martes, 26 de julio de 2016

Viaje por el noroeste de Iberia

   Viajar es aprender, y también comprender. Viajar es ir prendiendo vivencias de lugares y gentes. Viajar es desvelar secretos. Los viajeros ahondan hasta donde sus fuerzas se acaban.
   No es lo mismo viajar con diez años que con treinta que con sesenta. El niño apenas recibe impresiones que el tiempo convierte en recuerdos. Con sesenta años, el viajero y la viajera ya sienten y piensan
   Salimos de Colmenar Viejo, en la provincia de Madrid, un día de principios de julio. Casi sin enterarnos, como sonámbulos, aparca la mujer el coche al pie del arco principal de la vieja muralla. Ya no les impresiona tanto como otras veces. Pero nada más entrar en la ciudad, se advierte la singular presencia del convento de san Gregorio, una auténtica maravilla de construcciones religiosas del siglo XIII, que aún conserva el íntimo misterio de un tiempo en el que el hombre buscaba a Dios en la belleza. Si san Gregorio es admirable por su sobriedad la catedral lo es por su mayor grandeza y esplendor. Aún musitan en su interior los espíritus de los santos y santas de Ávila, que no fueron pocos.
   Ávila es una pequeña ciudad que conserva entre sus murallas los vestigios de un tiempo en el que fue grande, rica y pujante. Los viajeros yantan la humilde pero siempre memorable sopa castellana. Cuando salen del refectorio, el cielo lagrimea. Vuelve la viajera al volante y cuando llegan a la cruz se paran a decirle adiós a la amable ciudad.
   Cuando llevan recorridos diez kilómetros hacia Salamanca, se abren las compuertas de todos los pantanos del cielo castellano, y diluvia sobre los campos dorados, que la lluvia platea. Sobre el asfalto se forma una película de tres dedos de agua, pero la viajera conduce el coche pensando en que baja esquiando por una montaña nevada. La imaginación y la realidad se confunden en una sensación de libertad y de seguridad absolutas.
   El viajero aprecia que las tierras entre Ávila y Salamanca están aún más desarboladas que cuando pasó por primera vez por ellas hace casi cincuenta años. Se duele de la meseta que ayer fuera ubérrima y hoy es como pellejo viejo. Da contento llegar al río Tormes cuyas orillas verdean.
   Llegan a Salamanca y del tirón aparcan delante de un establecimiento público donde no hay ninguna restricción. Arrastran sus maletas cuesta arriba y acaban en la calle Meléndez en la hostería Sara. Los patronos son amables y abiertos, el padre, la hija y la ayudanta. El hombre trabajó en el campo, pero decidió probar fortuna en la ciudad y tuvo éxito como cocinero. Compró la casa y puso un restaurante y  el hostal. Con el tiempo, para poder disfrutar de los nietos traspasó el restaurante y se quedó sólo con el hostal, sencillo, limpio y digno.
   Salamanca es ciudad de iglesias, palacios, colegios y casonas de piedras doradas, dos catedrales y Universidad. Altas torres; fachadas y pórticos labrados por hábiles manos de escultores artistas. Se pasea muy bien por Salamanca, cerrada al tráfico en su parte más hermosa y distinguida. Gentes amables y precios aceptables. Limpia y cuidada.
   Para los viajeros degustadores de arquitectural divinas, Salamanca es inexcusable. Sus dos catedrales adosadas con sus respectivos claustros, con sus decenas de maravillosos retablos en piedra y en madera, sus capillas, sus rincones pintados de góticos colores que los siglos no lograron borrar. Las catedrales de Salamanca, son tan bellas por dentro como por fuera y los viajeros no se resisten a sus muchos encantos y las miran y remiran, sin mirar el reloj, por todos lados. El hombre siempre acaba con los ojos puestos en la torre del Gallo. Románico, gótico, renacimiento, plateresco, barroco… en un conjunto monumental único de lo más divertido.
   Pocos mendigos en la ciudad, algún loco perdido que pide como si de verdad estuviese pasando hambre, con un grito desgarrado y rebelde. Por lo demás, tranquilidad, serenidad, amabilidad, lo que se suele llamar buena vida. Grupos de estudiantes y turistas van y vienen y se juntan con las gentes de la ciudad. Salamanca es devota de sí misma, y sus gentes aún exclaman de asombro cuando se encienden las luces en su Plaza Mayor, perfecta.
   Los viajeros dejan la visita a la Universidad para el final, dispuestos a estar viendo una maravilla detrás de otra por diez euros, el doble que en las catedrales. Encontrarse de sopetón con la cátedra desde la que hablaron Fray Luis de León y Miguel de Unamuno siempre impresiona, como si aquellos nobles hombres hubieran dejado allí sus mejores virtudes. Los viajeros debieran haber podido entrar luego en la biblioteca, una obra de arte mayor, pero apenas permiten mirarla desde detrás de una gran cancela. Dos o tres personas deambulan por la parte baja de un claustro plateresco. Los viajeros suben por una escalera de mármol con la balaustrada esculpida con motivos diversos. Renacimiento imperial, un primor.
   El cielo ha pasado de azul celeste a negro carbón en un momento. De la luz plena a la oscuridad de una gran tormenta. De pronto se pone a jarrear con bravura. Y los desagües de los canalones escupen el agua a un metro. Agua y más agua, como si el cielo llorara con un sentimiento muy hondo. Salen los viajeros de la Universidad, acordándose del convento de san Gregorio que fue lo primero que vieron en Salamanca. Ya no es sólo la belleza del convento y la iglesia que son muy bellos. Lo más importante es el gusto, la delicadeza y el amor que los dominicos del convento ponen hoy en divulgar los valores más excelsos. Son los seguidores de aquellos magníficos frailes que sentaron las bases del humanismo moderno. Proteica labor de unos hombres de una fe en Dios y en los hombres digna de ser recordada siempre. Sólo por ir a san Esteban merece la pena ir a Salamanca.
 
 

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