domingo, 2 de septiembre de 2012

Encuentros en la tercera fase en el Retiro de Madrid

   El aprendiz debe volver a la isla, al trabajo que le procura un sueldo, pero tiene dificultades. El gobiernito  le obliga a llevar un papel en el que conste que vive en la isla. Ha viajado decenas de veces y le ha bastado el D.N.I, para demostrarlo. Desde sus ordenadores las compañías pueden saber perfectamente si miente. Pero no hay tu tía, o lleva el papel o no puede volar. Intenta pagar la diferencia entre el billete de residente y el billete normal, pero le dicen que no, que si quiere volar tiene que comprar otro billete nuevo por el que le quieren cobrar el triple de lo que ya ha pagado. Se araña los bolsillos, pero no tiene el dinero encima, quedan diez minutos para el cierre del vuelo y opta por volver a casa. A pesar de toda la calma acumulada en horas y más horas de meditación, no puede evitar rebelarse inúltimente, gritando improperios en un rincón de la T-4. Su compañera se pone en contacto con el ayuntamiento del pueblo en el que vive nueve meses al año y en el que lleva viviendo veinte, a través de internet y en cinco minutos sale el papel de la residencia por la boca de la impresora. Hecho esto, compra otro billete para el lunes a primerísima hora.
   Aprovechan la mañana del domingo para incursionar en el Retiro de Madrid. El aprendiz conoce el Retiro como si fuese suyo. Es el sitio ideal para captar las energías de la ciudad. Entran por la puerta de la torre de Valencia y avanzan por los caminos de tierra hasta el Estanque. Un hombre sigue haciendo pompas de jabón para distraer a los niños en la esquina en la que comienza el paseo junto al agua. Apenas si hay un cartomante. La energía es muy baja. Los caricatureros y los manteros miran pasar la gente que no para. A pesar de que hay bastante gente, hay un silencio de fondo que lo domina todo. Una pareja de titiriteros concentra a su alrededor a un grupo de niños con sus padres, pero no hay risas.
   Al final del paseo el aprendiz tiene sed y se dispone a beber en su fuente de siempre, pero no echa agua. Apenado se deja llevar por su compañera por un paseo de castaños, en mitad del cual hay un chino haciendo música china con un instrumento de cuerda, un Yang Qin. Es un bastidor con cuatro patas de medio metro de altura. Entre las patas una madera taraceada de forma alegre. El bastidor está cruzado de norte a sur por un laberinto de cuerdas sobre las que el intérprete golpea con dos palitos. La música lo capta  y se pone a escuchar melodías chinas, a ratos melancólica, a ratos viva, con muchos matices, muy rica en armonías. Pasa un joven y le suelta agradecido un euro, luego otra pareja le compra un cedé, Hablan un ratillo con él. y se enteran que es de la populosa ciudad de Tiensing al sur de Pekin. Sincronías de la vida, porque el aprendiz ha leído este verano una breve Historia de China, El arte de la Guerra y una biografía de Mao. Es un chino del mundo a pesar de que no hable más que cuatro palabras en inglés y español. No sólo se atreve en su repertorio con música popular china, sino también coreana, africana y clásica europea.
   Un poco más animados siguen andando hasta el Palacio de Cristal. Hay gente como siempre, pero la energía es muy baja. Entran a ver la exposición que hay instalada en el interior del edificio. Un juego con botellas de cristal, otro con un gran montón de cristales y un tercero más anodino aún. La sorpresa estuvo en que a través de las cristaleras pudieron ver a un grupo de unas treinta personas que parecían hacer una asamblea. Se pasaban unos a otros un megáfono y leían o comentaban. Los paseantes se acercaron a escuchar y a echar un vsitazo. Preparaban una concentración permanente a las puertas del Congreso para pedir la disolución de las Cortes. Hablaban de democracia avanzada, de referendums que dieran la voz a la gente, de aprovechar su cabreo para hacer fuerza y cambiar las cosas. Un discursito muy voluntarioso, pero muy pobre y confuso.
   Un poco alicaído por la debilidad ideológica que mostraba el famoso movimiento de los indignados, se dirigió con su compañera en dirección a la Rosaleda. Antes de llegar se unieron a un grupo de unos veinte personas que meditaban en círculo al son de muy diversos instrumentos musicales. No eran meditadores muy avanzados, parecían todos españoles, pero aún y así, como a los indignados no les faltaba la buena voluntad. A unos metros más allá otro grupo un poco menor hacía taichí.
   Aún estaba bellísimo el jardín de rosas.

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