El tiempo en la vejez galopa como un corcel árabe.
Como una libélula que huye de un halcón vuela.
El pasado se vuelve un titán cada vez más fuerte.
Y el futuro un diminuto más débil y pequeño.
Mengua la agudeza de los sentidos. La memoria
es cada vez más lenta, y el olvido más veloz.
Más cansado, más desengañado, más incapaz.
¡Las ilusiones cumplidas tan fugaces! Un rato
de entusiasmo febril y otro de añoranza triste.
Llega y pasa el tiempo como relámpago en el cielo.
¡Las ilusiones incumplidas tan largas, tan largas!
Y el tiempo se padece en la impotencia y en la rabia.
Pero a pesar del dolor de la mente y de la carne
hay humanos que aún creen, esperan y aman. Libres
de prejuicios, de intereses, de deseos... Libres
de codicia, de soberbia, de ira y de pereza.
Con el alma se empeñan en hacer en esta vida
salud, paz, armonía, verdad, justicia y amor.
Viejos locos desertores de la maldad fatal,
de la guerra y del caos fatalales, de la mentira
fatal, de la injusticia fatal, del odio fatal...
Hartos de vivir esclavos de un sino siempre aciago
emprenden sus caminos hacía un horizonte nuevo.

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