jueves, 24 de agosto de 2017

Las ciudades amadas. Segovia.

   Las ciudades amadas. Segovia.
   De la primera vez que estuve en Segovia sólo recuerdo dos iglesias románicas. Había llegado en tren desde Madrid y por una especie de instinto me encontré frente a la torre de san Esteban. Yo no había visto jamás una iglesia románica. Miraba y remiraba los cinco cuerpos de la que yo no sabía era la más esbelta de todas las iglesias románicas de Castilla. El tiempo me parecía infinito en aquella ciudad silenciosa en la que andando por las callejas aún podías escuchar tus propias pisadas. En esa sensación de vivir sin tiempo, recuerdo perderme en la contemplación de aquel pórtico con sus arcos labrados y sus capiteles plagados de figuras vegetales, animales y humanas, roídos por la lluvia,el viento, el frío y el calor. Entonces aún estaban abiertas las puertas de todas las iglesias y solo entré a sentir su interior. Silencio y oscuridad. No recuerdo el tiempo que estuve entrando y saliendo de San Esteban, contemplando y volviendo a contemplar arcos y más arcos, extasiado como un monje novicio.
   Luego he vuelto muchas veces en todas las estaciones del año y he ido descubriendo sus íntimos misterios. He paseado por sus calles y me he sentado en los bancos de sus plazas solo, en pareja, con las familias, con amigos… La primera vez que vi la iglesia de la Vera Cruz fue desde la plaza que hay delante del alcázar. Atrajo mi mirada a pesar de sus diminutas dimensiones. Una vez que vine solo, bajé como sonámbulo por el caminito umbrío de san Juan de la Cruz y acabé delante de ella. Empujé la puerta y entré. No había visto una iglesia parecida en toda mi vida, porque su planta no era en cruz como todas las que había visto, sino un polígono de doce lados. En medio de la iglesia otra construcción, ésta de ocho lados, de dos plantas. A la planta superior se accede por unas escaleras laterales que ascienden por un arco. Pero al poco me he perdido en aquel laberinto de arcos que entran y salen. Ni idea del tiempo que pude estar sentado en un banco en el segundo piso de la construcción central mirando un Cristo de madera pintado del siglo XII o XIII. Ya no sé si aquel día lo soñé, pero recuerdo con claridad como de pronto me vi bajando por unas escaleras a una cripta en la oscuridad total. A la Vera Cruz he vuelto varias veces más, pero ninguna como aquella primera vez. Ahora te cobran una entrada y te dicen que en esta iglesia nunca hubo cripta alguna. A pesar de todo, esta iglesia sigue conservando una cifra secreta del misterio de los templarios.
 

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