Pensaba que la palabra felicidad-happiness estaría entre las más buscadas de internet, pero por lo que se entera, se busca diez veces menos que la palabra política, nueve veces menos que la palabra economía y doce veces menos que la palabra sexo.
Pensaba que todo el mundo buscaba la felicidad como meta de sus vidas, pero por lo que se ve estaba en un error. Sólo una de cada diez personas busca en algún momento de un año esa palabra.
La vida de los hombres sobre la Tierra cambia con las ideas. Cuanto mejores son sus ideas, mejor es su vida. No hay cambio económico, tecnológico, social o político que no haya sido derivado de una idea previa.
Ni la violencia ni el desprecio pudieron impedir jamás, que las buenas ideas acabaran dando sus frutos. Las grandes religiones, que en sus mejores tiempos originaron un clarísimo mejoramiento de las vidas humanas, en sus peores tiempos trataron de impedir con todas sus fuerzas que se desarrollasen ideas que no fueran las propias.
La modernidad es una reacción contra el absolutismo. En su versión postmoderna acaba negándolo todo. Del mundo cerrado en una idea, al mundo abierto en múltiples ideas. Las grandes religiones se imponen al politeismo, y la modernidad se impone al monoteismo, para derivar en el politeismo otra vez.
La integración de lo mejor de las religiones y de la modernidad es la idea más fecunda de los últimos tiempos, y se le debe a Ken Wilber. Que haya gentes que lo idolicen y gentes que lo desprecien, no empece su contribución a la cimentación ideológica de un mundo mejor.
Es difícil de entender como el aspirante a aprendiz sigue creyendo en la felicidad en esta vida y en las por venir, cuando le va tan mal. Sus hijos no tienen trabajo ninguno de los tres. La madre de sus hijos se dio el piro va para veinte años. Ha trabajado en una escuela donde ha sido el último mono, sobre el que los otros, pobres inconscientes, han tratado de descargar sus impotencias, sus frustraciones y sus maldades. Para colmo ha de vivir a ochocientos kilometros de distancia de la mujer que ama. Desde luego que no parecen los ingredientes mejores para hacer que un hombre crea en la felicidad.
Cualquiera pudiera pensar que tendría que vivir amargado, contrariado, aírado, infeliz, pero el caso es que a pesar de todo puede respirar hondo, meditar, confiar en la Providencia y hablar a los niños y jugar con ellos. Atrás quedaron sus ilusiones y sus desilusiones, sus aversiones, sus diversiones, sus conversiones y reconversiones. Es hoy y ahora que quiere contar entre los sencillos y seguir la vieja máxima de pasar por la vida haciendo el menor daño. Desde luego que sería muchísimo más feliz si lo fuesen algo más sus enemigos. Si en lugar de ser tan mentirosos y envidiosos fueran un poco más veraces y caritativos a lo mejor les iría mejor en esta vida y serían más felices.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario