Los viajeros van como locos. Con la edad que tienen deberían ser menos ambiciosos y más conscientes.
Entran en Aviñón por a puerta de la muralla más al este, la más alejada del puente famoso de la canción.
La ciudad, al mediodía bulle de gentío. No saben si dirigir su mirada a los grupos de teatreros que tratan de llamarles la atención con sus comparsas y sus estrafalarios vestidos y poses o a las delicadas claras torres que se yerguen aquí y allá.
Pero hay un atractor mayor que los jala: el Palacio de los Papas cismáticos. A pesar de los cientos y cientos de turistas y viajeros que cada día penetran sus muros, aún se pueden percibir con toda claridad los ecos de los tenebrosos sucesos que ensuciaron de miedo, de sangre y de dolor estas estancias, estos sótanos y pasadizos subterráneos. Durante los años de la Revolución sus tesoros y obras de arte fueron destruidos o expoliados. Perversiones humanas.
Son ya las tres de la tarde cuando los viajeros salen del recinto amurallado de Aviñón y comienzan a circular por sus afueras buscando la salida a Tolosa. Justo en la puerta del puente, a la orilla del verde Ródano, se distraen y chocan con un coche que quiere entrar en la ciudad.
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