Miguel de Cervantes-Saavedra Cortina, nació en Alcalá de Henares en el año 1947, cuarto vástago de una extraña familia formada por don Fernando Cervantes, zurujano de cupo y Leonor de Cortina, hacendada de no mal pasar con tierras en Arganda del Rey. El padre, aunque de origen noble, debido a su sordera no había podido hacer los estudios de medicina y ni siquiera había aprobado los de zurujano. Ejercía pues sin título su oficio. Pareja extraña entre un pobre hombre y una rebelde mujer enamorada. Intentó hacerse, como el marido, sorda a las murmuraciones, pero cuando ya no pudo más, empujó a su marido a probar suerte en Valladolid cuando su hijo Miguel apenas tenía cuatro años. En Valladolid vivieron de alquiler y Fernando, el zurujano sordo, no tuvo más éxito que en Alcalá de Henares. La cosa fue aún peor, y para mantener a la familia de seis hijos contrajo deudas y acabó en la cárcel y embargado.
Nada más salir de la cárcel se trasladan a Toledo, cerca de Esquivias, donde la madre buscaba apoyo en su familia en parte oriunda de este pueblo "de ilustres gentes y de ilustrísimos vinos". En esas estando, Don Rodrigo Cervantes tuvo noticia de la muerte de su padre en Córdoba y allá arrastró a la familia a ver de cobrar la herencia. Luego de meses de idas y venidas entre Córdoba y Montilla, debió cobrar la herencia porque al poco marcharon a Sevilla, donde las cosas no les debieron ir mal a los Cervantes. El niño Miguel pudo estudiar hasta en los jesuitas y tener un maestro tan preclaro como López de Hoyos.
No tuvo tiempo de estudiar en la Universidad, pero a los 19 años se trasladó a Madrid donde muy pronto destacó en el mundillo literario y se alzó con el honor de ocupar el puesto vacante desde Garcilaso de príncipe de los poetas. Mucha fama, pero no tanta paga, que por otra parte el joven Cervantes derrochaba a manos llenas, más por generoso que por dispendioso. Miguel se emborrachó de fama y se convirtió en un galán petulante y pendenciero. Por defender el honor de una dama pinchó a un hombre y tuvo que huir a uña de caballo. Su fama como poeta le permitió colocarse en Italia como camarero del cardenal Acquaviva. En su compañía recorrió las tierras y ciudades del norte de Italia, desde Génova hasta Venecia. El cardenal acabó en Roma y Cervantes con él, pero no se sabe muy bien por qué, cada cual imagine, abandonó a Acquaviva y marchó a Nápoles donde se alistó como soldado en la flota de don Juan de Austria, el bastardo del Emperador Carlos V.
Miguel de Cervantes no tenía más que 24 años. Una gran flota con las galeras de guerra de Venecia, los Estados Vaticanos y España contra otra flota aún mayor con las de Turquía. Una batalla por el control del mar Mediterráneo. El sensible poeta cuando empezaron a escucharse los primeros cañonazos se puso a soltar lastre por delante y por detrás y la fiebre le subió hasta el delirio. Los compañeros lo empujaron a la bodega, pero él en lugar de eso se subió al primer esquife de abordaje, como un león. Salió de la refriega con dos graves heridas en el pecho y la mano izquierda destrozada.
Tras la inútil victoria de Lepanto, Miguel de Cervantes volvió a Nápoles a curarse de sus heridas. Contumaz aventurero, el joven soldado paseó su palmito desde Roma hasta Palermo, unas veces buscando padrinos para su carrera militar, otras persiguiendo ninfas, enamorado. Al final creyó encontrar el amor verdadero en una joven napolitana a la que llama Silena, con la que tiene un hijo. Pero la dicha duró poco, la mujer lo engaña y, desesperado, embarca en una nave rumbo a España.
Aprovechando que el barco en el que iba Cervantes se separó demasiado de sus compañeros de flotilla, los turcos lo abordaron, lo rindieron y lo llevaron a Argel.
