Lérida, entre campos de frutales. En su memoria, sólo una catedral y un cstillo en lo más alto de un otero desde un tren a medianoche o al amanecer.
   Lérida es ciudad enrevesada, que se enreda como hiedra a la montaña compañera del río.
   Africanos de más acá y más allá del desierto del Sahara pululan por las calles.
   Se huele, casi se puede sentir en los labios, un racismo cutre en insano.
   ¡Ah! ¡La catedral por fin! Pórticos, arcos, ventanas entre románicos y góticos. Más bella aún que grandiosa. Ensueño de poetas y geómetras, de pintores y escultores de piedras. Torre y claustro únicos y perfectos.

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