Dejemos al aspirante a aprendiz elogiar a Mallorca.
La isla aún existe, aún conserva la topología de millones de años atrás. Isla continente, con todo tipo de formas geológicas: montañas, valles, mesetas, ríos, cascadas, desfiladeros, simas, cuevas, playas, acantilados, islotes, albuferas, hoyas, campiñas.... Entre Marsella y Argel,entre Roma y Barcelona.
Mallorca tiene caminos tan diversos como el Camino de Santiago. Es dificil quedarse con un tramo sobre otros tramos, porque cada uno de ellos y su conjunto son inigualables. Hay que olvidarse de las heridas que el progreso inflingió a la gran Madò, a la gran Madre, que después de todo apenas son unos arañazos de los malos hijos. Los buenos aún conservan casi intactos, unos paisajes tan amenos y diversos que en un mes no se podría disfrutar de todos.
¿ Por donde empezar ? Acaso podríamos ir a LLuc, al centro, al ombligo de la isla. Una hoya enmedio de las montañas de la Tramuntana, abierta a un abismo. Hay que subir a lo más alto del Calvario que se erige sobre una montañita por encima de un monasterio. Si en cada estación te paras a contemplar el paisaje serás transportado al éxtasis.
El aspirante recuerda sus primeras excursiones por la isla desde Lluc y no puede por menos que sentirse nostálgico. ¡Hay tantísimos paseos desde Lluc! A la moleta de Binifaldó atravesando las formas geológicas más diversas que imaginarse puedan. Paisajes pétreos ciclópeos, de misteriosas honduras y peligros, de no fácil orientación. Fuentes que abren con sus aguas pequeños ríos que discurren por vallecillos minúsculos entre piedras y rocas cubiertas de musgo. Encinas, retamas, jarales, helechos, pinos... Y cualquier mañana seca o lluviosa senderear desde el llogaret de Binifaldó a los de Aucanella, Aucanelleta y Ses Figueroles. En Aucanella aún vive la abuela de todas las encinas de Mallorca. En su hueco tronco caben muy bien media docena de personas.
Desde Lluc se puede subir hasta el "plá de Cúber", un pantano artificial construido sobre una laguna natural donde vierten sus aguas el conjunto de picos más altos de toda la sierra: El Puig Maior, Sa Rateta, Na Franquesa y L`Ofre. Quien añore el frío peninsular o continental puede subir en invierno a sentirlo. En cualquier época emociona este lugar, pero en época de lluvias lo es en especial.
Desde la carretera que une Inca con Sóller atravesando las montañas de la Tramuntana, a la vista del pantano de Cúber, el más alto de los dos que existen, el más bajo es el "Gorg Blau", se pueden tomar dos caminos, uno que rodea las aguas por la derecha y otro que las rodea por la izquierda. Por el primero se remonta suavemente siguiendo el curso de un río niño: fresco, puro y transparente. El paisaje es arrebatador se mire hacia donde se mire. Algunos amaneceres las moles de roca del Puig Maior se iluminan en un color naranja tan brillante y tan cálido que parece que hierven en fuego de paraíso. Muy dura y cerrada ha de ser un alma para que no se extasíe.
Uno quisiera parar a cada paso para guardar en la memoria de las bellezas sublimes de este mundo cada rincón del lugar. Encinas rompen rocas pintando de oscuro verdor grises claros. Monte bajo de plantas espinosas y carrizos donde se esconden humildes florecillas y manadas de gordos caracoles. Vacas, caballos y ovejas. Muy altos en el cielo, buitres negros y si hay suerte alguna pareja de milanos o de águilas. En algunas ocasiones de especial claridad y transparencia de la atmósfera, al volver la vista atrás, la isla de Menorca, como una ballena jorobada, aparece al oriente.
Cuando se acaba la llana meseta, se atraviesa el riachuelo y se subeybaja por un camino o por una senda entre pinos, genistas y enebros. No se tarda mucho en llegar a una pequeña meseta alta, desde la que ya se ve Sóller. Hay una cruz de hierro rodeada de piedras y al final, al borde del abismo, la roca donde el aprendiz y su amigo Agapito se sentían los hombres más afortunados del mundo. Cuando murió Agapito, su mujer, sus hijas, su familia más cercana y sus amigos tiraron sus cenizas al aire. En ese momento se levantó un viento que las dispersó por todos los contornos. Acaso las maravillosas flores que se exhiben colgadas de la paredes de roca lloraron.
El camino baja por la izquierda del balcón del Agapito y se retuerce entre moles pétreas que se erizan. Por la derecha se escucha el fragor de las altas cascadas que bajan del pico del Ofre. Por un largo rato impera el silencio y la admiración se hace íntima y honda. Pinos y encinas se mezclan con un sotobosque que va cambiando conforme se baja, lo mismo que cambia el clima. Una persona sensible y atenta puede sentir en su cuerpo los cambios de microclimas que se van sucediendo a lo largo de setecientos metros de desnivel.
La noción del tiempo se pierde. En algún punto, bajo unas molas rocosas que parecen cuernos, se extiende una pequeña posesión de montaña. Un poco más abajo, a la izquierda, entre el profundo y espeso follaje se accede a una zona de cascadas pequeñas bajo las que los amantes de la naturaleza se bañan alegremente, a la derecha se sube por una muy áspera senda de pedrotas ariscas hasta un lugar donde se esconde en una cueva la fuente que en mallorquín llaman "des Verger". La fuente mana de un lago que se hunde en las profundidas de las rocas. Muy pocos se han atrevido a bucear en él. Siempre verde este rinconcillo digno de ser ermita de un buda.
Puede que otro día el aprendiz haga memoria del final del camino del barranco de Biniarraitx y de su final en el pueblo-ciudad de Sóller.
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