lunes, 26 de agosto de 2013

Del centro al sur de España (3)

   BARBATE Y TRAFALGAR

   Una casa en una urbanización en mitad de un bosque, a unos tres kilómetros del mar; construida al amparo de dos pinos centenarios, en su jardín crecen árboles frutales junto a plantas aromáticas y de flor, y un añascloso alcornoque con restos de varias capas de corcho. A unos pasos se extiende el Parque Natural de las Marismas y Breñas de Barbate.
   Barbate es un pueblo con fama de gentes primitivas, incultas y brutas, pero ese desprecio no es más que ignorancia. Las gentes de Barbate son amables, sencillas y auténticas. Abiertas y comunicativas. Gentes del sol, del viento, de las tormentas, de las marismas, los pinares, las breñas y el mar.
   Los viajeros no se pierden un paseo por los caminos del pinar sobre unas dunas que se despeñan al océano. A mediados del siglo XIX, estas suaves lomas de arena sobre la roca viva eran un breñal, una tierra en la que sólo crecía monte bajo. Azotadas por los vientos de levante, las dunas iban y venían  como monstruos de arena. A un ingeniero de montes se le ocurrió fijar las dunas con una plantación de pinos piñoneros.
   Entrar en el pinar es como entrar en el bosque encantado de un sueño infantil. Arbustos y plantas exhuman sus fragancias sutiles que se mezclan en el aire con las fuertes fragancias de los pinos. El sotobosque, con sus manchas de palmitos, lentiscos, retamas... Mucha sombra, pero a poco chorros de sol sobre praderitas,  donde  flores mínimas de colores y formas puras, púdicas se esconden. Gozo de floresta.
   Impone, alzados sobre el acantilado, mirar los horizontes. La mole de Trafalgar, arena compactada sobre roca negra, abrazo de tierras. Al fondo el agua es verde y un poco más allá algo como morada. Rocas que se erizan. Alzar la mirada hacia el este deja en el alma una impresión de eternidad instantánea. La luz del sol lame la costa, y el cielo y el mar se funden en un horizonte de transparencias celestes.
   En estos parajes frente a África, en mitad del pinar, el viajero inspira un viejo aire musical, una atávica melodía primigenia, pura como el aire y el mar.
   El viajero se siente incapaz de trascribir la música.
   De rama en rama.
De rama en rama.
De rama en rama.
Vuelan los pajaritos.
De rama en rama.

Los pajaritos.
Los pajaritos.
Los pajaritos.
Silban sus dulces trinos.
Los pajaritos.

Sus dulces trinos.
Sus dulces trinos
Sus dulces trinos.
Silban los pajaritos.
Sus dulces trinos.

Los pajaritos.
Los pajaritos.
Los pajaritos.
Vuelan de rama en rama.
Los pajaritos.

   Cuando se hace de noche y la luna está casi llena, el viajero imagina al maestro de los maestros, el singular Ibn Arabí, entre amigos, cantando este mismo aire.

La luna llena.
La luna llena.
La luna llena.
En lo alto del cielo.
La luna llena.

Alto del cielo.
Alto del cielo.
Alto del cielo.
Brilla la luna llena.
Alto del cielo:

La luna llena.
La luna llena.
La luna llena.
Brilla en el firmamento.
La luna llena.

El firmamento.
El firmamento.
El firmamento.
Donde brilla la luna.
El firmamento.

   El viajero se sienta frente al océano e imagina al venerado sufí zarpar a África para no volver más y siente su nostalgia.

COSTAS DE CÁDIZ

   Las costas de Cádiz aún conservan en gran medida lugares en los que el hombre no ha invadido locamente la geografía. De Chiclana a Tarifa las gentes se desparraman sin agobios por las largas playas de la Barrosa, Conil o Zahara de los Atunes, o por las más pequeñas de Caños de Meca, Los Alemanes o El Palmar.
   En el interior de los pueblos, la gente conserva sus trabajos tradicionales: la pesca, la ganadería, la agricultura, el marisqueo, la industria marinera y la rebusca.
   Viajeros, turistas, jipis ocasionales y autóctonos tienen sus lugares preferidos y a ellos acuden con asiduidad. Hay playas y chiringuitos para todos los gustos.
   El "canelo" viaja de mano en mano, y al atardecer siempre hay un grupo de benditos locos en alguna playa que aplauden una puesta de sol.
   Las aguas del Estrecho, en verano, desde cualquiera de las muchas torres de vigía que se erigen sobre los rocallones, con el sol en todo lo alto, se contemplan tan serenas como el alma de los sabios, como una sábana de seda recién planchada tendida bajo el cielo. Gama de celestes y verdes con brillo opalino.
   ¿Quién no se siente niño en las rocas de los Caños de Meca? Uno se extasía contemplando los banquitos de peces perlas surcar las aguas transparentes, que en las balsitas, entre las rocas negras, hierven al sol. Bañeras de agua caliente que ni en el Caribe.
   En la playa abierta el agua se siente fría o cálida. Las corrientes del Mediterráneo y el Atlántico se entrecruzan como serpientes líquidas. El bañista puede bucear entre un mar y un océano.
   Baelo Claudia es una antigua urbe romana que se asienta sobre una meseta tras unas colinas umbrías frente a la playa virgen de Bolonia. Un lugar para inspirar.
   No muy lejos queda Tarifa, el pueblo europeo más cercano a África, cuyas montañas más al norte pueden contemplarse desde él cualquier día de claridad mediana. Menos de media hora en grandes y modernos ferrys.
   Tarifa no deja de ser un punto geográfico cualquiera, pero los viajeros de todos los tiempos lo mitificaron. Aquí estaban las columnas de Hércules, aquí más tarde desembarcó el primer musulmán que pisó Europa, de cuyo nombre, Tarif, teviene el patronímico Tarifa. Y Guzmán el Bueno, aquel noble que prefirió la muerte de su hijo a rendir la plaza cristiana a los muslimes.
   Hoy es una pequeña ciudad fronteriza, multicultural, donde el viento de levante hace sentirse a los viajeros pájaros o delfines, capaces de en un vuelo o en un salto besar África.
   

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