El que escribe ha cambiado de hábitos durante una semana, en otro lugar, con otra gente, con otras comidas… En las noches se entretiene releyendo un libro sobre sufismo y taoísmo. La segunda parte que estudia en particular el taoísmo. Me parece un extraordinario estudio sobre esta religión y sobre la coincidencia de fondo de sus ideas con las del sufismo. Pero bueno, el caso es que hablando del hombre perfecto le atribuía una característica que me pareció curiosa. El hombre perfecto no tiene sueños.
El último día el que escribe se despertó a las dos y poco de la madrugada, salió al patio y al corral y miró un momento las estrellas en una atmósfera más neblinosa que los días anteriores que había sido extraordinariamente transparente con el consecuente superior brillo de las estrellas del firmamento. Volvió a la cama, leyó un rato y se volvió a dormir. A las siete y media lo tuvieron que despertar para salir de viaje.
Había tenido uno de los sueños más largos de su vida, después de años en los que apenas había tenido cortos sueños muy espaciados en el tiempo. La impresión al despertarse era de absoluta sorpresa.
De pronto estaba en el pueblo en el que había vivido durante un cuarto de siglo, el el lugar de trabajo en el que había trabajado. Lo habían invitado a una especie de fiesta, pero no conocía a nadie. Parecía gente fría. Se metió en un baño y cuando salió algunos viejos compañeros decían que había estado mucho tiempo. Se mostró sorprendido. Pero él esperaba un fiesta donde hubiese algo de comer, pero no había nada. Y de pronto se vio en una carnicería que parecía el arquetipo de todas las carnicerías con las carnes colgando por todos lados. Había dos carniceros con unos cuerpos de culturistas muy exagerados. En la carnicería había también dos o tres jóvenes normales que le dijeron que no querían trabajar en la carnicería por siete euros la hora. Se solidarizó con ellos y de pronto se vio caminando por el pueblo que de pronto ya no se parecía en nada al pueblo. Le sorprendieron unas bellas murallas de color amarillo y rojizo que quedaban abajo. De súbito estaba en otro territorio lejano, que en un primer momento le pareció un pueblo de montaña donde había pasado meses durante muchos años. Pero luego no le cuadraba lo que veía y supuso que era un lugar más al oeste. Se quedó mirando a un grupo de jóvenes, uno de ellos manipulaba una docena de hongos negros. Aquello le intrigó, pero al instante ya tenía sus ojos sobre otros hombres que marchaban en la otra dirección. Eran tres, uno de ellos, bajo y fuerte, iba vestido con un traje con una chaqueta muy larga como las que usaban los de la NBA. Lo curioso es que todos los hombres que encontraba eran fríos y completamente inexpresivos. Luego se dirigió a una especia de cueva de techos altos donde había gente que quería hacer una fiesta. Pero la fiesta no acababa de arrancar. Muchas idas y venidas y nada que comer.
El que escribe que se pasó años interpretando sueños en un foro, quinientos como poco no acaba de comprender los suyos propios. Pero por lo menos sabe que no es un hombre perfecto y como consecuencia vuelve a recordar su viejo mantra de que la humildad nunca es suficiente.
martes, 9 de octubre de 2018
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