lunes, 5 de septiembre de 2011

En Nueva York se detecta un movimiento continuo. Más que un poema se inspira una novela sin fin. En cualquier esquina uno se puede cruzar con un personaje. El somalí sesentón, delgado y serio que habla un español perfecto, portero en un edificio a dos manzanas de Central Park con el que el aprendiz habla sobre la humbrana que se abate sobre su tierra de nacimiento.
Es ciudad para ser recorrida palmo a palmo, para ser mirada profundamente, ciudad para ser amada como se ama a una madre buena, que acoge, que respeta, que educa.
Si el mundo tuviese una llave, estaría en Nueva York.
Desde los pisos altos de los rascacielos se ve atardecer y al mismo tiempo encenderse las luces que inundan la noche. Todo es como se imagina, pero más. La ciudad que más tesoros esconde, que más vidas sustenta, que más ilusiones aguanta.
Nueva York no es una ciudad de U.S.A. Está en U.S.A., pero es una ciudad del mundo. No hay parte del mundo que no tenga aquí su representación.
No hay ciudad más flamenca, ni más negra, ni más árabe, ni más hindú, ni más china, ni más papúana que Nueva York.

No hay comentarios: