Cuando alguien te lastima, te hiere, te insulta, te menosprecia, te paga bien con mal, ¿qué lastima, qué hiere, qué insulta, qué menosprecia, qué mal? El ego, el que toma consciencia de la realidad, de los hechos. El ego es el que se lastima, se hiere, se siente insultado y menospreciado y se piensa que le han pagado bien con mal.
El ego es un constructo humano que hace diferentes a unos humanos de otros. El bebé no tiene ego, el niño muy poco, el adolescente quiere demostrar que lo tiene y así cada cual va haciendo su ego más sólido y más compacto, más lleno de movidas, pensamientos, sentimientos, sueños y meditaciones.
El ego es el que sufre y el que goza, el que cree que triunfa o cree que fracasa, el que tiene miedo y el que se siente seguro, el que se siente feliz y el que se siente desgraciado, el que agradece y el que olvida, el que se enferma y el que se cura.
Las corrientes místicas de todas las religiones, hasta las de las más primitivas, han intentado recorrer el camino que conduce a la extinción del ego. Sin ego, ni bienes ni males, ni éxitos ni fracasos, ni tan siquiera vida o muerte. La extinción del ego lleva la consciencia a otro nivel.
La mayoría de la gente cuida su ego como si no hubiera en el mundo más preciado tesoro. Y cuanto más lo cuidan más esquizofrénicos se vuelven, más pelillosos, más ruines, más desconfiados, más desagradecidos, más orgullosos, más de todo lo que hace la vida un martirio.
Se tiene el mayor de los miedos a perder el yo como si perdiendo el yo se perdiera la capacidad de pensar, sentir, soñar y meditar. Pero eso no es cierto, porque la capacidad de pensar, sentir, soñar y meditar no es una capacidad del ego, sino una capacidad del ser humano. El misterio está en vivir con todas las capacidades humanas con un ego vacío.
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