Los dos viajeros tienen ya tan cerca los sesenta años como los cincuenta y cinco. Su voluntad excede sus capacidades. Querer recorrer tres mil kilómetros en diez días les pasará su cuenta. Pero en este preciso momento ruedan a toda velocidad por la autovía gratuita hasta Narbona. El aprendiz está sumamente ansioso porque no tienen tiempo de atravesar la Camarga por carreteras secundarias, pero Narbona no es caso de dejarla atrás como si cualquier cosa. Aparcan y se dirigen a la catedral. No se destaca por su grandeza, ni tan siquiera por su beldad, un conjunto de edificios mitad castillos mitad iglesia. Entre románico y gótico. Catedral sencilla y primorosa, desierta. No se paga por entrar, pero no hay más que el organista que con su música eleva a los viajeros más allá de los cálidos y brillantes colores del sol al pasar por el rosetón.
Adelante, a un lado la Camarga con sus campos de arroz, sus lagunas, marismas y canales, con sus caballos blancos y negros, con sus toros y sus bandadas de aves; al otro lado la Provenza , con sus llanuras y pequeñas colinas cultivadas con primor. Agricultura ideal.
Cuando ruedan sobre el puente de Arles, bajo el que pasa el verde Ródano, al aprendiz le dan ganas de bajar a contemplar su serena belleza, ero en esta ciudad no hay un solo aparcamiento libre. Los turistas son legión.
Continúan atravesando pueblos hasta Montpellier.
Monpellier resuena en la mente del aprendiz de sus lecturas históricas, de cuando sabios judíos, musulmanes y cristianos de toda Europa, al abrigo de sus murallas sentaban las bases de la cultura y de la ciencia universales. Hoy es una ciudad elegante, moderna y clásica a la vez, cosmopolita y muy abierta.
Su plaza principal, presidida por un muy descollante palacio de Opera, es inconfundible. El campo provenzal entra por una avenida que sale de la gran plaza. Al fondo de esta avenida hay una exposición de esculturas muy raras.Pintadas con colores repulsivos, la primera impresión es de rechazo. La mujer se acerca a las esculturas mientras el hombre otea el horizonte del norte.
- ¡Ven, mira!
- Me parece feo.
- ¡Tú, mira!
Le costó acercarse a la primera obra, pero luego no dejó ni una por escrutar. Los desastres de la guerra, transcritos en figuras de hombres, mujeres y niños desmembrados, despechados, emasculados... Un grito de horror de una potencia descomunal.
El hombre es el único animal que guerrea.
Montpellier es ciudad que se pasea bien, ciudad universitaria, con sus viejas facultades de Medicina y Derecho aún en pie y en activo funcionamiento aún en verano. No pudieron ver el Botánico más antiguo de Francia porque estaba en obras. La catedral gótica, vacía, como muerta. Modernamente, donde se busca la Ciencia no se suele buscar la Religión.
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