miércoles, 25 de febrero de 2015

España: ¿Debate o esperpento?

   El Congreso de los Diputados representaba la voluntad del pueblo español. Pero la voluntad del pueblo español ha cambiado. Han pasado tres años de gobierno de Mariano Rajoy y las encuestas de opinión apuntan a que los dos partidos del turno han perdido muchos adherentes. Lo singular de la situación política española es que ha aparecido un partido que no tiene representación en el Parlamento, a pesar de que todas las encuestas le dan tantos votos o más que a los dos partidos del turno.
   En el Congreso se debate sobre el estado de la nación. El presidente del gobierno, un señor con barbas y gafas, alto y bien plantado, habla desde la tribuna poniendo en cada frase toda su energía. Nadie que no estuviera ofuscado por prejuicios políticos le negaría su capacidad oratoria y su memoria de notario. Es un político con mucha experiencia, que sabe perfectamente que tiene la oportunidad de volcar las encuestas a su favor si su discurso convence a los españoles.
   Rajoy no es sólo un buen orador, es un político que siempre sabe donde está el fiel de la balanza y también sabe que es inútil cerrar los ojos ante la realidad. Se equivocan sus enemigos políticos cuando le acusan de no ver la realidad. La ha visto y ha hecho lo que tenía que hacer. En un acto de maquiavelismo político, Rajoy ha cogido el discurso del partido en auge, Podemos, y lo ha hecho suyo. Su gobierno es el único que puede sacar a España de la crisis.
   El representante del PSOE, el partido de la oposición en el turno es un hombre en la mediana edad,  bastante más joven que Rajoy. Alto, guapo, jugador de baloncesto, bien vestido y con voz agradable es la primera vez que interviene en un debate de esta envergadura. Su discurso es rotundo, pétreo, muy bien articulado, pero frío y distante. Apela a la vuelta a un tiempo pasado en el que España gozaba de trabajo y bienestar generalizados. No da alternativas económicas y en lo político habla de reformar la Constitución. El PSOE lo tiene muy difícil, porque en la memoria del pueblo español aún están gravados los últimos años del presidente Zapatero.
   Las réplicas entre Rajoy y Sánchez fueron un ejemplo de desprecio mutuo, pero las del presidente lo fueron en grado superlativo. Sánchez se defendió reivindicándose como político honrado, pero no contraatacó acusando con claridad a su oponente de corrupto. Sánchez no lo hizo mal, con toda seguridad que no perdió ni un voto con su intervención. El mayor beneficio que ha obtenido Sánchez con su discurso es el de haber demostrado a su partido que no es una marioneta, sino un líder fuerte y duro de pelar. Sánchez se ha equivocado cuando ha propuesto un modelo federal para España. Esa apuesta no le quita un solo voto a los nacionalistas periféricos ni le da un solo voto de  los nacionalistas centralistas.
   Además de los dos partidos que han gobernado en España desde 1982, ha habido otros partidos menores que han tenido una cierta importancia. Convergencia y Unión es el partido de la derecha catalana y ha pactado mayorías de gobierno con PP y con PSOE, pero en la actualidad, está sufriendo una grave crisis, por los escándalos de corrupción de su fundador y su familia. Lo de siempre, su representante es un viejo orador que se sabe todos los trucos y trata de llevar siempre el ascua a su sardina amenazando sin mucha convicción con la independencia de Cataluña. El debate languidece porque la fuerza de Convergencia y Unión ya no es la misma que hace tres años.
   El tercer partido más votado en España desde la muerte de Franco ha sido el partido comunista en solitario o en coalición con otros partidos y movimientos afines. Han gobernado en coalición con el PSOE y con el PP en algunas comunidades autónomas, y han ocupado puestos en los consejos de administración de la banca pública, arruinada por la mala gestión de los políticos. Su discurso radical no se aviene con sus hechos cuando han gobernado. No se han librado de la corrupción y su voto lleva muchos años estancado. El nuevo representante de esta corriente política es un joven profesor de menos de treinta años, de cuerpo no muy rotundo y cara barbada. Habla bien, con seguridad, sin miedo. Engancha con su voz un punto aguda, pero dulce y un poco lánguida. Suelta el discurso   comunista de siempre y acusa a los gobernantes del PP de sinvergüenzas vendidos al gran capital. Y para terminar, Salud y República.
   Rajoy no se sintió aludido por la acusación de sinvergüenza, porque sabe que en estos momentos, Izquierda Unida es un grano en sálvese la parte de Podemos. No le interesa hacer daño a alguien que objetivamente puede ayudarlo a frenar el avance de Podemos. El nuevo de Izquierda Unida tiene algo que no tienen los demás, siente lo que dice y hasta ahí podía aguantar Rajoy. Listo como nadie Rajoy se da cuenta de que Alberto Garzón está apelando al sentimiento de la gente y no quiere ser menos y aprovecha para mostrare él también sentimental.
   Hay otro partido en España, UPyD, originado por una escisión del PSOE de corte centralista. Llevan ya varios años tanto en el parlamento europeo como en el de España, pero su crecimiento electoral ha sido mínimo y las perspectivas de que puedan obtener mayor representación de la que tienen no son muy claras, sobre todo por la personalidad de la máxima dirigente, que maneja el partido con mano de hierro. En teoría tendría que haber sido el partido heredero de los desengañados del PSOE, pero su moderación lo ha colocado en tierra de nadie, en un centro imposible. Su líder, Rosa Díez, es una política muy interesante, porque sabe de lo que habla y lo dice de manera clara y rotunda, pero su discurso tiene demasiadas contradicciones. Rajoy se limita en su réplica a mostrarle su menosprecio.
   Un debate político y económico de andar por casa, sin filosofía, sin historia, sin apelaciones a valores fuertes, un debate tan anodino como plúmbeo. Detrás del escenario donde los líderes políticos representan su esperpento, la presidenta del Congreso juega a Candy Crush.
 

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