Argel era una fortaleza que un gobernador del Gran Turco había convertido en ciudad de cautivos. Cinco o seis mil desdichados capturados aquí y allá, los había de todos los pueblos del Mediterráneo. Una partida grande de turcos mantenía el orden en una ciudad en la que los cautivos vivían como pudieran vivir en Nápoles o en Palermo, eso sí no vivían en palacios sino en baños, en celdas en un gran recinto cerrado por las noches. El negocio del Pachá estaba en pedir rescate. Miguel de Cervantes, que había logrado cartas de recomendación de muy altos poderes de Italia, fue confundido con un hombre de posibles y pidieron por él una millonada.
Su hermano menor que también había sido capturado con él fue liberado a los dos años porque por el pidieron un rescate menor. Cervantes tenía un carácter muy dominante y en Argel pronto se convirtió en una especie de rey de los cautivos. Pero llegado a un punto, Cervantes intentó escapar y sólo su fama anterior le sirvió para no ser apaleado en exceso. Fuera como fuere, el osado Miguel volvió a intentarlo tres veces más. Tal era su prestigio aún en la última ocasión en la que lo pillaron que luego de ser condenado a tres mil azotes, la pena le fue conmutada casi en su totalidad. No es extraño que en el Quijote, su obra más excelsa, los palos abunden como las setas en otoño. Al fin, luego de cinco años y medio de cautiverio, su madre, su tía y sus hermanas lograron pagar el rescate. No ha de extrañar que la mujer sea tan bien tratada en sus obras.
Conociendo un poco la vida de Cervantes nadie se debería extrañar de que su caballero fuera andante. Desembarca en Denia, de Denia a Valencia y de Valencia a Madrid. No es precisamente un buen recibimiento el que le espera en Madrid. Se ha extendido una epidemia de gripe que está matando más que una guerra. Santa Teresa de Jesús se enferma y también el rey Felipe II. La hermana monja de Miguel de Cervantes tampoco escapa. Su padre cada vez más sordo y meditabundo, su madre, como siempre llevando con paciencia la carga de las hijas que no acaban de hacer carrera matrimonial. En Madrid sigue su maestro López de Hoyos que le pone al día de las novedades producidas en la docena de años que falta de Madrid.
Pensaba escribir una novela pastoril de la que ya tenía el título y muchos versos sueltos, pero la escritura exigía tiempo y dinero. No tenía ingresos de ningún tipo, sus mujeres lo sostenían. El rey Felipe, restablecido se dirigió a Portugal, a la ciudad de Thomar a jurar que respetaría los derechos de los portugueses en la recién estrenada unidad, bajo su corona, de España y Portugal. Allí estuvo Cervantes. Gracias a su conocimiento de la lengua y los usos del norte de África, fue pagado con cien ducados del rey para un viaje de reconocimiento a Orán, ciudad no lejos de Árgel en donde había vivido cautivo. Otra vez Valencia y otra vez en Madrid.
Cervantes tenía treinta y cuatro años cuando se instaló en Madrid de nuevo. En sus oscuras soledades de los baños de Argel, Miguel, el bravo, había imaginado tres decenas de comedias para ser representadas en la ciudad en la que reside la Corte de Felipe II. Las escribió y las vendió a distintos empresarios teatrales que entonces se decían autores. Al principio tuvieron mucho éxito y Cervantes pudo vivir si no en la opulencia, sí en el que le sobra. El soldado Miguel, que ya ha renunciado a ser capitán, puede usar de su liberalidad con las fuertes y listas mujeres de su familia y por mucha gente más. Todo lo que ganaba lo gastaba. Era famoso y estaba rodeado de actrices jóvenes y guapas. Una de ellas le raptó el corazón, Ana Franca, con la que tuvo su única hija.
