Romanticismo y revolución responden a la necesidad que tienen las personas y los pueblos de cambiar las viejas formas de sentir, pensar y organizar la sociedad.
Para entender el mundo en el que se desarrollan romanticismo y revolución hay que ponerse en la realidad espantosa de la esclavitud, la servidumbre y la explotación capitalista, trufada de guerras civiles y guerras internacionales. El presente de un esclavo, un siervo o un proletario era por lo general atroz.
Los movimientos revolucionarios, entendidos como movimientos en pro de cambios políticos, económicos y sociales, se concentran en varias épocas en las que coinciden revoluciones en algunos países al mismo tiempo. Tres años revolucionarios bastante generalizados: el 1820, el 1848 y el 1870. Cada nación en particular tiene también sus propios años revolucionarios.
Por lo general se idealizan las revoluciones sin entender que ninguno de las decenas de miles de muertos quería morir. No eran idealismos los que los movían a la revolución sino el hambre y los abusos de los amos. En los periódicos de Londres se podían leer noticias de este tenor: Dos mujeres de trece y quince años han aparecido muertas de hambre con sólo piel verde y huesos.
Otra cosa era la revolución en las mentes de los intelectuales que desde fines del siglo XVIII empezaron a imaginar mundos mejores, sin esclavos, ni siervos, ni proletarios, ni guerras. El socialismo utópico de Gran Bretaña y de Francia fue un muy meritorio intento de llevar a la práctica tan bellos ideales, pero que fracasó. El socialismo utópico ruso sin embargo, aunque en teoría persiguiese los mismos fines, no optó por dar la espalda al mundo antiguo para construir el nuevo, sino que se enfrentó al mundo antiguo para destruirlo.
La verdad cierta es que las revoluciones fueron trayendo cambios cada vez más importantes en las naciones y en las relaciones internacionales. Se liberaron los siervos en Rusia, se liberaron los esclavos en EEUU, se consiguió una mayor libertad de prensa y los proletarios, empezando por los ingleses, fueron progresivamente liberados de horarios extenuantes. El trabajo infantil y femenino fue regulado y el comercio libre se multiplicó.
Ni los italianos Mazzini y Garibaldi, ni los franceses Blanqui y Blanc, ni los rusos Bakunin y Herzen, ni ninguno de los revolucionarios de su tiempo de otros países podrían pasar por el juicio de un crítico actual que no tuviese en cuenta el momento y la situación histórica que vivieron. Vistos desde la mente de hoy sus comportamientos privados y públicos no nos parecerían ni mucho menos ejemplares.
El romanticismo se presentó, desde que Rousseau lo ideara con sus novelas y sus Memorias, como un movimiento de liberación de los sentimientos humanos tanto masculinos como femeninos. Sentimientos que el ginebrino sabelotodo (también discurseaba sobre política, economía y sociedad) y los revolucionarios suponían puros y claros. ¡Cuán errado estaba Rousseau! ¿Dónde había conocido al buen salvaje si no había salido de Europa? Eso sí, escribir escribía como ningún filósofo lo había hecho antes. Entiendo que la gente que lo leía lo adorara.
Pero Rousseau no hubiese tenido la influencia que tuvo en toda Europa y América si no hubiese sido por una mujer que se nombró a sí misma George Sand. Era hija de una guapa joven de clase modesta y un noble francés de parentela real francesa, sajona y polaca. Con cuatro años viene a España y se instala en el palacio de Godoy. Sólo un año, que recuerda como el mejor de su vida. Descubre que le gusta vestir de varón y que no le importa nada lo que piense la gente. Tenía cuatro años.
Sand es una fuerza de la naturaleza que atrae a los hombres y a las mujeres que la tratan o la leen. No hay hombre ilustre de su tiempo que no hablara de ella con admiración y respeto a pesar de todas sus excentricidades. Y no sólo novelistas como Dumas, Balzac o Verne, sino también poetas como Musset, músicos como Liszt o Chopin y pintores como Delacroix.
Con 18 años se casó y al poco le nacieron dos hijos. El matrimonio le duró nueve años. Se fugó a París con sus vástagos y se quedó con su custodia. Primero criticó el matrimonio tradicional por tedioso y luego predicó el ideal de Rousseau de dejarse llevar por el amor puro y natural, que el ginebrino suponía estaba reprimido en el interior de todos los seres humanos. ¡Qué poco sabían los dos de la psicología de los seres humanos!
La Sand era una mujer muy fuerte que de día vivía y de noche escribía lo que había vivido de día. Y la verdad es que vivía siempre en la cresta de la ola. Apoyó en un principio la liberación de la mujer y la del proletariado y estuvo en la dirección de la Comuna de París, pero cuando los proletarios empezaron con barricadas e incendios cerró filas con la burguesía. Más tarde fue confidente de Napoleón III.
Más interés que su vida tiene la repercusión de su obra, que era leída con voracidad por las mujeres y los hombres más cultos de Europa. ¡Cuánto sufrimiento de hombres y mujeres que se dejaron guiar por unas ideas tan poco convenientes para su salud física y mental! Hombres y mujeres atormentados por los celos, las contradicciones y la insatisfacción profunda por no poder alcanzar ideales inalcanzables. Relaciones mórbidas y morbosas, radicalmente solipsistas que en muchos casos desembocaban en el alcoholismo, en el suicidio y en la muerte prematura por sobredosis de emociones. Vive rápido, muere joven y serás un bello cadáver. Pero lo cierto es que viven poco y sufren mucho.
El buen salvaje no era más que una quimera en la mente de Rousseau. Si hubiese leído al Inca Garcilaso se hubiese enterado de que los salvajes de verdad violaban a las mujeres enemigas y esperaban nueve meses para comerse madre y cría. Su propuesta filosófica no era más que un llamado a la vuelta a la animalidad instintiva por la ruptura de todos los tabúes culturales. La sentimentalidad de los románticos era puro emocionalismo. Ni fueron capaces de ofrecer una crítica de la racionalidad ni mucho menos fueron capaces de dar pistas para un concierto entre razón y corazón.
A pesar de todo, el romanticismo tuvo algunas consecuencias positivas, especialmente para la mujer, que vio abiertas las puertas de un futuro en el que tendrían los mismos derechos que los hombres y sus capacidades serían valoradas sin tener en cuenta su sexo. Los pantalones no serían solo para los hombres, también para las mujeres. No parece un gran logro, pero es un buen símbolo de lo que en el fondo querían. También tuvo una consecuencia positiva para el hombre. Puesta la mujer a su mismo nivel el hombre perdía una sierva para ganaba una compañera. Pero para esa meta habrían de pasar aún muchos años.

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