Yo vivía en un piso en Vallecas con otros cuatro compañeros, uno de los cuales era hermano suyo. Fue una tarde de otoño, a la hora que acostumbrábamos a reunirnos en el salón. Era una mujer llamativa de poco más de treinta años. Rotunda de carnes y muy guapa. Al poco, su risa animaba a la concurrencia.
Trabajaba como maestra desde hacía algunos años en un colegio concertado en el centro del barrio, pero nos contó que no estaba tan bien como al principio, que la dirección y la mayoría de los padres eran muy carcas y que había recibido ya dos avisos de expulsión. "Dicen que me he vuelto loca".
Como me interesó pregunté por ella a un compañero de piso que la conocía bien. "Le han detectado esquizofrenia paranoide y la están medicando. Debe ser muy grave lo que tiene porque le han ofrecido la jubilación". "¿Ha hecho algo malo?". "Dicen que ha amenazado a un cura con un cuchillo".
Indagando más me enteré que había sido monja y que se había salido, pero que todavía seguía apegada a la parroquia y a la congregación. Había discutido con uno de los curas al que había acusado de machista y soberbio. Las antiguas compañeras le tenían miedo y el cura desaparecía cuando ella llegaba.
Otra tarde se presentó en el piso con una amiga y me invitó a que las acompañara a un recital de Luis Pastor en el Cerro del Tío Pío. Al momento se sintió confiada y comenzó a contar historias en las que era difícil saber qué partes eran realidad y qué partes fruto de su fantasía o de sus miedos.
Poco a poco nos hicimos amigos. Salíamos juntos a giras campestres e íbamos uno al lado del otro en las manifestaciones ilegales que se convocaban en el barrio. Aceptó muy agradecida la pensión, pero un día, con dolor de conciencia, se puso en la puerta del metro a repartir billetes de mil pesetas.
Ella conocía a un montón de gente en los círculos de la Iglesia de Vallecas y más de una vez buscó locales de órdenes religiosas para reuniones clandestinas. No pertenecía a ningún partido ni organización, iba por libre más dulce que brava, más amorosa que rencorosa, más ingenua que avisada.
Yo me había enamorado de ella y ella de mí, pero los dos pensamos que con un loco bastaba. Así que por un tiempo apenas nos vimos. Hasta que un día se presentó en el piso en el que entonces vivía a decirme que en un colegio de monjas de Palomeras necesitaban un maestro.
"Yo conozco muy bien a la directora, es amiga mía. Hay tres candidatos, el primero eres tú que ya le he hablado yo de ti. El segundo es un rebotado del seminario que recomienda el obispo y la tercera una monja de mi antigua congregación. Necesita un tío como tú, inteligente y rebelde como ella".
Los dos fumábamos mucho por aquel entonces, pero ella más. Siempre nos quitábamos los mecheros y siempre nos reíamos. Yo acababa de casarme y ni la mujer ni yo teníamos trabajo. Vivíamos de prestado en una habitación minúscula en un piso igual de diminuto. No le dijimos nada. Pero lo sabía.
Las cosas salieron como ella había previsto y a mí me contrataron como profesor en las monjas. Mi alegría no pudo ser completa porque mi amiga comenzaba a hacer locuras de verdad. Intentó acuchillar a otro cura y al poco se prendió fuego en la cama. La internaron en el hospital Francisco Franco.
Fuimos a verla. Estaba apastillada completamente, con los ojos saltones y la boca seca. Su agraciado rostro era una máscara de dolor. "Estoy bien, me tratan bien, me llevo bien con el siquiatra y hacemos terapia ocupacional que a mí me encanta, sobre todo el tiempo de costura. Pronto estaré fuera".
Su vida no había sido un camino de rosas pero a partir de aquel primer internamiento fue la locura. Ya no volvería a cometer ningún acto violento, aunque en algún momento tuvo una fuerte tentación. En cualquier caso su estado era delirante. Lo intentaron de nuevo en el mismo hospital, pero no mejoró.
En la siguiente crisis la llevaron a Leganés. La tuvieron tres días encerrada en una celda y cuando se acogió al régimen general fuimos a verla nosotros dos y una cuñada suya. Nos sentamos en el gran patio del hospital, al sol. Un loco se acercó babeando de lujuria hasta donde estaba la cuñada.
Tuve miedo. Ella se levantó, miró al loco y le hizo un gesto para que se fuera. Y a la velocidad que había llegado se marchó mirando atrás. Luego apareció Panero pidiendo tabaco. "¿Tabaco? Mucha cara es lo que tienes tú". "Y tú te crees que estás cuerda, pero estás más loca que yo."
Durante un tiempo estuvo en una clínica privada por la zona de León. Una vez se escapó y se presentó en Rabat y se sentó en el café mas céntrico. Con una minifalda y una camiseta de tirantes. Hombres de todas las edades se arremolinaron a su alrededor comiéndosela con los ojos. Ninguno se atrevió a tocarla.
Cuando estaba bien venía a nuestra casa y se estaba buenos ratos. Era cariñosa con nuestros hijos y siempre tenía pequeños detalles con ellos. Nosotros la habíamos acompañado en sus peores momentos porque la queríamos y ella nos había respetado porque nos quería.
Nos fuimos separando lentamente, cuando ella decidió buscar un buen compañero de vida. No le resultaría fácil encontrarlo. Me mudé con la familia a quinientos kilómetros y perdimos el contacto. No volví a verla hasta veinte años más tarde. En la separación con mi mujer no tomó partido.
Nos presentamos en su casa y tocamos al timbre. Mis dos hijos mayores y yo habíamos venido a Madrid a ver Vallecas y a verla a ella. No contestó nadie, pero atravesé la calle y entré en el bar de enfrente. Allí estaba sentada en una mesa. "NO". "SÍ". "¡Paquillo!" "¡Amiga!".
"¡Qué hijos tan guapos! ¡Pero qué maravilla! Tú también estás muy bien, con muchas canas y muchas arrugas, pero te veo bien. ¡Qué lástima! No hace ni cinco minutos que se ha ido la directora de las monjas, nuestra amiga. Le hubiese encantado veros. No sabéis lo que me alegro de que os hayáis acordado de mí.
Veinte años más pasaron. Te fuiste sin que nos volviéramos a ver. Por fin habrás encontrado la luz que tanto buscaste en esta vida.

No hay comentarios:
Publicar un comentario