No le duró mucho la vida de escritor rico y famoso. El público ya no recibía sus comedias con tanto entusiasmo y algunas habían sido hasta silbadas. Los autores comenzaron a rehuirle y casi sin darse cuenta vuelve a caer en la pobreza. Miguel decide sentar la cabeza y casarse. La elegida es una señora moza de diecinueve años, él tiene dieciocho más. Que Catalina del Palacio estaba enamorada de Cervantes no se tiene la menor duda, ni en sus más bellos sueños se había visto casada con un caballero viajero y famoso tan apuesto y tan lindo y además con esa parla de terciopelo y miel. Los que imaginan insidiosamente que Cervantes se casó con ella por el interés mienten. Catalina es la mujer a la que ama y amará luego toda la vida. Unas veces viviendo juntos, otras viviendo separados, unidos como una sola carne.
El hidalgo Miguel de Cervantes, héroe de Lepanto, cautivo en Argel y príncipe de las letras no tiene más remedio que ponerse a trabajar como recaudador de impuestos de la Corona por la rica campiña sevillana y cordobesa. Entonces los recaudadores de impuesto iban con vara alta allá donde actuaban. Los corregidores tenían la obligación de ponerse a su servicio. El escritor convertido en bandolero del rey. Pero aquellos pueblos eran ubérrimos, Carmona, Marchena, Osuna, Écija y decenas de otros más, pueblos blancos de cal y campos verdes. Cervantes resultó ser un funcionario de lo más eficaz. Como el impuesto era de trigo, lo tenía que acarrear a Sevilla desde los pueblos y tenía tratos con los carreteros y con todo tipo de gente.
Uno de sus subalternos, aprovechándose de la confianza, desvió una parte del dinero de una venta de trigo y Cervantes probó la cárcel mientras el asunto se aclaró. Recibida de nuevo la confianza de sus superiores, siguió en su labor de recoger impuestos para la Armada Invencible. Cuando por fin, tras tres largos años de aventuras diarias tuvo en sus manos el dinero de todo lo vendido, descansó. Por miedo a que se lo robaran en el camino a Madrid, se lo confió a un banquero portugués que desapareció con los dineros de la Armada del rey. Y entonces sí que vuelve Cervantes a la cárcel por más tiempo, casi un año.
Miguel iba de ir con vara alta por las dos Andalucías a que le molieran las espaldas con las varas en las cárceles. Pocos biógrafos de Cervantes han reflexionado sobre esta época de siete u ocho años que el escritor se convierte en un alto funcionario del gobierno de Felipe II. Pero su ilusión, aún se siente joven, es ir a las Indias. De la importancia de su cargo en el gobierno del rey Prudente dice el que cuando Miguel le hace petición de ir a las Indias lo hace como aspirante a la corregiduría de Quito, o gobernador de una provincia. La respuesta del rey no puede ser más terminante. No.
Vuelve a la cárcel de Sevilla, otra vez por pecados del prójimo. Es muy posible que fuera en esta última estancia en la cárcel de Sevilla que imaginara el Quijote, primero como novela corta. Permanece en Sevilla un poco de tiempo más. Pero su familia está entre Madrid, Toledo y Esquivias. Su padre ha muerto ya y también Felipe II. Cervantes vuelve a Madrid el año en el que en Sevilla se declara una epidemia de peste. Por el camino se cruza una orden de pago de Hacienda a su nombre. Gracias a las herencias de sus padres logra Miguel ya cincuentón disponer del tiempo suficiente para escribir su obra más excelsa, don Quijote de la Mancha. Entre Madrid, Toledo y Esquivias, Cervantes logra dar por concluida su primera parte.
