La memoria cabalga sobre el presente y las vivencias se intensifican. El viajero vivió un otoño en San Fernando hace 39 años.
La atmósfera superaba en transparencia a cualquier otra conocida. Pero no todos los días la luz era así. De pronto los días empezaron a enturbiarse creando una sensación de irrealidad. Nubes, nieblas y mar confundidos en un espacio sin límites de leche y carbón.
Serenidad húmeda y salada.
Los ecos del cante del Camarón y del baile de la Sara reverberan en la albura del mar, de la sal, de la cal y del cielo.
Pasear por la isla de San Fernando procura visiones sin cuento. Salinas y caños, marismas y esteros, viento y sol. Laberinto inextricable donde se olvida el cuerpo y el alma se ensonda entre el cielo y el mar.
La isla de Cádiz está unida a la de San Fernando por un puente sobre la vía Augusta Julia. Desde el cielo parecería un caballito de mar.
Pasa Cádiz por ser la ciudad más vieja de Europa, y sin embargo, a los ojos del viajero del siglo XXI, apenas hay vestigios visibles de su larga historia. Calles estrechas y abigarradas en sombra. Ora bullicio, ora silencio. Y en las plazas al sol, floristas y marisqueros que pregonan sus géneros. ¡A los ricos camarones!
No es Cádiz ciudad hermosa, pero atrae como una abuela sabia que esconde secretos en su aura. Tartesios, fenicios, romanos, vándalos, árabes y bereberes, castellanos, americanos, franceses..., en una mixtura de tres milenios. Barcos de todos los puertos, gentes de todas las playas, penas y alegrías de todos los corazones.
jueves, 29 de agosto de 2013
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