miércoles, 12 de noviembre de 2014

Paseos íntimos por Sevilla y por Marchena

Paseos íntimos por Sevilla y por Marchena

A Sevilla se puede entrar, desde Triana, su barrio más conocido, por el puente de san Telmo, que enlaza las dos orillas en un punto clave.
La torre del Oro nos recibe con curiosidad. ¿Qué se esconde en una torre que no es grande, ni se adorna, ni se pinta, pura en su forma única? Armonía a escala perfecta. Torre hada que con mirarla al sesgo, seduce y rapta. No ha habido escritor que la contemplara y no la elogiara, ni arquitecto que no la delineara, ni pintor que no la pintara, ni músico que no captara su música entrañable. Vigía del Guadalquivir, torre del Oro.
Pudiera ser que esta torre reflejara el alma de dos personajes históricos, grandes entre los grandes, que vivieron en esta ciudad en el tiempo en el que esta torre fuera erigida: Ibn Arabí de Murcia y Fátima de Córdoba. El primero, maestro supremo de la mística islámica y universal; la segunda, arquetipo excelso de la Misericordia del corazón, auxilio de todos los necesitados. Además inspirada bailaora, que con ochenta años aún se movía con el encanto de una niña. Dos personajes de la historia del mundo, casi olvidados, pero aún presentes en el alma honda de Sevilla y de Triana.
Ya no existe la puerta islámica de Jerez, pero en su lugar se abre una hermosa plaza en cuyo fondo se levanta una pequeña iglesia gótica, que fuera mezquita y acaso basílica romana. Casonas y palacios de alcurnia y a pocos pasos, los Reales Alcázares, con su Patio de Armas, y la catedral, con su Giralda, torre cristiana sobre  alminar muslim.
Sevilla de califas y emires, reyes y príncipes, cardenales y canónigos, visires y maestres, mercaderes y constructores, poderosos agricultores y ganaderos. Dos milenios de esplendor.
Es Sevilla ciudad para perderse, como Venecia, para dejarse llevar por los genios que conocen los rincones más sorprendentes, las calles más solitarias, las plazuelas más inesperadas. El arte y la belleza se casan en Sevilla en cada esquina. Amable y dulce, extensa e intensa, ciudad del mundo, edén terrenal.
En nuestro deambular pasamos por bajo la puerta de Abd el-Azziz a la calle de don Miguel de Mañara, personaje histórico en el que el poeta Zorrilla se inspirara para su don Luis, el adversario de don Juan Tenorio. Antonio Machado el gran poeta sevillano del siglo XX conocía bien su historia y le dedicó aquellos versos: "Gran pagano se hizo hermano de una santa cofradía y el jueves santo salía llevando un cirio en la mano, un trueno vestido de nazareno..."
En la otra punta de la ciudad vieja, donde los jardines del pintor Murillo se juntan al este con el barrio de Santa Cruz y al norte con el de la Alfalfa, hay una placita donde hay abierta una freiduría de pescado que acaba de cumplir cien años. Para dos personas, calamares, huevas y cazón en adobo por 14 euros, para comer sentados en una placita dedicada a don Juan Tenorio. Uno se siente en paz, entre el cielo y la tierra, al dulce sol del invierno.
La calle de las Cruces nos saca de los verdes jardines para adentrarnos por los límites del barrio de Santa Cruz. Dédalo de calles y plazas recónditas que esconden misterios y enigmas. Cruces multiplicadas en un barrio que fuera judío. Por ahí hay una taberna donde se bebe buen vino y se comen mejores langostinos y jamón. A ciertas horas también se escucha cante flamenco.
Es muy fácil perderse en la calle de las Siete Revueltas, pero si se pregunta se acaba de boca en la plaza de la iglesia de san Pedro, y a pocos pasos a la izquierda con la plaza de la Encarnación. Antes era el mercado central de Sevilla, pero entró en decadencia y sus precarias instalaciones fueron demolidas. Hace dos décadas largas se planteó edificar en su sitio una construcción singular, que representase la modernidad. El hallazgo en el subsuelo de ruinas romanas paralizó en proyecto. En la actualidad las obras están en marcha.
Andando hacia el oeste pronto se llega a la plaza de la Campana, el ombligo de Sevilla, donde la calle de las Sierpes termina y al poco se abre la plaza del Duque. El admirable palacio de los Medina-Sidonia, fruto del primer Renacimiento español fue sustituido en horas malas por unos grandes almacenes.
Se continúa buscando el río por la vía más ancha, dejando a ambos lados barrios de calles estrechas que antes de la canalización del Guadalquivir eran anegadas por sus aguas en los años muy lluviosos. Sevilla ignorada. No se tarda mucho en arribar al Museo de Bellas Artes de Santa Isabel. Hay que entrar, merece la pena perderse por sus salas laberínticas hasta llegar a lo más hondo, donde Murillo se explaya en proteicos lienzos. Zurbarán y Alonso Cano guardan aquí algunos de sus mejores cuadros. Pero Murillo, para los sevillanos, es el más grande, más incluso que Velázquez, que también era sevillano.
En cualquier plazuela fantasma, en el laberinto de los barrios viejos o en un puente sobre el río se puede uno topar un día con un mago negro y otro con un mago blanco, encuentros en otra fase.
Triana otra vez y otra vez Sevilla, ciudad del mundo, ciudad de todos. Peregrinaje culto y artístico para clásicos y para románticos, para escritores, pintores y músicos.

