Nada llovió en el otoño, ni nada nevó. En el invierno cayeron tres nevadas con distintos tipos de nieve y tres tormentas, a ratos piano, a ratos andante, a ratos presto. Tres granizadas también. Algunos días nieve, lluvia y granizo al mismo tiempo, en el mismo momento, en el mismo lugar. No se recuerda un invierno tan divertido. Ni el otoño ni el invierno respondieron al patrón de los otoños y los inviernos. La primavera entró con más nieve, más lluvia y más granizo, pero luego dejó unos días los cielos rasos con temperaturas tibias, para continuar con más nieve, más lluvia y más granizo y seguir con cielos cambiantes con más nubes que claros y temperaturas suaves.
El hombre ha salido a dar una vuelta para ver el cielo y el campo. Atraviesa una carretera desierta y se mete en la floresta haciendo memoria del secreto del mundo. Dos manchas de flores amarillas atraen su mirada. A cada paso más flores amarillas, y de azules varios. En rinconcitos, ramitos de flores como estrellas blancas con centro amarillo.
El hombre se siente complacido por la visión de tanta belleza y como un loco persigue los macizos rojos y los macizos naranjas de flores en racimo tan diminutas como cabezas de alfiler. Una mariposa de las que llaman chupaleches vuela y revuela sin detenerse. A ras de suelo, flores de extrañas formas y de intensos colores mezcladas con otras de más extrañas formas y colores apagados. Jaramagos blancos y jaramagos amarillos por todos lados.
Por el camino junto al muro de piedra, más flores y solo dos mariposas, una blanca y otra de color tabaco. Las mariposas necesitan un poquito más de calor para volar bien. Al fondo las montañas nevadas en una atmósfera limpia de neblina. Como siempre el águila pasa volando a media altura. Las cigüeñas calientan sus nidos y al fondo una piara de vacas blancas pastan en el verde.
Atraviesa el muro y sale al campo bravo, al campo de la naturaleza que se cuida sola. La variedad de plantas lo lleva a pensar en la diversidad del mundo en la armonía del mundo. Juntas y revueltas. El hombre vuelve a bajar a ras de tierra y ve flores nuevas y plantas nuevas que jamás ha visto. Pequeñas, insignificantes, pero únicas.
El paseante vuelve a un camino y sube una cuesta para después bajarla. A los diez pasos encuentra un nido de setas matacandiles. Once ejemplares jóvenes de diferentes tamaños. Y baja al arroyo de sus días, apenas un cursillo de agua, pero que sostiene a su alrededor todo un mundo. Siempre cantan los pájaros. Ahora, los árboles y arbustos de sus riberas echan flores y hojas nuevas.
En la ladera norte, entre espinos albares se extiende un prado de hierba corta, donde se ha formado una pequeña laguna. Junto a ella, ante la incrédula mala vista del paseante, un setal de grandes proporciones. Se acerca y mira la primera seta, una especie de huevo blanco que apenas se ve entre hierba. Lo coge y lo huele, y luego lo mira por detrás. Un velillo blanco impide ver su interior. Lo quita con un dedo y admira un color rosa salmón. Al lado hay otra seta más alta con la capa del sombrero de un blanco más sucio y manchado de crema y en su interior laminillas de un crema puro.
El hombre se levanta un momento y echa un vistazo a su alrededor. Los champiñones del campo salen a borbotones. Los más grandes llegan a tener casi una cuarta de diámetro. Son los más viejos y solitarios y sus láminillas son de un marrón oscuro muy intenso. Corros de champiñones como si fueran familias cada ejemplar con su forma y su color propio y distinto. El pueblo de los champiñones ha tenido este año más de cien habitantes. El paseante ha cogido como un ogro malo el más bello de cada familia.
viernes, 4 de mayo de 2018
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario