domingo, 4 de septiembre de 2011

Nueva York

El efecto de las ciudades sobre las personas no siempre es inmediato. Hay ciudades que te dejan tan estupefacto, que no eres consciente de lo que has sentido hasta meses e incluso años más tarde.
Nueva York es otra cosa. Lo había escuchado muchas veces, pero no pensaba que fuese cierto. Tenía la idea de que era un tópico más.
Escuché hablar al primer neoyorkino en Boston. Fue el conductor del autobús, un negro alto y bien parecido, que se dirigió al pasaje como si él fuera Ulises y el bus el Argos.
Cuando el vehículo aminora la velocidad, sale del bosque y entra en el Bronx. Atraviesa un puente y empieza a rodar por Harlem.
El aprendiz entra en un estado de concentración al límite de sus sentidos.
La calle es de la gente y las gentes son de la calle. Una calle larga que parece no tener fin. Gente andando por las aceras, gente parada junto a coches en la misma calle. Trapicheo. Gentes de piel negra, de la más oscura a la más clara. Mezclándose imperceptiblemente. Kioskillos de madera, carritos con comida, gentes sentadas en las plazas. Más adelantes aparecen los hispanos, los árabes, los hindúes... No puede creer lo que ve. Una mujer con burka, otra con naquib. Las vestimentas son innumerables. Babel pacífica donde nadie renuncia a su lengua aunque todos hablen inglés y muchísimos español.

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