Tomamos con el vehículo en dirección a Córdoba, pasamos por Carmona y nos adentramos en la verde y negra campiña, que en el término de Fuentes de Andalucía, en esta estación de lluvias es un archipiélago de lagunas que reflejan el cielo nublado. Fuentes es parada y posada, pueblo apartado que esconde un gran tesoro cerrado por amenaza de derrumbe: La iglesia mayor de Santa María la Blanca. Alguien tan conocedor del arte religioso andaluz, español y universal como el cardenal de Sevilla, Amigo Vallejo, la ha rebautizado como la catedralita blanca. Los fontaniegos hacen lo que pueden para restaurarla pero lleva ya media docena de años ensimismada. Quien no ame el misterio que se abstenga.
Esta extensa comarca natural que se extiende a la orilla izquierda del Guadalquivir es para el premio Nobel Amín Mahfuz el paradigma del Perfecto Jardín. Por aquí peregrinó en su juventud Ibn Arabí, el hombre más sabio que ha dado Occidente después de Platón. Sus 400 libros catalogados son ecos de la profundidad insondable de sus conocimientos y experiencias en este mundo y en otros mundos. 
Ibn Arabí tenía una maestra en Marchena, la incomparable santa islámica Flor de Jazmín, íntima amiga de Fátima de Córdoba. Ambas mujeres servían al amor cuidando a los pobres y desvalidos.
Marchena es población tranquila de belleza serena. De sus dos kilómetros de muralla apenas quedan restos, raigones derruidos, torres maltrechas. El arco de la Rosa aún se conserva tal cual era en  tiempos de Ibn Arabí y de Flor de Jazmín. Pero no hay una sola referencia a ellos en todo el pueblo. Como si no hubiesen existido. Tiene calles estrechas y largas, de casas hidalgas más que de palacios nobiliarios. De plazuelas al sol, de torres y espadañas donde las cigüeñas anidan, de gente tan amable como llana. Historia y arte ocultos en rincones silenciosos, casi monacales.
No hay una torre más fina en toda España que su torre mayor, espiga alta, Santa María la Mayor. Basa romana y medio cuerpo islámico y cristiano el otro medio. Todo el lugar en donde se enclava es numinoso. En sus iglesias cuadros y tallas de buenísimas escuelas. Patria chica de cantaores y guitarristas flamencos de los mejores del siglo XX, como Pepe Marchena y Melchor de Marchena. En verano se celebra uno de los festivales flamencos más antiguos de España, adonde van a cantar, a tocar y a bailar los mejores.

En la calle de san Sebastián hay un restaurante, “Casa Manolo”, al que no hacen falta estrellas Michelín, el “boca a oído” basta para llenar sus salones. De toda Sevilla acude gente a probar sus creativos platos sin preocuparse por la cuenta, que podría pagar un mileurista.

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