Pero los dineros se acaban y a Cervantes no le queda otra que seguir al nuevo rey a Valladolid, donde el mayor ladrón de España, su valido el duque de Lerma, ha llevado la corte. Previamente ha comprado los mejores espacios de la ciudad. El primer pelotazo urbanístico. Muerta su madre, con Cervantes van a vivir a Valladolid con él sus dos hermanas con la hija de la hermana mayor y su propia hija, la que tuvo con Ana Franca. Sus hermanas ya no despiertan los amores de noble alguno y tienen que emplearse como costureras de los vestidos de las cortesanas. El hombre se ha cansado ya de pedir al nuevo rey, y se concentra en la escritura. Viven en un piso de una casa de tres alturas de nueva construcción a orillas del río Esgueva.
Cervantes ha dejado en Madrid, a la viuda del librero Robles, su manuscrito de la primera parte del Quijote. Al poco, luego de las últimas y rápidas correcciones, es editado en 1605. Por desgracia para el escritor el libro no se vende tanto como se esperaba, debido sobre todo a que circulan papeles piratas del "Quijotillo" que escribió en la cárcel de Sevilla. Los mil quinientos reales que le anticipan no le dan mas que para ir pasando. Está inmerso en la escritura de la segunda parte del Quijote cuando vuelve a Esquivias a renunciar a la parte de la herencia de su esposa. Miguel de Cervantes-Saavedra y Palacios no es un aprovechado y sale así, con esta renuncia, al paso de la calumnia de que se ha casado con su mujer por la herencia. Su esposa no está con él en Valladolid, pero el amor se sigue manteniendo entre ellos. Puede decirse que Catalina es su Dulcinea.
Valladolid es una ciudad de lujo, el valido del rey Felipe III la ha convertido es la capital de la opulencia. La Corte es cada vez más pomposa y lujo y lujuria se extienden por igual. Cierta noche, Cervantes es probable que se encontrara escribiendo en su cama, sube un vecino a su piso a decirle que hay un hombre muy malherido en el portal, vestido con un hábito de Santiago. Como no podía ser de otra forma le cargaron el muerto a don Miguel. En realidad el finado, un caballero navarro de apellido Ezpeleta, había muerto en un duelo con un marido burlado, un marido de más dinero que renombre. Fue su última estancia en la cárcel, esta vez muy breve.
A pesar de la campaña de Lope de Vega contra Cervantes y su libro, el interés por el Quijote se extiende hasta América. El escritor vuelve a Madrid y por fin logra vivir a solas con su esposa doña Catalina. El éxito de su novela y el mediano pasar del que disfruta reaviva las ilusiones de Cervantes, que vuelve a re-escribir viejos dramas y novelas. Además escribe otros tres libros. La tranquilidad no le duró demasiado. Un escritor anónimo, de alias Avellaneda, había escrito una segunda parte del Quijote, y Cervantes que apenas había esbozado la continuación se puso mano a la obra de escribir la suya.
Por ese tiempo, con los pocos reales que le da el Quijote, decide hacer un viaje a Italia para buscar a su hijo Promontorio, pero no llega más allá de Barcelona. Su hija mientras tanto ha encontrado un amante rico y se ha olvidado de su padre. Cuando vuelve del viaje está sin blanca, pero con la esperanza de terminar los grandes y duros trabajos de sus últimos libros. El Persiles y Segismunda, las Novelas Ejemplares y las Doce comedias y doce entremeses, además de un par de libros más que tiene en mente.
Todavía intenta pasar a Nápoles, donde el gobernador quiere establecer una corte literaria. Pero los responsables de elegir a los escritores y artistas no lo tienen en cuenta. Empieza a ser conocido en las ciudades más cultas de Europa, pero en España tiene que seguir sufriendo las envidias de sus colegas que denotan sus obras y calumnian su persona. Por fortuna para él, el conde de Lemos y el arzobispo de Toledo, el cardenal Rojas, lo toman bajo su protección y le mantienen. Cuatro días antes de morir aún viaja a Toledo. Su fama, a pesar de todo crece. Cervantes sigue siendo la misma persona sencilla y generosa. Muere a mediados de abril del año 1616, pocos meses después de salir a la venta la segunda parte del Quijote.
miércoles, 26 de octubre de 2016
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