Los paisajes de España son innumerables, una provincia como Cuenca puede entrañar geografías tan variadas como naciones enteras.
La memoria emocional evoca el recuerdo de la alta Serranía de Cuenca. Cañones umbríos, guardados por titanes de roca que miran desde lo alto la ubérrima vegetación. Ríos transparentes, turquesas, esmeraldas, marrones... Cuestas y más cuestas que ahora se empinan para luego abismarse.
Nacimiento del Cuervo, Solán de Cabras y desfiladeros.
SERRANÍA BAJA
Por la carretera que enlaza Cuenca con Teruel, luego de una treintena de kilómetros, se atraviesa la parte sur de la Serranía de Cuenca. La carretera gira y regira por entre moles naranjas y cobrizas que se alzan por sobre el manto de pinos, sabinas y enebros. Dan ganas de parar para arrancar sus misterios a esta oculta serranía.
CAÑETE
Cañete está rodeado en su totalidad por una muralla en la que hay abiertas cinco puertas, tres al norte y dos al sur.
En uno de los bares de la plaza central un hombre explica a los viajeros un poco de la geografía y la historia del pueblo. No nació aquí, pero este lugar lo cautivó y aquí se quedó.
- Las murallas que habéis visto encima del cerro lo son de uno de los castillos más largos de Europa, dicen que el tercero.
- La verdad es que impresiona.
- Se entienden sus dimensiones y su localización por ser campo de batalla entre Castilla y Aragón por el acceso a Valencia, durante muchos años. Aquí nació don Álvaro de Luna, el poderoso valido de Juan II que terminó colgado en Valladolid en 1453.
Al amante de Cañete le tiembla la voz cuando habla, pero se nota que conoce muy bien su pueblo.
- Las bases de las murallas y de la fortaleza son del tiempo de los califas de Córdoba. Aún se conservan dos arcos de este tiempo.
Los viajeros salen de la parte urbana por una de las puertas del sur, pero antes suben por unas añosas escaleras de piedra hasta la puerta de una iglesia a la que hay adosada una espadaña, desde donde se tiene una buena vista.
Al este del pueblo se eriza un
pronunciado promontorio sobre cuyo estrecho lomo cabalga el larguísimo
castillo, de cuyos extremos cuelgan las murallas de piedra que abrazan la urbe.
Los viajeros evocan castillos y murallas
emocionantes: Gormaz, Trujillo, Ronda, Madrigal de las Altas Torres, Palma del
Rio, Sevilla, Ávila, Lugo, Zamora,
Marchena, Sos del Rey Católico, Molina de Aragón, Segura de la Sierra…
A los viajeros les atraen tanto las cumbres
cimeras como los abismos ínferos. Bajan a pasear por las orillas del río del
Tinte o de la Virgen. Sobre huertas medio abandonadas crecen manchas de cardos
blancos, y junto a la corriente: álamos, chopos, negrillos, mimbrales… Es tal cual
la hoz del Huécar, con casas igualmente colgadas de la roca. Aquí una fuentecilla con dos caños surgiendo
del vientre de un peñasco, allá un chorreadero oculto donde el río cae desde
una docena de metros sobre una poza.
Mariposas por todos lados: blancas, amarillas, celestes, tabaco, negras…
En los remansos, libélulas. Los pájaros cantan entre las ramas de árboles y
arbustos.
- ¡Niña!
¿Vamos a subir al castillo?
- ¡Ya
veremos! ¡Hace mucho calor y parece muy pendiente!
- Entonces
entramos al pueblo y rodeamos las
murallas por dentro.
- ¡A la
sombra!
La puerta que fuera califal, es ahora un
arco neorománico que desentona. La
iglesia principal, que fuera mezquita se lee en unos rótulos que es el palacio
del marqués de Cañete. Hay también una
sinagoga convertida en la otra parte del pueblo. Por las ausencias de mayores
vestigios de palacios o casonas de importancia se puede deducir que las gentes
de Cañete son muy igualitarias.
