El cielo se entenebrece y un hombre cualquiera siente un vacío en el vientre que no es de hambre física. Es como un hambre de algo que ni sabe lo que es. Hambre de luz acaso, o hambre de valor, o de certezas. Hambre al fin y al cabo de algo inasequible. El suelo de la terraza está mojado de un sirimiri casi imperceptible.
El hombre aún no ha salido del todo de una enfermedad que lo deja sin fuerzas. Pero se siente mejor. Un leve viento del sur empuja marañas de nubes grises bajo la blanca cúpula del cielo. Por un momento se siente feliz. Un viejo reloj marca los segundos con lentitud. Una collera de palomas torcaces vuelan hacia su nido.
El hombre abre la puerta de la terraza y mira como la lluvia persiste y el viento aúlla a lo lejos. Huele a tormenta de primavera. Su mente es como el cielo, un difuso mundo gris bajo un difuso mundo blanco. Pequeñas, ya se ven las gotas de lluvia a través de la cristalera. De pronto llueve con alegría y al poco la lluvia se mezcla con la nieve y el granizo.
Sale el hombre a la terraza y abre los brazos mientras se deja empapar el pelo por los elementos. Arrecia un ratito la tormentita dejando una pátina blanca sobre una mesa de cristal. Y luego vuelve la calma de las gotas leves cada vez más imperceptibles.
El cielo es ahora una totalidad de blanco grisáceo.
viernes, 24 de marzo de 2017
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