La vida sigue siendo una mezcla de momentos de duda, ignorancia y miedo con momentos de confianza, certeza y valor. La mente es un campo de batalla en el que luchan sombras. Y si pasara esto, y si pasara lo otro, y si no pudiese hacer esto, y si no pudiera hacer lo otro, y si la vida me viene a la contra, y si me toca la lotería, y si… Tiempo perdido, vida desperdiciada.
Los seres humanos somos un revoltijo de movimientos, sensaciones, emociones, sentimientos, pensamientos, intuiciones, sueños, meditaciones y ego. El ego es aquello en el ser humano que trata de entender y ordenar la propia vida en confluencia con otras vidas humanas o no humanas. El ego no es algo estático sino que cambia en función de su entendimiento cada vez más acertado o más errado de la realidad de la vida. Si el ego sólo se mira a sí mismo y olvida la realidad de los otros y de lo otro, se equivoca, si se mira a sí mismo, a los otros y a lo otro, acierta.
El ego errado desea, ansía y busca. No se conforma, siempre quiere más, siempre aspira a más, siempre se siente solo e incompleto. El ego sabio ni desea ni ansía ni busca. Se conforma a su realidad en la realidad, ama su vida tal cual es, no aspira a nada, siempre se siente parte de todo y completo. Envolviendo al ego está la consciencia. La consciencia envuelve a todos los egos. Para situarse en la consciencia hay que salir del ego. Pero, ¿cómo se puede salir de uno mismo? Meditando.
El camino de la meditación es largo, pero no es difícil. Para empezar, cualquier tipo de meditación de cualquiera de las religiones vale. Todas orientan en la misma dirección. Se puede meditar en cualquier postura, centrándose en la respiración, en el pitido del oído o en los latidos del corazón. Se puede meditar con mantra o en el vacío. Sólo hace falta determinación.
Los beneficios de la meditación para el bienestar físico y anímico son indudables. El meditador sale de sí mismo y es consciente de sus actos erróneos y de sus actos acertados. El error deja siempre mal cuerpo, el acierto deja buen cuerpo. La meditación detecta las raíces del bien y del mal y el ego es libre de regar el primero y secar el segundo.
Consideremos a una persona iracunda que no medita. Cada cierto tiempo deja escapar su rabia gritando, golpeando, insultando o amenazando. Luego se siente mal, pero siempre encuentra una justificación para su locura. Una persona iracunda que comienza a meditar se da cuenta de que la ira es una respuesta equivocada y que su ira le produce malestar a él y a todos los que la sufren.
domingo, 24 de marzo de 2019
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