Al final, animados por un hombre del pueblo
con la piel tostada por los soles y las nieves, que les informa de que apenas
la alcazaba está a veinte minutos. Ascienden por una senda junto a la muralla
que aún conserva su puerta califal más oculta. La escarpadura no parece tener
subida fácil, pero la senda latiguea hasta llegar a la entrada sur del
castillo, alcazaba o fortaleza califal, derruida por los cañonazos en las
guerras carlistas. El recinto por el sur es muy estrecho, pero como si fuera un
barco se va progresivamente ensanchando para luego volver a angostarse. Es peligroso
andar bajo los arruinados torreones entre bloques de piedra desperdigados entre
arbustos y yerbajos entre los que reptan serpientes.
Un barco de
mucho calado este castillo de Cañete. Como una luna recién nacida desde el
este. Desde los miradores la visión orbital es como una revelación.
CUENCA: VIDA
Y SUEÑO
La primera vez que el viajero vio Cuenca
podría tener siete años. Era una foto pequeña, impresa sobre el cartón de una
caja de cerillas. Tendría 25 cuando la vio en realidad. Viajeros en autocar de
línea, sin equipaje y sin mapa, con el corazón acelerado nada más echar a
andar. No pararon hasta colocarse justo en el comienzo de la senda que rodea la
hoz del Huécar.
Pocas veces antes los viajeros se habían
sentido tan arrebatados por un lugar. Era como entrar en un sueño deseado
durante largo tiempo. Podía escucharse el tarareo del agua del río y las hojas
de los álamos bailar con el viento. Era otoño.
Con el corazón encogido por la emoción se
realizaban las visiones soñadas. El color del agua era del verde de los cuentos
de hadas. El amarillo de los robustos “populus alba” era aún más puro y
brillante que en el mismo sueño.
Las casas colgantes o el puente sobre el
abismo eran apenas una débil impresión comparados con la numinosa sensación de
pasear por el fondo de un desfiladero edénico.
En aquellos años, Cuenca empezaba a ser
descubierta por una nueva generación de viajeros, especialmente en parejas.
Pintores, poetas, intelectuales, músicos, buscadores…, atraídos por la fama de
Federico Muelas y los pintores de la vanguardia.
La catedral aún estaba abierta al público
durante todo el día, sin que nadie pidiera papel o moneda alguna. Entrar en
este templo sin luz puede producir pavor
a más de uno. Pero los viajeros son
jóvenes e inconscientes y penetran seguros en el recinto. Gótico o románico es
lo de menos, lo que en realidad viven los viajeros es una sensación de misterio
a punto de desvelarse. El espacio, los muros, las columnas y los arcos en
completa oscuridad crean una atmósfera preternatural. Los oídos zumban como un
enjambre de abejas.
Bajaron a la cripta por unas muy estrechas
escaleras sin más luz que la que reflejaban unos tubos encendidos que
iluminaban los tesoros de la catedral. Casullas y capas pluviales desde el
siglo XIV, de tejidos y bordados maravillosos en oro, en plata y en sedas.
Ropas litúrgicas de muchas épocas, conservadas con esmero y finura. Y cálices,
copones, custodias, báculos…Las piedras preciosas como ojos incrustados en el
oro y la plata atraen a los viajeros que nunca han visto rubíes, amatistas,
esmeraldas, ónices, diamantes, circonios… en tanta cantidad y de tanta calidad.
No hay calle, palacio, iglesia, convento,
torre o pasadizo que los viajeros no
hayan encontrado en sus lentos paseos por la ciudad vieja. Cuenca, ciudad entre
dos hoces, capital de España en el siglo XII, la preferida por Alfonso VIII, el
de las Navas de Tolosa, el rey más longevo de la península ibérica después del
mítico Gerión.
Cuenca, pasaje al misterio.

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