El aprendiz ha salido de su mundo diario de duros trabajos y meditaciones para viajar por los Estados Unidos una vez más.
Los aviones lo acobardan sobremanera. Todos los pánicos se empeñan en acompañarlo en sus vuelos. Se le pone un vacío en el vientre y un sudor en las manos. Reza, reza y reza. Pide fe, pide valor, pide esperanza. A la Suprema Voluntad Benéfica.
Cuando se da cuenta avista las costas del Golfo de Maine, luego la Bahía de Massachusset, cerrada por el sur por el alargado y ganchudo Cabo Cob. Incontables veleros blancos entran y salen a los puertos de Boston.
El pajarranco de metal sobrevuela un bosque tupido de verdor oscuro en el que se esconden lagunas negras.
viernes, 2 de septiembre de 2011
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