La mujer estudió el bachillerato en un colegio internacional y conserva una amiga de entonces que tiene una casa de verano en Cannes. El aprendiz tiene la ocasión de vivir como un rico tres noches y dos días.
La posesión está situada en la parte alta de la ladera sur de una montaña de espesa arboleda. Los puertos y las playas de Cannes a pocos minutos en coche.
Cuando llegan, tocan a un timbre y se les abre una cancela de hierro de no grandes proporciones. Un hombre alto, joven y fuerte, coge las maletas más pesadas y los conduce por un camino, entre grandes árboles, a una zona en la que destaca una piscina, donde les espera la señora de la casa. Dos mujeres, una filipina y otra francesa, les sirven amablemente té helado.
La piscina se hunde bajo un gran porche, escoltada por un par de pérgolas clásicas. Aire balsámico. La casa es una mansión de los años veinte, al estilo italiano de la época, con dos pisos y sótano, amplia y funcional. Nada ostentoso, todo sencillo, pero original y bello. Las personas y los animales, tres grandes perros, parecen seguros en su tarea. Todos parecen hacer sus trabajos de buena gana. El más ocupado es in duda el señor, que se pasa horas y horas enganchado a un ordenador operando en sus obras de Nueva York.
La señora parece una mujer etérea: delgada y elegante. Tanto ella como su marido visten con estudiada singularidad. Gentes ricas por generaciones, oriundos del Mediterráneo oriental. Pasan del árabe al inglés y al francés, y entienden el español. Ella también algo de japonés y él algo de chino, que ahora practica a ratos con el nuevo cocinero. En la casa entran tanto los amigos de los señores, que viven en un palacete a mayor altura en la ladera de otra montaña, como las parejas y amigos de los sirvientes, pero no coinciden en los mismos sitios ni a las mismas horas.
Más destacado que la mansión, es el bosque en el que ésta se esconde. A un rendido admirador de los árboles como es el aprendiz, mejor regalo no se le podría hacer. Una pareja de olivos bravíos, que ni en Mallorca hay más altos, más fuertes, más sanos y más vivos, escoltan a un cedrouela y abu del Líbano de tronco de fuego. Y palmeras reales que ni en Sevilla ni en Alicante se ven más altas. Abetos, cipreses, secuoyas y un tejo geminado, de troncos abuela y abuelo.Oculto, un huerto con los frutales más comunes de la Provenza.
Con sumo gusto se hubiese pasado un largo rato en aquel bosque tan divertido.
Cannes es ciudad de vacaciones, donde los ricos de moda exhiben sus yates, y los buscones de fama o dinero, sus ostentosos cuerpos. Bonitas playas y cuidados puertos, pero banal, más allá de la esplendida geografía que la cobija.
miércoles, 1 de agosto de 2012
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