Todos los aprendices de hombres y mujeres de mundo de la generación española de los años cincuenta viajaban a París y volvían cargados de esperanzas, los ojos llenos de novedades y el corazón rezumando nostalgia. Hablaban de París como si París fuese suyo, como si hubiesen pasado allí media vida, como si hubiesen sido bailarines en Pigalle, bohemios en Montmartre o clochards en las riberas del Sena. Todos esperaban encontrarse en cualquier rincón con Picasso, Carrillo, Buñuel o Arrabal y algunos, los más enterados, con Ciorán o con Lacan.
Los hombres y mujeres cultos de la España de los años cincuenta habían sido educados en la francofilia aunque sólo fuera porque era el único idioma extranjero que se estudiaba. París era el centro del mundo todavía para ellos. La patria chica de todas las revoluciones, de todas las comunas, de todas las revueltas. De tendencias en todas las artes y filosofías que abrían nuevos caminos. París era la libertad, la igualdad y la fraternidad, pero para los españoles sobre todo la libertad.
París tiene una historia larga para lo que son la mayoría de las actuales capitales de los estados europeos, pero corta en comparación con la de ciudades del mundo como Atenas, Damasco, Roma o Pekín. En el siglo XII dentro de las murallas de una pequeña isla en el río Sena, se juntaban acaso veinte o treinta mil personas, cuando en Córdoba se apiñaban veinte veces más habitantes. París es una ciudad en su primera madurez.
París a día de hoy es una ciudad muy ordenada, muy funcional y muy segura. Por supuesto que no hay una sola ciudad en el mundo que pueda ser considerada plenamente segura. Pero sí, París es muy fácil de recorrer en la parte que acoge a los dos millones y medio de personas que habitan en su almendra. Los transportes son rápidos y bien situados. El metro es antiguo y avejentado, pero lleva al viajero a cualquier lado en muy poco tiempo.
Luna llena de primeros de julio, van a dar las doce y aún están medio llenos los cafés de Montparnase, con sus luces de siempre. Desde la ventana se ve el cementerio mientras amanece. Por la calle Daguerre, peatonal, la gente va y viene, niños para la escuela, y hombres y mujeres camino del trabajo. A los lados, las tiendas de frutas y de pescados exponen sus géneros, junto a mesas y sillas de cafés. Dinámica de trabajo alegre y responsable.
Es una ciudad, París, cruzada por anchos bulevares arbolados por cuyas vías pasan coches y bicicletas entreverados. Como ríos de ruido a veces cruza rápido, a veces cruzan lentos y pantanosos. Pero hay tanto espacio, tantos parques grandes, tantas calles más estrechas, que no es difícil olvidarse del tráfico que ora fluye, ora se atasca. Lo más cómodo es el metro. Fácil de interpretar y veloz. En el metro se te puede acercar para echarte una mano con las máquinas expendedoras un colombiano cincuentón largo con treinta años de residencia en París. Está harto de la carestía de la vida y le da a los políticos donde más les duele. "Son corruptos y mentirosos. En Francia y en Colombia. La gente no les importa nada."
Cualquiera se puede perder entre los turistas que pululan por los alrededores de Les Halles y darse cuenta de lo caro que es comer en París, y el colmo es si se da con un pésimo restaurante italiano que cobra cuarenta euros por dos platos que dan por diez euros en Madrid y de mejor calidad. Esta zona de la "rive droite" es populosa, pero muy poco acogedora, con Les Halles en obras. ¡Si Zola levantara la cabeza y viera en qué han convertido su mercado!
Para los amantes del arte y de la historia, París es un paraíso, sus museos e iglesias conservan una parte importante de lo mejor que se ha pintado, esculpido, forjado o modelado en el mundo en las civilizaciones más diversas. Entrar en la vieja estación de Orsay, tan esbelta, tan luminosa, tan representativa del París de principios del siglo XX es de lo más emocionante para un amante de los viajes en tren y del arte al mismo tiempo. Un Monet y un van Gogh, y un Cristo en luz de Gustavo Doré.
En el Louvre hay cola, pero no tanta como uno se imagina. Y luego de verlo, las colas son olvido. Gentes de todos los puntos cardinales de la tierra, en su proporción de ricos. Muchos orientales, indios y también sudamericanos. Africanos no tantos, aunque los cuidadores del museo sean muchos de ese continente. Norteafricanos casi ninguno. Hermosas salas con cuadros y esculturas que uno no puede ni imaginar. Leonardos, Rafaeles, Grecos, Murillos, Riberas… y la Victoria alada de Samotracia y los restos de los palacios del rey Dario I el Persa. Y máscaras polinésicas y africanas. Suspiros del Louvre.
Hace mucha calor en París en esta luna llena de julio, y a los viajeros les cuesta salir de Montparnasse para ir a Montmartre. Pero merece la pena coger metro a pesar del tiempo. A pocos metros de la parada, el más antiguo restaurante de este barrio. No hay poeta o aprendiz de serlo en todo el mundo que no se haya imaginado aquí tomando absenta con Verlaine. Y además ponen un pato que está para chuparse los dedos y dentro de lo que cabe barato. Deben quedar pocos poetas en el mundo cuando este antro está vacío.
Monparnasse está coronado por el Sacre Coeur, una iglesia construida en conmemoración de la victoria del Realismo sobre la Comuna. No es lugar al que acudan todos los franceses, es algo así como un Valle de los Caídos en España. Pero los viajeros no tienen prejuicios y entran en el templo. Es como una burbuja. Sus dimensiones, sobre todo su altura, dan la sensación de que algo flota en la silenciosa atmósfera bajo las naves y las cúpulas. Hay una exposición de vidas de santos modernos, donde a sus fotos se añade una recesión de sus vidas. Aquellos hombres y aquellas mujeres miran a los ojos a las personas humanas que se detienen a saber de sus vidas de heroica santidad. Iglesia Universal.
El viajero por su formación cristiana católica no pudo dejar de emocionarse con los santos, los seres humanos a los que más ha admirado en su vida. Es posible que fuesen los santos modernos los que por fin les llevaran al Museo de la Edad Media. ¡Qué maravilla! Para colmo había una exposición de escultura alemana de la misma época. ¡Qué arte más delicado y más primoroso! ¡Cristos y Dolorosas que aún viven!
martes, 24 de noviembre de 2015
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